Homilía en el Día de Navidad

Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2012 

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

****

 

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

 

  1. Un año más, la Liturgia nos convoca ante el portal de Belén para adorar y meditar, para bendecir y alabar, para postrarnos en humilde oración ante el misterio del Niño Dios, nacido en Belén. “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Esta es la buena noticia de este Día Santo de Navidad. Una noticia antigua y siempre nueva, que resume y expresa la razón más profunda de nuestra alegría navideña. Y ¿por qué este Niño pobre y frágil, que yace en el pesebre, es motivo de alegría?

 

Este Niño es en apariencia uno de tantos niños. Nos ha nacido un Niño en un establo de Belén, en una situación de penuria, fragilidad y humildad: nace pobre entre los pobres. Pero el Niño que nace es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hb 1,3). Anunciado por los profetas, el Hijo de Dios se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Inmaculada Virgen María. Cuando, hoy proclamemos en el Credo las palabras “y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, todos nos arrodillaremos. Meditaremos breve, pero intensamente el misterio que hoy se realiza: el Hijo de Dios “se hizo hombre”. Si todavía nos queda capacidad de asombro y gratitud, contemplemos el misterio de la Navidad, adoremos al Niño-Dios. Hoy viene a nosotros el Hijo de Dios y nosotros lo recibimos de rodillas en adoración agradecida.

 

  1. Sí hermanos: Adoremos al Niño con sentida gratitud, porque “un Hijo se nos ha dado”. La Navidad es el mayor regalo de Dios para toda la humanidad. La Navidad es el mayor don de Dios, porque Dios nos da a su propio Hijo por pura gratuidad, por puro e inmerecido amor a la humanidad. Jesús, el Hijo que nos ha sido dado, ha querido compartir con nosotros la condición humana para comunicarnos la vida divina. No nos dejemos distraer por los ruidos de alrededor o por los tintes neopaganos de tantas celebraciones de estos días. No nos dejemos embaucar por los intentos de silenciar o de negar el sentido propio de la Navidad.

 

Navidad, su raíz más profunda y su razón suprema, es que Dios nace a la vida humana y temporal: Dios se hace hombre, el Hijo de Dios toma nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de la vida de Dios. En Navidad, Dios se ha unido y está para siempre con nosotros: lo divino y lo humano quedan unidos para siempre. Nuestro Dios no es un dios lejano, al margen de la historia humana ni enfrentado a la humanidad. El Dios que hoy se nos muestra en este Niño es el Dios-con-nosotros, que entra en nuestra historia y la comparte, es el Dios que está a favor de los hombres: El Niño-Dios es el Emmanuel. “La gloria del hombre es Dios y la gloria de Dios es el hombre; que el hombre viva”, nos dice San Irineo. Es una tentación y una tragedia, presente ya desde el origen de la historia humana, pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño-Dios nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo, de su progreso o de su  realización. Dios, hermanos, no es el opio del hombre; es decir, una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo.

 

No, hermanos. Dios se hace hombre por amor al hombre; Dios nace para que el ser humano lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. Si el ser humano quiere serlo en verdad y conforme a su propia dignidad de ‘imagen de Dios’, no puede silenciar a Dios, no puede marginarlo de su vida, no puede intentar liberarse de El declarando su muerte para comenzar así a ser hombre. En Jesucristo y por Jesucristo, Dios ha hecho suya la causa del hombre, ha empeñado su palabra en la salvación del mundo. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

 

  1. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14), hemos proclamado en el Evangelio. La Palabra, que ya existía desde el principio y antes de todo, la Palabra por la que Dios creó cielo y tierra, porque la Palabra es Dios, esa misma Palabra toma carne en un momento de la historia humana. Jesús, el Niño-Dios nacido en Belén de la Virgen María, es la Palabra definitiva de Dios, es la manifestación y revelación de Dios mismo a los hombres. Es el mismo Dios, quien se revela, quien se manifiesta y quien se pone a nuestro alcance en este Niño que nace en Belén. Este Niño-Dios es la manifestación definitiva de Dios. “Ahora, en la etapa final, (Dios) nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,2). No tenemos otro camino para conocer e ir a Dios y para encontrarnos con El sino el Niño-Dios. Jesús dirá más tarde a uno de sus discípulos: “Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Porque la Palabra de Dios se ha hecho carne; no es un fantasma o una ficción retórica, sino un hombre de verdad, de carne y hueso: Jesucristo. No es tampoco un mito de la religión, ni es una leyenda piadosa, sino una persona real de la historia humana. Si creemos así, creeremos que el nacimiento de Jesús es la epifanía de Dios. En Jesús y por Jesús, Dios sale al encuentro del hombre. En Jesús y por Jesús, es Dios con nosotros, en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia, que ya no podemos distorsionar.

 

Cristo Jesús, la Palabra hecha carne, culmina la plenitud de los tiempos. El es el centro de la historia y el cumplimiento de la promesa de Dios, que es promesa de salvación. En el nacimiento de Jesús, Dios pone su tienda en el campamento de la humanidad, cambia el rumbo de la historia, haciéndose solidario del empeño humano de construir la fraternidad universal. Dios se hace nuestro prójimo y el prójimo deviene el punto de mira que nos orienta y conduce a Dios. Por eso, cuando la Navidad alumbra a Dios, se convierte en una espoleta de paz y de fraternidad. La humanidad, más que nunca en nuestros días, está necesitada de ese Niño-Dios, “el Príncipe de la paz”, para que acalle el ruido de las armas, para que se respete toda vida humana, para que se ponga unión en las familias, serenidad y verdad en las mentes, perdón y reconciliación entre las naciones, gratuidad y amor frente a tanto egoísmo.

 

  1. El nacimiento de Jesús significa el encuentro de Dios con los hombres, pero también el encuentro del hombre -de todos los hombres- con Dios. Al venir Dios a este mundo abre definitivamente el camino de los hombres a Dios. De esta suerte se nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios, pero no al margen se Él, sino acogiéndole con fe. Pues dice Juan que a cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, no por obra de la raza, sangre o nación, sino por la fe: si creen en su nombre (cf Jn 1,12).

 

La Navidad no es un hecho del pasado sino del presente. Y será del presente en la medida en que dejemos que Dios llegue a nosotros, y nazca en nuestro corazón: así  se purificará nuestra fe, se fortalecerá nuestra esperanza y se avivará nuestra caridad.    Muchos, hoy como entonces, tampoco se darán cuenta del nacimiento en carne del Hijo de Dios. Seguirán creyendo que Dios hace tiempo que enmudeció, que dejó de interesarse por el hombre, o que se olvidó de nuestra realidad sufriente. Muchos dirán incluso que el hombre no tiene necesidad de Dios. En medio, de tanto colorido desvirtuado y de tanto contrasentido navideño, Dios, por encima de todo, viene y nace. Esa es la gran verdad: ¡Dios nace de nuevo en cada hombre y en cada mujer que esté dispuesto a acogerle en la fe, a dejarle espacio y tiempo en su vida!

 

  1. Acerquémonos, hermanos, al Portal de Belén con una actitud contemplativa, de silencio y de adoración, de amor y de fe. Navidad pide de todo cristiano contemplar el misterio, acogerlo en el corazón y en la vida, celebrarlo en la liturgia junto con otros creyentes, y anunciarlo con entusiasmo. No nos avergoncemos de confesar con alegría nuestra fe en el Niño-Dios. Mostremos al Niño-Dios con humildad a nuestro mundo para que Cristo llegue también a quienes no lo conocen, no creen en El o lo rechazan.

 

¡Que el fulgor de su nacimiento ilumine la noche del mundo! ¡Que la fuerza de su mensaje de amor destruya las asechanzas del maligno! ¡Que el don de su vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural! ¡Que El Niño-Dios, el Principie de la Paz, nos conceda su Paz, la Paz de Dios! ¡Que el Niño-Dios encienda de nuevo la esperanza en nosotros! Sólo El nos asegura el triunfo del amor sobre el odio, de la luz sobre las tinieblas, de la vida sobre la muerte. ¡Que la alegría de esta Navidad, se prolongue durante todo el año, como el nacimiento hacia una vida que quiere crecer y madurar en el amor, en la verdad, en la justicia y en la paz! ¡Feliz, santa y cristiana Navidad para todos! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Misa exequial por D. Herminio Pérez Güemez

 

S.I. Catedral-Basilica de Segorbe, 19 de noviembre de 2012

(Sab 3,1-9; Salm 121; 1 Jn 3,1-2; Jn 14,1-6)

****

 

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

 

1.El Señor nos ha convocado como Iglesia diocesana en torno a la Mesa de su Palabra y de su Eucaristía para celebrar el misterio de su Pascua, su muerte y su resurrección, en la muerte a este mundo de nuestro hermano sacerdote, D. Herminio. En la celebración de hoy, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de D. Herminio, quien en las primeras horas de ayer era llamado por el Padre del amor y de la misericordia a su presencia, a la edad de 89 años.

 

  1. D. Herminio había visto la luz de este mundo el día 3 de octubre de 1923 en Camarena de la Sierra (Teruel), como hijo único de unos padres profundamente cristianos. Ingresó en el Seminario de Zaragoza en 1934 y fue ordenado presbítero el 20 de julio de 1947 en la S.I. Catedral de Teruel. En la Universidad Pontificia de Comillas de Santander obtuvo la licenciatura en Teología Dogmática.

 

Después de ejercer los ministerios de formador y profesor en el Seminario de Teruel y de vicario parroquial en la de San Andrés de Teruel, en 1954 fue nombrado párroco de Ntra. Sra. de los Ángeles de Bechí y, al pasar esta parroquia a Segorbe-Castellón en 1960, D. Herminio pasó a formar parte de nuestro presbiterio diocesano. En Bechí se ganó el aprecio y el reconocimiento de los feligreses por la entrega, inteligencia, buen trato y acogida que les dispensó. Con su talante dialogante y su gran bondad supo suscitar la colaboración y el compromiso de los fieles en los duros años de la postguerra civil española. D. Herminio consiguió de las administraciones públicas locales y estatales que la población de Bechí logrará disfrutar de servicios sociales esenciales, como nuevas instalaciones para el colegio del pueblo, el asfaltado de calles, el alumbrado eléctrico público entre otros. Por aquellos años inició los trámites para la construcción de la que unos pocos años más tarde sería la Casa de Espiritualidad de Cursillos de Cristiandad, que en breve albergará nuestro Seminario diocesano misionero ‘Redemptoris Mater’. Por todo lo anteriormente dicho, la población de Bechí le dedicó su avenida principal a D. Herminio Pérez Güémez.

 

En 1961, D. Herminio se trasladó a Segorbe, donde ejercerá los más variados diferentes ministerios pastorales en la curia diocesana. En 1961 el Obispo diocesano, Mons. José Pont i Gol, le nombró Canciller-Secretario de Cámara de la nueva curia, además le encomendó otros muchos ministerios; D. Herminio fue Notario Mayor, Provicario General, Agente de Preces, Delegado de Estadística, Delegado Diocesano de Medios de Comunicación, Delegado de adjunto de Apostolado Seglar, Profesor del Seminario de Segorbe. Todas estas tareas las asumió con gran dedicación y mucho esfuerzo por poner en marcha la nueva curia diocesana. Además, con posterioridad a 1961, asumió otras tareas: él fue Director del Boletín Oficial del Obispado, Juez Prosinodal, Responsable de las Casas Abadías, Vicario Episcopal de la zona de Plana Sur y Secretario del Consejo de Gobierno, Canónigo arcipreste de la S.I. Catedral, Vicario General, miembro del Colegio de Consultores, Juez diocesano, y, por último, Canciller-Secretario General y Delegado de Asuntos Matrimoniales, cargos que ejerció hasta hace poco menos de dos años.

 

Los tres Obispos, inmediatos predecesores míos, y un servidor confiamos a D. Herminio responsabilidades delicadas, que desempeñó con fidelidad y competencia. Sus aportaciones eran siempre muy valiosas para el discernimiento de los diversos asuntos manifestando siempre una clara visión diocesana. En su largo itinerario ministerial, tanto a nivel parroquial como diocesano, ha ejercido el ministerio con  generosidad, prudencia, celo pastoral y total disponibilidad y amor a la Iglesia. D. Herminio gozaba de gran consideración y afecto por parte de los sacerdotes, religiosos y laicos que le han trataron en el desempeño de sus responsabilidades. Todo ello nos movió a pedir de Su Santidad el titulo de prelado doméstico, que le entregamos en la Misa Crismal de este Año. Bien se puede afirmar que ha sido un sacerdote benemérito y ejemplar, que forma parte del patrimonio espiritual de nuestro presbiterio, don y estímulo para quienes todavía peregrinamos hacia la casa del Padre.

