Homilía de Don Casimiro en la Fiesta de la Mare de Déu de LLedó

Basílica-Santuario de Lledó, 5 de mayo de 2019

 

III Domingo de Pascua

(Hech 5,27b.-32.40b-41; Magnificat;  Ap 5,11-14; Jn 21,1-19)

 

1.Es una verdadera alegría celebrar cada año esta Eucaristía el primer domingo de mayo para cantar y honrar a nuestra Reina y Señora, la Mare de Déu del Lledó. En este tiempo pascua, nuestra alegría se hace como más intensa al sentir de modo especial la presencia del Señor resucitado en medio nosotros: es Él mismo quien nos convoca e invita a celebrar su misterio pascual, esta Eucaristía, en honor a su Madre y nuestra Madre.

Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a la Basílica para esta Misa estacional. Saludo fraternalmente a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes, al Sr. Prior de esta Basílica y al Sr. Prior, al Presidente, Directiva y Hermanos de la Real Cofradía de la Mare de Dèu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen. Mi saludo también a los Sres. Regidor de Ermitas, Clavario y Perot de este año. Expreso mi saludo respetuoso y mi agradecimiento sincero a la Ilma. Sra. Alcaldesa, a los Miembros de la Corporación Municipal de Castellón y al resto de autoridades provinciales, autonómicas y nacionales, así como a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas. Mi saludo también a los seminaristas que nos asisten. Y un saludo muy especial a cuantos desde vuestras casas estáis unidos a nosotros por la tv 8 Mediterráneo, especialmente a los enfermos e impedidos, y a las personas mayores que estáis solas.

Hemos venido a Lidón para celebrar a nuestra Mareta y Patrona en el día de su Fiesta: aquí  la sentimos como más cercana. De nuevo invocamos su protección maternal: a sus pies podemos acallar nuestras penas y mostrarle nuestras alegrías, en su regazo encontramos consuelo maternal y bajo su protección encontramos el aliento necesario para seguir caminando como cristianos discípulos misioneros del Señor. María es siempre la Madre buena que nos espera y acoge, que siempre tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente. En verdad: necesitamos su palabra, su aliento y su ejemplo en nuestro peregrinaje terrenal.

María nos ofrece y nos lleva a su Hijo. Su deseo más ferviente es llevarnos al encuentro con Cristo Jesús para que se avive y afiance nuestra fe, para que se renueve nuestra vida cristiana. Ella no deja nunca de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Ella, la oyente de la Palabra y la esclava del Señor, nos enseña a escuchar y acoger la Palabra de Dios que acabamos de proclamar. De la riqueza de la Palabra proclamada esta mañana, nos vamos a fijar en tres palabras: anunciar, dar testimonio, adorar.

2.La primera Lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra la fuerza con que Pedro y los demás Apóstoles anuncian a Cristo resucitado, hablan en su nombre y predican el Evangelio. Al mandato del Sumo Sacerdote y del Sanedrín de callar, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech 5,29). No temen ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. En la Visitación a Isabel también María va presta a la montaña para ayudar a su prima, y, sobre todo, para llevar a su Hijo ya concebido en su seno virginal al encuentro con Isabel y con Juan. En Caná, María dirige la mirada de los sirvientes en apuros hacia su Hijo y les dice: “Haced los que Él os diga” (Jn 2,5). Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que Él representa para nosotros en la familia o con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? O ¿nos avergonzamos de hablar de Dios y de anunciar a Jesucristo y su Evangelio a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, a nuestros compañeros de trabajo o de profesión? Nadie da lo que no tiene ni anuncia lo que no vive. La fe nace de la escucha de la Palabra y del encuentro con el Señor resucitado en su Iglesia; y la fe se refuerza con el anuncio.

3.El anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras; ellos dan testimonio con la vida entera de su fe en Cristo resucitado. En el encuentro con el Señor Resucitado, su persona entera y su vida queda transformada: todas las dimensiones y facetas de su existencia adquieren una nueva dirección, un nuevo sentido; ningún ámbito de su existencia queda excluido de su fe. En el Evangelio de hoy, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey y que lo haga con amor; y le anuncia: “Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras” (Jn 21,18). Esta es una palabra dirigida en primer lugar a nosotros, los pastores, queridos sacerdotes: no podemos apacentar el rebaño de Dios si no aceptamos ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no estamos dispuestos para dar testimonio de Cristo y de su Evangelio con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de incomprensiones, insultos, denuncias, la cárcel y de dar nuestra propia vida por Jesucristo y el Evangelio.

Pero esto vale para todos, queridos hermanos en Cristo, queridos devotos de la Mare de Déu: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado por cada uno de nosotros. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo y del Evangelio en mi vida? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios, antes que a los hombres? ¿O me dejo llevar en vida por el qué dirán, por criterios mundanos, por lo políticamente correcto, por el pensamiento único que intentan imponer los poderes mediáticos? El testimonio de la fe tiene muchas formas; pero todas son importantes, incluso las que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, del trabajo, de la  amistad o del tiempo libre.

En diversas partes del mundo, también entre nosotros, hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio, muchas veces por la única razón de ser cristianos, de manifestarse como tales o de reunirse para celebrar la Eucaristía. Hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre. Recordémoslo: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. La incoherencia de fieles y pastores entre lo que decimos y lo que hacemos, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia y del Evangelio.

4.Con la resurrección de Cristo todo ha quedado renovado, todo ha recobrado su belleza original: el ser humano, las relaciones humanas, el sentido de la historia y la misma creación. Hoy también –y más que nunca- estamos llamados a anunciar a Jesús resucitado y el Evangelio de Jesús, y a hacerlo con la palabra y con el testimonio de vida. No es fácil, pero es urgente y necesario, anunciar y testimoniar el Evangelio de la vida, y trabajar por el respeto y defensa de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Es el mejor servicio que podemos prestar a la dignidad sagrada e inviolable de toda persona humana. No es fácil, pero es urgente y necesario anunciar y testimoniar el Evangelio del matrimonio entre un hombre y una mujer, y el Evangelio de la familia fundada en el matrimonio, célula básica de la sociedad. Es urgente y necesario anunciar y dar testimonio del Evangelio de la Paz ante tanto rencor y violencia. Es urgente y necesario y necesario anunciar y dar testimonio del Evangelio de la justicia ante tantas situaciones de injusticia.

En estos momentos es preciso que los cristianos demos testimonio de la verdad completa del ser humano sin dejarnos arrastrar por ideologías de moda como la ideología de género. Se presenta como un progreso de la libertad del individuo, pero en realidad conduce a la destrucción del ser humano. En definitiva, intenta suplantar a Dios creador, que crea al ser humano a su imagen y semejanza, y lo crea como hombre y mujer. Una sociedad que da la espalda a Dios, a su amor y a su ley termina por deshumanizar al hombre; termina por volverse contra el mismo hombre, contra su inviolable dignidad y sus derechos más sagrados. Como dijo el papa Francisco, citando al papa Benedicto: la ideología de género es el gran pecado del hombre actual contra Dios Creador (cf. Francisco, Encuentro de 27 de julio de 2016 con los Obispos polacos en la Catedral de Cracovia).

5.Pero anunciar y testimoniar con nuestra vida a Cristo muerto y resucitado para la vida del mundo, sólo es posible si nos dejamos encontrar y transformar por el Señor resucitado en nuestro sentir, pensar, hablar y actuar, como ocurrió con los Apóstoles; solo es posible si reconocemos a Jesucristo como “el Señor” (cf. Jn 21,7), que nos ha llamado y nos invita a recorrer su camino. Anunciar y dar testimonio de Jesucristo es posible únicamente si estamos unidos a Él como el sarmiento a la vid, si permanecemos junto a él, como Pedro, Juan y los otros discípulos, como dice el pasaje del Evangelio de hoy. El Evangelista subraya que “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor” (Jn 21,12).

Tener a Jesucristo resucitado como el Señor significa exclamar con Tomás, “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28): es reconocer a Cristo como el Señor, el único Señor de nuestra vida, y adorarlo como Dios. El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5,11-14).  ¿Adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Adorar a Dios es tenerlo como centro de nuestra existencia, aprender a estar con él, pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la mejor, la más importante de todas. Adorar al Señor Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María, quiere decir darle el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.

Esto pide despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, en los que nos refugiamos, en los que buscamos y ponemos nuestra seguridad, nuestra salvación. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos, como la ambición, el gusto por el éxito, el ponerse a uno mismo en el centro, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos señores de nuestro cuerpo y de nuestra vida. Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como camino, verdad y vida de nuestra existencia.

6.Queridos hermanos y hermanas: el Señor nos llama a seguirlo con valentía y fidelidad. Él nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, con la palabra y el testimonio de nuestra vida diaria. El Señor es el único Señor, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a Él. Anunciar, dar testimonio, adorar. Que la Mare de Déu del Lledó, nos lleve a Cristo, nos ayude en este camino e interceda por nosotros. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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