El Hogar de Nazaret y la familia cristiana

Queridos diocesanos

El domingo siguiente a la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y, con esta ocasión, la Jornada de la familia y de la vida. Porque fue en el seno de una familia, la Familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació y creció Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. Ante nuestros ojos está la Familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús.

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus integrantes vive el designio amoroso de Dios para con cada uno de ellos: José, su vocación de esposo-padre; María, la de esposa-madre y Jesús, la del Hijo, enviado para salvar a los hombres. En este hogar es donde Jesús pudo educarse, formarse y prepararse para la misión recibida de Dios. La Sagrada Familia es una escuela de amor recíproco, de acogida y de respeto, de diálogo y de comprensión mutua, y una escuela de oración. Es el modelo donde todos los cristianos y las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

San Pablo, en su carta a los Colosenses (3,12-21), nos muestra la unidad de vida y de comunión en el amor que ha de darse en la familia cristiana. Un amor que es siempre recíproco y fiel, entregado y respetuoso; un amor, que para ser verdadero, incluye necesariamente el perdón: ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos’. Este es el verdadero amor, que es, a su vez, el único vínculo capaz de mantener unidos a los esposos y a la familia más allá cualquier dificultad o problema. Este amor es el verdadero alimento de la familia, que ayuda a crecer a los esposos y a los hijos y preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, ni un sentimiento volátil o una pasión pasajera. Este amor no es egoísta, ni individualista, porque no es búsqueda de sí mismo. El verdadero amor es donación y entrega mutua y desinteresada, que busca el bien del otro.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos urge a los cristianos a acoger, vivir y proclamar la verdad y la belleza de la familia, según el plan de Dios. La familia natural y cristiana es una comunión íntima de vida y amor, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto al don de la vida humana, y para siempre. Esta buena nueva hemos de vivirla y proponerla sin miedos ni complejos en un contexto social, político y legislativo contrario al verdadero matrimonio, a la familia y a sus derechos. A la vez, hemos de pedir para la familia, célula básica de la sociedad, el respeto y el apoyo económico, social, político y mediático que en justicia se merece, en especial en la políticas de vivienda, de conciliación entre vida laboral y familiar o de educación. No podemos guardar silencio ante el ataque frontal a la familia sea con la equiparación de las uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio, o con el llamado ‘divorcio expres’, que acaba con la estabilidad propia del matrimonio y desintegra la familia.

¡Que como cristianos sepamos responder a la tarea urgente de anunciar la Buena Nueva del matrimonio y la familia!.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¡Es Navidad!

Queridos diocesanos:

Navidad está a las puertas. Aunque no falten los intentos de silenciar y los peligros de olvidar su verdadero sentido cristiano, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del evangelista Juan: “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la Navidad y el motivo de la  alegría navideña de los cristianos, que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Jesús, el Niño que nace en Belén, es la Palabra de Dios. La Palabra es el Hijo de Dios hecho hombre; el Niño nacido en Belén es el Dios encarnado. Dios y Hombre, la divinidad y la humanidad, unidas en una sola persona: el Niño-Dios nacido en Belén.

La Navidad es misterio de amor. Es el amor infinito de Dios Padre, que envía al mundo a su Hijo Unigénito para darnos su propia vida y su amor. Es el misterio del amor del “Dios con nosotros”, el Emmanuel: Dios entra en nuestra historia humana y viene a la tierra para entregarnos su vida por amor. Se entablará una lucha angustiosa entre la luz y las tinieblas, entre la verdad y la mentira, entre la muerte y la vida, entre el odio y el amor; al final, por su muerte y resurrección, triunfarán la luz, la verdad, la vida y el amor. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida para que en la tierra reine el amor.

Jesús, la Palabra de Dios hecha carne y nacido en Belén, nos invita con fuerza a entrar en una vida nueva, la que Él mismo nos da en abundancia. El hombre moderno dice no necesitar de Dios; la época presente se empecina en vivir de espaldas a Dios. Pero el hombre, pese a los cambios, permanece siempre el mismo; aunque se resista algún tiempo a ello, al final se hace siempre las mismas preguntas sobre sí mismo, su origen y destino; sufre y necesita amar y ser amado; busca seguridad y reclama consuelo en su desvalimiento; busca y necesita la felicidad. Cuando pasa el frenesí del momento, se da cuenta de que es barro, frágil, limitado, necesitado de amor, de salvación y de Dios.