 

En esta mañana damos gracias a Dios por su persona, por su ministerio sacerdotal y por su buen ejemplo. A la vez elevamos nuestra oración al Dios del amor y de la misericordia por nuestro hermano. Y lo hacemos a la luz de la Palabra que Dios nos ha ofrecido en esta Liturgia.

 

 

  1. El fragmento del Libro de la Sabiduría contiene una exhortación a la constancia en la prueba y una invitación a la confianza en Dios. El autor sagrado alaba la confianza de los justos en Dios en las vicisitudes y en las pruebas de la vida y les exhorta a mantenerse fieles al amor de Dios: “Los que confían en Dios comprenderán la verdad; los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab 3,1-9, 9). Quien acoge la llamada de Dios que viene a su encuentro, quien se pone al servicio del Señor y entrega la vida en el ministerio eclesial no está exento de pruebas y de dificultades como demuestra la experiencia de los santos, como lo ha experimentado D. Herminio. Pero el vivir en el temor de Dios, en el seguimiento de Cristo y en la entrega a la vocación recibida, libera el corazón de toda pobreza y sumerge en el hondón del amor fiel y eterno de Dios. “Los que teméis al Señor, confiad en él … esperad sus bienes, la felicidad perpetua y la misericordia”, nos recuerda el autor del Eclesiástico (Sir 2,8-9).

 

Esta invitación a la confianza a los que temen al Señor y esperan en Él, conecta con el fragmento del Evangelio de Juan, que hemos proclamado: “Que no tiemble vuestro corazón -dice Jesús a los Apóstoles en la última Cena -. Creed en Dios y creed también en mi” (Jn 14,1). Nuestro corazón está siempre inquieto hasta que no encuentra un asidero seguro en nuestro peregrinaje por esta vida; y, en estas palabras de Jesús, nuestro corazón encuentra la roca sólida donde afianzarse y reposar. Porque, quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo. Jesús es verdadero hombre, pero en Él podemos depositar nuestra fe incondicional, porque – como él mismo dice a Felipe – Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr Jn 14,10). En Jesús de Nazaret, Dios mismo ha venido en verdad a nuestro encuentro. Los seres humanos tenemos necesidad de un amigo, de un hermano que nos coja de la mano y nos acompañe hasta “la casa del Padre” (Jn 14,2); los seres humanos tenemos necesidad de alguien que conozca bien el camino. Y Dios, en su amor “sobreabundante” (Ef 2,4), ha enviado a su Hijo, no solo para indicar el camino, sino para hacerse El mismo “el camino” (Jn 14,6).

 

Por ello, “nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6), como nos dice Jesús. Este “nadie” no admite excepción; porque estas palabras son el correlato de aquellas otras de Jesús en la última Cena. Tomando el cáliz, dice Jesús: “esta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos para remisión de los pecados” (Mt 26,28). También las “estancias” en la casa del Padre son “muchas”; es decir, junto a Dios hay espacio para “todos” (cfr Jn 14,2). Jesús es la Vida abierta y ofrecida a “todos”; no hay ni existen otras vidas. Y las que parecen “otras”, si son auténticas, conducen a Él; de lo contrario no conducen a la Vida. Nunca podemos valorar y agradecer suficientemente el inmenso don que el Padre nos ha hecho a la humanidad enviando a su Hijo Unigénito.

 

A este don del Padre Dios corresponde nuestra responsabilidad, que es tanto mayor cuanto mayor es la relación que tenemos con Jesús, cuantos mayores son los dones que de El hemos recibido. “Al que mucho se le ha dado, – dice el Señor –, mucho se le reclamará; al que mucho se le ha confiado, mucho se le pedirá” (Lc 12,48). Por este motivo, al dar gracias a Dios por todos los beneficios que ha otorgado a nuestro hermano difunto, ofrezcamos por él la pasión y muerte de Cristo, para que llenen las lagunas debidas a su fragilidad humana.

 

 

  1. El Salmo responsorial (121) y la segunda Lectura (1 Jn 3,1-2) llenan nuestro corazón de la esperanza, a la que hemos sido llamados. El Salmista nos invita a imitar en espíritu a los peregrinos que ascendían a la ciudad santa y, después de un largo camino, llegaban llenos de alegría a sus puertas: “Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’. Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén!” (Sal 121,1-2). El Apóstol Juan, en su primera carta, expresa esta alegría esperanzada desde la certeza de ser hijos de Dios y a la espera de la plena manifestación de esta realidad: “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. … Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

 

 

  1. Hermanos y hermanas en el Señor. Con nuestra mirada de fe en este misterio de salvación, ofrezcamos esta Eucaristía por nuestro hermano D. Herminio; él ya nos ha precedido en su encuentro definitivo con el Padre, en último paso hacia la vida eterna. Invoquemos la intercesión de la Bienaventurada Virgen María para que le acoja en la casa del Padre en la confiada esperanza de poder un día unirnos a él para gozar de la plenitud de la vida y de la paz. Amen.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

Homilía en la Apertura Diocesana del Año de la Fe

S.I. Concatedral de Castellón, 14 de octubre de 2012

(Sab 7,7-11; Sal 89; Heb 4,12-13; Mc 10, 17-30)

****

 

 

¡Hermanos todos muy amados en el Señor!

 

1.Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta solemne Eucaristía para la apertura diocesana del Año de la fe. Lo hacemos tres días después de que fuera abierto  en Roma por el Santo Padre, Benedicto XVI, coincidiendo con la fecha en que comenzara su andadura el Concilio Vaticano II hace 50 años, el 11 de octubre de 1962. Nuestra Iglesia diocesana se une con gozo al Santo Padre y a la Iglesia Universal para celebrar este Año de la fe; un año para dar gracias a Dios por el Concilio Vaticano II así como por la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, hace veinte años.

 

  1. En este año de la fe, como nos dice el Papa en carta ‘Porta fidei’, Dios nos ofrece, ante todo un tiempo especial de gracia para redescubrir nuestra fe cristiana y la alegría de creer que nos impulse a anunciarla con entusiasmo en tiempos de increencia e indiferencia religiosa, de relativismo, agnosticismo y nihilismo, que dificultan la fe y provocan en muchos cristianos un debilitamiento de la fe y un alejamiento de Iglesia y de la práctica cristiana.

 

Pese a todas estas dificultades, circunstancias y situaciones, en el fondo de cada persona está la inquietud del hombre rico que en el evangelio de hoy se acerca a Jesús y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mc 10,17). Y la respuesta del Señor no es otra sino la fe total en él y su seguimiento. No basta con cumplir los mandamientos; es necesario antes de nada abrirse a Dios, a su gracia y a su amor. Por eso le dice: “Una cosa te falta: “Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres … y luego ven y sígueme” (Mc 10, 21).  Para seguir a Cristo Jesús es necesario creer en él, fiarse de él y confiar plenamente en él. La fe es la puerta (cf. Hch 14, 27), que nos introduce en la vida eterna, en la felicidad, en la vida de comunión con Dios; a la vez que nos permite la entrada en su Iglesia. Y esta puerta está siempre abierta. “Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino, que empieza por el bautismo y dura toda la vida” (Benedicto XVI, Porta fidei, 1). El camino de la fe es propio de todo bautizado.

 

Redescubrir la fe significa para cada bautizado volver a abrirse a la gracia y a la fe  bautismal, y dejarse abrazar por Dios para que su fe se avive, fortalezca y purifique; redescubrir la fe implica confirmar, confesar, vivir y anunciar esa fe que hemos recibido por pura gracia de Dios. Los cristianos de hoy necesitamos volver a descubrir el propio bautismo y la fe bautismal, la alegría de creer y la belleza de la fe, el gozo de ser cristianos y el entusiasmo de vivir y proclamar la fe y ofrecerla a los demás. Y hemos de hacerlo con el frescor y la admiración del primer día, de un modo personal y comunitario.

 

La fe cristiana se basa en el encuentro personal con Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, en el seno de la comunidad de los creyentes. Cristo es el centro de nuestra fe, que es, ante todo, la adhesión de mente y de corazón a Cristo; una adhesión gozosa y total que cambia y orienta la vida, que mueve al seguimiento radical de Cristo, dejando falsas seguridades. Este encuentro con Cristo es lo que falta al hombre rico del evangelio de hoy que se acerca a Jesús buscando  la vida eterna, pero que no acoge su invitación a dejarse encontrar y amar por Él para dejarlo todo y seguirle, “porque era muy rico”, porque prefería sus riquezas a la vida eterna que buscaba, porque había puesto en las riquezas su seguridad y confianza (cf. Mc 10, 22).

 

El encuentro con Cristo vivo, nuestra adhesión de mente y corazón a él, la acogida de su Palabra y el consecuente seguimiento fiel de Jesús nos llevarán al testimonio y a la misión. La fe verdadera siempre es una fe confesante. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mc 5,13-16). Como la samaritana hemos de sentir de nuevo la necesidad de acercarnos al pozo para escuchar a Jesús que nos invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4,14). Debemos descubrir de nuevo el gusto por la oración, la puerta que nos abre a la fe. Hemos de redescubrir el gusto por alimentarnos de la Palabra de Dios, que es “viva y eficaz” (Hb 4,12) y nos es transmitida fielmente por la Iglesia; sería muy hermoso que a lo largo de este año cada día personalmente o en cada familia se leyese un fragmento de la Sagrada Escritura y que, en lugar de otras cosas, se regalase  la Biblia con ocasión de la Primera Comunión, de la Confirmación o del Matrimonio. Debemos redescubrir el gusto por los sacramentos, en especial por la Eucaristía, el Pan de la Vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (Cf. Jn 6,51) y por el Sacramento de la Penitencia, para experimentar el amor misericordioso de Dios. El Señor nos sigue diciendo con insistencia: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna” (Jn 6,27).

 

  1. El Año de la fe es también un tiempo de gracia para la renovación de nuestra fe y vida cristiana, y para una sincera y autentica conversión a Dios y a Jesucristo. Conversión quiere decir ‘volver nuestra mirada y nuestro corazón’ a Dios; dejar que Dios y Cristo ocupen el centro de nuestro corazón, auténtico sagrario de cada persona. Sólo ante Dios descubrimos la verdad sobre nosotros mismos. La carta a los Hebreos nos acaba de recordar que la Pa­labra de Dios es penetrante hasta el punto donde se dividen el alma y el espíritu (cf. Hb 4,12). Nada hay en nuestro corazón, en el mundo de nuestros afectos, pensamientos y sentimientos, que escape a Dios; si somos sinceros ante Dios, si nos dejamos confrontar con su Palabra también quedará claro dónde está nuestro corazón, dónde están nuestros afectos y pensamientos, dónde buscamos nuestras seguridades y cuáles son las verdaderas motivaciones de nuestra vida.

 

En el evangelio de hoy, aquel hombre rico descubre en Jesucristo, la Palabra encarnada, la respuesta a sus deseos más profundos. “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (Mc 10,17).  Nuestra vida también está llamada a medirse continuamente con Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, a dejarse confrontar con su Palabra. Corremos el peligro de reducir nuestra vida cristiana a tener unos conocimientos o al cumplir unos preceptos, que siempre interpretamos restrictivamente; estos peligros sólo se superan en el encuentro personal con el Señor, en la apertura del corazón a su gracia y a su palabra, que nos transforma, sana, vivifica y salva.

 

  1. Para celebrar de manera digna y fecunda este Año, el Papa nos exhorta a conocer los contenidos o verdades de la fe cristiana. Redescubrir los contenidos de la fe profesada es un compromiso que todo creyente debe interiorizar constantemente y hacer suyo propio. Necesitamos formar nuestra fe para que nuestra adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de cambio profundo. Este Año debe suscitar en todos los creyentes la aspiración a conocer, comprender y rezar el Símbolo de la fe, el Credo, para confesarla con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, ‘reconocido’. No basta sólo con conocerlo intelectualmente; es necesario ‘reconocerlo’, es decir descubrir el vínculo profundo entre las verdades que profesamos en el Credo y nuestra existencia cotidiana a fin de que estas verdades sean verdadera y concretamente luz para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro camino y vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea. En el Credo se injerta la vida moral del cristiano, que en él encuentra su fundamento y su justificación.

