Entradas

Mons. López Llorente: “San Pascual es un santo actual que nos estimula a seguir caminando hacia la santidad”

Monseñor López Llorente ha presidido la Santa Misa de la festividad de san Pascual Baylón, patrón de la Diócesis, del Culto Eucarístico y de la ciudad de Vila-real, en una multitudinaria celebración que ha contado con la presencia de la reina de las fiestas y su corte de honor, así como principales autoridades civiles, las madres clarisas, los sacerdotes y seminaristas y numerosos fieles que han abarrotado la Basílica villarrealense. El Obispo de Segorbe-Castellón ha destacado en la homilía que san Pascual “es un santo siempre actual (…) que sigue unido a nosotros y nos alienta a no detenernos en el camino y nos estimula a seguir caminando hacia la meta, hacia la santidad”. Leer más

Homilía de Monseñor López Llorente en la Fiesta de San Pascual Bailón

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN PASCUAL BAILÓN

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Vila-real
***
Basílica de San Pascual, Vila-real – 17.05.2019

(Ecco 2, 7-13; Sal 33: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Os saludo de todo corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. Mi recuerdo y saludo en especial a vosotros, los enfermos e impedidos.

El Señor Jesús nos convoca un año más en torno a la mesa de su Palabra y de su Eucaristía para honrar a San Pascual Bailón. Y le honramos dando gracias a Dios una vez más por ser nuestro Santo Patrono y sobre todo por su santidad de vida, por su sencillez, por su humildad y por su gran amor a Dios y al prójimo.

2. Recordemos brevemente algunos datos de su biografía. Nuestro santo patrono nació en Torrehermosa (1540) y murió aquí en Villarreal (1592). Hijo de una humilde familia aragonesa, profundamente cristiana, a los siete años Pascual ya era pastorcito. Gran devoto de la Virgen y de la Eucaristía, cuando no podía asistir a Misa, se arrodillaba en el campo y oraba con la mirada fija en el lejano santuario de Ntra. Sra. de la Sierra, donde se celebraba el santo Sacrificio de la Misa. Más tarde emigra a tierras del Vinalopó para trabajar como pastor. Sintiendo la llamada a consagrar su vida a Dios, a los dieciocho años pide ser admitido en la Orden de los Frailes Menores. Años más tarde entra en el convento de Nuestra Señora de Loreto, fundado por los frailes reformados de San Pedro de Alcántara, en Orito; desde allí pasa en 1589 al convento de los frailes alcantarinos aquí en Vila-real, donde se encargó de tareas humildes como portero, limosnero o cuidador de la huerta.

Pascual fue un excepcional hombre de Dios y, por ello, un excepcional amigo y servidor de los hombres. Fue generoso y sufrido, paciente y alegre, siempre dispuesto a cumplir sus deberes con diligencia y con bondad, con misericordia y con un amor sin límites hacía los más pobres. En la fe y amor a Jesucristo, cultivado y alimentado diariamente en la oración y la Eucarística, y en su amor a la Virgen se encuentra la raíz de su amor desinteresado hacia el prójimo, en especial a los pobres, a los necesitados, a los mendigos. En Pascual apreciamos la santidad vivida en el día a día; nuestro santo nos muestra que se puede llegar a ser grande, con la grandeza inigualable de la perfección del amor, –que eso es la santidad-, dedicándose a la tarea del pastoreo y a los oficios más sencillos de la casa. Es el servicio humilde el que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

3. Como todos los santos, hermanos, Pascual no pertenece sin más al pasado; nuestro santo no es una mera figura de nuestra historia pasada. Su recuerdo tampoco no puede quedar reducido a una fiesta, ajena a lo que él fue, vivió y significó para el pueblo cristiano de Vila-real. No: Pascual es un santo siempre actual. “Por la comunión de los santos”, como profesamos en el Credo, Pascual sigue unido a nosotros y nos alienta a no detenernos en el camino y nos estimula a seguir caminando hacia la meta, hacia la santidad. Él nos dice hoy, aquí y ahora, que es posible ser santos, que no nos conformemos con una existencia mediocre, tibia, aburrida, aburguesada, egoísta, indiferente hacia Dios y hacia los hermanos. Como a Pascual, “a cada uno de nosotros el Señor nos ha elegido para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4). “El Señor lo pide todo – nos dice el papa Francisco-, y lo que él ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la que fuimos creados” (GeE 1).

La semilla de la santidad fue plantada en nosotros el día que fuimos bautizados; si la regamos bien con la gracia de Dios en la oración y los sacramentos, y vivimos día a día, en las tareas ordinarias y sencillas de la vida, amando a Dios y al prójimo, esa semilla irá creciendo. La vida tiene muchos momentos en los que se puede ir desarrollando la experiencia de la santidad, porque su fuerza es la caridad que se muestra en el amor a Dios y al prójimo. Por este doble carril vamos caminando durante todas las etapas de la vida hasta llegar a su final que es la eternidad, que es la bienaventuranza o la dicha eterna con Dios.

La biografía de Pascual nos muestra que él vivió día a día su condición de bautizado, siguiendo fielmente a Jesucristo y conformando su vida al Evangelio. Pascual fue un testigo cercano y concreto de Jesucristo y de su Evangelio para el hombre de su tiempo. Fue extraordinariamente humano, precisamente porque su vida estaba anclada en Dios y en su voluntad, la alimentaba en el encuentro personal con Cristo en la oración, en la Eucaristía y en los necesitados, y seguía al Señor por el camino de las bienaventuranzas. En él, el Señor Resucitado mostró en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo, la extraordinaria fuerza de la Vida nueva, que brota de la resurrección del Señor; una Vida nueva que es capaz de renovar y transformar todo.

4. Pascual quiso imitar a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo hombre, humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, como lo hizo Pascual. “Yo te alabo Padre, dice Cristo en el Evangelio, porque has escondido los misterios de Dios a la sabios y entendidos, y se los has revelado a la gente sencilla”. Una humildad como la de Pascual es el camino para abrirse a Dios, es el camino hacia la santidad, es el camino hacia la felicidad, es el camino para el cielo; es el camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Jesús nos explicó con toda sencillez que el camino de la santidad es el camino de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Pascual lo hizo suyo. Para ser un buen cristiano, para ser santos, es necesario que, cada uno a su modo, haga lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. “Feliz” o “santo” es aquel que es fiel a Dios y vive su Palabra, y de este modo alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha (cf. GeE 63). Cierto que las bienaventuranzas van muy a contracorriente con lo que se lleva y se hace en la sociedad; su mensaje nos lleva hacia otro estilo de vida. Solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo (cf. GeE 65).

Pascual es santo porque fue “pobre en el espíritu”(Mt, 5,3), Jesús nos llama y Pascual nos enseña a ser pobres en el corazón, a sentirnos necesitados de Dios y de su salvación, a confiar en él, a poner nuestra última seguridad en Dios. Hemos de preguntarnos dónde ponemos nuestra confianza y la seguridad de nuestra vida: ¿en Dios o en las riquezas? Cuando lo hacemos en las riquezas y cuando creemos que éstas están en riesgo, todo el sentido de nuestra vida en la tierra se desmorona. “Las riquezas –dice el Papa Francisco- no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad” (GeE 68).