En Navidad, Dios sale nuestro a nuestro encuentro porque nos ama. Es preciso dejarse encontrar por Dios, ir en su búsqueda, como los magos del Oriente y encontrarlo en el “niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Para todas las preguntas del hombre antiguo, moderno o posmoderno, Jesucristo es la respuesta, porque es la palabra definitiva de Dios. Jesús es y nos trae una buena Noticia. Como nos dice san León Magno, “alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida”. Esta invitación a vivir la alegría es un ofrecimiento y una llamada para todos.

Alegrémonos: la salvación ha venido por Jesucristo al mundo y algo ha cambiado definitivamente desde entonces; y algo puede y debe cambiar en nuestra vida, si contemplamos, adoramos y acogemos al Niño-Dios, nacido en Belén. Os deseo a todos una feliz y santa Navidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sed de Dios

Queridos diocesanos:

Con frecuencia lamentamos el sesgo que va tomando la Navidad en una sociedad marcada por el bienestar material, el consumo, la diversión, la superficialidad y la indiferencia religiosa. Incluso nos duele cuando se pretende ocultar su sentido cristiano en tarjetas de felicitación o en adornos; protestamos cuando un laicismo militante promueve la desaparición en espacios públicos de los símbolos navideños típicamente cristianos, como es el belén.

Pero puede ocurrir que sin darnos cuenta ese mismo ambiente materialista, hedonista y neopagano vaya haciendo mella en los cristianos. De ahí la urgente necesidad de preparar la  Navidad como conviene saliendo en este tiempo Adviento al encuentro de Cristo, que viene. La celebración en cristiano de la Navidad depende de nuestra preparación previa a este acontecimiento de fundamental importancia para el hombre, la humanidad y la historia: Dios sale al encuentro del hombre, de toda la humanidad, en Jesús de Nazaret para ofrecernos la Salvación.

No es indiferente el modo y la calidad de nuestra respuesta a Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús. El no se impone, sino que se ofrece gratuitamente a nuestra libertad; sin embargo de nuestra acogida, indiferencia o rechazo depende nuestra salvación, que se siembra ya en el presente y da frutos en la gloria y felicidad eternas.

Y es posible que ahí comience nuestro drama. Porque ¿sentimos en verdad necesidad de Dios y de su Salvación en Cristo? Nos sentimos tan a gusto con nuestro bienestar, con nuestros logros humanos y con vivir el momento presente que consideramos innecesarios a Dios y su Salvación plena y eterna. Muchos han hecho una opción de vida de su voluntaria cerrazón de mente y de corazón a Dios y se han sumergido libre y gustosamente en la oscuridad espiritual, tanto en su vida personal como en su vida familiar o social. Es malo cerrarse a Dios, dejándose llevar por la cultura y la concepción dominantes del hombre y del mundo.

Las propuestas de liberación del hombre y de su finitud, de su dolor y de su infelicidad, al margen de Dios y del reconocimiento de la realidad del mal moral, del pecado, y de la muerte son señuelos engañosos. Las propuestas de progreso de la humanidad sin una esperanza anclada en Dios, presente y futuro de la humanidad, tienen las alas muy cortas.

Sólo nos puede salvar quien nos libra del pecado y de la muerte temporal y eterna: Dios mismo que en Cristo Jesús entra y obra en nuestra historia, y le confiere sentido en el presente y meta en el futuro. Dios no es un competidor del hombre, de su libertad, de su desarrollo y de su felicidad, sino todo lo contrario: Dios es su garante. Venimos de su amor y hacia él caminamos. Dejemos que aflore y se acreciente en nosotros la sed de Dios que nos conduzca al encuentro con Jesús, el Mesías y Salvador, en esta Navidad. El es el Camino de nuestra verdadera, plena y feliz realización, El es nuestra esperanza, como tan bellamente enseña el Papa Benedicto XVI, en su nueva Encíclica ‘Spe salvi’ (en esperanza fuimos salvados).