 

El Papa nos invita además a profundizar en los contenidos de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe. El Catecismo de la Iglesia Católica ha de ser en este año un verdadero instrumento de apoyo, especialmente para sacerdotes, catequistas, educadores cristianos, padres de familia y, en general, para todos aquellos que, fieles al Señor, quieran profundizar en su fe y prepararse para ser auténticos misioneros de Cristo en el mundo.

 

Así mismo, en este Año se nos ofrece la oportunidad de releer y estudiar los documentos del Concilio Vaticano II verdadera gracia de Dio, que son “incluso para nuestro tiempo, una brújula que permite a la nave de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta”  (Benedicto XVI, Audiencia del 10.10.2012).

 

Ningún creyente católico puede decir “yo creo a mi manera”. El que cree, o cree y confiesa la fe de la Iglesia o su fe deja de ser una fe católica y apostólica. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar en esta realidad cuando escribe: “Con el corazón se cree y con los labios se profesa” (cf. Rom 10,10). Con estas palabras, el apóstol no sólo nos dice que el corazón ha de estar abierto a la gracia para mirar con profundidad y comprender que lo que se anuncia con los labios es la Palabra de Dios, sino también que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y este “estar con el Señor” nos lleva a la responsabilidad de comprender las razones por las que se cree. Sobre esta responsabilidad hemos de insistir en este Año de la fe.

 

La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la exigencia de saber qué es lo que creemos y por qué lo creemos. El conocimiento y reconocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia y para dar público testimonio de ello. Por otra parte, la fe en nuestros días está siendo sometida, más que en el pasado, a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que pretende reducir el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo a mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

 

  1. En este Año de la Fe hemos de esforzarnos por vivir con mayor profundidad y esplendor la celebración de la fe en la Liturgia. Esto significa fomentar la participación plena, fructuosa, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, de forma que éstas sean la primera y más necesaria fuente donde alimentar la fe y la vida cristiana. Este es el ardiente deseo de la Iglesia, manifestado en el Concilio Vaticano II

 

Finalmente, el Año de la fe es un tiempo de gracia para fortalecer el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad” (1 Cor 13,13). Con palabras más fuertes, que afectan también a los cristianos, el apóstol Santiago dice: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros le dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras está muerta por dentro” (St 2,14-18).

 

La fe sin caridad no da fruto y la caridad sin fe puede convertirse en un mero sentimiento a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. Nuestro servicio a los pobres ha de brotar siempre de nuestro encuentro con Cristo. Él es el que nos abre los ojos y nos empuja hacia los pobres. Es admirable ver en nuestras comunidades cómo muchos cristianos dedican su vida con amor al que está solo, marginado o excluido; precisamente por su fe, son capaces de ver reflejado en su rostro sufriente, el mismo rostro de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer, en quienes piden nuestro amor, el rostro del Señor que nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo; y es su mismo amor el que nos impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida, el aliento que nos sostiene en todo desfallecimiento y que dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

 

  1. Vivamos este tiempo de gracia bajo la protección de la Virgen María y tras sus huellas. Como ella, aunque en otro nivel, los creyentes hemos sido objeto de la gracia de Dios por el don de la fe; como ella estamos invitados a alegrarnos por este don; y como ella hemos de responder: “He aquí la esclava el Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38), acogiendo a Cristo Jesús y su palabra en nuestra vida.

 

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

 

Homilía en la Fiesta de la Virgen del Pilar

Castellón, Iglesia de la Stma. Trinidad, 12 de octubre de 2012

****

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor.

 

  1. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para mostrar vuestro sincero amor de hijos a la Virgen del Pilar. Con la emotiva ofrenda de flores a la Virgen del Pilar antes de la Misa habéis mostrado una vez más el cariño, la fe y devoción de los aragoneses a la Virgen del Pilar. Ahora en esta Eucaristía damos gracias a Dios por María, la Virgen del Pilar, por su patrocinio, guía y protección. Esta mañana, miramos, honramos y rezamos a la Virgen del Pilar; ella nos mira y nos acoge con amor de Madre; ella cuida de nuestras personas y de nuestras vidas; ella camina con nosotros en nuestras alegrías y esperanzas, en nuestros sufrimientos y dificultades. Ella nos alienta especialmente en estos momentos de crisis económica, pero también y sobre todo moral, social, política y, en particular, espiritual. Porque ¿qué sería de nosotros, de nuestras familias, de Aragón, de España y de Hispanoamérica sin la protección maternal de la Virgen del Pilar en el pasado y en el presente?

 

  1. La Palabra de Dios de este día muestra el significado de la Virgen del Pilar para el pueblo de Dios y para nuestro pueblo. María es el Arca de la nueva Alianza. Como el Arca de la Alianza era la presencia de Dios en medio del pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto (1Crón 15,3-4.16; 16,1-2), así María, la Virgen del Pilar, es signo de la presencia de Dios en el camino de esta vida para el pueblo cristiano, el pueblo aragonés, nuestro pueblo español y nuestros pueblos hermanos de Hispanoamérica. Por ello, la Virgen del Pilar es motivo de gozo para la Iglesia y para nuestros pueblos. También la segunda lectura (Hech 1,12-14) y el evangelio (Lc 11,27-28) nos hablan de la presencia de la Virgen en la vida de la Iglesia y de las alabanzas que el pueblo le tributa. Ella es “esperanza de los fieles y gozo de todo nuestro pueblo” cantaremos en el Prefacio. Por intercesión de María, la Virgen del Pilar, le pedimos a Dios al inicio del Año de la fe, inaugurado ayer por el Papa Benedicto XVI “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”.

 

Como lo era el Arca de la Alianza para el Pueblo de Israel, así es la Virgen del Pilar para el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, como “la columna que nos guía y sostiene día y noche en nuestro peregrinaje terrenal”. La columna, el Pilar, sobre el que se aparece y aparece representada la Virgen, es símbolo del axis mundi, del vínculo que une el cielo y la tierra: el pilar es la manifestación de la fuerza de Dios en el hombre y la energía del hombre cuando ancla su existencia en Dios. El Pilar es soporte de lo sagrado, soporte de la vida, soporte del mundo, lugar donde la tierra se une con el cielo, el eje a cuyo alrededor gira la vida cotidiana. María, el Arca de la nueva Alianza es la mujer escogida por Dios para venir Dios mismo a nuestro mundo. En ella la tierra y el cielo, Dios y el hombre, se han unido para siempre en Jesucristo.

 

Las columnas garantizan la solidez de todo edificio. Si se dañan, el edificio entero amenaza derrumbarse. María es también la primera piedra de la Iglesia, el templo de Dios; en torno a ella, lo mismo que los apóstoles reunidos el día de Pentecostés, va creciendo el pueblo de Dios; la fe y la esperanza de la Virgen alientan a los cristianos en su esfuerzo por edificar el Reino de Dios día a día, siendo testigos de su amor.

 

El Pilar, firme a las orillas del río, es símbolo de la fe de un pueblo que ve en la protección de María la mejor ayuda para mantener su fe, su esperanza y su compromiso cristiano en el duro bregar de la vida. Como una columna de fuego por la noche y una  nube durante el día acompañaban al pueblo de Israel peregrino por el desierto (Éx 13,21-22), así vemos los creyentes en la Virgen del Pilar la presencia de Dios, que guía al pueblo elegido a través del peregrinaje de esta vida.

 

En una sociedad cada vez más cerrada a Dios es hora de volver a pensar en Dios, de volver a hablar de El, de creer en Él y de contar con su presencia en nuestra vida; en un mundo cada día más cerrado en sí mismo, es hora de escuchar y anunciar sin miedo a Cristo, de recuperar las raíces cristianas de nuestro pueblo. El Pilar de la Virgen nos recuerda la presencia permanente de Dios en la historia humana. Dios es quien confiere el fundamento último y seguro de la dignidad de la persona humana, de toda persona humana, más allá de la pertenencia a un pueblo, raza o nación. La apertura a Dios es la base segura para construir relaciones más justas y más fraternas entre todos los hombres y entre todos los pueblos; pues Dios, el Dios revelado en Cristo y nacido de María, llama a superar los odios, las divisiones e las injusticias entre los hombres y entre los pueblos.

 

  1. En este tiempo parece que interesa más lo inmanente que lo trascendente, lo inmediato que lo futuro, lo de tejas para abajo que los asuntos del cielo. “Vive a tope, goza, no repares en nada, aprovéchate lo que puedas, enriquécete lo más rápido posible, no te preocupes por nada, vive el presente”: estos son los reclamos que se escuchan una y otra vez en nuestra sociedad del bienestar, cerrada a Dios, a la verdad y al bien.

 

Ante todo esto, Jesús nos dice: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11, 27-28). María es bienaventurada por ser la Madre de Dios, por haber llevado en su seno al Hijo de Dios, por haberle amamantado con sus pechos. Pero es, sobre todo, dichosa y bienaventurada por haber creído, por ser la primera creyente: creyó que aquel que llevaba en su seno era el Hijo de Dios, creyó en su Palabra y la puso en práctica. María se convierte así en pilar de la Iglesia.

 

“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”, nos dice Jesús hoy a nosotros (Lc11, 27-28). Jesús nos invita a avivar nuestra fe, a acoger con fe su Palabra en la fe de la Iglesia, a formar parte de la comunidad de los creyentes, a llevar una vida coherente con la fe que profesamos. De poco o nada serviría nuestra devoción a la Virgen del Pilar si no nos lleva al encuentro con Cristo, si no nos lleva a Dios, si no nos lleva a la Palabra de Dios. María es dichosa por haber acogido, creído y vivido la Palabra de Dios.

 

La fe cristiana y la devoción a la Virgen del Pilar, que hemos heredado, son un tesoro, pero necesitan ser interiorizadas, personalizadas y pasadas por el corazón, impregnadas por la experiencia creyente, confesadas y celebradas en unión con la Iglesia y vividas con coherencia y fidelidad, sin miedo ni vergüenza a que nos señalen con el dedo. Para ello, como Maria, hemos de acercarnos a la Palabra de Dios: como Maria hemos de leer con frecuencia la Palabra de Dios; y como ella, hemos acoger con fe, interiorizar y cumplir la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la tradición viva de la Iglesia.

 

Nuestro amor a la Virgen del Pilar, si es auténtica, nos lleva a asumir como propios su actitud ante la Palabra de Dios en nuestra concreta situación de vida. No es asunto exclusivo de la conciencia, de la vida íntima y privada. La Palabra de Dios acogida con fe transforma y ha de transformar nuestra existencia en todas sus dimensiones: en la esfera personal y en la familiar, en la esfera laboral y en la pública. Intentar separar o excluir nuestra fe cristiana del ámbito laboral, social o público sería vivir o pedir que neguemos nuestra propia identidad en parcelas importantes de nuestra vida “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!”.

 

  1. La Fiesta de la Virgen del Pilar nos invita mirar a la Virgen María, para como ella, volver a creer y vivir la Palabra de Dios. De sus manos hemos de reavivar la fe, la esperanza y la caridad cada uno de los miembros de nuestra Iglesia.

 

Recordemos también hoy al Cuerpo de la Guardia Civil, en el día de su Patrona. Pidamos al Señor, que María, la Virgen del Pilar, la siga protegiendo en su trabajo de servicio a nuestro pueblo: un trabajo necesario para el bien común de nuestra sociedad.

 

¡Que la Virgen del Pilar nos ilumine a todos los creyentes! Que ella proteja a Aragón, a España y todos los pueblos hermanos de Hispanoamérica! Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

Homilía en la Eucaristía en el VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara

Villarreal, Basílica de San Pascual, 14 de julio de 2012

 (Os 2,14b.15b.19-20; Sal 14; 2 Cor 4,6-10-16-18; Jn 15, 4-10)

****

 

¡Amados todos en el Señor!

