Aunar esfuerzos en la educación cristiana

Queridos diocesanos:

Hace unos semanas inaugurábamos el curso escolar para los colegios diocesanos con una Santa Misa en la Catedral de Segorbe. Nuestro deseo es que los cuatros colegios, cuyo titular es la diócesis, ofrezcan a los alumnos una educación que les ayude al pleno desarrollo su personalidad y de su ser cristianos, así como que trabajen acordes y concordes con los padres y las parroquias.

Como todos los colegios, también nuestros colegios diocesanos están influenciados por los cambios de la sociedad y de la cultura, por los problemas de la familia, por los continuos cambios del sistema educativo  y por las dificultades propias de la acción educativa, que hoy toma la forma de ’emergencia educativa’. Como dijo Benedicto XVI, cada vez es más ardua la tarea de la educación en general y de la educación cristiana en particular. Cada vez es más arduo “transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento”. Ésta es la difícil tarea no sólo de los padres, que ven reducida cada vez más la capacidad de influir en el proceso educativo de sus hijos, sino también del resto de agentes de la educación, comenzando por la escuela.

El objetivo de la educación no es simplemente enseñar cosas útiles, destrezas o habilidades, ni meramente transmitir una serie de conocimientos para ser más competitivos o alcanzar un título que garantice un puesto de trabajo lucrativo. Educar es ayudar a cada educando al pleno desarrollo de su propia personalidad en todas sus dimensiones: físicas, intelectuales, volitivas, afectivas y espirituales. Se trata de ayudar al educando a crecer en libertad y responsabilidad, a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Por eso, la educación ayuda al educando a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es la propia vida en el mundo para ser capaz de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia afuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos. Para un cristiano, todo ello ha de hacerse desde la dimensión trascendente de la persona, desde su apertura a Dios, nuestro Padre y Creador.

Por ello, si toda buena educación sólo termina cuando el educando consigue tener ante sí un ideal y un referente concreto de vida, para los cristianos este referente imprescindible es Jesucristo. Él es nuestro ideal absoluto, hombre perfecto y Dios verdadero para nosotros, en quien nos descubrimos en nuestro origen, en nuestra vocación y en nuestro destino. Por ello no hay verdadera educación si los padres católicos, con la ayuda de la escuela, de la parroquia y otros educadores, no son capaces de llevar a sus hijos al descubrimiento, la elección y la estima de Jesucristo como modelo y norma viviente de su pensamiento, de sus deseos y de sus acciones. Jesucristo es la columna vertebral de la educación de todo cristiano.

Todo lo que favorezca el crecimiento en la fe y la vida cristiana de niños y adolescentes, será beneficioso para su educación integral, es decir para el pleno desarrollo de su personalidad. En la educación, padres, escuela y parroquia no pueden ir por separado y menos aún ser contrapuestos, sino que han de caminar acordes y concordes, bien conjuntados y coordinados.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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