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Preparad el camino al Señor

Queridos diocesanos:

En el Adviento, tiempo sagrado de preparación a la Navidad, al nacimiento del Hijo de Dios, el Mesías y Salvador, se vuelve más explícita y apremiante la llamada de la Palabra de Dios a la conversión. En este segundo domingo escucharemos la exhortación de Juan Bautista: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 2). Benedicto XVI, en su magnífico libro ‘Jesus de Nazaret’, nos dice que el Reino de los cielos, el Reino de Dios es Cristo mismo. En Cristo y a través de Él, el Reino de Dios se hace presente aquí y ahora. Al nacer Jesús en Belén, Dios mismo entra en la historia humana de un modo totalmente nuevo, como aquel que obra y salva. Por eso, el Adviento llama de modo especial a la conversión a Dios, a prepararle y allanar el camino, al arrepentimiento y confesión de nuestros pecados; es un tiempo de gracia, pues Dios viene a nuestro encuentro

Puede que la llamada a la conversión nos resulte tan conocida que nos deje fríos. O puede que nos hayamos instalado de tal modo en un modo de vida sin Dios, que pensemos no estar necesitados de conversión porque ya no sintamos ni tan siquiera necesidad de Dios. Él nos ofrece de nuevo este tiempo de gracia, nos invita a volver nuestra mirada hacia Él, a dejarle el espacio que le corresponde en nuestra vida. Pues cuando Dios desaparece, comienza el ocaso del hombre.

La conversión a Dios es una llamada válida para todos. Exige una transformación de la mente y del corazón, un cambio radical en el modo de pensar, de sentir, de ser y de obrar. Necesitamos unos ojos nuevos para ver con los ojos de Cristo, una mente nueva para pensar como El y un corazón nuevo para sentir como El. Necesitamos renovarnos interiormente despojándonos del ‘hombre viejo’ para revestirnos del “hombre nuevo creado a imagen de Dios para llevar una vida santa” (Ef 4, 22-24). La inclinación al poder, al tener, al placer y a la autosuficiencia nos lleva a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Dios, a instalarnos en él y a marginar a Dios y a su Reino.

Convertirse significa, pues, abandonar la propia suficiencia y la falsa seguridad en sí mismo y en los propios caminos en la búsqueda de la felicidad para retornar a Dios, a Jesucristo y a su Evangelio. Mejor: convertirse es dejarse encontrar por Dios que sale a nuestro encuentro en Cristo, dejarse abrazar por El, dejarse perdonar los pecados y reconciliar por Dios en su Iglesia, cambiar de orientación en la propia existencia y buscar el apoyo en Dios.

La figura de preparar el camino al Señor o allanar sus senderos, usada por Juan Bautista, expresa y exige por nuestra parte actitudes de humildad y rectitud, veracidad y justicia, fe y esperanza en la salvación que sólo de Dios puede llegarnos. Esta es la buena noticia del Adviento: Dios nos ama y se acerca como Salvador. Si le dejamos entrar en nuestra vida, entonces todo cambiará en nosotros: la tristeza se convertirá en alegría, la desesperanza en fe, el miedo en fortaleza, la esclavitud en libertad, el egoísmo en amor.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vivir el Adviento

Queridos diocesanos:

Este Domingo comenzamos el tiempo litúrgico de Adviento. Tiene este tiempo tres dimensiones, que es preciso no olvidar. El Adviento mira al pasado: El Señor, el Mesías anunciado y esperado, ya ha venido; nos preparamos para celebrar con gozo la Navidad, la ‘primera’ venida en la historia del Hijo de Dios en Belén. El Adviento mira al presente: El Señor Resucitado vive y sale constantemente a nuestro encuentro en su Palabra, en sus Sacramentos -en especial en la Eucaristía-, en el prójimo y en los acontecimientos de la vida. Y el Adviento mira, finalmente, al futuro, hacia la ‘segunda’ venida de Jesucristo al final de los tiempos en que llevará a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la creación. No olvidemos tampoco el decisivo encuentro con el Señor en la hora de nuestra muerte, en que cada uno será examinado y juzgado del amor o de la falta de amor hacia El y, en Él, hacia el hermano pobre y necesitado.

No nos dejemos deslumbrar por la iluminación de calles y plazas en estos días, no nos dejemos aturdir por los reclamos machacones al consumo. Vivir en cristiano el Adviento comporta despertar nuestra alegría y nuestra esperanza, pero también vivir con atención y vigilancia ante la venida presente y futura del Señor Jesús. Poniendo nuestra mirada en el futuro nuestros ojos se vuelven hacia el presente para acoger y vivir en el día a día la novedad de la vida bautismal y las exigencias de nuestro seguimiento del Señor con fidelidad, intensidad y autenticidad crecientes.

En nuestro hoy de peregrinos, la vigilancia y esperanza son pilares imprescindibles de la vida cristiana, de nuestra Iglesia y de cada uno de sus fieles, que os invito a avivar en este tiempo de gracia del Adviento. La vigilancia nos ha de llevar a una conversión constante a Dios en Cristo Jesús, a intensificar la vida de oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, a revisar el tono de nuestra caridad y compromiso cristianos, y a acoger el amor misericordioso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación. La esperanza en el triunfo definitivo de Cristo nos ayudará a avivar nuestra fe en la vida eterna y en la resurrección de la carne y, además, a no perder la paz ante las insidias de los poderes de este mundo.

Así se avivará también nuestra conciencia de misión y presencia en el mundo, para que todos puedan encontrarse con Cristo y para que el Amor de Dios, que nos salva, llegue a todos. El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, que con frecuencia está tentado de buscarla lejos de Dios. Por ese camino cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. Es en Jesucristo donde el hombre descubre su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo que ha comenzado a edificarse en el presente. Cristo ha venido y viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor que viene; hagámosle presente en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Cristo Rey

Queridos diocesanos:

En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Jesús mismo se declara Rey ante Pilatos en el interrogatorio a que lo sometió cuando se lo entregaron con la acusación de que había usurpado el título de ‘rey de los Judíos’. “Tu lo dices, yo soy rey”, le contesta. Pero mi reino no es de este mundo, añade. En efecto, el reino de Jesús nada tiene que ver con los reinos de este mundo. No tiene ejércitos ni pretende imponer su autoridad por la fuerza. Jesús no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y a reconciliarlos con Dios.

Jesús es Rey porque ha venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). El reino de Jesús es el reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor. Toda su existencia es relevación de Dios y de su amor. Esta es la verdad de la que dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ e instauró definitivamente el reino de Dios. Desde este momento, la Cruz se transforma en fuerza y poder salvador. Lo que era instrumento de muerte se convierte en triunfo y causa de vida. Este reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos.

Jesús, el testigo de la verdad, nos descubre la verdad profunda de nuestras personas, del mundo y de la historia, la verdad de Dios para nosotros y de nosotros para Dios. Venimos del amor de Dios y hacia él caminamos. Por eso, porque El descubre la verdad honda y universal de nuestros corazones, todos los que la escuchan con buena voluntad, la acogen en su corazón y se hacen discípulos suyos. El reino de Cristo es el reino de la verdad, el reino del convencimiento y de la adhesión del corazón. En el evangelio de este día resuena la estremecida súplica del ‘buen ladrón’, que confiesa su fe y pide: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y así sucedió.

Celebrar a Cristo como Rey de la humanidad suscita en nosotros sentimientos de gratitud, de gozo, de amor y de esperanza. El Reino de Jesús es el reino de la verdad, del amor, de la salvación. El nos ha librado del reinado del pecado, de las fuerzas que nos esclavizan y del poder de la muerte. El nos pone en el terreno de la verdad y de la vida, en el camino del amor y de la esperanza. El es el Rey de la Vida Eterna. Esta fiesta nos exhorta a acoger libremente la verdad del amor de Dios, que no se imponen jamás. Llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden alegría y paz.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Coopera con tu Iglesia Diocesana

Queridos diocesanos:

La misión espiritual de nuestra Iglesia diocesana descansa en último término en Dios mismo. El es quien la sostiene por medio de Jesucristo, que la convoca, la preside y la vivifica por medio de la fuerza interior del Espíritu Santo. Pero el Señor Resucitado ha puesto la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles, y, a  través de ellos, de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. “Id y anunciad el Evangelio a toda criatura” les dijo poco antes de ascender a los Cielos.

La misión de nuestra Iglesia corresponde a todos los bautizados; para llevarla a cabo necesita de la cooperación activa y responsable de todos sus miembros. Esta cooperación tiene distintas formas, como son la vida personal coherente con la propia fe en el día a día y en el lugar de trabajo o en la familia, la implicación en las tareas de la Iglesia, de la parroquia y de los grupos eclesiales; esta cooperación incluye también la colaboración económica. Nuestra Iglesia, que no es de este mundo pero está en el mundo, necesita también recursos económicos para poder llevar a cabo su misión.

Son muchas las necesidades de nuestra Iglesia para seguir haciendo el bien. Ahí están la atención espiritual y humana a todo aquél que lo necesita, el culto, el mantenimiento de los templos y casas abadías así como la construcción de nuevos templos y complejos parroquiales, la atención de numerosos servicios caritativos y sociales, la remuneración de los sacerdotes, religiosos y seglares, las actividades pastorales para adultos, jóvenes y niños, o la evangelización y la ayuda al Tercer Mundo.