 

Permitidme que salude antes de nada a los Sacerdotes y PP Franciscanos concelebrantes, al Sr. Delegado Episcopal para la Vida Consagra Contemplativa y al P. Guardián de la Comunidad de PP. Franciscanos. Saludo  también y felicito en este día a las MM. Abadesas y Hermanas Clarisas de Villalreal, Almazora, Onda y Vall d´Uxo; mi saludo agradecido a las Hermanas representantes de las Carmelitas Descalzas de Alquerías del Niño Perdido, de las Dominicas de Burriana, de las Agustinas de Montornés en Benicasim y de la Fraternidad  Monástica de la Paz en Castellón.

 

 

  1. El Señor Jesús nos ha convocado esta mañana para celebrar el VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres de Santa Clara, las Hermanas Clarisas. Hoy recordamos y honramos, queridas hermanas Clarisas, en primer lugar a Santa Clara, vuestra Madre. Es para todos nosotros un día de alegría, pero también de acción de gracias a Dios por esta gran mujer y santa, por la fundadora de vuestra Orden, que tanto bien ha aportado y sigue aportando a nuestra Iglesia.

 

Los ministros generales de la familia franciscana describen a Santa Clara como una mujer “de personalidad fuerte, valerosa, creativa, fascinante, dotada de extraordinaria afectividad humana y materna, abierta a todo amor bueno y bello tanto hacia Dios como hacia los hombres y hacia las demás criaturas. Persona madura, sensible a todo valor humano y divino, que está dispuesta a conquistarlo todo a cualquier precio” (Clara de Asís, Mujer nueva, 5). Clara fue, en efecto, una mujer de honda experiencia espiritual, fundadora de las hermanas pobres, la primera mujer que consiguió a probación pontificia de una regla propia y el insólito ‘privilegio de la pobreza’. Nos encontramos ante una mujer y una Santa de talla excepcional.

 

 

  1. Al inició de todo, como también de la historia de Clara y de la Fundación de las Clarisas, está el amor: el amor gratuito e inmenso de Dios, que llama al amor, y el gran amor de Clara a Dios. “Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón”, escuchábamos en la lectura del profeta Oseas (Os. 2, 14b). Si retrocedemos en la historia, todo comienza en la madrugada del lunes santo del año 1211. A la puerta de la iglesia Santa María de los Ángeles, a kilómetro y medio de Asís, está Clara Favarone, joven de dieciocho años, perteneciente a la familia del rico conde de Sasso Rosso. Clara había abandonado su casa, el palacio de sus padres, y estaba allí, en aquella iglesia, dispuesta a entregarse en cuerpo y alma al Dios que tanto la amaba. La aguardaban Francisco y varios sacerdotes, con cirios encendidos, entonando el Veni Creátor Spíritus. Ya, dentro del templo, Clara cambia su ropa de terciopelo por el hábito pobre, que recibe de las manos de Francisco. Clara queda consagrada a Dios. Para familiares y amigos algo incomprensible. A la mañana siguiente invaden el templo, y ruegan y amenazan. Piensan que la joven debería regresar a la casa paterna.

 

Cuando Francisco de Asís abandonó la casa de su padre, Clara era una niña de once años. Con su admiración por Francisco fue creciendo también su deseo de caminar como él desde Cristo y de imitar a Cristo humilde y pobre. Y como Cristo mismo, Clara se dejó llevar al desierto para encontrarse con el Amado, para dejarse hablar por Dios, para intimar con Él, para, correspondiendo a su amor, entregarse totalmente a Él en el servicio a las hermanas.

 

Para Clara, seguir a Cristo era vivir la primacía del amor, caminando desde Cristo. El seguimiento de Cristo de toda persona consagrada es la respuesta de amor al amor de Dios en Cristo. Si “nosotros amamos” es “porque Él nos ha amado primero” (1 Jn 4, 10.19). Amar a Dios es dejarse seducir por el amor gratuito de Dios, que nos precede. Esto significa reconocer su amor personal con aquel íntimo conocimiento que hacía decir al apóstol Pablo: “Cristo me ha amado y ha dado su vida por mí” (Ga 2, 20). Sólo porque somos amados por un amor infinito, el de Dios, podemos amar y podemos superar toda dificultad personal o comunitaria en el amor. Este amor infinito de Dios es el que nos da fortaleza y audacia, el que nos infunde valor y osadía en el seguimiento del Señor.

 

Reconocer nuestra propia pobreza y fragilidad, pero, a la vez la grandeza de la llamada de Dios a su amor, nos lleva a decir con el apóstol Pedro: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Sin embargo, el don de Dios es más grande y fuerte que nuestra insuficiencia humana. Las personas consagradas sabéis bien que podéis caminar desde Cristo, porque Él mismo ha venido primero a vuestro encuentro y os acompaña en el camino (cf. Lc 24, 13-22). La vida de Clara, vuestra vida, queridas hermanas, es la proclamación de la primacía de la gracia; sin Cristo no podéis hacer nada (cf. Jn 15, 5); en cambio todo lo podéis en aquél que os conforta (cf. Flp 4, 13).

 

Caminar desde Cristo como Clarisas significa, hermanas, proclamar, como Clara, que vuestra vida consagrada es un especial seguimiento de Cristo, humilde y pobre,  vivido en comunidad monástica y fraterna, marcada por la acogida, el silencio y la oración, a ejemplo de María, la Virgen creyente, mujer y madre. La hondura de la expe­riencia espiritual y mística de santa Clara encuentra su clave en la con­templación de Jesucristo pobre y humilde y en el segui­miento alegre e incondicional de sus huellas y pobreza con un verdadero amor esponsal. Es preciso que, como Clara, tengáis una particular comunión de amor con Cristo; que, como ella, tengáis a Cristo como centro y fuente de vuestra vida personal y comunitaria; que, como ella, viváis esa especial gracia de intimidad, que os identifique progresivamente con Él, con sus sentimientos y con su forma de vida; y que viváis una vida afianzada por Cristo, tocada por su mano, conducida por su voz y sostenida por su gracia. Los consejos evangélicos encuentran su sentido profundo cuando ayudan a cuidar y favorecer el amor por el Señor en plena docilidad a su voluntad; y cuando la vida fraterna está motivada por Áquel que reúne junto a sí y tiene como fin gozar de su constante presencia.

 

 

  1. Clara gustaba de vivir en San Damián, un lugar apartado de la ciudad, dedicada al cuidado de los enfermos, ocupada en los más humildes quehaceres, pero, sobre todo, entregada a la oración y a la contemplación ‘de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo’, como nos recuerda hoy San Pablo (cf. 2 Cor 4,6). Y eso fue lo que enseñó a sus hermanas.

 

En una carta a una de ellas, explicó lo que entendía por contemplación: “Pon la mente en el espejo de la eternidad, pon el alma en el esplendor de la gloria, pon el corazón en la figura de la sustancia divina, y transfórmate, entera, por la contemplación, en la imagen de la divinidad”. Con otras palabras: contemplar es poner todo nuestro ser en Cristo que, viniendo a este mundo, fue como un espejo en que se puede ver y contemplar a Dios. El es esplendor de la gloria de Dios, Él es imagen del Dios invisible; en Cristo podemos ver cómo es Dios y quienes somos nosotros para Dios. Es decir, vemos a Dios si nos quedamos largamente mirando a Cristo. Clara enseñó que quien va haciendo eso toda la vida, va siendo transformado en otro Cristo.

 

Clara sabía descubrir el rostro de Cristo en las cosas, en las personas, en los acontecimientos, en la Palabra de Dios. Pero después, en su recogimiento, era capaz de ir olvidando todas las cosas hasta quedar sólo en Cristo. Ella también enseñaba que Jesús es como un espejo en que uno se puede mirar. Contemplar el rostro de Cristo es como mirar en un espejo en que vemos al mismo tiempo a Cristo, por dentro y por fuera, y a nosotros mismos, por dentro y por fuera. Ese era el secreto de Clara. Fue eso lo que ella hizo toda su vida. A medida que iban pasando los años, más se quedaba ella largos ratos completamente entregada a mirar el espejo que es Jesús. Las Hermanas de su tiempo contaban que esperaban para mirar el rostro de Clara cuando salía de la oración: parecía como si viniera del cielo, tenía un semblante luminoso.

 

También hoy la Iglesia nos llama a todos los cristianos y, de modo especial, a las personas consagradas a descubrir y contemplar el rostro de Cristo, humilde y pobre, sufriente y resucitado, y a caminar con la mirada fija en el rostro del Señor. Como nos enseña Clara hay una multiplicidad de presencias de Cristo, que es preciso descubrir y contemplar de manera siempre nueva. Él está siempre presente en su Palabra y en los Sacramentos, de manera especial en la Eucaristía. Cristo vive en su Iglesia y se hace presente en la comunidad de los que están unidos en su nombre. El está delante de nosotros en cada persona, en cada hermano y hermana que vive a nuestro lado, identificándose de modo particular con los pequeños, con los pobres, con los que sufren, con los más necesitados. El viene a nuestro encuentro en cada acontecimiento gozoso o triste, en la prueba y en la alegría, en el dolor y en la enfermedad. Cristo Jesús está también hoy presente en nuestra vida cotidiana, donde continúa mostrando su rostro. Para reconocerlo es precisa una mirada de fe, formada en la familiaridad con la Palabra de Dios, en la vida sacramental, en la oración y, sobre todo, en el ejercicio de la caridad: porque sólo el amor permite conocer plenamente el Misterio.

 

El rostro de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, lo encontramos presente, en primer lugar, en su Palabra. La escucha orante y contemplativa de la Palabra de Dios debe convertirse en un encuentro vital con El, que nos permita encontrar la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia. En la Palabra es donde el mismo Cristo habla, se manifiesta a sí mismo y educa el corazón y la mente. Es allí donde se madura la visión de fe, aprendiendo a ver la realidad y los acontecimientos con la mirada misma de Dios, hasta tener el pensamiento de Cristo (cf. 1 Co 2, 16). La Palabra de Dios es el alimento para la vida, para la oración y la contemplación, para el camino diario. Vuestra vocación de Clarisas ha nacido, vive y madura en la contemplación: en esos momentos de intensa comunión, de intimidad y de una profunda relación de amistad con Cristo, en la belleza y en la luz que se ha visto resplandecer en su rostro.

 

 

  1. Pero si hay un lugar privilegiado para el encuentro con el Señor y de unión con Él, para la comunión y la intimidad con el Señor ese es la Eucaristía. La Eucaristía es el corazón de la vida de la Iglesia, de toda comunidad cristiana, de la vida de todo cristiano y de toda persona consagrada al Señor.

 

Permaneced en mí y como yo en vosotros” nos dice Jesús (cf. Jn 15, 14). Él es y nos da el agua viva, la única capaz de saciar nuestra sed: de Dios y de eternidad. Pero ¿cómo podremos permanecer unidos a Cristo, como los sarmiento a la vid, y, a la vez, entre nosotros, como sarmientos de una misma Vid, si no es por la unión sacramental, pero real, con Cristo en la comunión eucarística diaria? En la Eucaristía se lleva a cabo en plenitud la intimidad con Cristo, la unión y la identificación con Él, la total conformación a Él, a la cual los consagrados estáis llamados por vocación.

 

En la Eucaristía se concentran todas las formas de oración; la Eucaristía, donde proclamamos, acogemos y celebramos la Palabra de Dios, nos interpela sobre la relación con Dios, con los hermanos y con todos los hombres; la Eucaristía nos capacita y compromete para vivir al amor fraterno: es el sacramento de la filiación, de la fraternidad y de la misión. Sacramento de unidad con Cristo, la Eucaristía es a la vez sacramento de la unidad eclesial y de la unidad de la comunidad de consagradas.

 

Para que se produzcan con plenitud los esperados frutos de comunión no pueden faltar el perdón ni el compromiso del amor mutuo. No se puede celebrar el sacramento de la unidad permaneciendo indiferentes los unos con los otros. El perdón y el compromiso de amor mutuo son también fruto y signo de una Eucaristía bien celebrada, de la unión con Cristo y de nuestra permanencia en Él. Porque es sobre todo en la comunión con Jesús Eucaristía donde obtenemos la capacidad de amar y de perdonar. Además, cada celebración debe convertirse en la ocasión para renovar el compromiso de dar la vida los unos por los otros en la acogida y en el servicio diario. Así es cómo por la celebración eucarística, la comunidad se renovará cada día. Y así vuestra comunidad de consagradas que vive el misterio pascual, renovado cada día en la Eucaristía, se convertirá en testimonio de comunión y signo profético de fraternidad para la sociedad dividida y herida.

