Reino del amor y de la vida

El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo la celebración de los diversos acontecimientos que componen el único misterio de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) hasta su muerte y resurrección (Pascua), y la cadencia semanal del ciclo ordinario de cada domingo.

En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos invita a celebrar al Señor Jesús como Rey del universo. En esta festividad, una de las fiestas más importantes del año litúrgico, celebramos que Cristo, “el ungido”, es sin duda, el Rey del universo. Su Reino “no de este mundo”.  El título de “rey”, referido a Jesús, es muy importante en los Evangelios y permite dar una lectura completa de su figura y de su misión de salvación. Se puede observar una progresión al respecto: se parte de la expresión “rey de Israel” y se llega a la de rey universal, Señor del cosmos y de la historia; por lo tanto, mucho más allá de las expectativas del pueblo judío. Es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

El “poder” de Jesucristo Rey, no es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte, de perdonar  y reconciliar, de amar y dar vida en plenitud. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino del  amor y de la vida nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37): quien acoge su testimonio, le sigue de por vida.

La fiesta de Cristo, Rey del universo, nos llama a dirigir la mirada al futuro; mejor aún, hacia la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de Cristo. Él manifestará plenamente su señorío al final de los tiempos, cuando juzgará a todos los hombres. Nos lo recuerda el evangelio de este día: Cristo, el Hijo del hombre, vendrá y juzgará a cada uno según lo que haya hecho. Jesús, al que hemos contemplado en la humildad de la carne, se sentará en el trono de su gloria, y ante él comparecerán todas las naciones. El Señor se fijará entonces en cómo le hemos seguido y cómo le hemos servido en nuestra vida en los que pasan hambre y sed, en los enfermos y encarcelados.

Cristo -nos dice Jesús- está en el que pasa hambre y sed, en el forastero y el desnudo, en el enfermo y el encarcelado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Es decir, Cristo sale a nuestro encuentro en las personas que tienen necesidad. No hay discontinuidad entre lo que él realizó durante su vida y lo que espera de nosotros. Jesús se abajó hasta nosotros y manifestó una especial preferencia por los más pequeños y necesitados. De hecho, sus discípulos continuamente debieron purificar su mirada sobre la realeza de Cristo para comprender que no venía a instaurar un poder político, sino a reconciliar a los hombres con Dios, a instaurar el reino de Dios que es un reino de amor y de vida. Con su vida y sus palabras nos ha mos­trado que reinar es servir.

El reino de Cristo es un reino de amor que se abre paso mediante ese mismo amor. El amor de Jesucristo, el que recibimos de él y el que le tributamos, son el criterio del jui­cio, el criterio de una vida lograda o perdida. Eso nos lleva a colocarnos continuamente bajo su miseri­cordia y, al mismo tiempo, a buscar servirle pobres y en los que sufren. Ese amor -que es el del Padre, el que nos ha mostrado en Jesucristo y el que se nos da con el Espíritu Santo- es el que construye el reino en el mundo y el que discierne sobre nues­tras vidas. Jesús es un rey glorioso que no se impone a la fuerza, sino que quiere ser acogido en nuestros corazones.

A Jesús lo acogemos cuando escuchamos su palabra y nos acercamos a los sacramentos. Pero sale­ a nuestro encuentro, en todos los que necesitan el testimonio y el gesto de nuestro amor. Cuando Jesús nos dice que él está en el que sufre y el necesitado, nos está instando a no dar las migajas de nuestro amor, sino a que la misericordia sea el motor de nuestra vida.

Sólo el amor dura para siempre, todo el resto pasa; por eso, lo que invertimos en amor es lo que permanece para el reino de la Vida.

 

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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