Fiesta de San Pascual

Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2016

(Ecco 2, 7-13; Sal 33; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor.

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos convoca un año más para celebrar esta Eucaristía en honor de nuestro santo Patrono: el Patrono de Villarreal y el Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual en el mundo entero. Hoy le recordamos y honramos; en este día damos gracias a Dios por ser nuestro santo Patrono.

La vida de Pascual no muestra ninguno de esos rasgos en los que se basa la fama mundana. Y, sin embargo, pocos gozan de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida hasta el día de hoy, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, como este santo universal y patrono nuestro.

Nacido en Torrehermosa el año 1540, sus padres le infundieron una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Más tarde, buscando una vida de mayor entrega a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió hasta el final de su vida en Villarreal dedicado a las tareas más humildes del convento. Y aquí entregó su alma a Dios  en la Pascua de Pentecostés, el 17 de mayo de 1592.

Pascual era un joven austero y sacrificado, amante de la verdad y honrado, alegre y generoso para con todos. Amante de la Eucaristía, cuando por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, desde lejos se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Grande fue su preocupación y amor por los pobres, como alto fue su espíritu de justicia hasta pedir que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus rebaños.

Sus trabajos en los conventos fueron los de portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello dentro del espíritu de pobreza, austeridad y oración de la orden.

Esta es la sencilla y conmovedora historia de Pascual; en su vida como pastor y como fraile, nunca se separó de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención”. De él se puede decir que fue dichoso como “el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores sino que su gozo es la ley del Señor” (Sal 1,1), o como dice San Pablo a los Corintios que no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

La vida de Pascual estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hermanos. Hombres como él, marcan la historia de un pueblo. Los santos, como él, son los mejores hijos de la Iglesia.  En este Año Santo de la Misericordia, deseo destacar tres rasgos de Pascual: su humildad, su amor entrañable a la Eucaristía y su amor misericordioso con los pobres.

Pascual fue, ante todo, un hombre humilde; un hombre que supo intuir que es bueno, justo y necesario confiar en Dios, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). Sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia propia y también en el hermano que está a nuestro lado.

La humildad solo se logra por actos de amor y amistad con Dios, y por la disposición de buscar sólo la gloria de Dios. Nadie glorifica a Dios más que aquel que le ama. Un amante de Dios y, por tanto, humilde servidor suyo, como Pascual, no se deja llevar nunca por la desesperanza; en todo y en todos descubre la cercanía y el rostro de Dios. Pascual fue un hombre lleno de ‘buenos sentimientos’ hacia los demás porque sabía amar y adorar a Dios. La purificación de nuestros sentimientos se realiza a través de la adoración, es decir, en la medida en que nos hacemos humildes ante Dios. Con este estilo de vida hizo Dios maravillas en Pascual: no sólo lo justificó sino que lo glorificó.

Estas cosas de Dios sólo las entiende la gente sencilla. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25-27). Sin humildad no podremos entender, comprender o acoger la cercanía de Dios y su misericordia. Esta virtud es indispensable para abrir el corazón a Dios, para acoger su amor misericordioso. Porque la humildad no es apocamiento sino vivir en la verdad de uno mismo; y esta verdad sólo se descubre en Dios. Como dice Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que [sin Dios] no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; es decir, aceptar que es criatura de Dios, que cuanto es y cuanto tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Cuando el hombre se endiosa y quiere ser como dios pero al margen de Dios, comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en lucha contra el otro hasta su aniquilamiento, en la impostura e imposición ideológica, en la reconstrucción del ser humano y de la sociedad sin Dios.

Los santos, como Pascual, nos sitúan en la verdad de nuestra persona, de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada; sin Dios no hay esperanza, digna de este nombre; sin Dios nos quedamos en la trivialidad y vulgaridad. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que nos ha creado por amor y para el amor, para la verdadera libertad y la verdadera felicidad, que Dios nos perdona siempre porque es compasivo y misericordioso, y que Dios siempre nos ofrece su amor, su amistad y su vida. El hombre se hace precisamente grande al creer a Dios y en Dios, al abrir su corazón de par en par a la misericordia de Dios en su vida. Dios no es nuestro competidor, sino el dador de nuestra libertad y la garantía de nuestra felicidad. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

Pascual es un enamorado de la Eucaristía. Este amor por la Eucaristía lo aprendió en casa, en su propia familia. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar, que él celebraba, amaba, vivía y adoraba.

La Eucaristía es el “memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. ‘Memorial’ no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos” (Francisco, Audiencia de 5.2.2014).  En la Eucaristía,  Jesucristo se hace presente realmente entre nosotros, se nos da como el alimento que nos transforma y se queda entre nosotros como fuente inagotable del amor y de misericordia.

Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía, y dejó transformar su corazón por Cristo-Eucaristía. Sí: Dios está realmente presente en la Eucaristía. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor, de su misericordia para ser misericordiosos como el Padre, como Pascual.

Por su intercesión pedimos a Dios que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios. Si uno es de verdad devoto de Pascual, tiene que serlo de la Eucaristía y encontrar en ella el manantial que mantiene fresco el amor, que da frutos de misericordia. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que caminemos por donde han caminado ellos. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía.  ¡Acudamos el domingo a la Misa en familia! Y adoremos a Jesucristo presente en el Sagrario.

Pascual es un testigo de la misericordia de Dios, siendo él misericordioso con los hermanos. Precisamente porque fue humilde, porque se dejó amar y transformar por Jesucristo en la Eucaristía, y le amó con toda su alma, pudo entregarse en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón está cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace misericordioso con los demás, como Pascual. Él vivía alegre. Su alegría era saberse amado por Jesucristo. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces.

Pascual nos enseña en este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, que experimentar el amor misericordioso de Dios en la Eucaristía, nos pide practicar las obras de misericordia corporales y espirituales. El amor misericordioso de Dios, celebrado y recibido en la Eucaristía, ha de llegar a todos para que todos experimenten la misericordia de Dios. Como Pascual estamos llamados a dar de comer al hambriento y de beber al sediento, a visitar y cuidar de los enfermos, a dar posada al forastero, a vestir al desnudo, a visitar a los presos o a enterrar a los difuntos; pero también somos enviados a enseñar al que no sabe, a dar buen consejo al que lo necesita, a corregir fraternalmente al que se equivoca, a perdonar de corazón al que le ofende, a consolar al triste, a sufrir con paciencia los defectos del prójimo y a rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

La misericordia no es un añadido en la vida de la Iglesia y de los cristianos; pertenece nuestro ADN, a nuestro ser y a nuestra misión, que brota de la Eucaristía, manantial permanente del amor y de la misericordia de Cristo hacia todos. Como el buen samaritano hemos de atender con diligencia y gratuidad, con corazón compasivo y misericordioso, al prójimo necesitado, cercano o lejano.

Jesús nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Cristo nos apremia a vivir desde Él y con Él la misericordia en nuestro tiempo. Hagamos de nuestra vida una existencia eucarística y misericordiosa; es decir, una ofrenda de amor a Dios, que se haga servicio de amor a los hermanos en las obras de misericordia. La fuente más importante de amor y de misericordia en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía.

La fiesta de San Pascual nos llena de alegría. Por ser nuestro patrono, es guía en nuestro caminar cristiano. Que por su intercesión, Dios nos conceda la gracia de ser humildes para acoger a Dios y su misericordia en nuestra vida; que a su ejemplo vivamos de la Eucaristía, y nos dejemos transformar por la misericordia de Dios para ser misericordiosos como el Padre. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y a la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.