Responsabilidad y prudencia en el tráfico

Queridos diocesanos:

Cada primer domingo de julio y cercana la fiesta de San Cristóbal celebramos la Jornada de Responsabilidad en el tráfico. Es una invitación a reflexionar sobre el significado y la importancia de la conducción, así como sobre la urgente necesidad de esmerar nuestra prudencia y responsabilidad en el tráfico. No podemos ignorar que nuestras imprudencias pueden causar desgracias a otras personas. A este respecto, el Concilio Vaticano II, en la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, dice: “Algunos subestiman ciertas normas de la vida social, por ejemplo, las referentes a las normas de vialidad, sin preocuparse de que su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo”.

Circular en automóvil, motocicleta o bicicleta, o transitar a pie por la carretera o la calle, es un derecho legítimo, y, la mayoría de las veces, una necesidad. El vehículo es un instrumento de trabajo para muchos y de esparcimiento para otros. En estos días de verano, millones de personas se desplazan de un lugar a otro para iniciar sus vacaciones o regresar de ellas; no olvidemos tampoco a los millones que diariamente lo hacen por motivos laborales y sociales. La conducción se ha convertido en un hecho habitual en nuestra vida cotidiana. Los desplazamientos de un lugar a otro tan frecuentes y tan propios de la vida moderna son expresión de la vida como viaje y como camino.. Cuando nos ponemos en camino, tenemos la esperanza de llegar felizmente a nuestro destino. Pero esto, por desgracia, no siempre sucede así.

Viajar en automóvil, en moto o en bicicleta, o desplazarse a pie es una acción humana. Pero esa acción, buena en sí y que persigue también un fin bueno, se ve afectada para mal, si no se respetan las normas de la circulación y de la convivencia; no hacerlo pone en juego las vidas y los bienes de otras personas, incluidos los propios. Y de todos ellos, evidentemente, es responsable el hombre.

El factor humano lo abarca todo. La vialidad supone la existencia de tres importantes elementos: el hombre, el vehículo y la vía sea la carretera o la calle. Sin embargo, el ámbito humano lo abarca todo, ya que el estado de las carreteras, las condiciones mecánicas del vehículo y el cumplimiento de las normas de circulación dependen de la actuación humana. En este sentido, la atención debe centrarse, sobre todo, en educar la conciencia cívica y moral de quienes circulan o transitan. Es cierto que el número total de accidentes y de víctimas mortales ha descendido notablemente. Con todo, es preciso redoblar los esfuerzos, por parte de cada uno y desde todas las instancias públicas y privadas, para seguir reduciendo dichas cifras hasta donde sea posible. Salvar una sola vida humana bien merece la pena.

Conducir quiere decir ‘convivir’. Esto pide de todos los implicados hacer que la carretera y la calle sea más humana. Conducir un vehículo o transitar por la calle es, en el fondo, una manera de relacionarse, de acercarse y de integrarse en una comunidad de personas. Esto supone, sobre todo en el conductor, ser dueño de sí mismo, prudencia, responsabilidad, espíritu de servicio, conocimiento y observancia de las normas del código de circulación y disponibilidad para prestar una ayuda desinteresada a los que la necesitan, dando ejemplo de caridad. Conducir quiere decir también controlarse y dominarse, no dejarse llevar por los impulsos.

La actitud al volante debería ser de atención y prudencia. La mayor parte de los accidentes son provocados precisamente por la falta de atención y por imprudencia. Por eso la prudencia es una de las virtudes más necesarias e importantes en relación con la circulación. Esta virtud exige un margen adecuado de precauciones para afrontar los imprevistos que se pueden presentar en cualquier ocasión. Desde luego, no se comporta según la prudencia el que se distrae al volante con el móvil, el que conduce a una velocidad excesiva, el que descuida el mantenimiento de vehículo, el que conduce bajo los efectos del alcohol o de las drogas. Redoblemos nuestros esfuerzos y nuestro sentido de responsabilidad y de prudencia como conductores y también como peatones.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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