Muchas son las tareas, pero pocos los recursos económicos de que disponemos. Sólo la austeridad presupuestaria nos permite, año tras año, salir adelante; y hay cosas que tienen que esperar por falta de medios. Nuestra Diócesis tiene además una fuerte deuda, generada por la inversión de más de mil quinientos millones de pesetas en siete años en la recuperación de patrimonio y en subvenciones a parroquias, delegaciones y movimientos; la inversión en bolsa para afrontar estos gastos no dieron el resultado previsto. A la amortización de esta deuda debemos destinar grandes cantidades año tras año.

A partir de ahora el sostenimiento de nuestra Iglesia pasa a depender únicamente de quienes hagan sus aportaciones periódicas, de las donaciones y colectas, de quienes marquen la X de la Iglesia en la declaración de la renta. Se ha suprimido el complemento presupuestario del Estado a lo recaudado por la asignación tributaria en la declaración de la renta. Esta nueva situación y la deuda indicada exigen un compromiso y un esfuerzo mayor por nuestra parte. Todo católico ha de ayudar a su Iglesia, su familia, en sus necesidades y ha de colaborar económicamente con ella. No lo olvides en la colecta de este domingo, el Día de la Iglesia Diocesana. Gracias en nombre de tu Iglesia por tu aportación.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Conocer y sentir la Iglesia

Queridos diocesanos:

La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo día 18 de noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia desde dentro y a sentirla como propia para amarla de corazón. Muchas veces tenemos falsas imágenes de la Iglesia; otras veces nos dejamos atrapar por críticas injustas, que minan nuestro afecto hacia la Iglesia.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos, que presidida por el Obispo en nombre de Jesús, el Buen Pastor, anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para toda la humanidad. Cada uno la experimenta en su comunidad parroquial o eclesial, en su grupo, que son como células o miembros de la Iglesia diocesana. Ésta no es, pues, algo ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, es nuestra familia, donde nacemos a la fe y vivimos nuestro ser cristiano; de ella formamos parte  todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano.

Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y, a la vez, una tarea encomendada a todos los que la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger con gratitud y amar de corazón, también con sus arrugas, fruto de los pecados de quienes la formamos. Querida por Cristo y alentada por la fuerza  del Espíritu Santo es el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora entre nosotros a lo largo de los siglos. El mismo Cristo nos ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno.

A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y sin tibieza nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la comunidad de los creyentes, al margen de la Iglesia. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como una vivencia personal de la propia fe. Ser cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien cree personalmente en Cristo y se adhiere a El; quien acoge y vive día a día el don de la fe y la nueva vida del bautismo, como verdadero regalo liberador y no como carga insoportable; quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar, sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la transformación de la sociedad y del mundo.

En una palabra, cristiano es el que sigue y vive unido personalmente a Jesús y a su Evangelio, y esto siempre, en el seno de la comunidad de los creyentes, en la Iglesia. La vivencia personal de la fe ha de estar centrada en Cristo, pero, a la vez, entroncada, alimentada, celebrada y vivida en el seno de la comunidad de los creyentes participando en su vida y misión. Es el camino que el mismo Jesús nos ha dado. No lo olvides: la Diócesis es tu Iglesia y ella cuenta contigo.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

A favor de toda vida humana

Queridos diocesanos:

Un responsable político en España ha afirmado que la sociedad española ya está madura para legalizar la eutanasia. Se pone de manifiesto así la clara la voluntad de los actuales gobernantes. Resulta, al menos, irónico este concepto de madurez de la sociedad. Parece que se considera que la propaganda ya ha minado lo suficiente la recta conciencia sobre el deber legal y moral de respetar la vida de toda persona humana para que se acepte la eutanasia.

Para hacer social y legalmente aceptable la eutanasia, se manipula el lenguaje. Se llama muerte digna a lo que no es sino la eliminación de un ser humano. También se juega con el temor ante el sufrimiento antes de la muerte o se suscita una falsa piedad con el que sufre, porque no lleva al compromiso con él, sino a su aniquilación. O se aplica el criterio tan relativo y arbitrario como ‘calidad de vida’ para decidir quién tiene derecho a seguir viviendo o ha de ser eliminado.