 

 

  1. Muy queridas hermanas Clarisas: Acoged y vivid la herencia espiritual de vuestra Madre Santa Clara. Al conmemorar el VIII Centenario de vuestra Fundación, acoged la llamada a recorrer, como ella, vuestro camino desde Cristo, contemplando su rostro, caminando desde él y testimoniando su amor. Estáis llamadas a hacerlo ante todo con la fidelidad a vuestra vocación de personas consagradas totalmente a Cristo, siguiendo el carisma de vuestra Madre Santa Clara. Si todo cristiano está llamado a contemplar el rostro de Dios en Jesucristo, vosotros lo estáis de modo especial. Por eso es necesario que no os canséis de meditar la sagrada Escritura y, sobre todo, los santos Evangelios, para que se impriman en vosotras los rasgos del Verbo encarnado.

 

Caminad, hermanas, desde Cristo, centro de todo proyecto personal y comunitario. Encontradlo y contempladlo de modo muy especial en la Eucaristía, celebrada y adorada a diario, como centro, fuente y culmen de vuestra existencia personal y comunitaria. Que Santa Clara interceda por vosotras y nuestra Madre, la Virgen, os acompañe y proteja. Y que por su intercesión Dios nos conceda el don de nuevas vocaciones para que siga presente en nuestra Iglesia diocesana el carisma y el legado espiritual de Santa Clara. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Ordenación Presbiteral de Julio Alonso Santos y David Barrios Figueras

Castellón de la Plana, S.I. Concatedral, 23.06.2012

(Núm 11,11-12.14-17.25; Sal 36; Hech 20, 17-18a.28-32.36; Mc 1,24-20)

****

 

¡Muy amados todos en el Señor!

 

Gozosa acción de gracias

  1. Con el gozo de sabernos bendecidos y agraciados una vez más por Dios, nos hemos congregado para la ordenación de presbítero de Julio y de David. Demos gracias a Dios y, con el salmista (36,2-3), bendigamos a Dios en todo momento y que su alabanza esté siempre nuestra boca. Y oremos intensamente por ellos como Pablo oró con todos los presentes sobre los presbíteros de Éfeso en Mileto para que Dios les conceda su Espíritu y les haga sus sacerdotes para la nueva evangelización.

Configurados con Cristo, Cabeza y Pastor

  1. Por la imposición de mis manos y la oración de consagración, estos hermanos nuestros van a quedar hoy configurados con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia: gracias a la ordenación y por la fuerza del Espíritu, a partir de ahora podrán representar a Cristo y actuar en su nombre como Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia.

 

Cierto que todos los cristianos participamos por nuestro bautismo del sacerdocio real en Cristo. Sin embargo el mismo Cristo, llamo a algunos discípulos, a los apóstoles, para que en la Iglesia desempeñasen en nombre suyo el oficio pastoral para bien de los hombres. “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1, 17). Él mismo Jesús, enviado por el Padre, envió, a su vez, a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de sus sucesores, los Obispos. Y los presbíteros, por su parte, son asociados al ministerio apostólico de los Obispos, participan del su ministerio y son sus colaboradores al servicio del pueblo de Dios.

 

Hoy, queridos Julio y David, después de haber acogido con generosidad y alegría la llamada del Señor al sacerdocio ordenado, tras un largo tiempo de oración, formación y reflexión, vais a ser constituidos “pastores de la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20, 28). Gracias a Cristo y por El, la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo. Al ser configurados con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y al ser unidos al sacerdocio de los Obispos, vais a quedar convertidos en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, para celebrar el Culto divino y para apacentar el Pueblo de Dios. Es Cristo mismo quien os elige y capacita para ello, no como alguien ausente sino como el Señor Resucitado, presente en vosotros y en medio de su Iglesia.

 

Para ser sacerdotes de la nueva evangelización

  1. Sin Jesucristo, sin su elección, sin su envío y sin su acción por medio del Espíritu Santo en vosotros, nada sois y nada podréis ser ni hacer. No olvidéis nunca vivir vuestro sacerdocio anclados y cimentados en Cristo, recordando este día: Vivid vuestro sacerdocio basado en el encuentro personal con Él en la oración litúrgica y personal diarias, en la meditación y escrute de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía y en la recepción frecuente de la Penitencia así como en vuestra vida pastoral. El motor y la razón de vuestra vida deberá ser siempre un amor apasionado por Cristo, Maestro que enseña, Sacerdote que ofrece y se ofrece, y Pastor que guía. Esto os llevará a una verdadera caridad pastoral; es decir, a amar a los hombres y mujeres y a desviviros por todos los hermanos con los mismos sentimientos y la misma entrega de Cristo, el Buen Pastor.

 

De la identificación existencial con Cristo y de la unión vital con Él brotará un amor apasionado por todos los hombres, especialmente por los más pobres, para llevarlos a Cristo, el Evangelio de Dios, el único que puede salvar al ser humano. Solo así podréis ser sacerdotes de la nueva evangelización y de la misión ad gentes.

 

Como ministros fieles de la Palabra de Dios

  1. La segunda lectura de hoy (Hech 20, 17-18a.28-32.36) nos recuerda el encuentro de Pablo con los presbíteros de Éfeso a quienes había hecho llamar a Mileto. Pablo, encarcelado, sabe que está llegando al final de su vida. Lo que más le preocupa es que el Evangelio sea proclamado íntegro al “rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios” frente a aquellos que lo deformarán (Hech 20, 29.30).

 

Vosotros, como presbíteros, tendréis la tarea de proclamar la Palabra y enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Cumpliréis, pues, esta misión con la autoridad misma de Cristo, de quien haréis las veces, de modo especial en la predicación. Predicar es comunicar a Cristo, porque Cristo es la Buena nueva de Dios-Amor a los hombres. Anunciar a Cristo es anunciar y proponer con humildad y sencillez, con convicción y alegría a Cristo Salvador, la Palabra del Dios vivo que engendra la fe en quienes la acogen en su corazón. Una gran tarea y una gran responsabilidad la vuestra, queridos Julio y David. Vais a prestar a Cristo vuestra inteligencia, vuestras palabras y vuestros labios, para que -por medio de vosotros- el Señor mismo ilumine la mente y entre en el corazón de quienes os escuchen y así sean atraídos por el Padre en el Espíritu.

 

Como Pablo también vosotros pensaréis muchas veces que no estáis a la altura de lo que Dios espera de vosotros. Os veréis a menudo como niños que balbucean ante las maravillas divinas que tenéis que comunicar. Y es verdad. Pero precisamente este sentimiento de indignidad –si es manifestación de sincera humildad- será la mejor garantía de vuestra rectitud de intención y, por tanto, de la eficacia de vuestro ministerio. Como, Pablo, no dudéis nunca que estáis “en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos” (Hech 20, 32). La ayuda y la fuerza de Dios nunca os faltarán; no olvidéis que la eficacia de la Palabra viene siempre y en último término de Dios.

 

En fidelidad a la  tradición viva de la Iglesia

  1. La nueva evangelización pide que seáis sacerdotes enteramente ganados por Jesucristo vivo que es el Evangelio perenne de Dios a los hombres, tal como se conserva, se celebra, se vive y se anuncia en la Iglesia católica y apostólica. Para ello es necesario ser sacerdotes con un claro sentido eclesial, y vivir en comunión afectiva y efectiva con la Iglesia y sus Pastores en la doctrina, en la disciplina y en la misión. En la transmisión de la Palabra de Dios, Pablo pide a los presbíteros de Éfeso y, con él, la Iglesia os pide hoy a vosotros y a todos sus ministros plena fidelidad al depósito revelado. El sacerdote no es señor, sino siervo de la Palabra de Dios. Como sacerdotes seréis ministros de Cristo, la Palabra de Dios por excelencia, y administradores de los misterios de Dios. Lo primero que se pide y que se espera de un administrador es fidelidad; es decir, que proclame el Evangelio en su integridad, tal como es trasmitido en la tradición viva de la Iglesia, “sin falsificar, reducir, torcer o diluir los contenidos del mensaje divino” (Directorio, n. 45). Vuestra misión, como ministros de Cristo, “no es enseñar una sabiduría propia, sino enseñar la palabra de Dios e invitar insistentemente a todos a la conversión y a la santidad” (PDV 26).

 

Al mismo tiempo debéis poner todos los medios a vuestro alcance para que la Palabra de Dios cobre vida en vuestra propia existencia, en vuestro obrar y en vuestros labios, y así mueva, a quienes os escuchen, a la conversión a Dios, al cambio de vida desde el Evangelio, al encuentro personal con Jesucristo y a la adhesión de su mente y corazón a El y a su Evangelio, de modo que su conciencia y actuación sean conformes al Evangelio. Esforzaos en adquirir y acrecentar la doctrina necesaria, y dedicad siempre el tiempo necesario a la preparación de las homilías o las catequesis. Mantened en vosotros siempre vivo el deseo de llegar a las personas, en su situación y circunstancia concreta, para facilitarles el encuentro personal con Dios, con Cristo y con su Evangelio. No olvidéis que, también en nuestro tiempo, los corazones de los hombres y mujeres están sedientos de verdad, de verdadera libertad, de belleza y de felicidad; es decir, están sedientos de la salvación que sólo puede venir de Dios en Cristo.

 

Desde la oración humilde, la Eucarística y el Sacramento de la Penitencia

  1. Que vuestro anuncio de la Palabra sea expresión de vuestra oración personal: una oración humilde, sincera y trasparente ante Dios y ante vosotros mismos. Sólo una oración así posibilita la apertura dócil a la Palabra de Dios y a su voluntad, así como a vuestras verdaderas necesidades y de las personas a vosotros confiadas.

 

Hoy vais a ser constituidos también ministros de la Eucaristía. Al entregaros la patena y el cáliz, os diré: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. En la celebración orante de la Eucaristía diaria, continuada en una oración ante el Sagrario, en charla confiada con nuestro Señor y dejando pasar los rostros de las personas, es donde se preparan los frutos de la gracia divina en quienes nos oyen.

Configurados con Cristo, el buen Pastor, queridos David y Julio, seréis también ministros de la misericordia divina en el sacramento de la reconciliación, vinculado íntimamente al de la Eucaristía. ¡Sed ministros santos de la misericordia divina! ¡Ofreced el sacramento del perdón amoroso de Dios a tantos corazones destrozados por el mal y por la esclavitud del pecado! Dios cuenta con vuestra disponibilidad fiel para realizar prodigios extraordinarios de su amor en el corazón de los creyentes en el sacramento de la Penitencia. En la fuente de la reconciliación, los bautizados podrán hacer la viva y consoladora experiencia del buen Pastor, que se alegra por cada oveja perdida que recupera. ¡Vivid vosotros mismos la gracia hermosa de la reconciliación como una exigencia profunda y un don siempre esperado mediante una práctica regular de la confesión! Así, daréis nuevo vigor e impulso a vuestro camino de santidad y a vuestro ministerio.

 

En esta Iglesia de Segorbe-Castellón abiertos a la Iglesia Universal

  1. Queridos hijos: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal y a la misión. Sois ordenados en una época en la que el ambiente de increencia e indiferencia religiosas, y fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y de cada mujer, al corazón de la sociedad y al corazón de la cultura; con la fuerza del Espíritu podréis llevarlos a Cristo, el Hijo de Dios, hecho hombre, al Cordero de Dios y buen Pastor, que dio la vida por ellos y quiere que todos participen en su misterio de su amor y salvación.

 

Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida y permanecéis en íntima unión con él y en comunión con la Iglesia, seréis verdaderos sacerdotes de la nueva evangelización: sacerdotes que crean de verdad en la necesidad e importancia de su ministerio y lo vivan con verdadera alegría y entrega; sacerdotes que se centren en el anuncio del kerig­ma cristiano; sacerdotes que estén bien formados y sean conscientes de la necesidad de cristianizar la cultura; sacerdotes que se sepan servidores de las vocaciones, de los carismas y de la comunidad cristiana, para que sea viva y evangelizadora; sacerdotes que sean testigos de la esperanza de la vida futura y eterna en Dios.

 

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo con igual disponibilidad. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

 

Felicitación

  1. Antes de terminar, quiero felicitar de corazón a vuestros padres, hermanos y demás familiares. Sentid el orgullo santo de que el Señor haya elegido como ministro suyo a un miembro de vuestras familias. Felicito también a nuestro presbiterio diocesano que, a partir de esta mañana, se ve incrementado con dos nuevos miembros. Y mi cordial felicitación a vuestras comunidades y a todos aquellos sacerdotes que Dios ha ido poniendo a lo largo de vuestro camino, en especial, al Sr. Rector, a los formadores y a los seminaristas del Redemptoris Mater y del Mater Dei.

 

Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a vosotros y os proteja, hoy y a lo largo de los años de vuestro ministerio pastoral, para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

 

 

 

 

Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe, 10 de junio de 2012

(Ex 24,3-8; Sal 115; Heb 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26)

****

 

Amados todos en el Señor:

 

 

  1. Con gran gozo celebramos hoy la solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el “Corpus Christi”. Esta Fiesta resalta nuestra fe católica en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Jesús en la Cruz y banquete de comunión. En el sacramento eucarístico, el Señor se ha quedado presente para siempre entre nosotros a fin de que, en adoración, contemplemos su amor supremo y participemos de él. Esta es nuestra fe católica de la que hacemos pública profesión y ofrecimiento al mundo en la procesión de este día del Corpus.

 

 

  1. La Eucaristía es el signo más fuerte y permanente del amor de Dios hacia todos los hombres, manifestado de una vez para siempre en el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. El Corpus Christi nos descubre el verdadero rostro de Dios: Dios es amor y ama a todos los hombres en desmesura. Tal es su amor por los hombres, que nos ama hasta el extremo de entregar a su propio Hijo en sacrificio “por todos nosotros”, quien nos ofrece su Cuerpo y Sangre como comida y bebida y se queda sacramentalmente para siempre entre nosotros en este sacramento.

 

La Eucaristía es el sacramento de la Nueva y Eterna alianza de Dios con los hombres en Cristo, prefigurada en la antigua alianza del Sinaí. Esta nueva Alianza es una alianza definitiva. Ya no puede cambiarse, no acabará jamás; sella un amor y una amistad eterna. El mediador único es Jesucristo, que murió y ha resucitado; Cristo Jesús está vivo para siempre, sentado en los cielos a la derecha del Padre. El cuerpo entregado y la sangre derramada de Cristo sellan una nueva y definitiva alianza entre Dios y la humanidad. Esta vez no hará falta la sangre de los animales sacrificados, como en la antigua. Jesús, el Hijo de Dios, entrega su cuerpo al sacrificio y derrama hasta la última gota de su sangre para la remisión de los pecados, de una vez por todas y para todos. El sacrificio de Jesús no se repetirá, sólo se actualizará ininterrumpidamente en la Santa Misa, para que el amor de Dios alcance a todos. La alianza con Dios por mediación de Jesucristo se renovará sacramentalmente, sin necesidad de repetirse. Jesús no volverá a morir. Murió y resucitó y vive para siempre.

 

La carta a los Hebreos nos presenta hoy a Cristo como “Sumo sacerdote de los bienes definitivos” (9,11), que “ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la redención eterna” (9,12). El santuario en el que ha entrado Jesús es el cielo. Allí vive sentado para siempre a la derecha de Dios Padre. Allí está presentando ante el trono del Padre su sacrificio por todos los hombres. El es el sacerdote de la nueva y eterna Alianza. Ya no son necesarios otros sacrificios.

 

La nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo, instaura una novedad radical en las relaciones de Dios con los hombres, porque nueva es la relación de amor y de comunión de vida de Dios con los hombres establecida por Jesucristo. Toda la vida de Jesús no tuvo otro fin que darnos a conocer y comunicarnos el misterio insondable de Dios: Dios, que es amor, comunión de vida y de amor infinito en sí mismo, comunica su amor a los hombres en Cristo. Y el momento culminante de la vida de Jesús, su muerte en la cruz, fue la demostración suprema del amor de Dios. El mismo Jesús lo entendió así: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por su amigos”. Y así lo entendió también el discípulo amado, cuando dice que “Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) de entregar su cuerpo en comida y en bebida su sangre.

 

  1. En la Eucaristía, Cristo Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total por amor en la Cruz. El mismo se nos ofrece como la comida y la bebida que da la Vida. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos”, nos dice.

 

La Eucaristía es central para la Iglesia y para cada cristiano; es la cima hacia la que caminan y la fuente de la que se nutren. La Iglesia vive de la Eucaristía. Sin la celebración eucarística no habría Iglesia, pues ella, sacramento de la unidad de Dios con los hombres y de éstos entre sí, nace y se renueva en la Eucaristía. Sin la participación plena en la Eucaristía, la vida del cristiano languidece, se apaga y muere. En ella, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve, y sobre todo, nos da su amor, hasta el extremo de ser Él mismo quien se nos da en el pan partido y repartido, y el vino derramado y entregado.

 

Para mantener y acrecentar la vida cristiana es imprescindible participar de manera activa y plena en la Eucaristía; existe una relación muy estrecha entre la participación plena en la Eucaristía y la perseverancia en la vida y costumbres cristianas. Nada justifica la mentalidad cada vez más extendida entre nuestros cristianos de que para ser cristiano no hace falta ir a Misa o, menos, comulgar.

 

 

  1. Cuando recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros, nos da su amor y su vida, que son el amor y la vida de Dios. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos, todos quedamos unidos en su amor y en su vida. Ambas cosas no se pueden separar. La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, por encima de fronteras, las razas y condición social. Por todo ello, comulgar tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto de la comunidad eclesial como de cada uno de los cristianos. Cada cristiano que comulga está llamado a ser testigo del amor que Jesús le ha dado, para que llegue a todos, pues a todos está destinado.

 

Por eso en el día del Corpus Christi, celebramos el Día de la Caridad: para que el Amor de Dios llegue a través de nosotros a todos, en especial a todos los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero y su vida con el que está a su lado, con el que está necesitado no sólo de pan sino también de amor, con los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, etc. en nuestras comunidades; y también por los marginados y excluidos entre nosotros: drogadictos, alcohólicos, indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados.

 

Ante la profunda crisis económica y laboral, que padecemos, Cáritas nos llama con urgencia a rescatar la pobreza, que siempre y antes de nada, tiene rostro humano. Es el rostro de aquellos que en número creciente se quedan sin trabajo, el rostro de quienes se quedan sin el subsidio de desempleo, el rostro de las familias enteras sin trabajo ni subsidio, sin medios para comida, medicina o artículos de higiene, sin posibilidad de pagar el alquiler de la vivienda o los gastos corrientes de luz y agua.

 

No olvidemos tampoco la crisis y pobreza de valores morales y espirituales, que están en la base de la crisis económica. No podemos reducir la crisis a su dimensión financiera y económica. Sería un peligroso engaño. Detrás de la crisis financiera hay otras más hondas que la generan. Esta crisis pone en evidencia una profunda quiebra antropológica, una crisis de valores morales y la marginación de Dios y de su Ley de nuestras vidas.

 

La dignidad del ser humano es el valor que ha entrado en crisis cuando no es la persona el centro de la vida social, económica y empresarial; cuando el dinero se convierte en fin en sí mismo y no en un medio al servicio de la persona, del desarrollo de las personas, de las familias y de la sociedad.

 

En esta situación el amor de Cristo nos apremia a ser testigos de la verdad del hombre, de la fraternidad entre todos y del amor solidario para con todos. Los pobres no nos pueden dejar indiferentes a los cristianos. Nuestras Cáritas, las congregaciones religiosas y las asociaciones de cristianos están desbordadas por la fuerte demanda de ayuda, que crece día a día, pero seguirá atendiendo a los necesitados. El Mandamiento Nuevo del amor nos urge a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad económica. El Señor Jesús nos llama a reconocerle, acogerle y amarle en el hermano necesitado hasta compartir nuestro pan, nuestra vida y nuestra fe con él.

 

No lo olvidemos: quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo; es enviado a compartir su pan y su vida con el hermano necesitado; nadie puede quedar excluido de nuestro amor, porque nadie está excluido del amor de Dios, manifestado en Cristo. Amén

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Fiesta de San Pascual Baylón

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Vila-real
Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2012

 (Sof, 2,3; 3, 12-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

****

 

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. Como cada año, el Señor nos convoca en este día en torno a mesa de su Altar para honrar y venerar a San Pascual, Patrono de esta Ciudad de Villarreal y de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Sed bienvenidos todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucarística, en la que actualizamos el misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor.

 

  1. La Fiesta de San Pascual, nuestro Patrono, nos invita a recordar de nuevo una figura emblemática de la historia de Vila-real, que ha marcado los trazos más profundos y duraderos de esta Ciudad y también de nuestra propia Iglesia Diocesana: en ellas vivimos, a ellas pertenecemos y a ambas amamos con verdadero amor cristiano. Un amor que se alimenta constantemente –como ya lo hiciera San Pascual- en su fuente inagotable que es la Eucaristía, el sacramento de la caridad y el vínculo de unidad. Recordar a Pascual en estos momentos no significa un mero ejercicio de memoria del pasado sino un compromiso cristiano con esta ciudad y con nuestra Iglesia diocesana.

 

  1. La biografía de San Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como han gozado de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, hijo de padres modestos pero profundamente cristianos.

 

Recordemos. Pascual nació el año 1540 en Torrehermosa, en el Reino de Aragón, en los lindes con Castilla. Sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron muy pronto una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen.

 

Sus biógrafos lo describen como un joven austero y sacrificado, de carácter dulce en el trato y generoso para con los demás. Con frecuencia caminaba descalzo en medio de grandes fríos recitando oraciones con profunda devoción. Cuando por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio.

 

Grande fue su preocupación y su amor por los pobres, como profundo fue también su espíritu de justicia; llegó a pedir incluso que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus ovejas. Pasados los años, Pascual sintió la llamada de Dios a la vida religiosa; en medio de muchas dificultades siguió la llamada e ingresó en los franciscanos alcantarinos de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en la Pascua de Pentecostés de 1592.

 

En las comunidades franciscanas, a las que perteneció, nuestro Santo fue portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante fue ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastando su vida por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello con el espíritu de pobreza, austeridad y oración, propio de la orden franciscana. Esta es la sencilla historia de Pascual.

 

  1. Pero, ¿qué apreciaron sus contemporáneos en esta sencilla vida de Pascual? No cabe duda: nuestros antepasados apreciaron en Pascual sobre todo su santidad: el ejercicio heroico de la humildad y su perseverancia asidua en la práctica del amor cristiano, alimentada en la oración. De él pudieron decir que se mantuvo íntimamente unido a la verdadera vid que es Cristo, que se alimentó en una profunda vivencia de la Eucaristía y que siguió la estela de María, la Virgen, a la que tanto amaba y veneraba. Sí: Pascual fue santo y puede ser llamado dichoso porque temió a Dios, porque confió y esperó en el Señor (Sal 33); Pascual es santo porque no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

 

Por su sencillez y humildad, Pascual fue un hombre que supo intuir y vivir acoger a Dios en su la propia existencia, que bueno amarle, que es bueno darle gracias, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios. Dios escoge siempre a “la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,30). Sí, hermanos: sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia diaria y en el hermano que uno tiene a su lado.

 

Nuestra pregunta hoy es: ¿seguimos nosotros apreciando en Pascual lo mismo que tenían nuestros antepasados  al conmemorarle y homenajearle en su Fiesta de hoy? Seguro que lo siguen haciendo muchos, todos aquellos que mantienen viva la fe cristiana de sus antepasados. Y lo harían también muchos alejados de la fe cristiana, si se les explicase bien en qué consiste y qué es la santidad; y, sobre todo, lo harían si la viesen plasmada en la vida de los cristianos. Aunque haya quien pueda pensar lo contrario, la santidad es siempre, también hoy, actual y atrayente. También lo es hoy y nunca dejará de serlo la santidad de San Pascual, Patrono de Villa-real  y de nuestra Diócesis. Y no está fuera de lugar recordarlo precisamente en estos momentos de crisis sino todo lo contrario.