Nuestro patrono siguió la llamada de Jesús a la mansedumbre: “Felices los mansos, porque heredarán la tierra” (Mt 5,4). En el evangelio de hoy se nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11,29). Frente a un modo dominado por la enemistad, la crispación, el rencor, el odio y la exclusión del diferente, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre. Es lo que él practicaba con sus propios discípulos y lo que vivió Pascual. Cuando miramos los límites y defectos de los demás con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos echarles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. La mansedumbre es expresión de la pobreza interior, de quien deposita su confianza solo en Dios, como hizo Pascual. Alguien podría objetar: “Si yo soy tan manso, pensarán que soy un necio, que soy tonto o débil”. Tal vez sea así, pero dejemos que los demás piensen lo que quieran. Los mansos “poseerán la tierra”, es decir, verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios. Porque los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. GeE 74).

Pascual ejercitó la misericordia con el prójimo: dio de comer al hambriento y de beber al sediento, ayudó al menesteroso y sirvió a sus hermanos en las tareas más humildes; él supo perdonar y comprender al prójimo. Siguió las palabras de Jesús: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,12). Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente. … Es hacer propias las palabras de Jesús: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará” (Lc 6,36-38).

Nuestro Santo tuvo un “corazón limpio”: fue un hombre de corazón sencillo y puro. En la Biblia, el corazón son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos. “Lo que más hay que cuidar es el corazón” (cf. Pr 4,23). Lo que viene de dentro del corazón es lo que contamina al hombre, porque de allí proceden los asesinatos, el robo, los falsos testimonios y demás cosas (cf. Mt 15,18-19). En las intenciones del corazón se originan los deseos y las decisiones más profundas que realmente nos mueven. Cuando el corazón ama a Dios y al prójimo, cuando esa es su intención verdadera y no palabras vacías, entonces ese corazón es puro y puede ver a Dios. Jesús promete que los de corazón puro “verán a Dios”.

5. Los Santos como Pascual son los protagonistas de los períodos más renovadores de la historia de la Iglesia y de la sociedad. Su forma de ser, de estar y de actuar en la Iglesia y en el mundo no suele ser espectacular sino que, con frecuencia, pasa desapercibida. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios y de su Palabra, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

Nuestro mundo necesita de santos como Pascual para crecer en humanidad y en fraternidad, en justicia, en verdad y en paz. Los necesita también nuestra Iglesia diocesana. El único camino para la purificación y la renovación de nuestra Iglesia es la conversión y santidad de todos sus miembros. Sólo así podrá ser fecunda en la evangelización.

Sí, necesitamos a San Pascual, nuestro Patrono, como un modelo de santidad, siempre actual. Venerar a Pascual equivale a sentirse llamado a imitarle en su amor a Dios y al prójimo e invocarle como intercesor nuestro. ¡Que Él interceda por nosotros para sepamos vivir santamente, imitándole en su sencillez evangélica; que por intercesión se avive en nosotros la fe y la confianza en Dios, que se avive en nosotros el espíritu de oración y la participación en la Eucaristía, que haga de nosotros testigos del amor de Dios en el amor a los hermanos. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María: para que toda nuestra Iglesia diocesana en sus grupos y comunidades sea fiel discípula del Señor y se convierta a la tarea urgente de la evangelización.

¡Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los hijos e hijas de Vila-real: su salud física y espiritual, su bienestar y el de sus familias, y su futuro para que sea un futuro de esperanza gozosa apoyada en la vivencia creciente del poder del amor y de la gracia de Jesucristo Resucitado, Nuestro Señor y Salvador! Amén.

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía de Mons. López Llorente en la fiesta de san Juan de Ávila

Castellón de la Plana, Capilla del Seminario Diocesano Mater Dei,

10 de Mayo de 2019

 

(Ez 34,11-16; Sal 22. 1 Pt 5,1-4; Lc 22,24-30)

 

 

Amados sacerdotes, diáconos y seminaristas:

1.Con la alegría propia del tiempo de Pascual celebramos hoy la Fiesta de San Juan Avila, el Patrono de clero español. Al recordar hoy al Maestro de Ávila y Apóstol de Andalucía queremos dar gracias a Dios por el regalo de este gran santo y doctor de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Ávila queremos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor y, con María, proclamemos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, sacerdotes, y por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano de Segorbe-Castellón. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por todos vosotros, queridos sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y vuestro ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que Él a través de nuestra Iglesia os ha confiado.

Gracias damos a Dios de un modo muy especial por los que este año celebráis las bodas sacerdotales: por D. Joaquín Gil Gargallo y D. Marcelino Cervera Herrero, en sus bodas de diamante: por D. Joaquín Esteve Domínguez y D. José Aguilella Maneu en su bodas de oro; y por D. Vicente Paulo Gómez y D. Javier Aparici Renau, en sus bodas de plata. Mi más cordial y sentida enhorabuena a todos. El Señor ha estado grande con vosotros y con nuestra Iglesia diocesana: gracias por vuestra entrega al ministerio, gracias por vuestra fidelidad al don que un día recibisteis, gracias por nuestra cercanía y colaboración. Por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda a vosotros y a todos nosotros, pastores del pueblo de Dios, la gracia de la santidad siguiendo el ejemplo de este “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”.

Pastores del rebaño de Dios

2.Queridos hermanos, sacerdotes: No olvidemos que somos pastores del rebaño de Dios, es decir somos un don de Dios a su pueblo. El pueblo de Dios no nos pertenece: es su pueblo, propiedad suya, no es propiedad nuestra. Los presbíteros hemos sido ungidos, consagrados y enviados para ser pastores y guías al servicio del pueblo de Dios. Somos sus pastores en nombre y representación de Jesús, el único Buen Pastor del rebaño de Dios. En él se cumple la profecía de Ezequiel: “Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar” (Ez 34, 16). Al afirmar, pues, nuestro ser y nuestra función de pastores del pueblo de Dios, no puede en caer en olvido el lugar central de Cristo en el Pueblo de Dios y la referencia permanente de nuestro ministerio a Él; la centralidad de Jesucristo siempre debe quedar resaltada en el ejercicio y vivencia de nuestro ministerio.

No podremos ser buenos pastores del Pueblo de Dios, sin una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podremos tampoco ser buenos pastores, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor, alimentada en la oración, en la Eucaristías, en la adoración, en el sacramento de la Penitencia, en el ejercicio de nuestro ministerio. Recordemos la triple pregunta de Jesús a Pedro, antes de encomendarle el pastoreo de la Iglesia: “Pedro ¿me amas?” (cf. Jn 21, 15-17). Nadie da lo que no tiene. Nadie puede transmitir y llevar a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él por el amor. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la  Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

Según el corazón de Jesús

3.Dios quiere que seamos pastores de su pueblo según su corazón; Dios quiere que se cumpla en nosotros la promesa hecha su pueblo: “Os daré pastores según mi corazón”. (Jer 3,15). Para caminar hacia la santidad en el ejercicio de nuestro ministerio hemos de ir ajustando nuestra vida con el corazón de Dios, que se nos revela en el corazón de Jesús. Al celebrar el Centenario de la Consagración de España al Corazón de Jesús y para aproximarnos a lo que Dios quiere de nosotros, nos viene muy bien recordar y seguir el consejo de San Juan de Ávila: “Ábrele el corazón, y abrirásle el tesoro con que más se huelga. Ya abrió Dios sus entrañas y su corazón. Por aquel agujero del costado puedes ver su corazón y el amor que tiene. Ábrele el tuyo. Sobre todo, metámonos, y no para luego salir, más para morar, en las llagas de Cristo, y principalmente en su costado, que allí en su corazón, partido para nos, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza del amor suyo”.