En la eutanasia está en juego la dignidad de las personas y la vida que hemos recibido. Es evidente que todo ser humano tiene la experiencia de que ha recibido la vida, que ésta le ha sido dada, que él no se ha creado. Una vez recibida la vida, no se puede hacer lo que quiera con ella, con la propia y con la ajena; toda vida ha de ser respetada desde su concepción hasta su muerte natural por todos y protegida por el Estado.

La eutanasia es siempre una forma de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto positivo, ya mediante la omisión de la atención y de los cuidados debidos. La eutanasia es, en efecto, la acción cuya intención es causar la muerte a un ser humano para evitarle sufrimientos, bien a petición de éste, bien por considerar que su vida ya no merece ser vivida ni mantenida. Se trata pues de un mal moral grave, una grave violación de la ley de Dios por eliminar deliberadamente la vida de una persona humana. Cosa distinta es aquella acción u omisión que no causa la muerte por si misma o por la intención, como son la administración adecuada de calmantes, aunque puedan acortar la vida, o la renuncia a terapias desproporcionadas, que retrasan indebidamente la muerte.

Cuando se defiende la dignidad de toda vida humana no se trata de ir contra nadie, sino de favorecer y defender toda vida humana hasta su final natural, por más que la eutanasia pueda parecer útil o digna a una mentalidad utilitarista, hedonista y egoísta. Se trata de respetar la vida de todo ser humano y su verdadera dignidad. Porque la vida humana tiene su origen y destino en Dios, es digna siempre, también la de los débiles, enfermos, discapacitados o ancianos. La vida es un don al que, como a la libertad, no se puede renunciar o del que no pueden disponer los demás y que el legislador debe proteger para todos para garantizar la igualdad de todos ante la ley.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López

Obispo de Segorbe-Castellón

Testigos del Amor y del Perdón

Queridos diocesanos:

Este Domingo serán beatificados en Roma 498 mártires, que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX. Dos de ellos nacieron en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón: una en Castellón, Sor Luisa Pérez Brihuega, monja Adoratriz Esclava de Santísimo Sacramento y de la Caridad; y otro en Villarreal, el carmelita, Fray Ludovico María Ayet Caños.

Con su beatificación, la Iglesia declara solemnemente que todos ellos murieron como mártires, como testigos heroicos del Evangelio. Después de un largo y minucioso estudio e investigación, caso por caso, consta que todos entregaron su vida cruentamente por haber sido cristianos. Murieron “por odio a la fe” de parte de quienes los mataron o mandaron matar. No son caídos de la guerra, sino mártires de Cristo. No son fruto de una contienda en la que caen de uno y otro bando. Son testigos de Cristo, que se han mantenido fieles a su fe y amor a Cristo hasta la muerte. No cabe duda que murieron víctimas de una persecución religiosa contra la Iglesia católica. Nuestros mártires no murieron en el frente luchando, ni por su militancia política; fueron buscados y asesinados por ser cristianos. Eran obispos, sacerdotes, frailes o monjas o seglares creyentes, de todas las edades y clases sociales. Se les pidió renunciar a su fe, y ellos se mantuvieron firmes en esa fe y en su amor a Cristo.

Este mismo amor a Cristo les llevó a responder al odio con amor y perdón. Ellos murieron perdonando y amando a sus verdugos. Así nos dejaron el hermoso e impagable testimonio del perdón como el único camino para la reconciliación. Ni el odio al otro, ni el deseo de su destrucción, sólo el amor es el camino de la construcción de una sociedad verdaderamente humana. Los mártires no ofendieron a nadie, no impusieron a nadie sus creencias, querían vivir en libertad la fe cristiana. Su trabajo fue hacer el bien, pero el odio contra la religión no los soportaba. Llenos de fe y de amor al Señor, su Dios, confortados por el rezo del santo rosario, alimentados, cuando era posible, con la Eucaristía, cantando salmos, gritando vítores a Cristo, en ellos triunfó el amor y el perdón.

No faltan quienes quieren desfigurar su grandeza, o quienes buscan politizar su beatificación por interés ideológico o por el intento de desfigurar la historia. La Iglesia nos los propone hoy como ejemplo de amor, de perdón y de reconciliación. Demos gracias a Dios por el testimonio de estos mártires. Ellos son un signo de esperanza para todos. Que su ejemplo nos ayude a vivir nuestra fe con fidelidad en tiempos de inclemencia.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón