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Familia en misión en Ucrania: “ante esta situación no podemos perder de vista que existe la vida eterna y que hay un Dios que es Padre”

Los castellonenses David Rubio (35 años) y María Millán (34 años) pertenecen a la parroquia de Santo Tomás de Villanueva, llevan 14 años casados y tienen 8 hijos: Israel, Josué, David, Juan, Pablo, Francisco Javier, María y Cecilia. Son una familia misionera en Ucrania, destinados desde el año 2010, y enviados por el Papa Benedicto XVI y por el Obispo, D. Casimiro, a la ciudad de Odessa.

Son los responsables de la misión ad gentes, en la que junto a cuatro familias más, a tres chicas misioneras, a un seminarista y a un sacerdote, viven y forman una comunidad cristiana. En total son 25 adultos y 20 niños viviendo en medio de una sociedad y un ambiente sin presencia de cristianismo.

Cada sábado salen a la calle a evangelizar, realizan catequesis para adultos, también para los niños en preparación para recibir el sacramento de la Comunión, así como encuentros para jóvenes, manteniendo un contacto diario con las personas. Hacen presente a la Iglesia en una zona de Ucrania secularizada y destruida, en este caso por el comunismo.

 

¿Cómo habéis vivido las noticias que os iban llegando desde España?

Con preocupación, sobre todo por la gente mayor, que son las personas que más han sido y están siendo afectados. Son personas que en general aún mantienen una moral y ética cristiana, con raíces y valores. Vemos que son los que más están falleciendo, y también, en muchos caso en soledad. Hemos rezado muchísimo por España.

Pero también lo hemos vivido sabiendo que Dios es Padre, y que ante esta situación, en la que un virus que no podemos ver nos pone en jaque, se nos hace presente que no somos dioses y que la vida no depende de nosotros. Ante esto es necesario volver a Él y reencontrarnos con Él, reconociéndolo como Dios.

¿Cómo ha sido y como es la situación actual en Ucrania?

Cuando en Ucrania empezó a escucharse noticias sobre el virus, ya había avanzado bastante en muchas partes de Europa, por lo que la gente no se lo tomaba en serio porque no se creían que un virus podía hacer tanto daño.

Pero poco a poco, viendo cómo iba creciendo, el gobierno ucraniano cerró las fronteras, los colegios, ciudades enteras…, y se fue tomando más en serio, por lo que los fallecidos y contagiados han sido bastantes menos que aquí. Oficialmente, a día de hoy hay alrededor de 1500 fallecidos en un país de unos 40 millones de habitantes, cifra demoledora, pero nada que ver con las datos europeos.

¿Cómo ha vivido esta situación la Iglesia ucraniana?

Al no tener el virus la misma incidencia que en otros países, como en Italia o España, no se llegaron a cerrar los templos, aunque al principio sí que se limitó la asistencia a una persona cada 10m² y con un máximo de diez personas. Por otra parte, y debido al importante temor al contagio de la gente, realmente acudían muy pocas personas a las iglesias.

¿Cómo habéis vivido vuestra fe durante todo este tiempo?

Nosotros hicimos una cuarentena en casa, igual que si hubiéramos estado en España, y por la crisis sanitaria y otras circunstancias vivimos una Cuaresma y una Pascua con dificultades pero con un encuentro mucho más personal que en otras ocasiones, donde nos pudimos encontrar unos con otros, tuvimos más tiempo para hablar con nuestro hijos, sobre todo con los adolescentes.

También pudimos preparar y celebrar el Triduo Pascual en familia, rezamos el Rosario todos los días, y los niños han sido partícipes en todo, han estado contentísimos, con transmisión de fe viva, y esperando el paso de Jesucristo Resucitado. Ésta ha sido una de las mejores pascuas de nuestra vida y hemos visto la providencia de Dios en todo.

A pesar de toda esta situación de enfermedad, de muerte y de sufrimiento, como cristianos no podemos perder de vista que esta vida no se acaba con la muerte, porque existe la vida eterna y la resurrección, que hay un Dios que es Padre, que nos cuida y que provee.

 

 

Daniel y Ana, familia misionera en Budapest: “La Iglesia es la única que puede dar esperanza ante este sufrimiento”

Daniel Tortosa y Ana Rubert, junto a sus nueve hijos (Daniel, María, Pablo, Andrés, Lucas, Miguel, Ana, Isabel y Ester), son una familia en misión ad gentes en Budapest (Hungría) desde hace 8 años. Él tiene 38 años y es arquitecto técnico, ella tiene 40 años y es pedagoga. Pertenecen a una comunidad neocatecumenal de la parroquia de Nuestra Señora de la Merced de Burriana.

¿Cómo vivís las noticias que os llegan desde España?

Por una parte con mucha preocupación, sobre todo por las personas mayores, y la distancia siempre nos hace vivir con incertidumbre, además hemos sufrido por familiares ingresados por coronavirus, que lo han pasado mal. Pero por otro lado sabemos que Dios es nuestro Padre, y que como tal nos cuida y ayuda, estamos en sus manos.

 

¿Cómo es la situación actual en Hungría?

Es bastante más tranquila que en España. Supongo que es porque se actuó con mucha antelación, en parte por la forma que tienen los húngaros de enfrentarse a la enfermedad, por ejemplo, si un niño en el colegio tiene un poco de fiebre, enseguida el médico le da la baja y le envía una semana a casa.

Aquí, ante los primeros casos se cerraron los colegios, y a mi -contesta Daniel- me dieron la oportunidad de realizar teletrabajo. Actualmente hay alrededor de 3000 contagiados y 350 fallecidos.

¿Cómo está viviendo esta situación la Iglesia húngara?

La Iglesia húngara ha obedecido en todo momento a las autoridades. En el momento que el presidente de Hungría prohibió las reuniones, el cardenal de Budapest tomó las medidas oportunas y la dolorosa decisión de cerrar los templos.

Nosotros, como misión ad gentes, suspendimos inmediatamente todas las celebraciones y reuniones. La comunidad comenzamos a reunirnos virtualmente para rezar juntos. La fortuna que tenemos es poder vivir toda esta situación perteneciendo a la Iglesia, lo que nos permite y ayuda a vivir este acontecimiento con esperanza.

¿Cómo estáis viviendo vuestra fe durante este tiempo?

Evidentemente, nuestro deseo y oraciones se dirigen, sobre todo, por el fin de la enfermedad y los que sufren, pero este tiempo de convivencia y de vida en familia lo estamos viviendo como una gracia. Los niños se están portando muy bien y pueden ir haciendo las clases online. Para el matrimonio está siendo un tiempo maravilloso, y el Señor nos está regalando el poder disfrutar de la familia, estar juntos, comer todos juntos.

Nos están ayudando mucho las misas online de varios sacerdotes que conocemos, a través de Youtube, Instagram, de la televisión… Las vemos todos los días, participamos junto a nuestros hijos y hacemos la comunión espiritual, lo que nos reconforta a todos. Tenemos muchísimo tiempo para hablar, sobre todo de esta situación que estamos viviendo desde la visión cristiana, y sabemos que no es casualidad que nos haya tocado vivirla en medio de la Cuaresma y de la Pascua.

La Pascua la hemos preparado en casa con mucha ilusión. Preparamos un Vía Crucis con los niños, en el que cada estación tenía un dibujo que colorearon ellos, y se las explicamos. Además, todos los días sobre las 12h realizamos una videollamada con la familia, rezamos el Ángelus y el Rosario, oraciones a las que se unieron nuestros hijos sin tener que animarles a ello. Estoy muy agradecido y el Señor nos ayuda a vivir este tiempo en familia como un regalo.

¿Un mensaje de esperanza?

La Iglesia es la única que puede dar esperanza a todas las personas ante este sufrimiento, que vivido con el Señor tiene un sentido, permitiendo descansar y esperar en Él, siendo testigos de su amor, que nos perdona los pecados y que quiere ser uno con nosotros.  La muerte ha sido vencida. Este es el mensaje de esperanza que nos ha transmitido la Iglesia a nosotros y es lo que podemos transmitir a los demás.

Para devolver la dignidad a los ancianos, la experiencia de una familia misionera en Chile

Juan Albiol y María Amparo Enrique, junto a sus hijos de 15 años, Miguel y Saray, son una familia castellonense que pertenece al Camino Neocatecumenal, y que se encuentra en misión en la ciudad chilena de Concepción desde el año 2007.

La familia ha sido intermediaria para hacer llegar a Chile una ayuda de 3.600€ que ha aportado la Delegación Diocesana de Misiones, la parroquia La Asunción de Benassal, y los alumnos de religión del Instituto Francesc Tárrega de Vila-real.

Dicha cantidad se ha destinado a la Parroquia La Ascensión del Señor de Concepción, situada en un barrio con muchos ancianos, allí se les llama “adultos mayores”, y con muchos inmigrantes haitianos y venezolanos en situación de desempleo y necesidad.

«En Chile hay un grave problema con la situación en la que se encuentran las persona mayores, pues viven muy solos y tienen una pensión insignificante, por lo que muchos se dedican a pedir por la calle o a seguir trabajando para poder comer, tengan la edad que tengan», explica María Amparo, «por lo que la importantísima ayuda que se les ha hecho llegar desde aquí se ha destinado al comedor de la parroquia».

Juan dice que «se han optimizado muy bien estos recursos, que se han empleado sobre todo para acondicionar y reparar el comedor, pues presentaba unas condiciones muy deficitarias», pero también, «han sido destinados, por una parte, a dar de comer a las personas mayores los fines de semana, gracias a la labor de las voluntarias, y por otra a los inmigrantes, a los que también se les ayuda a buscar trabajo y se les da clases de español», continuaba.

María Amparo ha contado como le han impactado los testimonios de los ancianos que decían estar muy agradecidos, «una señora me decía: a muchos nos quedan pocos años de vida, y nos sentimos muy solos y despreciados, pero se nos  está devolviendo la dignidad porque nos sirven con amor».

El matrimonio también ha explicado cual es su misión allí, «vivir con los chilenos, en la misma realidad que ellos, experimentando y anunciando el perdón y el amor de Dios como familia cristiana».

«Con esta pastoral social hemos sido simples intermediarios» añadían, «pero dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a la acogida pastoral de los novios que se preparan para el matrimonio, a las catequesis de iniciación cristiana para adultos, a la catequesis familiar, y todos los sábados los dedicamos a la pastoral penitenciaria, una experiencia bastante fuerte, hablando del amor de Dios a unos 25 internos de una cárcel de alta seguridad», concluyen.

Testimonio de la visita del Papa a Chile

La familia en misión  Juan Albiol y María Amparo Enrique, con sus hijos Miguel y Saray, han remitido a la Delegación de Misiones un testimonio de la reciente visita del Papa a Chile la segunda de un Pontífice después de la que hiciera Juan Pablo II en 1987. Ellos participaron en el encuentro de Temuco, al sur del país, junto con 200 jóvenes del Camino Neocatecumenal.

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