Sólo permaneciendo en el corazón de Cristo se fortalece y se mantiene fresca y lozana la caridad pastoral; sólo en el corazón de Jesús aprendemos cómo cuidar del rebaño. ¿Cómo era el amor del corazón de Jesús? El Evangelio es el libro siempre abierto que nos descubre en cada una de sus líneas el corazón de Cristo. El amor de Jesús era bondadoso, compasivo y misericordioso, paciente y humilde, benigno y comprensivo. Este amor de su corazón se vuelve divinamente celoso cuando se trata de nuestra salvación. Jesús se declara nuestro Pastor, un Pastor que conoce y ama a cada una de sus ovejas y de las que dice que nadie se las arrebatará de la mano. Un amor que no se queda en palabras vacías, sino que se entrega hasta el final.

El amor de Jesús es un amor a Dios, su Padre, y a nosotros los hombres. En relación con Dios, se pasa horas y noches enteras en oración con Dios su Padre; se somete a su voluntad hasta aceptar la muerte en la cruz; se siente lleno de celo por su gloria y dice no tener más alimento que hacer la voluntad de su Padre Dios. A los hombres nos ama como a verdaderos hermanos suyos, a todos, sin excluir a ninguno; si alguna preferencia tiene es precisamente con los más alejados, con los pecadores y con los pobres. Es el suyo un amor generoso, complaciente, dulce y suave, magnánimo y tolerante. Pero es también un amor que no le deja parar cuando se trata de nuestro bien, y toda su ternura y delicadeza se convierten en audacia, valentía y decisión que no le detienen ante ningún peligro.

No olvidemos, queridos hermanos, que esa promesa de Dios de dar a su pueblo pastores según su corazón, se la hace a quienes necesitan de nuestro amor pastoral. El destinatario del compromiso de Dios no es otro que el rebaño de Cristo. Por eso, nuestro corazón sacerdotal, conformado al corazón de Cristo, es siempre un regalo de Dios a su pueblo, en concreto a este pueblo que nosotros apacentamos. No hurtemos a nuestro pueblo este don de Dios.

En eso insiste San Pedro en la segunda lectura de hoy: “pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas con quienes os ha tocado en suerte, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). “Mirad por él”: mirad por el rebaño que tenéis a vuestro cargo, nos dice Pedro; y para motivarnos en ese cuidado amoroso del rebaño nos dice: “como Dios quiere”. Eso significa que hemos de ajustar nuestra mirada al pueblo santo que cuidamos con el mirar de Dios, que es siempre un mirar desde el corazón, buscando lo que Dios quiere y pide en cada momento. Buscar siempre la voluntad de Dios, no la nuestra: en la escucha de los hombres y los acontecimientos, y en el discernimiento desde la obediencia a la Palabra de Dios.

De ahí que el nuestro ha de ser siempre un corazón que ve y contempla a nuestra gente con la mirada de Dios. San Pedro para indicarnos cómo es el querer de Dios, primero nos advierte de lo que no podemos permitirnos: “no a la fuerza” –con desgana o por cumplir-, “no por sórdida ganancia” –para enriquecerse o medrar-, “no como déspotas” –autoritarios con el rebaño-. Más claro imposible. Y después, ya en positivo, nos recomienda que lo hagamos todo “como modelos del rebaño que nos ha tocado en suerte y con entrega generosa”. Es el amor entrañable y entregado, lo que caracteriza al pastor. Ser buen pastor exige celo apostólico, entrega incondicional y amor entrañable. Nuestro único interés ha de ser Jesucristo, su Evangelio y llevar a las personas al encuentro con Cristo y su salvación.

Con una actitud de servicio

4.Pedro, al hacernos esta recomendación, interpreta muy bien a Jesús cuando le enseñó a los apóstoles como habrían de estar junto al rebaño. “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). De Jesús aprendió Pedro que apacentar el rebaño es servir, aunque en su caso con muchas dificultades para comprenderlo y asimilarlo. En realidad, no hay otro modo de participar en el sacerdocio de Cristo: “Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna como el que sirve” (Lc 22,26). El servicio es imprescindible en los trabajos del Reino, sólo el servicio sitúa en la intención del corazón de Cristo. No servir y utilizar el sacerdocio y el ministerio para otros fines lo adultera todo y nos sitúa al margen de los verdaderos deseos de Dios en favor de los hombres.

Sólo el servicio, la actitud de servicio amoroso y desinteresado, nos abre a la conversión pastoral a la que nos llama el Papa Francisco. Sólo la actitud de servicio y de un amor apasionado como el de Jesús nos proyecta hacia las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, de nuestras comunidades y de nuestra sociedad. El que no está dispuesto a servir, el indiferente o el acomodado, tampoco estará dispuesto a evangelizar, es decir, a tocar la carne herida de los hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades. Sólo en la actitud de servicio y de compasión se puede fortalecer en nosotros el sueño misionero de llegar a todos. Esta actitud de servicio en todos crea comunión y proyecta nuestro ministerio a la misión compartida.

Dejemos que nuestra vida como nos dice San Juan de Ávila se vaya ordenando siempre más a la transformación del corazón, a imagen del corazón de Cristo, que enviado por el Padre para realizar su designio de amor se conmovió ante las necesidades humanas, salió a buscar la oveja perdida, hasta el extremo de ofrecer su vida por ellas y no vino para ser servido sino para servir. Este es nuestro reto personal y comunitario como presbiterio: que nos mantengamos en un proceso de gradual y continua configuración en Cristo, en su ser y en su hacer. Ese será el reto permanente de nuestro crecimiento interior. A partir de ahí, la misión estará siempre metida en nuestras entrañas sacerdotales y nosotros estaremos dispuestos a entrar con pasión evangelizadora en el corazón del mundo.

5.Felicito de todo corazón una vez más a nuestros hermanos en sus bodas sacerdotales. Que sigáis manifestando al mundo la alegría de vuestra entrega y fidelidad al Señor y al ministerio recibido. Que la seducción del amor de Cristo siga tan viva como el primer día. Felicito también al neopresbítero Servilien.

Recordamos en esta Santa Misa a los hermanos que partieron a lo largo de este último año a la casa del Padre: Mn. José Domnech y D. Miguel Aznar. Que el Señor les conceda su paz y la gloria para siempre.

Y que María nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo, según la vocación y el ministerio que cada uno hemos recibido del Señor. Ella sabrá guiarnos, día a día, para que seamos pastores según el corazón de su Hijo, el buen Pastor. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía Misa Crismal 2019

Homilía en la Misa Crismal

Castellón, S. I. Concatedral, 15 de abril de 2019

 ****

(Is 61,1-3ª.6ª.8b-9; Sal 88; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en nuestros Señor Jesucristo!

 

  1. Os saludo de corazón a los sacerdotes, diáconos, los seminaristas, religiosos y religiosas y fieles laicos-, que habéis venido de toda la Diócesis hasta esta Concatedral de Santa María para la Misa Crismal. Os agradezco vuestra presencia numerosa y a todos os deseo la “gracia y la paz de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir (Apoc. 1,5, 8).

Leer más

Homilía Ramos

Homilía en el Domingo de Ramos

S.I. Concatedral de Castellón y S.I. Catedral-Basílica de Segorbe,

14 de abril de 2019

(Is 50, 4-7; Sal 21; Filp 2,6-11; Lc 22,14-26,56)

 

Inicio de la Semana Santa, celebración de la fe cristiana

  1. Con alegría hemos salido con palmas y ramos al encuentro de Jesús, como lo hizo aquella masa de gente y discípulos en su entrada en Jerusalén. A él le hemos cantado: “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del señor, el Rey de Israel” (Lc 19). Con el recuerdo de aquella entrada de Jesús en Jerusalén, iniciamos la Semana Santa: es la “semana mayor”, la “semana grande” del año litúrgico de la Iglesia. Nos disponemos a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica de todo el año, que tan hondamente han calado en la religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las procesiones y representaciones de la pasión son expresión del profundo arraigo de la fe cristiana y de sus misterios centrales entre nosotros.

Leer más

Homilía formación clero

El Jubileo Vicentino inspira la formación sacerdotal sobre la homilía

Las jornadas de formación del clero de este año miran al gran predicador que fue San Vicente Ferrer, y aprovechando el jubileo de los 600 años de su muerte, se han organizado dos jornadas sobre la homilía en el Seminario Mater Dei de Castellón. Juan Miguel Díaz Rodelas, el primero de los ponentes, aseguraba que la homilía “sin duda ninguna tiene que partir de la Palabra de Dios, incidir sobre la vida de la comunidad cristiana en la situación en la que está, y ser breve”.

Las conferencias abordaron la predicación desde los ámbitos de la Palabra de Dios, litúrgico y pastoral, con el intención de “aprovechar el gran ejemplo de San Vicente Ferrer para animar en ese ámbito de crecimiento de la Palabra de Dios que es la predicación, la catequesis y la formación cristiana, centrándolas en lo que es esencial”, explicaba Díaz Rodelas, doctor en Sagrada Escritura y miembro de la Pontificia Comisión Bíblica.

Con Díaz Rodelas, los otros dos ponentes que intervendrán esta tarde y mañana, son Luis García Gutiérrez, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española, y Juan Luis Martín Barrios, director del secretariado de la subcomisión episcopal de catequesis de la Conferencia Episcopal Española. La homilía se plantea así desde el prisma de la Palabra de Dios, de la liturgia y de la pastoral.

Fiesta de San Pascual Baylón

HOMILIA EN LA FIESTA DE SAN PASCUAL BAYLÓN

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2017

 (Sof 2,3; 3, 12-13; Sal 33; 1 Cor 1,26-31; Mt 11, 25-30)

*****

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El Señor Jesús nos convoca un año más en tono a la mesa de la Eucaristía para honrar y venerar a San Pascual, nuestro santo patrono, al Patrono de Villarreal desde hace ya 100 años y al Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de todo corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración de la Santa Misa, aquí en la Basílica, y a cuentos nos seguís desde vuestras casas, especialmente a los enfermos e impedidos.

Al celebrar la Fiesta de San Pascual se aviva en nosotros la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia diocesana; es una historia entretejida por tantas personas sencillas, que, como Pascual, supieron acoger a Dios en su vida y confiar en él, que se dejaron transformar por el amor Dios en la Eucaristía e hicieron de este amor vida en el servicio a los hermanos; personas que, unidas a Cristo, fueron en su vida ordinaria testigos vivos del Evangelio de Jesucristo.  No nos limitemos a mirar con nostalgia el pasado, ni a quedarnos en el recuerdo frío de la tradición. Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro amor a Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías.

La vida de Pascual no muestra ninguno de esos datos sobresalientes con los que se construye la fama humana. Y, sin embargo, pocos como él han gozado de una simpatía popular, tan arraigada y sentida, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, descendiente de modestos y cristianísimos padres.

Nacido en Torrehermosa en la Pascua de Pentecostés de 1540 -de ahí su nombre-, sus padres, Martín Bailón e Isabel Yubera, le infundieron una fe recia y una caridad desbordada hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Pascual era un joven austero y sacrificado, pero alegre y generoso para con los demás. Como por su oficio de pastor no podía asistir todos los días a la santa Misa, mientras ésta se celebraba se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Pasados los años emigró hacia el sur como pastor en tierras del Vinalopó; en Orito conoció a los franciscanos alcantarinos y, siguiendo la llamada de Dios, pidió ingresar en su Orden, de cuya familia formaría parte hasta morir aquí en Villarreal en 1592.

Pascual se nos presenta como el hombre sencillo y humilde, que amó a Jesucristo en la Eucaristía y a la Santísima Virgen con todo su corazón, y que, consagrado a Dios, amó a los pobres de una manera ejemplar hasta el final de su vida. Tres palabras impregnan la persona y vida de Pascual: humildad, Eucaristía y servicio.

Pascual fue un hombre humilde. El mundo valora los títulos, los honores, las carreras, el dinero, el prestigio, el poder. Pascual nos muestra que se puede llegar a ser grande -y no hay mayor grandeza que la santidad, la perfección del amor- siendo humilde, naciendo de una familia pobre y en un pueblo sencillo, dedicándose, primero, a la humilde tarea de pastor de unos rebaños y, después, como hermano lego a las tareas más humildes de la casa. Es la humildad la que brilla en su vida: todo un ejemplo y un mensaje para nosotros.

La humildad no es apocamiento, no es pusilanimidad, no es acobardamiento. La humildad es vivir en la verdad de uno mismo, que sólo se descubre en Dios. Dirá Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que no somos nada”. En tiempos de postverdad, no es fácil hablar de la verdad,  sin exponerse a ser tildado de fundamentalista o intolerante. Pero no sería buen obispo, si dejase de anunciar a Jesucristo que se ha definido a sí mismo como la Verdad: la verdad de Dios y sobre Dios, la verdad sobre el ser humano, cuyo misterio sólo se esclarece en Él (cf. GS). Al ser humano le cuesta aceptar esta verdad: que es criatura de Dios, que está hecho a imagen de Dios para alcanzar la semejanza con Dios y que sin Dios nada puede. Con frecuencia se endiosa y quiere ser como dios al margen de Dios, y quiere recrearse en contra y al margen de Dios. Y ahí comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en competencia con los demás a ver quien es más o quien aparenta más.

Los santos, como Pascual, sin embargo, nos sitúan en la verdad. En la verdad de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que Dios nos ha creado por amor y para el amor. El hombre se hace precisamente grande al abrir su corazón de par en par al amor de Dios en su vida. De ahí la llamada de Sofonías. “Buscad al Señor los humildes de la tierra” (Sof 2,3).

San Pascual quiso asemejarse a Jesucristo que, siendo Dios, se hizo humilde y pobre. Quien se acerca a Jesucristo, una de las virtudes que aprende es la humildad, como lo hizo San Pascual. “Te doy gracias Padre, dice Jesús en el Evangelio, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las ha revelado a los pequeños”  (Mt 11, 25). La persona humilde y sencilla busca a Dios, y abre su mente y su corazón a Dios: y encuentra la verdad de si misma en Dios. Este es el camino hacia la libertad, hacia la felicidad y hacia la santidad: un camino que agrada a Dios y que aprovecha mucho a los hombres.

Pascual se caracteriza por su gran amor a Jesucristo en la Eucaristía. Ya desde niño amaba la Eucaristía porque lo había aprendido su casa, en su familia. Ya desde pequeñito su madre lo llevaba a la santa Misa. Si, queridos padres y hermanos todos. La fe y el amor a la Eucaristía se aprenden en casa, como san Pascual lo aprendió de sus padres. Y ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar.

En el Sacramento de la Eucaristía se hace y está real y permanentemente presente Jesucristo, muerto y resucitado para la vida del mundo. El Hijo eterno de Dios, enviado por el Padre para que vivamos por medio de Él, en la última cena tomó el pan, lo dio a los apóstoles y les dijo: “Tomad y comed esto es mi cuerpo”; y lo mismo hizo con la copa: “Este es el cáliz de mi sangre para el perdón de los pecados”. Y después les dijo: “Haced esto en memoria mía”. En la Eucaristía, Jesucristo está entre nosotros y se queda con nosotros, como amigo y como alimento, como presencia de Dios que llena toda nuestra vida, como fuente inagotable del amor.

San Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio. A El, que vivió este misterio con tanta hondura y tanta profundidad, le pedimos que nos conceda ese mismo amor a Cristo presente en el altar bajo las especies del pan y del vino, a Cristo presente en el sagrario en la Sagrada Hostia. En este sacramento, las especies del pan y del vino nos cubren o nos encubren su presencia; pero la fe penetra y descubre: !Dios está aquí¡. Hemos de creerlo, contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor. Así lo vivió San Pascual. Ante la Eucaristía se sentía profundamente conmovido. Su corazón se le llenaba de alegría de saber que estaba con Jesucristo, de saber que Jesucristo le amaba, de saber que Jesucristo en este sacramento se hace alimento de vida eterna, se hace presencia de amigo que nos acompaña  en el camino de la vida. A él le pedimos que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía como alimento para atraernos hacia sí, para unirse con nosotros, para darnos la vida misma de Dios.

Si uno es devoto de verdad de San Pascual Bailón, tiene que serlo de la Eucaristía. Pascual nos interpela a todos. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que nosotros caminemos por donde han caminado ellos. La Eucaristía es el bien más precioso, el tesoro más grande que tenemos los cristianos. Es el don que Jesús hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre.

Aún está fresca la profanación de la Eucaristía en la iglesia de Teresa. Un acontecimiento que nos ha llenado de dolor, como lo ha mostrado los actos de desagravio y de reparación en toda la Diócesis; y un hecho que nos debe interpelar a todos los católicos en nuestro aprecio de la Eucaristía y en nuestro piedad hacia el Santísimo Sacramento. ¿Cómo es nuestra fe en la Eucaristía cuando la asistencia a la Misa dominical es tan escasa? ¿Dónde estamos realmente hermanos cuando los padres no acuden a la Eucaristía con sus hijos, incluso cuando se están preparando para la primera comunión? No nos puede extrañar que para muchos niños sea la primera y la última Comunión. ¿Cómo preparamos a nuestros niños y cómo nos preparamos para recibir al Señor en la Comunión? ¿Y cómo lo recibimos: lo hacemos con fe, gratitud y devoción o los hacemos con indiferencia? ¿Somos conscientes de la presencia  real y permanente de Jesús sacramentado en el Sagrario? ¿No hay entre nosotros muchos sagrarios abandonados? Nos urge y mucho avivar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real de Cristo, de Dios mismo en la Eucaristía.

En el don eucarístico, Jesucristo nos comunica la misma vida divina. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas más allá de toda medida. Si creemos de verdad en la Eucaristía, esta fe nos llevará a una participación frecuente, activa, plena y fructuosa en la santa Misa, y a acercarnos a recibir la Comunión debidamente dispuestos; nos llevará también a estar con el Señor en el Sagrario, para adorarlo y beber del manantial permanente del amor. Sin Eucaristía no podemos existir como cristianos. “La vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios” (Benedicto XVI, Sacramentum caritatis 73).

Pascual, precisamente porque es humilde, se deja amar por Jesucristo en la Eucaristía y le ama con toda su alma, se entrega en el servicio a los pobres y a sus hermanos. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón esta cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace generoso y solidario con los demás. No sólo San Pascual; todos los santos son generosos y solidarios al entregarse y al darse. Porque, sabiéndose amados en desmesura por Dios en Cristo, acogen y viven el mandamiento nuevo de Jesús: “Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 9).

San Pascual, en los oficios humildes que tuvo que realizar, vivía alegre y contento. Su alegría era Jesucristo, que le amaba. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces. El nos enseña a nosotros a ser generosos y caritativos con los pobres y necesitados de hoy. “Los pobres los tenéis entre vosotros” nos dice Jesús: pobres de pan, pobres de cultura, pobres de Dios. Pero se necesitan corazones generosos como el de San Pascual, como el de un buen cristiano para salir al paso de esas múltiples necesidades.

Celebremos este día de fiesta con sentido religioso. Nuestra fiesta es ante todo un acontecimiento del pueblo creyente, que mira hoy a san Pascual y pide a Dios ser, como él, humildes, amantes de la Eucaristía y servidores de los hermanos. Gocemos hermanos porque hombres como San Pascual nos estimulan en el camino de la vida; gocemos como, porque también como él, hoy tenemos en medio de nosotros el Santísimo Sacramento del altar. Cristo está presente en la Eucaristía como alimento de vida eterna, como compañero de nuestro camino, como salvación para todos los hombres. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 10 de mayo de 2017

(2 Cor 5,14-20; Sal 88; Jn 15, 9-17)

*****

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas; hermanos todos en el Señor:

Un año más celebramos la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Al recordar hoy al Maestro de Avila y Apóstol de Andalucía queremos dar gracias a Dios por el regalo de este santo, que vio la luz el día de Epifanía del último año del siglo XV en Almodóvar del Campo, vivió en el siglo XVI y murió en Montilla el 10 de mayo de 1569, donde yacen sus restos. Damos gracias a Dios tenerlo como Patrono principal del clero secular español y como ‘Doctor’ de la Iglesia universal.

Animados por el espíritu de San Juan de Avila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano. Como Obispo vuestro, hoy doy gracias a Dios por vosotros, querido sacerdotes: por vuestras personas, por el don de vuestra vocación y ministerio sacerdotal, por vuestra entrega fiel a Jesucristo, el Buen Pastor, y a las ovejas de su rebaño que El través de nuestra Iglesia os ha confiado. El Señor ha estado grande con vosotros y en vosotros con nuestra Iglesia diocesana.

Especialmente damos gracias a Dios por los hermanos que hoy celebran sus bodas sacerdotales: por Miguel Antolí Guarch en sus Bodas de Diamante; por Manuel Blasco Járrega, José García Adelantado, Eduardo García Salvador, Miguel Ibáñez García, José Llopis Alcaide y Francisco Segarra Sanchis en su Bodas de Oro; por Albert Arrufat Prades y Eloy Villaescusa Mañas en sus Bodas de Plata; y por los neosacerdotes  Francisco Javier Phuc Pham Van y David Escoín Rubio. Vuestro Obispo y vuestros hermanos en el presbiterio os decimos: muchas felicidades, y le pedimos al Señor que os bendiga con su amor entrañable por la fatiga fecunda de vuestra siembra diaria al servicio del Evangelio.

Y por la intercesión de nuestro Santo Patrono suplico a Dios que nos conceda la gracia de la santidad a todos nosotros.

Sí, hermanos: La fiesta de San Juan de Ávila nos invita a dejar que el Espíritu de Dios reavive en nosotros la frescura de nuestra unción sacerdotal y alegría por el don recibido; que el mismo Espíritu infunda en nosotros el deseo de imitar a nuestro Patrono en nuestra existencia sacerdotal y en nuestro ministerio pastoral. Juan de Ávila es “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta. Él fue un hombre de estilo austero y de oración sosegada; son proverbiales la sabiduría de sus escritos y la prudencia de sus consejos, tanto a los principiantes como a los más adelantados en los caminos del Espíritu, como lo fueron Teresa de Jesús, Juan de Dios o Juan de Ribera. La recia personalidad del Maestro de Ávila, su amor entrañable a Jesucristo, su pasión por la Iglesia del Señor, su ardor pastoral y su entrega apostólica son estímulos permanentes para que vivamos con ardor creciente y fidelidad evangélica nuestro ministerio, para que seamos discípulos misioneros de Jesucristo y pastores santos del pueblo de Dios.

También a nosotros, los sacerdotes de hoy, Jesucristo nos llama a seguirle con la fidelidad evangélica de Juan de Ávila. En los momentos recios que nos ha tocado vivir necesitamos mantener vivo el fuego del don del Espíritu de nuestra ordenación; así nos iremos configurando cada día más con Jesucristo, el Buen Pastor y creciendo en la nuestra caridad, en el servitium amoris. Nuestra sociedad está necesitada de maestros del espíritu, de testigos gozosos de su experiencia de fe en el Señor Resucitado. Los sacerdotes jóvenes, los seminaristas, las futuras vocaciones, los niños y los jóvenes necesitan tener en nosotros, los sacerdotes mayores, referentes claros de pastores entregados, necesitan del acompañamiento de sacerdotes santos. Nuestra Iglesia, esta porción del Nuevo Pueblo de Dios en Segorbe-Castellón, está llamada a una conversión pastoral y misionera; nuestra Iglesia está llamada a dejarse renovar por el Espíritu del Señor para seguir con nuevo ardor en la tarea de la evangelización: y para ello es necesario el acompañamiento de sacerdotes santos.

“Para conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo moderno”, el Concilio Vaticano II nos “exhorta vehementemente a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia”, nos esforcemos “por alcanzar una santidad cada día mayor, que (nos) haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo  de Dios” (PO 12).

También a Juan de Ávila le tocó vivir tiempos difíciles, incluso dramáticos: por todas partes se respiraba un ambiente de reforma, y las nuevas corrientes humanistas y de espiritualidad o la apertura a nuevos mundos interpelaban y cuestionaban a la Iglesia y su misión salvadora. El sabía que de la reforma de los sacerdotes y demás clérigos, dependía en gran medida la necesaria renovación de la Iglesia. En su memorial al Concilio de Trento decía: “Éste es el punto principal del negocio y que toca en lo interior de él; sin lo cual todo trabajo que se tome cerca de la reformación será de muy poco provecho, porque será o cerca de cosas exteriores o, no habiendo virtud para cumplir las interiores, no dura la dicha reformación por no tener fundamento”.

Pido a Dios en este día que nos conceda ese espíritu de entrega gozosa del Maestro Ávila que, en los tiempos duros del siglo XVI, supo vivir firme en la fe, alegre en la esperanza y apasionado en su caridad pastoral, sin arredrarse ante las dificultades. Que valoremos como un tesoro y vivamos con gozo nuestro sacerdocio, tantas veces atormentado por el neopaganismo, la indiferencia religiosa, el alejamiento progresivo de nuestros cristianos, por el laicismo militante y el relativismo. Nuestro tiempo, tan necesitado de una nueva y renovada evangelización, nos pide una fe adhesión total y confiada a Cristo, un amor apasionado por nuestra Iglesia, el testimonio de una existencia entregada al ministerio y una comunión sin fisuras en la fe y en la moral, en la disciplina y en la misión. No valen los maestros solamente; se necesitan ante todo los testigos. O maestros, porque son testigos de una vida entregada a Cristo en el servicio a los hermanos en el seno de la comunión de la Iglesia.

Nuestro ministerio sacerdotal tiene su fuente permanente en el amor de Cristo hacia nosotros, que se traduce en un amor entregado totalmente a Cristo y, en El, a quienes nos han sido confiados. El evangelio de hoy nos recuerda el diálogo de Jesús resucitado con Pedro:“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el corazón de nuestra existencia sacerdotal: amar al Buen Pastor de las ovejas y a las ovejas del Buen Pastor, hasta entregar la vida como El. Este amor se basa en la iniciativa misteriosa y gratuita del Señor, que llamó a los discípulos antes de nada “para que estuvieran con él” (Mc 3,14). Él los hizo sus amigos amándolos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es corresponder a su amor.

En medio de su trabajo apostólico, San Juan de Ávila era un hombre de estudio de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Su Biblioteca era abundante, actualizada y selecta, y dedicaba al estudio, con proyección pastoral, varias horas al día. Sin embargo, la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo, el encuentro personal con el Señor. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde se encendía el celo ardiente de su corazón.

La intimidad del sacerdote con Jesucristo se manifiesta y se alimenta en la oración y particularmente en la Eucaristía. La oración es para Juan de Ávila, condición imprescindible para ser sacerdote, porque ella en sí misma es apostólica: “que no tome oficio de abogar si no sabe hablar”, decía (Plática 2ª). Y en relación con la Eucaristía recordaba: “el trato familiar de su sacratísimo Cuerpo es sobre toda manera amigable… al cual ha de corresponder, de parte de Cristo con el sacerdote y del sacerdote con Cristo, una amistad interior tan estrecha y una semejanza de costumbres y un amar y aborrecer de la misma manera y, en fin, un amor tan entrañable, que de dos haga uno” (Tratado del Sacerdocio, 12).

Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos cuidar nuestra vida de oración y de contemplación, donde vayamos adquiriendo los mismos sentimientos de Cristo, donde vayamos aprendiendo a amar como el Señor. Junto al apoyo fraterno mutuo y la amistad sacerdotal, tenemos necesidad, hermanos, de entrar “en la escuela de la Eucaristía” y encontrar en ella el secreto contra la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior para nuestra fidelidad.

La contemplación del Buen Pastor que ha entregado su vida por amor, nos llevará a los sacerdotes a corresponderle en igual sentido: “si me amas, pastorea mis ovejas”. El santo Maestro de Ávila nos ha dejado ejemplo de ello. Hizo de su vida una ofrenda eucarística, signo de la caridad de Cristo que se da a los demás, siempre en comunión con la Iglesia y pendiente de las necesidades de los hombres. Su afán evangelizador, sus sermones caldeados de fuego apostólico, sus muchas horas de confesionario, su tiempo programado y dedicado al estudio, su preocupación por la vida espiritual y la formación permanente de los sacerdotes, la fundación y mantenimiento de colegios, sus iniciativas catequéticas, la dirección espiritual, su cartas: todo ello son muestras de esa entrega hasta el final de su vida, ya lleno de achaques. Una vida gastada y desgastada por el Evangelio.

Si vivimos nuestro sacerdocio no con sentido funcionalista, sino como una progresiva configuración con Jesucristo, podremos superar el miedo ante los compromisos definitivos, y a vivir nuestro sacerdocio con entrega total y a tiempo pleno.

Como San Pablo sabemos bien que “llevamos en vasijas de barro este tesoro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros’ (2 Cor 4,7). Es verdad, hermanos: llevamos en nuestras manos un tesoro, el don, la luz de la Palabra y la vida divina que el Señor nos ha dado, pero la llevamos en vasijas de barro. No somos más que representantes, mensajeros del Señor; frágiles instrumentos de sus manos. Es verdad que en la historia del sacerdocio, no menos que en la de todo el pueblo de Dios, se advierte también la oscura presencia del pecado. ¡La fragilidad humana de los ministros ha empañado tantas veces el rostro de Cristo! Pero a pesar de todas las fragilidades de sus sacerdotes, el pueblo de Dios ha seguido creyendo en la fuerza de Dios en Cristo que actúa a través de su ministerio.

Somos frágiles; la fortaleza nos viene de Cristo que nos ama a pesar de nuestros pecados. Él nos sigue ofreciendo su misericordia, una misericordia que traspasa nuestras debilidades. San Juan de Ávila así lo entendió. En la santidad se avanza desde la humildad, desde el reconocimiento de nuestra pequeñez y desde la confianza en el amor que Dios derrama en nosotros y en las personas que nos rodean y nos han sido confiadas. Sólo quien se fía de Cristo, con sencillez y humildad, podrá manifestar una fuerza arrolladora que emana de su amor. El Reino de Dios nace en Cristo, desde Cristo y con Cristo. Nosotros somos ‘siervos inútiles’ que ofrecemos nuestra pequeñez para que Él sea reconocido, acogido, amado y seguido.

En este día de fiesta no olvidamos a los hermanos sacerdotes que nos han precedido en el Señor en el último año: al P. Javier Iraola Michelena, agustino, a Francisco Tormo Llopis, Bernardo Guerrero Moles y -ayer mismo. el P. José Maria Botella. A todos los encomendamos al Señor y le pedimos que premie todos sus desvelos apostólicos y les conceda la gloria para siempre. Y para todos para todos los sacerdotes de nuestro presbiterio le pido que nos conceda la gracia de vivir y crecer en el amor y celo apostólicos de San Juan Ávila. Que esta Eucaristía sea semilla fecunda de unas vidas sacerdotales cada vez más entregadas y fuente de nuevas vocaciones al sacerdocio. ¡Que María nos acompañe y cuide de nosotros para que seamos fieles transparencia de su Hijo, el Buen Pastor! Amén

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de María, la Mare de Déu del Lledó

Basílica de la Mare de Déu de Lledó, 7 de mayo de 2017

IVº Domingo de Pascua

(Hech 2,14a.36-41; Sal 22; 1 Pt 2,20b-25; Jn 10,1-10)

*****

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Un año más, el Señor nos convoca a esta Eucaristía el primer domingo de mayo para cantar y honrar a nuestra Reina y Señora, la Mare de Déu del Lledó. Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta Misa estacional para mostrar nuestro amor de hijos a la Virgen Madre. Saludo fraternalmente a todos mis hermanos sacerdotes concelebrantes, al Sr. Prior de esta Basílica y al Sr. Prior, al Presidente, Directiva y Hermanos de la Real Cofradía de la Mare de Déu del Lledó, a la Sra. Presidenta y Camareras de la Virgen. Mi saludo también a los Sres. Regidor de Ermitas, Clavario y Perot de este año. Expreso mi saludo respetuoso y mi agradecimiento sincero a la Ilma. Sra. Alcaldesa, a los Miembros de la Corporación Municipal de Castellón y al resto de autoridades, así como a las Reinas de las Fiestas. Mi saludo y a los seminaristas que nos asisten así como a cuantos desde vuestras casas estáis unidos a nosotros por la tv, especialmente a los enfermos e impedidos.

En esta mañana del Domingo del Buen Pastor, cantamos con el salmista:“El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). Dios no nos abandona nunca. Nos ha entregado a su Hijo, el buen Pastor, que ha dado su vida por las ovejas en la Cruz y ha resucitado para que en Él tengamos Vida abundante. Dios nos ha dado también a la Madre de su Hijo, por Madre y Señora, por Patrona y Reina de Castellón. Ella es la “morada de Dios para los hombres”: a través de ella y en ella, Dios ha acampado entre nosotros; en María, Dios está siempre con nosotros; y gracias a nuestra profunda devoción a la Mare de Déu, Dios es y seguirá siendo nuestro Dios (cf. Ap 21,4).

María es presencia de Dios y de su amor en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestra Ciudad. Hoy nos acogemos de nuevo a su protección de Madre: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal y, bajo su protección y tras sus huellas, encontramos el aliento necesario para escuchar y seguir a su Hijo, para ser discípulos misioneros del Señor. María es siempre la Madre buena que nos espera y acoge, que siempre tiene en sus labios la palabra oportuna o el silencio elocuente. Y, en verdad, que la necesitamos a Ella, su palabra, su aliento y su ejemplo en nuestro peregrinaje terrenal.

María dirige nuestra mirada hacia su Hijo; ella nos ofrece y nos lleva a su Hijo. Su deseo más ferviente es llevarnos al encuentro con Cristo Jesús para que se avive y afiance nuestra fe, para que se renueve nuestra vida cristiana; en una palabra: para que seamos cristianos de verdad, creamos y sigamos a Jesucristo y seamos sus testigos y misioneros. Nuestra devoción a la Mare de Déu ha de estar siempre orientada a Cristo. Porque Cristo Jesús, el Señor crucificado y resucitado, es el centro y fundamento de nuestra fe. El es el Mesías y Señor, él es el único Salvador y Mediador entre Dios y los hombres: el Camino para ir a Dios y a los hermanos, la Verdad sobre Dios y sobre el ser humano, y la Vida en abundancia y plenitud que Dios nos regala con la pasión, muerte y resurrección de su Hijo. María es siempre camino que conduce a Jesús, fruto bendito de su vientre. Ella no deja nunca de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5).

 De manos de la Mare de Déu de Lledó vayamos esta mañana al encuentro de su Hijo. Dejémonos encontrar y vivificar por Cristo vivo: Él es el buen Pastor; Él es la puerta de las ovejas al aprisco de la Vida. El papa Francisco nos invita insistentemente a dejarnos encontrar o reencontrar por Jesucristo para recuperar la alegría del Evangelio, para fortalecer o recuperar la gracia de la nueva Vida que nos fue dada ya en nuestro bautismo, para vivir nuestra vocación bautismal.

En el encuentro personal con Cristo acontece siempre algo excepcional que cambia, convierte y transforma la persona entera: la mente y el corazón, la forma de ser, de pensar y de vivir. Esa fue la hermosa experiencia de Juan y Andrés que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. Todo comienza con una pregunta: “¿Qué buscáis?” (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “Venid y lo veréis” (Jn 1, 39).

Esa fue, sobre todo, la experiencia pascual del encuentro de los Apóstoles con el Señor Resucitado. De esta experiencia del encuentro vive y se alimenta nuestra fe hoy y a lo largo de los siglos. Los Apóstoles son ante todo testigos de que Cristo ha resucitado, para que en Él tengamos vida abundante, la vida misma de Dios. Su encuentro con el Resucitado no fue una experiencia subjetiva, o una invención de unos discípulos desvalidos, nostálgicos o fracasados. Fue un encuentro real con Cristo realmente vivo y glorioso. La experiencia de este encuentro real no nació de la nostalgia sino de la certeza de que Jesucristo está vivo porque los Doce y algunos discípulos más, se han encontrado realmente con Él después de su muerte.

Y este encuentro con Cristo vivo los cambia en lo más íntimo de su ser, disipa su tristeza, su desconfianza, su derrotismo. Este encuentro los transforma en lo más profundo de su corazón. Desde ese núcleo más intimo de la persona, la experiencia del Resucitado inunda todas las áreas de su ser y de su existencia. Vuelven la alegría y la esperanza. Y esto les impulsa a comunicar lo vivido (cf. Lc 24, 46-49). Junto a la alegría está el coraje y el entusiasmo para anunciar la resurrección del Señor y para invitar a los demás a unirse a El por la fe.

En el encuentro personal “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, nos dice el Papa Francisco. Todos los bautizados estamos invitados y llamados en cualquier lugar y situación en que nos encontremos, a renovar nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!” (EG 3).

Hoy hemos de preguntar nosotros: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38), ¿dónde te encontramos de manera adecuada para abrir un auténtico proceso de conversión para ser tus discípulos misioneros?  No lo dudemos: en la Mare de Déu nos encontraremos con el Señor.

Quien se encuentra con Cristo Jesús le sigue. Sus ovejas escuchan su voz y le siguen. La llamada de Jesús a su seguimiento no es en exclusiva para unos pocos. La llamada a su seguimiento es universal, válida para todo cristiano. Quien sigue Jesús asume como propias las opciones, los valores, las actitudes y los comportamientos de Jesús y los actualiza en cada situación concreta de su vida. Y lo hace con prontitud y con alegría.

La invitación de Jesús a seguirlo lleva consigo una invitación a entrar en la misión de Jesús. No hay seguimiento de Jesús sin misión, porque la promesa de Vida en abundancia de Jesús, como dice Pedro, vale para todos: para los de casa y también “para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro” (Hech 2,39). Quien se cree cristiano, pero se desentiende de su misión universal liberadora y salvadora, no es verdadero discípulo de Jesús.

Seguir a Jesús significa asumir no sólo el proyecto de Jesús, sino el destino de Jesús. “Quien no carga con su cruz y se viene tras de mí, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,27). Seguir a Jesús pasa por el sufrimiento, por la persecución, por la cruz y por la muerte. Pero no termina en la muerte, sino en la resurrección. El discípulo necesitará la fidelidad que le ayude a apaciguar sus miedos interiores y a resistir a las dificultades exteriores sin amargarse, sin acomplejarse, sin claudicar. Como nos dice la segunda lectura: “Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien; eso es una gracia de Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas” (1 Pt 2,21).

Seguir a Jesucristo no es una aventura individual, sino una empresa comunitaria. Jesús crea con sus discípulos un grupo que se convierte para cada uno en algo incluso más importante que la propia familia. Es la familia de los creyentes, que se convierte así en el ambiente propicio para perseverar y progresar en el seguimiento y en la misión. En concreto, la comunidad cristiana o la Cofradía a la que pertenecemos, la familia diocesana en la que estamos insertos, presidida en la fe y en la caridad por el obispo y la gran familia de la Iglesia universal presidida por el sucesor de Pedro, el santo Padre.

María, hermanos, nos enseña a creer en nuestra vocación cristiana, en nuestra llamada a participar de la vida más plena: la vida misma de Dios en el amor. María nos enseña a acoger con fe el don de Dios y a seguir creyendo, incluso en los momentos de oscuridad, en la dificultad, en la persecución, en los menosprecios, en nuestros miedos. Dios es fiel a su palabra: nos podemos fiar de él. La Santísima Virgen María es dichosa por haber creído, por haber confiado en Dios.

Con Ella nos hemos de sentir dichosos por nuestra fe cristiana. ¡Qué dicha tan grande la de la fe cristiana! ¡Qué don tan grande formar parte de la Iglesia! ¿Qué sería de nosotros, qué sería de nuestro pueblo sin la fe cristiana? ¿Qué sería de nosotros sin la Mare de Déu? No sabemos bien lo que tenemos con la fe cristiana. Aunque haya voces que nos quieran imponer lo contrario: la fe cristiana y nuestra devoción mariana son fuente de humanidad, de civilización y de cultura, fuente de vida y de progreso. Seríamos, con toda certeza, otra cosa sin la fe cristiana y sin la Mare de Déu. A pesar de la secularización reinante y del laicismo anticristiano militante,  la fe cristiana y la devoción mariana siguen vivas en el noble pueblo de Castellón. Gracias a la Mare de Déu existe vivo un profundo sentido religioso en nuestro pueblo: alimentemos y trasmitamos la devoción a la Virgen a nuestros niños y jóvenes. Esta es la tarea de vuestra Cofradía junto con quienes están al frente de la Basílica; siempre bien unidos, siempre sumando y nunca restando.

De manos de María, la Mare de Déu del Lledó, los cristianos estamos llamados a ser testigos del misterio de Dios y del misterio del hombre. Descubrir en la escuela de Maria el sentido del misterio es reconocer que el sentido de la vida empieza y termina en Dios, Creador y Redentor del hombre. El ser humano es creatura de Dios, y no hechura de los hombres. Como cristianos estamos llamados a dar testimonio de este misterio que engloba y abarca toda la vida del hombre, desde su nacimiento hasta su muerte natural. El ser humano es un profundo misterio cuya clave sólo se encuentra en Dios. ¡Cómo lo supo entender Santa María! Como ella, los cristianos hemos vivir como testigos de ese misterio proclamando la verdad sobre el hombre a la luz de su destino trascendente. Cuando la Iglesia defiende la verdad sobre el hombre frente a todos los ataques contra la vida y muerte natural, contra los derechos fundamentales de la persona y su dignidad, contra la institución matrimonial y familiar, contra el verdadero sentido de la sexualidad humana, no hace sino proclamar que nadie puede manipular la condición humana tal como ésta ha sido pensada y creada por Dios, tal como ha sido revelada por Cristo.

En estos momentos es preciso que los cristianos demos testimonio de la verdad completa del ser humano sin dejarnos arrastrar por ideologías que, si bien son presentadas como progreso de los derechos humanos, en realidad conducen a su deterioro y aniquilamiento. Son ideologías que, en definitiva, nacen de un olvido de la persona humana porque suplantan a Dios creador, que crea al ser humano a su imagen y semejanza, y los crea como hombre y mujer. Una sociedad que da la espalda a Dios, a su amor y a su ley termina por deshumanizar al hombre; termina por volverse contra el mismo hombre, contra su inviolable dignidad y sus derechos más sagrados. Se explica así la llamada que el Papa Juan Pablo II hizo a la Iglesia en Europa: “Descubre el sentido del misterio: vívelo con humilde gratitud; da testimonio de él con alegría sincera y contagiosa. Celebra la salvación de Cristo: acógela como don que te convierte en sacramento suyo y haz de tu vida un verdadero culto espiritual agradable a Dios” (Ecclesia in Europa, 69).

En este Domingo del Buen Pastor os pido que oréis por  mi y por nuestros sacerdotes:  somos vuestros pastores en nombre del Buen Pastor. Oremos para que el Señor suscite entre nosotros vocaciones al sacerdocio. Y acudamos a la Mare de Déu del Lledó, para que abra nuestros corazones a Dios, a Cristo y al Evangelio. A Ella nos encomendamos y le rezamos: “Ayúdanos a mantenernos firmes en la fe, constantes en la esperanza y fuertes en el amor. Ayúdanos a ser pacientes y humildes, pero también libres y valientes, como lo fuiste tú. ¡Protégenos y protege nuestra Ciudad! ¡Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

Ordenación sacerdotal de David Escoín y Fco. Javier Phuc

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 10 de diciembre de 2016

(Is 35,1-6a; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11, 2-11)

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas,

Muy queridos ordenandos, David y Phuc,

Un saludo muy especial a los padres y familiares de los ordenandos, especialmente a vosotros que habéis venido de Vietnam,

Amados todos en el Señor.

 

Alegría, acción de gracias y oración

  1. En la víspera de este tercer Domingo del Adviento, en el que la Palabra de Dios nos invita de modo especial a la alegría, es motivo para un gozo particular acoger en nuestro presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con todos vosotros doy gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Hoy, vosotros, queridos David y Francisco Javier, estáis en el centro de la atención de nuestro Pueblo de Dios, simbólicamente representado por cuantos estamos en esta Con-catedral de Santa María: hoy está llena, sobre todo, de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, y de alegría humana y espiritual. En este representación del Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros superiores, formadores y profesores de los Seminarios, las comunidades eclesiales de las que procedéis, y las comunidades a las que vosotros mismos habéis servido ya como diáconos: Ntra. Sra. de la Asunción de Onda y Sto. Tomás de Villanueva de Castellón. No olvidamos a tantas personas que están unidas a nosotros espiritualmente, como las monjas de clausura y los enfermos e impedidos, que nos acompañan con el don de su oración y de su sufrimiento.

Leer más