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Los fue enviando de dos en dos

Queridos diocesanos:

El Evangelio de este XV Domingo del Tiempo Ordinario (Marcos 6,7-13) nos recuerda la escena en que Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Este pasaje nos permite recordar algunos rasgos fundamentales que caracterizan a un cristiano y a una comunidad cristiana.

El cristiano se sabe, como los Apóstoles, llamado por Jesucristo a estar con Él y seguirle para ponerse en camino con El y como El. El cristiano es enviado por Cristo como instrumento suyo. Quien conoce, cree, ama y sigue a Jesucristo, se convierte en su portavoz y testigo. Ha de dar cuenta no de sí mismo sino del que le envía, Cristo, a quien ha de anunciar y trasparentar. El cristiano y la comunidad cristiana no pueden quedarse quietos ni instalados allí donde están; no pueden permanecer cómodamente donde siempre, a la espera de que la gente venga. Como nos recuerda el papa Francisco, hemos de estar siempre “en salida”, como Jesús que siempre está de camino, transitando rutas nuevas, yendo a culturas diferentes y haciéndose encontradizo por las gentes que salen a su paso.

El mensaje del Evangelio a primera vista despierta curiosidad, pero pronto sacude a la gente de su letargo y acaba siendo incómodo. Interpela, porque denuncia, pide cambio y aporta novedad. Y encuentra resistencias. Por eso a los auténticos profetas se les da la espalda. Con frecuencia son rechazados. Tal vez otro día te escucharemos, le dirán. O no son bien recibidos, son amenazados de muerte, encarcelados o apedreados, como le ocurrió a Jesús: “Si a mí me han rechazado, también a vosotros os rechazarán”. El Evangelio encuentra con frecuencia corazones cerrados o resistencias al cambio exigido. “Si en un lugar no os reciben, marchad a otro… Sacudid el polvo de vuestra sandalia”, les dice Jesús a sus Apóstoles. La verdad molesta y, sin embargo, la verdad nos hace libres. El apóstol de Jesucristo no se echa fácilmente atrás. Persevera en la misión recibida, a pesar de la dificultad. La Buena Noticia ha de llegar a todos. La misión pide el temple de hombres fuertes, convencidos, que no saben ir hacia atrás, sino siempre hacia adelante, aun a riesgo de la propia vida; saben bien de Quien se han fiado. Dios no quiere hacerse sitio a la fuerza. Dios llama insistente pero pacientemente.

Jesús dio a sus Apóstoles autoridad sobre los espíritus inmundos, es decir, para actuar contra las fuerzas del mal. Cada generación y cada tiempo tiene sus propios demonios, sus males y esclavitudes que parecen insalvables. El endemoniado es el que está condenado a su esclavitud, y el enfermo lo está a la postración, a verse marginado y a sentirse inútil, sin sentido. El cristiano los acoge, cuida de ellos, ‘pierde’ su tiempo con la gente para quien nadie tiene tiempo y aun rehúye. Hemos de recibir a cada cual como viene, y hacer algo para humanizar su situación y llevarlo al encuentro sanador y salvador con Cristo. Y hacerlo no sólo buenas palabras sino también con gestos: los Apóstoles “ungían con aceite a los enfermos”. Desde la fe en Jesucristo vencedor del mal, del pecado y de la muerte, hemos de ofrecer una palabra y un gesto de liberación que levante y resucite al vencido, al que vive como muerto.

Los Apóstoles “salieron a predicar la conversión”. El anuncio del Evangelio, la Buena Noticia de resurrección, pide la conversión de mente y corazón a Dios, para adquirir la nueva mentalidad que pide el Camino de Jesucristo, para que, con ayuda de la gracia que surge del encuentro personal con Cristo, surjan hombres nuevos con criterios y valores nuevos. Como los Apóstoles, el cristiano y la comunidad cristiana han de vivir la misión en la austeridad y con la sencillez del caminante que lleva lo justo y no busca instalarse. Confía en la Providencia del Padre que envía, pero también en el amor fraterno que acoge y comparte. Comparte lo que tiene cuando recibe a aquél que viene de parte de Dios con un mensaje de paz y de salvación. No tiene ni busca tener, pero precisa sustento para sus fuerzas, y sabe lo encontrará. “Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio”, les dice Jesús a sus Apóstoles. La hospitalidad es concreta expresión del mandato de amor mutuo entre los hermanos. El cristiano apóstol, los distintos trabajos y funciones eclesiales, no son ángeles quienes los ejercen. Si le pedimos dedicación, hemos de cuidar que tengan techo, sustento y descanso dignos. Vivir de su trabajo no es andar mendigando lo justo.

Como los Apóstoles entonces, todo cristiano y toda comunidad cristiana estamos invitados a salir y ponernos en camino. Que la Virgen del Carmen, la “Stella Maris”, nos guíe y proteja a todos en la tarea siempre nueva del anuncio del Evangelio.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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