 

Porque la santidad no es otra cosa que la plenitud de vida cristiana y la perfección de la caridad: o, dicho con otras palabras, la santidad no es sino la perfección del Amor. Santo es quien acoge el amor de Dios y vive unido a Dios, en su amor, en su gracia, en sus mandamientos, como nos recuerda San Juan. Quien así vive, desborda amor entregado y desinteresado a su alrededor hacia el prójimo, hacia el pobre, hacia el necesitado, hacia la familia, hacia la sociedad. Santo es aquél que a través de un camino perseverante de superación del pecado, de cuanto separa del amor y de la amistad con Dios y el prójimo, va madurando su personalidad en la perfección del amor. En este camino, el cristiano sigue a un modelo único e irrepetible, Jesucristo. Y el Señor Jesús no se queda sólo en un simple llamamiento a seguirle sino que, además, lo posibilita y acompaña, viniendo a nuestro encuentro con su amor más grande.

 

Nuestros antepasados vieron y reconocieron en Pascual a un testigo eminente de la caridad de Cristo: ¡testigo y ejemplo de un amor ejercido y practicado heroicamente como la “forma” espiritual que modelaba todos los ámbitos de su existencia. En la oración cultivada preferentemente en la Eucaristía, se alimentaba su alma: su fe, su esperanza y, muy especialmente su caridad.

 

  1. Pascual sigue siendo actual, precisamente por su condición de santo, por su santidad. Las situaciones críticas por las que ha atravesado la Iglesia a lo largo de la historia han sido superadas siempre gracias a la presencia y a la acción de los santos: cristianos de todas las vocaciones que han aspirado consecuentemente a la perfección de la caridad. Las crisis de las sociedades y de los pueblos tampoco fueron −ni serán superadas, tampoco la actual − si no es por la acción y la entrega de personas honradas, sencillas, generosas, sacrificadas, laboriosas, movidas por la caridad: por el amor desinteresado y donado, en Dios, al prójimo.

 

¿No estará ocurriendo que en esta hora crítica de nuestra Iglesia, de nuestra sociedad y del mundo nos faltan los santos? ¿O no sucederá -algo todavía más grave- que no comprendemos o no queremos comprender y apreciar el valor de la santidad para la Iglesia y para la sociedad?  Benedicto XVI nos recuerda una y otra vez a todos -también a los jóvenes- el valor de ser testigos del Amor de Cristo, testigos valientes de su Evangelio.

 

San Pascual, nuestro Patrono, es hoy como siempre nuestro ejemplo, nuestro modelo y nuestro intercesor. Que esto y no otra cosa es lo que significa tenerlo y celebrarlo como Patrono. Pascual es testigo de la alegría de creer y de amar. Su vida sencilla, buscando siempre la perfección del amor, es hoy un estímulo espiritual y humano extraordinario para afrontar nuestra propia existencia. No es tan complicado, ni tan raro, ni tan excepcional ser santo. La heroicidad de los santos es una heroicidad posible a cualquiera que se abre de verdad a la gracia de Dios.

 

Intentemos caminar hacia la perfección del amor con la misma sencillez y con la misma confianza en la gracia de Dios con que lo hizo y lo logró nuestro Santo Patrono. Los frutos personales, familiares y sociales serán abundantes; nos sorprenderán los frutos de justicia y de solidaridad, de cercanía y de perdón, de bondad y de paz, tanto en el ámbito de nuestra vida privada como en el amplio campo de la vida pública. San Pascual nos indica que esta gracia y don del Espíritu Santo, que nos transforma y nos sostiene en el Amor, está en el Corazón de Cristo, presente en la Eucaristía.

 

Pidamos esta mañana su ayuda e intercesión: Pascual no nos defraudará. Pascual nos ayudará en el camino. Nos ayudará a superar los problemas más dolorosos: la falta de trabajo, las crispación social, la enfermedad, las rupturas matrimoniales y familiares, la tristeza y la desesperanza,  la debilidad para encontrar la senda de la fe y de una existencia según el mandamiento en el que se contiene toda la ley de Dios: ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como Cristo nos amó!

 

  1. San Pascual fue un gran devoto de la Virgen. Caigamos una vez más en la cuenta de que sólo María, por ser Madre de Dios y Madre nuestra, puede ir gestando en nosotros deseos de Dios, de humildad y de santidad para llevar a cabo la voluntad de Dios sobre todos los hombres; es decir, nuestra santificación. Estamos en el mes de Mayo, mes dedicado a María. Imploremos diariamente su ayuda, porque con María el camino de nuestra vida se nos hará más fácil y hermoso. Que ella, desde el cielo, bendiga a todos los ciudadanos de Villarreal, a toda nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que en estos momentos de crisis generalizada más necesitan de su protección de madre. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección

 

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 8 de abril de 2012

 (Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

****

 

Cristo ha resucitado

  1. “¡Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado! Aleluya”. Es la Pascua, hermanos y hermanas, amados todos en el Señor. Hoy es “el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Por eso cantamos con toda la Iglesia el aleluya pascual. ¡Cristo ha resucitado!: es un milagro patente. Hoy es el día en que con mayor verdad podemos entonar cantos de victoria. Hoy es el día en que el Señor nos llamó a salir de las tinieblas de la muerte y a entrar en su luz maravillosa. El mismo Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, nos invita a la acción de gracias y a la alabanza.

 

Sí, hermanos: Dios Padre ha librado de la muerte a su Hijo Jesucristo resucitándolo de entre los muertos a una vida gloriosa. En Cristo resucitado se alumbra la Vida de Dios para toda la humanidad. El cuerpo de Cristo Jesús no retorna a la forma de existencia anterior, sino que su cuerpo pasa a la Vida inmortal y gloriosa de Dios y la alumbra para nuestra humanidad; no es, pues, una vuelta a nuestra vida finita y limitada, que se alarga indefinidamente; es el paso -la Pascua- a la Vida de Dios absolutamente poseída. Y no sólo para sí, sino para todos los que creen en Él. Porque la resurrección de Cristo cambia la historia, es el centro mismo de la historia: en Cristo resucitado queda restaurada toda la creación, toda la humanidad y la misma historia. Cuantos la acogen participan de su gloria, una vez restaurada con toda nitidez la imagen primera.

 

La Resurrección de Cristo: hecho real, sucedido en la historia

  1. ¡Cristo ha resucitado! Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana, es la Buena Noticia por antonomasia. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado verdaderamente, triunfando sobre el poder del pecado y de la muerte. Ante quienes niegan la resurrección de Cristo o la ponen en duda hay que afirmar con alegría y con fuerza que la resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos: Jesús vive ya glorioso y para siempre.

 

La resurrección de Jesús no es fruto de una especulación o de una experiencia mística, ni una historia piadosa o un mito. María Magdalena encuentra el sepulcro vacío y piensa que han trasladado a otro lugar el cuerpo inerte de Jesús. Los discípulos de Jesús, salvo el discípulo amado, tuvieron que encontrarse con el Resucitado para creer.

 

La resurrección del Señor es un acontecimiento real e histórico; sobrepasa ciertamente la historia, pero sucede en un momento preciso de nuestra historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien. La resurrección de Jesucristo es obra de Dios todopoderoso, es la manifestación suprema de su amor misericordioso; es su respuesta definitiva a la entrega amorosa del Hijo. En la resurrección de Jesús se revela con infinita claridad el verdadero rostro de Dios, toda su sabiduría y bondad, todo su poder y toda su fidelidad.

 

¡Cristo ha resucitado! Esta Buena noticia procede de lo alto, procede de Dios. Y hoy resuena en medio de nosotros con nueva fuerza. Nos invita a creer en Dios, Amor y Vida, y nos invita a creer a Dios, a fiarnos de su Palabra, que nos llega en la cadena ininterrumpida de la tradición de los apóstoles y de los creyentes, en la tradición viva de la fe de la Iglesia; esta día nos exhorta a aceptar esta Palabra de Dios con fe personal y a confesar que Jesús de Nazaret, el hijo de Santa María Virgen, muerto y sepultado, ha resucitado de entre los muertos. Avivemos nuestra fe. Porque solo si creemos que Cristo ha resucitado, nuestra alegría pascual será verdadera y completa.

 

Los bautizados: partícipes ya de la resurrección por el Bautismo

  1. Los cristianos, por nuestro Bautismo, participamos ya del Misterio Pascual de la muerte y resurrección del Señor. “Ya habéis resucitado con Cristo” (Col 3, l), nos recuerda San Pablo en su carta a los fieles de Colosas. No dice que vayamos a resucitar al final de los tiempos. Pablo hace hincapié en que ya ahora hemos resucitado con Cristo. Porque en nuestro bautismo hemos sido sumergidos en las aguas y hemos salido de ellas renacidos a la Vida nueva del resucitado: el ser sumergidos es símbolo de la muerte del hombre viejo, del hombre terreno, al estilo de Adán, y el salir de las aguas es el símbolo del renacimiento a la vida del hombre nuevo (cfr. Rom 6, 3-4).

 

Ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la Vida nueva del Resucitado. Por el bautismo renacimos un día a la nueva Vida de los Hijos de Dios: fuimos lavados de todo vínculo de pecado, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios. Dios Padre nos ha acogido amorosamente como a su Hijo y nos ha hecho partícipes de la nueva Vida resucitada de Jesús. Así hemos quedado vitalmente y para siempre unidos al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo, y, a la vez, unidos a la familia de Dios. Los bautizados en Cristo hemos quedado unidos a Cristo, y, por ello, debemos vivir las realidades de arriba (Col 3, l), donde Cristo está sentado a la derecha del Padre.

 

Para el cristiano, la vida no puede ser un deambular por este mundo con la única preocupación de adquirir calidad de vida terrena o el bienestar material; el cristiano ha de plantear y vivir su existencia desde la resurrección del Señor, con los criterios propios de la vida futura. Somos ciudadanos del cielo (Ef 2, 6; Flp 3, 20; cf. Col 1, 5; Lc 10, 20; 2 Pe 3, 13), y caminamos hacia el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre (cf Ef 1, 20; Heb 1,3). De ahí que hayamos de plantear nuestra vida de modo que alcancemos aquella situación de dicha.

 

Por todo ello: Es verdadero cristiano quien cree personalmente en la resurrección del Señor y se deja transformar por ella para pasar a ser un hombre nuevo. Porque por el bautismo toda nuestra persona y nuestra existencia queda afectada y comprometida. Nuestro bautismo exige la respuesta total de nuestra persona, que implica fe y conversión, es decir, un cambio radical en la forma de pensar, de sentir y de actuar: nuestro bautismo implica seguir a Jesucristo, a su persona y sus caminos, y dejar los caminos de un mundo cada vez más alejado de Dios.

 

Creer, confesar y testimoniar la Resurrección del Señor

  1. Confesar y celebrar la Resurrección exige vivir como Jesús vivió, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hech 10,38). Confesar y celebrar la resurrección pide vivir como Jesús nos enseñó a vivir. “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”(Jn 15,12). Por eso Pablo nos exhorta: “Ya que habéis resucitado con Cristo (por el Bautismo,… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). De la fe en la resurrección del Señor surge un hombre nuevo, que no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Señor y vive para él.

 

Sólo así el bautizado se convierte en verdadero creyente y testigo de la resurrección. La fe en la resurrección iluminará y transformará su vida, como a los Doce y a Pablo. La fe en la resurrección le hará su testigo para proclamar con audacia, con firmeza y con perseverancia la Buena Noticia de la resurrección. Nada ni nadie podrán impedir al verdadero creyente el anuncio de  la resurrección de Cristo, Vida para el mundo, pues a todos está destinado. Nada ni nadie lo podrán impedir: ni las amenazas o castigos de las autoridades, ni la increencia o la indiferencia ambiental, ni la incomprensión de muchos ni la vergüenza de muchos bautizados de confesarse cristianos. Es preciso dar testimonio a todos de la fe que ha llegado a nosotros desde los Apóstoles.  No tengamos miedo, no nos avergoncemos de ser cristianos. Cristo ha resucitado y ha sido constituido Señor de la vida: todos estamos llamados a resucitar.

 

Testigos de Vida y de Esperanza

  1. “¡Resucitó Cristo, nuestra esperanza!”. Pascua es el triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el pecado, de la paz y del perdón sobre el odio. Cristo es luz para el mundo. Cristo resucitado es la luz: así lo simboliza este cirio pascual, entronizado solemnemente en medio de nosotros en la Vigilia Pascual en la pasada noche. Cristo es la luz para todo hombre (cfr Jn 1,9; 3, 19). Cristo abre horizontes de eternidad al ser humano. Porque Cristo Jesús ha resucitado sabemos que nuestro destino no es la tumba: Si Cristo ha resucitado, todos nosotros resucitaremos, nos recuerda S. Pablo (1 Cor 6, 14; 2 Cor 4, 14; cf Rom 8,11) y ello fundamenta nuestra esperanza, de modo que vivamos con el gozo del Espíritu.

 

Quien vive “en el mundo”, debe orientar hacia Dios las realidades terrenas, con alegría y esperanza. Nadie puede considerarse ‘resucitado con Cristo’, si vive para sí mismo (cfr. Rom 14, 7). La caridad de Cristo nos apremia a los bautizados a dar testimonio del Resucitado, Vida para el mundo, ante una cultura de la muerte que se extiende como una macha de aceite en nuestra sociedad. Demos testimonio alegre y esperanzado de la dignidad sagrada de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural. Demos testimonio de una vida honesta y sin doblez. A lo largo de dos mil años, los santos han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. Vivamos también hoy los cristianos con alegría y fidelidad el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora en todas partes. Será el mejor testimonio de nuestra fe en la resurrección de Cristo; será también nuestra mejor contribución a la regeneración profunda que necesita nuestra sociedad, que ha de basarse en una conversión espiritual y moral, si se quiere superar la profunda crisis actual.

 

“Paz a vosotros”. Este es el saludo pascual de Cristo resucitado a sus discípulos. Este es también mi saludo en esta Pascua ¡Que la Paz de Cristo resucitado sea con todos vosotros! ¡Que la paz y la solidaridad de Cristo reinen entre todos los pueblos de nuestra España! Seamos testigos y constructores de paz y de reconciliación en todos nuestros ambientes. Trabajemos unidos para que nuestra nación supere pronto la crisis económica, moral, social, política y espiritual que la atenaza.

 

La paz del Cristo resucitado no es como la paz de este mundo. La paz que Él nos ofrece es muy distinta a la obtenida por las armas, por el terrorismo, por la opresión, por la destrucción o por la negación sistemática de que es diferente. La paz de Cristo es la paz que Dios nos ofrece en su Hijo: resucitándolo destruyó el odio, el pecado y la muerte. La paz pascual se basa en el perdón y en la reconciliación de Dios para todos en Cristo resucitado: El es la Vida, la Verdad y el Bien de Dios para todos los hombres y para la humanidad entera. La enemistad, las diferencias y el rencor se vencen con la acogida y el respeto al otro, con el diálogo en la verdad, con la justicia y la libertad, con el perdón y el amor. La paz pascual nace de un corazón nuevo y renovado, de un corazón reconciliado y reconciliador, de un corazón resucitado y resucitador.

 

Vivamos fielmente nuestra fe en la resurrección, dejémonos transformar por ella, caminemos por el mundo dando a los hombres ‘razón de nuestra fe y de nuestra esperanza’. Con nuestra actitud, con nuestras palabras y con nuestro obrar. Así podremos ser mensajeros de la resurrección de Jesucristo, testigos de esperanza y constructores de su Paz.

 

¡Feliz Pascua de Resurrección para todos!

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Homilía en la Solemne Vigilia Pascual

Catedral-Basílica de Segorbe, 7 de abril de 2012

****

 

 

  1. “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado!” (Mc 16, 1-7). Éste, queridos todos, es el mensaje central de esta noche santa. Esta es la Buena Nueva que el “joven sentado a la derecha”, en el sepulcro vacío, anunció a María Magdalena, a María la de Santiago y a Salomé, que se acercaron al sepulcro el primer día de la semana para embalsamar el cuerpo de Jesús. Ésta es la Buena Noticia que los discípulos de Jesús transmitieron al mundo, una vez confirmados en su fe por el encuentro con el Señor resucitado. Esta es la gran noticia que nosotros escuchamos cada año en esta Vigila pascual: Cristo ha pasado, a través de la muerte, a una nueva y definitiva existencia: Cristo vive glorioso para siempre. Por su Resurrección, el Señor Jesús ha alumbrado la Vida, no sólo para sí mismo, sino para todos los que creen en Él.

 

  1. Esta Noche santa, la ‘’Vigilia de las vigilias’, está llena de símbolos. Con ellos la Liturgia quiere ayudarnos a entender el hecho mismo de la resurrección, que escapa a la experiencia de nuestros sentidos como ocurrió también entonces. La Liturgia nos habla con el signo del fuego que quema y purifica, del agua que da vida y de la luz que deslumbra y alumbra todo. La Palabra de Dios los ha ido explicando: todos ellos nos conducen a Cristo resucitado, simbolizado en el cirio pascual encendido en el fuego purificador, y, Él, nos conduce al agua de nuestro bautismo por el que renacimos a la nueva Vida del Resucitado.

 

En la Pascua no podemos por menos que mirar hacia atrás, contemplar las obras de Dios en el pasado y en el presente, y dar gracias al Señor porque es eterna su misericordia (cf. Sal 117). Así lo hemos hecho acompañados de la Palabra de Dios, que nos ha recordado brevemente la historia de la Salvación, la historia de Dios para con la humanidad, para con nosotros mismos; y el centro de esta historia es Cristo mismo.

 

Dios creó y sigue creando todo por amor y para la vida; todo lo hizo y lo hace el Padre por Cristo y para Él (Col 1, 16). El Espíritu de Dios llenó llena la tierra e hizo y hace que rebosase de luz y de vida; al principio fue la luz, sin la que no es posible la vida, ni el orden del cosmos. Dios crea al hombre, a su imagen y semejanza, para una vida eterna y feliz en la comunión de vida con Dios y con toda la creación. Y, aunque el hombre prefiere sus propios caminos, su propia libertad al margen de Dios convirtiéndose así en víctima de sí mismo, Dios no lo abandona. Dios sigue llamándole a la vida. Abrahán escuchó la voz y la llamada de Dios, salió de su tierra y fue a donde Él le indicó (Gen 12, l-2); reconoció que todo se lo debía a Dios y que Dios lo merecía todo. Estuvo incluso dispuesto a entregarle en obediencia agradecida a su único hijo (Gen 22, 1-14): Dios se lo pedía y él se fiaba de Dios. Pero Dios no quiere sacrificios humanos; le basta con saber que Abrahán cree y se fía de Él y que le ama por encima de todo (cf. Gen 22, 12).

 

Los descendientes de Abraham se encontraron oprimidos en tierra extranjera; el Señor escuchó sus gritos (cf. Ex 3, 9), y los liberó de la esclavitud de Egipto. Las aguas del mar Rojo fueron liberadoras para ellos (Ex 14, 1-31). Entonces prorrumpieron en alabanza al Señor que los liberó de la mano del Faraón (Ex 15, 1-21). Pero, a pesar de las maravillas que Dios hizo en su favor a lo largo del desierto, el pueblo de Israel volvió a apartarse de su Dios: murmuró y prefirió andar sus propios caminos, alejado de Dios. El Señor prometió entonces otra alianza: “Yo pondré mi ley en vuestros corazones” (cf. Jer 31,33), pues “os daré mi Espíritu” (Ez 36,27), que se simboliza por el agua (cf. Jn 7,39). Por eso nos dice el Señor: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3).

 

Ya en la plenitud de los tiempos, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, viene a este mundo y entrega su propia vida, para firmar con su sangre una nueva Alianza (cf. Lc 22, 20; 1 Cor 11,25; Jer 31,3): es la Alianza definitiva y eterna de Dios con la humanidad. Pero la entrega de Jesús no quedará en la muerte, sino que, muriendo, destruyó la muerte, y resucitando, restauró la Vida. Una vida destinada a todo el que crea en Dios y en El que ha enviado y se deje bautizar.

 

  1. El agua bautismal simboliza el renacimiento de lo alto, la recuperación de la Vida que es la comunión y amistad con Dios y con todo lo creado, como al inicio del mundo. Bañado en las aguas del Bautismo, el bautizado, queda unido a Cristo, resurge con Él a la vida nueva. Así su vida será la vida de los hijos de Dios, la vida de los que siguen a Cristo por la senda del bien, del amor y de la verdad.

 

Por ello, esta Vigilia pascual nos recuerda que, por la gracia de nuestro bautismo, nosotros participamos también ya vitalmente de esa misma nueva vida de Cristo resucitado. Así lo acabamos de escuchar en la epístola de San Pablo a los Romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nuestra existencia está unida a Él en una muerte semejante a la suya, lo estará también en una resurrección como la suya” (Rom 6, 3-4).

 

Por ello, ¿qué mejor ocasión que la vigilia pascual para ser incorporados a la resurrección de Cristo y para hacer memoria de nuestra incorporación a él por el Bautismo? Esta noche tenemos la dicha de celebrar el bautismo de esta niña, Verónica, y renovaremos con corazón agradecido nuestras promesas bautismales.

 

La mejor explicación que se puede dar de todo bautismo y del bautismo que esta niña va a recibir son las palabras de Pablo. El nos enseña que ser bautizados significa pasar con Cristo de la muerte a la vida. Por el bautismo, Verónica, renacerá – como nosotros renacimos un día- a la nueva vida de los Hijos de Dios: lavada de todo vínculo de pecado original, signo y causa de muerte y de alejamiento de Dios, Dios Padre la acoge amorosamente como hija suya en su Hijo y le da parte en la nueva vida resucitada de Jesús. Vuestra hija, queridos Verónica y César, quedará así vitalmente y para siempre unida al Padre Dios en su Hijo Jesús por el don del Espíritu Santo. A partir de hoy será hija de Dios en su Hijo, y, a la vez, hermana de cuantos formamos la familia de Dios, la comunidad de los creyentes, la Iglesia.

 

Vuestra hija recibe hoy una nueva vida que está llamada a crecer siendo acogida y vivida personalmente por ella a medida que vaya creciendo. Vosotros padres y vosotros los padrinos, Rafael y Mónica, haciendo profesión de vuestra fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, la presentáis a la Iglesia para que reciba el baño de las aguas bautismales. ¡Que el amor por vuestra hija, que mostráis al presentarla para recibir el don del bautismo, permanezca en vosotros a lo largo de los días! ¡Enseñadla y ayudadla con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestro testimonio de vida a vivir y proclamar la nueva vida que hoy recibe! Sois sus primeros educadores también en la educación en la fe y vida cristiana. ¡Enseñadla y ayudadla a conocer, amar e imitar a Cristo Jesús! ¡Enseñadla y ayudadla a vivir en la comunión de los creyentes, como hija de la Iglesia, a la que hoy queda incorporada, para que participe de su vida y su misión!

 

  1. En esta Vigilia Pascual, queridos todos, recordaremos también el don de nuestro propio bautismo renovando las promesas bautismales. Es una nueva oportunidad para dejar que se reavive en nosotros la nueva vida del bautismo. San Pablo nos exhorta a que “también nosotros andemos en una vida nueva”. Si hemos muerto con Cristo, ya no podemos pecar más. ¡Vivamos la nueva vida: la vida de hijos de Dios en el seguimiento del Hijo por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia!

 

El Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es el que clama en nuestro corazón y nos hace dirigirnos a Dios para decirle: “!Abba¡, ¡Padre¡”. Porque somos en realidad hijos adoptivos de Dios en Cristo Jesús, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). Por eso, después de haber meditado esta noche las grandes y admirables acciones de Dios Salvador, a favor de toda la humanidad, a favor de su pueblo y a favor nuestro, hemos orado así: “Aviva, Señor, en tu Iglesia el espíritu filial; para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio”.

 

Con este espíritu filial, dispongámonos, hermanos, ahora a celebrar el bautismo de esta niña. Movidos por este mismo espíritu filial renovemos nuestras promesas bautismales y participemos luego en la mesa eucarística. Renovados así en el amor de Jesucristo podremos segur nuestro camino en el mundo bajo la mirada del Padre y con la fuerza del Espíritu; fortalecidos así en la fe y vida cristianas estaremos prontos para dar razón de nuestra esperanza y a llevar a nuestros hermanos el mensaje de la resurrección. “El no está aquí. Ha resucitado. Aleluya!”. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón