La Buena Noticia de la Familia y de la Vida humana

Queridos diocesanos:

El Hijo de Dios, nacido en Belén, nos muestra el rostro amoroso de Dios y el verdadero rostro del hombre: su verdad y dignidad, su origen y destino. Todas las dimensiones de la vida humana han sido iluminadas y sanadas por el Hijo de Dios. Él nos muestra también el verdadero sentido del matrimonio y de la familia, y el valor de toda vida humana, don de Dios, llamada a participar sin fin de su amor.

El matrimonio es una comunidad de vida y de amor, basada en la donación recíproca y total, única e indisoluble de un hombre y una mujer; esta visión del matrimonio responde al proyecto originario de Dios, obscurecido por la ‘nuestra dureza de corazón’, y que Cristo ha restaurado en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’. El matrimonio es, a la vez, el fundamento de la familia.

Vivimos tiempos poco favorables para el matrimonio y para la familia. Se propugnan otro tipo de uniones de hombre y mujer, las uniones entre personas del mismo sexo y modelos de familia, alternativos a los llamados despectivamente matrimonio y familia ‘tradicionales’. En el fondo se ataca y se destruye el matrimonio y la familia, y se niega su valor insustituible para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana, y para la vertebración básica de la sociedad.

Los efectos de esta situación son el déficit de amor verdadero en las relaciones humanas, el debilitamiento del amor esponsal, del amor materno y paterno, del amor filial y del amor entre hermanos, la desestructuración de la familia, el descenso alarmante de la natalidad, el notable aumento de hijos con graves perturbaciones de su personalidad y el desarrollo de un clima que termina con frecuencia en la violencia. Si el matrimonio y la familia entran en crisis, la sociedad misma enferma.

También se cuestiona la buena noticia que es toda vida humana, cuya dignidad desde su concepción hasta su ocaso natural es vilipendiada por el aborto, por la destrucción de embriones y por la eutanasia. Los cristianos hemos de comprometernos de modo efectivo en la defensa de la acogida y del respeto a la vida del cada ser humano, fundamento de una sociedad verdaderamente humana. La Jornada de la Familia y la Vida, que celebramos este Domingo, Fiesta de Sagrada Familia, nos invita a acoger, vivir y anunciar la Buena Noticia del matrimonio, de la familia y de la vida humana.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro

Obispo de Segorbe-Castellón

Navidad: Celebrar el Amor de Dios a los hombres

Queridos diocesanos:

La Navidad reaviva en nosotros deseos de paz y sentimientos de solidaridad. Pero el bullicio de estos días puede llevarnos a perder de vista el sentido central de esta Fiesta. La Navidad se ha convertido en muchos casos en una mera fiesta social, reducida a iluminaciones y a compras, a felicitaciones y regalos, a salas de fiestas, a cenas y comidas. Este ambiente influye también en los cristianos y puede que no vivamos esta Fiesta con verdadero sentido cristiano.

En Navidad celebramos el nacimiento del Hijo de Dios en Belén hace dos mil y dos años. ‘Y el Verbo (la Palabra, el Hijo de Dios) se hizo carne y acampó entre nosotros’ nos recuerda el Evangelista Juan (Jn 1,14). En Belén se muestra la entrañable humanidad de Dios y su infinito amor por el hombre. El Niño, nacido en Belén, es el ‘Emmanuel’, el ‘Dios con nosotros’, el Mesías, el Salvador. En este Niño, Dios y hombre a la vez, Dios se ha unido para siempre con la humanidad.

En El se manifiesta el amor de Dios, que nos ofrece amor, vida y paz. Dios ama tanto al hombre, que no tiene a menos hacerse uno de los nuestros para abrirnos el camino hacia su amor, para ser sus hijos y, en Él, hermanos de todos los hombres. En Belén, Dios nos abre el camino y nos llama al amor fraterno y solidario, comprometido y universal, y a una paz justa y duradera. El amor de Dios a los hombres, manifestado en Belén, es el verdadero motivo de nuestra alegría y de nuestra solidaridad, el fundamento real de una paz justa y duradera y la razón última para nuestra esperanza.

Jesús nace para curar e iluminar, para levantar y liberar, para perdonar y salvar. Su nombre, Jesús, significa  precisamente eso: Dios salva. Dios nos ama y nos ofrece su propia vida; una vida más fuerte que el odio y el egoísmo humano, la destrucción y la muerte.

Acojamos con gratitud al Niño Dios. La Navidad nos invita a abrir el corazón a la vida y al amor de Dios, a acoger y promover la vida humana, a vivir el amor fraterno y el perdón. Navidad llama al compromiso para que todo hombre y mujer sea respetado, para que reine la paz entre los hombres y se extienda la justicia en todas partes.

Os deseo a todos una FELIZ NAVIDAD, llena de alegría, de amor y de paz.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El sentido cristiano de la Navidad

Queridos diocesanos:

Hace unos días leía que las Navidades gustan cada vez menos a uno de cada cuatro españoles. Crece el número de las personas que muestran su desinterés e incluso su desagrado por estas fiestas. Entre otras razones se resalta la agobiante incitación al consumo en estos días, cada año más adelantada a la Navidad. El consumismo de estos días y su reducción a lo externo y, con frecuencia, a un sentimentalismo superficial y pasajero son, sin duda, causas de este desencanto y desinterés. Y también son motivo para la progresiva pérdida del sentido genuino y profundo de la Navidad.

Navidad, no lo olvidemos, es una fiesta cristiana. Esta palabra viene de natividad. El Hijo de Dios nace, se hace hombre por amor a nosotros. La celebración del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne en la Navidad no pertenece sin más al pasado. No recordamos lo ocurrido en Belén como si se tratara de un mero hecho histórico del pasado. Dios se hace uno de los nuestros para hacernos de los suyos: sus hijos en el Hijo, Jesús. Y Dios sigue haciéndose presente entre nosotros. Dios sale a nuestro encuentro en su Palabra, en los sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos. El sentido profundo de la Navidad es la cercanía de Dios, que nos acompaña en el camino existencial de nuestra vida. El nos invita a acogerlo y a seguirlo por el camino del amor y de la paz.

Recuperemos el genuino sentido de la Navidad. Vivamos esta última semana del Adviento, reavivando nuestra fe en la venida de Dios a nosotros en su Hijo, Jesús, y en su presencia entre nosotros. Estemos vigilantes a su paso por nuestras vidas. Necesitamos despertar en nosotros el hambre de Dios y de su amor que salva y libera. De espaldas a Dios no es posible la felicidad que todo hombre y mujer anhela.

No habrá Navidad cristiana si Dios no nace en nuestro interior, en nuestras familias y en nuestra sociedad, si no nos dejamos encontrar y amar por El. No habrá  Navidad si, amados por Dios, no acogemos a los demás seres humanos como hermanos nuestros en Dios. No habrá verdadera Navidad si vivimos de espaldas a Dios y a sus leyes. No habrá Navidad cristiana si no nos amamos de verdad como Cristo nos ama.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Preparando la Navidad

Queridos diocesanos:

El Adviento es un tiempo hermoso para prepararnos a celebrar cristianamente la Navidad. En la Navidad conmemoramos la ‘primera’ venida en la historia del Hijo de Dios en Belén: Él es el Mesías y Salvador. Por otra parte, en Adviento dirigimos nuestra atención hacía la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos. Nuestra vida cristiana adquiere sentido a partir de estos dos momentos históricos: la Encarnación de Cristo, que nos salva, y la Parusía, su venida al final de los tiempos, que llevará su obra a total cumplimiento. El cristiano vigila y espera siempre la venida del Señor.

Nos preparamos a la Navidad sabiendo que el Señor y su Salvación están ya presentes en su Iglesia, y con la esperanza confiada de su venida definitiva. Ello ha de despertar en nosotros los cristianos actitudes de fe y vigilancia, de hambre o pobreza espiritual y de misión o presencia en el mundo. Si nos dejamos encontrar personalmente con Cristo, su Salvación llegará a tantas situaciones todavía necesitadas de ella.

Por la fe percibimos y conocemos al Señor, presente en los Sacramentos, en su Palabra, en el testimonio de muchos bautizados, en el prójimo, sobre todo, en el pobre, enfermo y necesitado y en tantos otros acontecimientos de la vida. Reavivar nuestra fe equivale a acoger al Señor presente entre nosotros. La vigilancia es no sólo defensa y lucha ante el mal que nos acecha; es también expectación confiada y gozosa de Dios, que nos ama, nos da vida, nos salva y nos libera de ese mal. En Adviento, El Señor pasa por nuestras vidas.

Adviento es por ello tiempo de conversión. Pero ¿cómo podemos buscar al Señor si no reconocemos que tenemos necesidad de Él? Nadie deseará ser liberado si no se siente oprimido. Pobreza espiritual es aquella actitud de sentirse necesitado de Aquél que es más fuerte que nosotros. Es la disposición para acoger todas y cada una de sus iniciativas.

El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, la paz, la justicia y el amor. La secularización y el progreso técnico le tientan a vivir cerrado a Dios y buscar la felicidad fuera de Jesucristo. Pero cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. Es en Jesucristo donde el hombre descubre su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente. Cristo ha venido y viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor que viene.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Reavivar la esperanza

Queridos diocesanos:

En nuestro mundo y en nuestra Iglesia hay signos de obscurecimiento de la esperanza. El hombre actual está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro; se refugia en lo inmediato, creyendo encontrar así la felicidad.

Ahí están la crisis del ‘nosotros’ y la pérdida de solidaridad, el consumismo desenfrenado, la falta de confianza en el futuro y la crisis de la acogida de la vida humana, la cultura del placer y del esoterismo. Ahí están también las nuevas pobrezas y la crisis de la familia, fundada en el matrimonio.

Aunque no faltan signos de un despertar religioso, es preocupante la ‘silenciosa y tranquila apostasía de las masas’ de la fe cristiana y de la práctica eclesial. Avanza una cultura ‘de tejas abajo’, cerrada a Dios. También entre los cristianos hay una creciente indiferencia respecto de la vida eterna que es la que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida.

El Adviento, que hoy comenzamos, nos prepara a la celebración de la Navidad, la primera venida del Hijo de Dios, el Salvador. A la vez, el Adviento dirige nuestra atención hacia la espera de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, cuando llevará a plenitud su obra de salvación. El y su Reino están presentes ya entre nosotros y vienen a nosotros en su Palabra y en sus Sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos de cada día.

Jesucristo es el sí definitivo de Dios al ser humano y la esperanza más profunda de los hombres. En Cristo, Dios ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud. Por su venida en la humildad de nuestra carne, el Señor realizó el plan de salvación de Dios. En Él, Dios ha restablecido de un modo único y definitivo la comunión con toda la humanidad y con toda la creación. En Él, la humanidad y el cosmos encuentran su sentido y realización últimos; y son purificados y liberados para siempre de la muerte física, social, ética, espiritual y cósmica. Cristo nos guía a la plenitud de la verdad y de la vida, y nos emplaza a ser fieles ‘hasta que El vuelva’.

El Adviento es tiempo para reavivar la esperanza teologal. Es la esperanza que arraiga en el amor incondicional de Dios, que huye de los optimismos frívolos, que lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud al final de los tiempos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

La familia cristiana, cuna de vocaciones

Queridos diocesanos:

Entre los acentos que hemos de poner en la vida y la acción de nuestra Iglesia diocesana está la promoción de las vocaciones al sacerdocio ordenado. En ésta una ocupación permanente de la acción pastoral de la Iglesia, que urge intensificar en la actualidad. Sin sacerdotes no habrá servidores del resto de las vocaciones y de las comunidades cristianas.

En el momento actual, nuestra Iglesia sufre un fuerte invierno de vocaciones. Son escasas las llamadas al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada, como también a la vida laical. Son, en efecto, pocos los seglares que viven su ser cristiano como una vocación, que abarca toda su existencia familiar, laboral, política, cultural o social.

El contexto cultural actual no es favorable a plantear la vocación; se propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes se reduce, en la mayoría de los casos, a la elección de una profesión, a conseguir una buena situación económica o a la satisfacción sentimental-afectiva, sin ninguna apertura al misterio de la propia vida, a Dios, o al propio bautismo. En esta situación no es fácil hablar de vocación y, menos aún, de vocaciones al sacerdocio ordenado.

Sin embargo, todos tenemos una vocación. Dios llama a cada uno a la vida, una llamada que contiene un proyecto concreto de Dios. La nueva vida recibida en el bautismo implica también una llamada de Dios para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento providente de Dios sobre cada uno; es su idea-proyecto, como un sueño del corazón de Dios, porque nos ama vivamente. La vocación es la propuesta de Dios a realizarse según esta imagen; y es única, singular e irrepetible. Ahí encuentra cada uno su nombre y su identidad, que asegura su libertad, su originalidad y su felicidad.

Es tarea de los padres, los primeros educadores, ayudar a sus hijos a descubrir, acoger y corresponder con libertad el don de su propia vocación. La familia cristiana, si es respetuosa con el don Dios y con el bien de los hijos, será la cuna primordial, donde los hijos descubran su proyecto de vida, único e irrepetible, según el plan de Dios. Este es el mejor servicio que pueden prestar a sus hijos, a su desarrollo, a su propia identidad, a su libertad y a su felicidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Carta al Pueblo de Dios en el Día de la Iglesia Diocesana

Castellón, noviembre de 2006

 

Amar a nuestra Iglesia Diocesana

 

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia diocesana, que este año celebramos el domingo 19 de noviembre, nos invita a los católicos a avivar nuestro amor a nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. La Iglesia diocesana no es algo ajeno a nosotros, sino que es nuestra Iglesia, nuestra gran familia; de ella formamos parte todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano. Nuestra Diócesis no es un territorio, una burocracia o un ente lejano; es la comunidad de los creyentes católicos, presididos por el Obispo, quien, como sucesor de los Apóstoles y en comunión con el Papa y el resto de los Obispos, hace las veces de Jesús, el Buen Pastor, Cabeza invisible de su Iglesia. En ella se hace presente y actúa la única Iglesia de Cristo.

Nuestra Iglesia diocesana es un don del amor de Dios. Fundada en Cristo y  alentada por la fuerza del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros. Nuestra Iglesia es don de Dios y, a la vez, tarea de cuantos la formamos. El mismo Señor nos ha encomendado la hermosa misión de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que su obra de Salvación llegue a todos. Hemos de saber acoger a nuestra Iglesia con la gratitud de quien se sabe agraciado por Dios; y hemos de aprender también a amarla de corazón como amamos a nuestra propia madre, a nuestra propia familia, pese a sus arrugas, fruto de nuestras deficiencias y pecados.

Con frecuencia los católicos acudimos a la Iglesia sólo cuando la necesitamos; cubierta la necesidad la olvidamos y vivimos al margen de ella, de su vida y de su misión y de sus necesidades de personas y de medios materiales para llevar a cabo su misión. No agradecemos -o no lo hacemos como se merece- tantos bienes como de ella hemos recibido. De nuestra Iglesia y a través de ella hemos recibido, entre otras muchas cosas, la fe en Jesucristo y su Palabra de Vida, la Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe y de la conciencia moral, los valores evangélicos para construir un mundo más humano, justo, fraterno y solidario, la capacidad de amar a los demás, el perdón de los pecados, la continua renovación de nuestras personas, la ayuda en la necesidad espiritual y material, el compromiso con nuestra tierra y la esperanza de la vida eterna. No podemos olvidar el patrimonio artístico y cultural, ni su aportación a nuestra historia e identidad con evidentes raíces cristianas.

A los católicos nos urge recuperar e intensificar el amor a nuestra Iglesia, valorando y agradeciendo los bienes recibidos de ella. Es preciso que tengamos claro que somos parte de ella y que la necesitamos para vivir nuestra condición de cristianos. Ante las dificultades ambientales y políticas del momento presente no podemos vivir avergonzados o acomplejados por ser católicos. Sabemos bien de quien nos hemos fiado: El Señor Jesús Resucitado.

Nuestro amor por nuestra Iglesia se ha de manifestar en nuestro compromiso permanente y generoso. Esto comienza por vivir cada vez con mayor fidelidad y autenticidad nuestra fe y vida cristianas, unidos a la Iglesia diocesana y a nuestra propia comunidad parroquial. Nuestro amor a la Iglesia diocesana quedará en meras palabras vacías si no participamos en su vida y en sus proyectos, si no hacemos propias sus preocupaciones y si no compartimos los bienes y los recursos.

Son muchas las actividades que nuestra Iglesia diocesana lleva a cabo para cumplir la misión que el Señor le ha encomendado. Ahí están las obras de caridad y de apostolado, las ayudas asistenciales a personas marginadas socialmente, la construcción de nuevos templos y de casas abadías y reparación de los deteriorados, la digna sustentación de los sacerdotes y la remuneración del personal seglar. Los medios económicos de que disponemos para cubrir estas necesidades son claramente insuficientes. Para su financiación, nuestra Iglesia diocesana necesita especialmente de la colaboración generosa de los católicos. Siempre ha sido así y ahora lo es en mayor grado al suprimirse el complemento estatal a la asignación tributaria y dada la precaria situación económica de nuestra Diócesis. Tomemos, pues, conciencia de nuestro deber de colaborar económicamente y con generosidad con nuestra Iglesia diocesana. Se puede hacer de diversos modos, como son, entre otros, la aportación en la colecta, las donaciones, las cuotas o la crucecita en la declaración de la renta.

Hoy os pido a todos una generosa aportación en la colecta de este día. Por favor, hagamos todos un pequeño esfuerzo. Es nuestra Iglesia, nuestra gran familia, y necesita de todos. Este año espero de vosotros una aportación mayor que en años anteriores. Amemos a nuestra Iglesia diocesana y comprometámonos con ella. Comencemos siendo generosos en la colecta de este día. Gracias por vuestra aportación en nombre de todos los que formamos la Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Colabora con tu Iglesia Diocesana!

Queridos diocesanos

Año tras año, el Día de la Iglesia diocesana pretende que todos cuantos formamos la Diócesis de Segorbe-Castellón tomemos conciencia de que es nuestra Iglesia para amarla más y para avivar nuestro compromiso activo en su vida y su misión. La Iglesia diocesana es el ámbito necesario donde cada cristiano católico y cada comunidad ha de vivir su fe y su corresponsabilidad en la vida y misión de la Iglesia. Es cierto que sentimos más cercanas la comunidad parroquial y otras comunidades o grupos, en los que día a día vivimos la fe y la misión. Pero no podemos olvidar que todas ellas son células o miembros de un cuerpo mayor, que es la Diócesis. Por esta razón no pueden entenderse aisladas de la Diócesis ni pueden vivir separadas o al margen de ella, sino integradas en la comunión de fe, en la acción pastoral y en la intercomunicación de bienes

Nuestro amor a la Iglesia diocesana quedará en meras palabras vacías si de verdad no somos miembros vivos de ella, si no participamos en sus proyectos, si no hacemos propias sus preocupaciones y si no compartimos los bienes y los recursos.

Son muchas las actividades que la Iglesia diocesana lleva a cabo para cumplir la misión que el Señor le ha encomendado; pero los medios económicos de que disponemos son insuficientes. Para su financiación, nuestra Iglesia diocesana necesita, especialmente, de la colaboración generosa de los católicos. Siempre ha sido así y ahora lo es en mayor grado al suprimirse el complemento estatal a la asignación tributaria y dada la precaria situación económica de nuestra Diócesis. Tomemos, pues, conciencia de nuestro deber de colaborar económicamente y con generosidad con nuestra Iglesia diocesana. Se puede hacer de diversos modos: aportación en la colecta, donaciones, cuotas o la cruz en la declaración de la renta, entre otros.

Hoy os pido a todos una generosa aportación en la colecta de este día. Por favor, haced un esfuerzo. Es nuestra Iglesia y necesita de todos para poder atender sus diferentes actividades, como son las obras de caridad y de apostolado, las ayudas asistenciales a personas marginadas socialmente, la construcción de nuevos templos y casas abadías y la reparación de los deteriorados, la digna sustentación de los sacerdotes y la remuneración del personal seglar. Espero de vosotros una aportación mayor que en años anteriores. Gracias.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Ama a tu Iglesia Diocesana!

Queridos diocesanos:

Cercano ya el Día de la Iglesia Diocesana, el próximo domingo 19 de noviembre, me detengo hoy en nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón. Una y otra vez constato que también entre muchos católicos existe una imagen falsa, distorsionada o parcial de ella. Son muchos los que piensan que la Diócesis es un conjunto de organismos o de servicios, o un territorio concreto o un ente lejano, llamado Obispado. No sorprende que en estos casos la relación con la Diócesis sea nula, distante, indiferente o fría.

Pero nada más ajeno a la realidad. Nuestra Iglesia diocesana es una comunidad de fieles, formada por todos los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano: Obispo, sacerdotes, religiosos y religiosas y fieles laicos. La Diócesis es nuestra gran familia; como tal la debemos sentir y amar, también con sus arrugas causadas por los pecados y deficiencias de cuantos la formamos. Al igual que ocurre en una familia humana, ningún cristiano católico puede considerarse extraño en la gran familia de la Iglesia diocesana, ni situarse al margen o en contra de ella. Lo que le ocurre a nuestra Iglesia diocesana y lo que sucede en ella nos afecta a todos y no nos puede ser indiferente. Cuando alguien siente su familia como propia se implica, se siente en casa, valora lo que de ella recibe, la quiere y se acerca a ella una y otra vez y no sólo cuando la necesita; sabe que su buena marcha también depende también de él.

En la Iglesia diocesana todos -y no sólo el Obispo o los sacerdotes- somos responsables; es algo que nace de nuestro Bautismo. Todos los que formamos parte de esta comunidad, hemos de sentirnos responsables y colaborar en su vida y en su misión, cada uno según la vocación y el ministerio que ha recibido: en el conocimiento y anuncio de la Palabra de Dios, en la celebración de la Liturgia y en el compromiso real para que el amor de Dios llegue a todos.

Nuestra Iglesia diocesana es y debe ser el signo y la presencia del amor de Dios Padre manifestado definitivamente en su Hijo y alentada por el Espíritu Santo. Y al igual que el amor de Dios Padre y la obra salvadora de su Hijo, Jesús, están ordenados a todos, la Iglesia no excluye ni puede excluir a nadie. Siempre podemos contar con nuestra familia, la Iglesia, como también debe poder contar con nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón.

Evangelizar las familias cristianas

Queridos diocesanos:

La familia cristiana tiene, hoy más que nunca, la misión nobilísima de transmitir la fe a sus hijos. Para ello es necesario que los padres vivan con fidelidad y autenticidad su condición de esposos y padres cristianos, pues nadie da lo que no tiene.

Es verdad que hay muchas familias, que mantienen viva su identidad cristiana; hay sensibilidad religiosa en casa y se preocupan por la educación de la fe de sus hijos. Pero nos encontramos con familias en las que uno de los cónyuges tiene sensibilidad religiosa y el otro no; son hogares donde se va perdiendo la atmósfera cristiana. Hay otras familias en las que los dos cónyuges se han alejado de la práctica religiosa y viven instalados en la indiferencia; lo religioso está como “excluido” del hogar. En los dos últimos casos, su condición cristiana aparece poco más que en algunos momentos significativos como el bautizo del hijo (no tanto el Bautismo), la primera comunión (no tanto la Eucaristía), o para pedir la catequesis o la clase de religión; muchas veces son los abuelos quienes asumen esas tareas. Por último, hay también algunas familias cristianas, que lamentablemente rechazan totalmente lo religioso y evitan que los hijos adquieran una iniciación cristiana.

Ante este panorama, las comunidades parroquiales, los sacerdotes, los agentes de pastoral familiar y las mismas familias cristianas estamos llamados a anunciar el Evangelio del matrimonio, del amor y de la vida; hemos de ayudar a los novios que se preparan para celebrar el sacramento del matrimonio o a los esposos que ya lo han contraído a descubrir su vocación cristiana al matrimonio: en su enamoramiento, Dios mismo les conduce y llama al matrimonio para ser signo eficaz del amor de Dios en su amor esponsal y familiar. Las familias cristianas necesitan ser acompañadas para que vivan en verdad lo que son: una “iglesia doméstica”, un ámbito donde se vive el amor y se transmite la fe.

La vocación cristiana al matrimonio y a la familia tiene un horizonte precioso que merece la pena proponer, alentar y cuidar. El crecimiento de la identidad cristiana de las familias que se fundan en el Señor será un fermento imprescindible en la Iglesia, una ayuda inestimable para la sociedad y una respuesta a una de las cuestiones claves de nuestro tiempo en la sociedad y en la Iglesia: la educación de los hijos, su iniciación cristiana y la transmisión de la fe.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón