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Esperanza para los pobres

Queridos diocesanos:

Celebramos este domingo, 17 de noviembre, la Jornada Mundial de los pobres. El papa Francisco, al final del Jubileo de la Misericordia, quiso ofrecer a la Iglesia esta Jornada, con el fin de que “en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados”.          En este día queremos fijar la mirada en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Ellos son nuestros hermanos, creados y amados por el Padre celestial; muchos de ellos viven entre nosotros, están a nuestro lado; y con frecuencia no nos damos cuenta.

El Papa ha elegido como lema para el mensaje de este año las palabras: “La esperanza de los pobres nunca se frustrará” (Sal 9,19). “Ellas, nos dice, expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida”. El salmo describe con duras palabras la actitud de los ricos que despojan a los pobres: “Están al acecho del pobre para robarle, arrastrándolo a sus redes” (Sal 10,9). ). Pasan los siglos y la situación se mantiene inalterada, por lo que estas palabras no se refieren sólo al pasado, sino también a nuestro presente, expuesto al juicio de Dios.

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¡Es tu Iglesia y cuenta contigo!

Queridos diocesanos:

Cada año, el Día de la Iglesia diocesana nos invita a conocerla, a sentirla como propia y a amarla de corazón. Esta jornada nos recuerda que Iglesia diocesana somos todos los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano. Entre todos –laicos, religiosos/as, diáconos permanentes, sacerdotes y el obispo, que la preside en la caridad- formamos la gran familia de los creyentes en nuestra tierra.

Nuestra Iglesia diocesana no es una realidad abstracta, sino algo muy concreto y muy cercano porque está y vive entre los hombres. No es, de otro lado, algo ajeno a cada uno de nosotros que nos pudiera ser indiferente o de la que pudiéramos hablar, para bien o para mal, como si no fuera con nosotros. Nosotros mismos somos Iglesia y juntos formamos la Iglesia que camina en Segorbe-Castellón unida a la Iglesia universal, que se extiende hasta los confines de la tierra. Es tu Iglesia, es nuestra Iglesia, donde nacemos a la fe, la cultivamos, la celebramos y la vivimos. Juntos formamos la familia de los hijos de Dios, que se reúne para la escucha de la Palabra de Dios y en torno a la mesa de la Eucaristía y que es llamada a vivir la fraternidad. Somos un hogar llamado a vivir la caridad de Cristo con todos, especialmente con los que más lo necesitan. En esta casa todos somos iguales en dignidad y cada uno ha recibido de Dios unos dones para ponerlos al servicio en bien de toda la comunidad según su vocación y ministerio. Juntos estamos llamados a ser un signo e instrumento de fraternidad y de acogida de todos los hombres.

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Hacia el Congreso nacional de laicos

Queridos diocesanos:

Nos estamos preparando para celebrar en Madrid un Congreso Nacional de Laicos del 14 al 16 de febrero de 2020; ha sido convocado por la Conferencia Episcopal Española para culminar el Plan Pastoral actual, titulado “Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo”. Este plan está inspirado en la llamada a la conversión misionera que el Papa Francisco ha dirigido a toda la Iglesia, en continuidad con el magisterio de los últimos pontífices, siguiendo la ruta trazada en el Concilio Vaticano II. Dice el Papa: “Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera… En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EG 30). Efectivamente, la conversión espiritual, pastoral y misionera que propone el Papa empieza con el discernimiento, lleva a la purificación, y se concreta en propuestas para el cambio y la reforma para que nuestra Iglesia diocesana sea de verdad misionera.

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Personas sin hogar

Queridos diocesanos:

Este domingo, 27 de octubre, celebraremos la Jornada dedicada a las personas sin hogar, bajo el lema “Ponle cara”. Porque estas personas tienen un nombre y un rosto propio; no es un mero fenómeno sociológico, el llamado ‘sinhoragismo’. Estas personas no nos pueden ser indiferentes. Como tú y como yo, tienen la dignidad propia e inalienable de hijos o hijas de Dios. Por ello las personas sin hogar nos interpelan a todos y cada uno personalmente, como cristianos y como ciudadanos, como comunidad cristiana y como sociedad. De ahí la pregunta permanente de la campaña: “¿Y tú qué dices? Di basta. Nadie sin Hogar”.

Se estima que sólo en España 40.000 personas sin hogar son acompañadas por Cáritas española; muchas de ellas están entre nosotros. Los cristianos no podemos ignorarlas, cuando sabemos bien que el hogar es una condición necesaria para que el hombre o la mujer pueda venir al mundo, crecer, desarrollarse, para que pueda trabajar, educar y educarse, para que los hombres puedan constituir esa unión más profunda y más fundamental que se llama ‘familia’. No tener hogar es más que no tener una casa una vivienda digna; implica también verse privado de cosas fundamentales para el desarrollo y el bienestar de todo ser humano como las relaciones personales, el sentido vital, el acceso a derechos fundamentales como la atención sanitaria y otros.

Son muchas las causas que intervienen para que una persona no tenga hogar. Cada una tiene su propia historia. Sin embargo, hay algunas causas que aparecen en los procesos de la mayoría de estas personas, como son la falta de recursos económicos y de ayudas sociales o la falta de un trabajo digno; a veces son circunstancias personales como la enfermedad, las adicciones, las relaciones familiares rotas o los hábitos; otras veces tienen que ver con la soledad; y al final, con la ausencia de acceso al derecho a una vivienda. Los que no tienen hogar constituyen una categoría de pobres todavía más pobres, a quienes debemos ayudar, convencidos de que una casa es mucho más que un simple techo, y que allí donde el hombre realiza y vive su propia vida, construye también, de alguna manera, su identidad más profunda y sus relaciones con los otros.

Varios documentos de carácter internacional afirman claramente entre otros derechos propios de la persona humana, el derecho a la vivienda. La misma Constitución española declara “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” y que “los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación” (art. 47). Ahora bien, estas formulaciones jurídicas tratan de expresar la verdadera dimensión de la carencia de vivienda. No es sólo un hecho de carencia o privación. Es la carencia o privación de algo debido y, por consiguiente se trata de una injusticia cuando una persona sin culpa suya directa carece de una vivienda.

Por su parte la Iglesia, que siempre ha estado cerca de los que sufren, de los pobres y los empobrecidos, porque ellos son los preferidos de su Señor, también se ha manifestado reiteradamente a este respecto, abogando por el derecho a la vivienda digna: es exigencia del bien común y del derecho a disfrutar de los bienes de la tierra justamente distribuidos como consecuencia del destino universal de los mismos.

La Iglesia, participando “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (GS 1), considera grave deber suyo asociarse a cuántos operan con dedicación y desinterés para que las personas sin hogar encuentren soluciones concretas y urgentes.

Para todo cristiano y la Iglesia, la realidad de las personas sin hogar es un llamamiento a la conciencia y una exigencia a poner remedio. En cada persona que carece de hogar, el cristiano debe identificar al mismo Cristo: “fui forastero y no me hospedasteis; estuve desnudo y no me vestisteis” (Mt 25, 43). En estas palabras se puede ver justamente, en cierto modo, la situación real de las personas sin hogar, en los cuales es necesario identificar al Señor.

Trabajemos unidos como sociedad y como comunidad cristiana, en la solución y la prevención del problema. Es posible y urgente acabar con estas situaciones de vulneración de derechos, de sufrimiento, de vivir en la calle, de inseguridad, de no poder acceder a una vivienda y, en definitiva, de no tener hogar.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

 

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El Domingo mundial de las misiones

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de octubre, celebraremos el Domingo mundial de las misiones, el Domund. Este año será dentro del mes extraordinario misionero, convocado por el Papa Francisco para este mes de octubre. El Papa desea así impulsar en los bautizados el compromiso por la misión en todo el mundo. El Domund de este año debería tener entre nosotros un carácter extraordinario, en su preparación y en su celebración.

El Domund es una ocasión privilegiada para que todos bautizados tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús: “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). Este mandato y este envío valen para todos los bautizados, porque la misión atañe a todos los cristianos, a todas las Diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales. Francisco nos invita a orar y reflexionar sobre la missio ad gentes, es decir, sobre la misión que Jesús nos ha encomendado a todos los cristianos de todos los tiempos de anunciar y llevar a Jesucristo a quienes no lo conocen. Para preparar el Domund de este año os ruego que en esta semana previa pidamos personalmente a Dios por la misión, las misiones y los misioneros; y a las parroquias y otras comunidades y movimientos eclesiales les pido que tengan momentos especiales de reflexión sobre la misión y momentos de oración comunitaria, vigilias de oración y de adoración ante Santísimo Sacramento para pedir por la misión y las misiones.

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Carta pastoral al inicio de curso 2019-2020

La Caridad en la vida del cristiano y de la comunidad parroquial

Queridos diocesanos: sacerdotes, diáconos, religiosos/as y laicos.

1. Saludo e introducción.

Os saludo de corazón a todos en el Señor Jesús cuando nos disponemos a comenzar un nuevo curso pastoral, un nuevo hito en nuestro caminar como Iglesia peregrina de Segorbe-Castellón al servicio de la evangelización. Jesús nos invita de nuevo a salir a la misión. Su mandato sigue vivo y actual. Como entonces, Él nos dice hoy: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20). Esta misión es lo que nos identifica como cristianos, como parroquias y comunidades cristianas, y como Iglesia diocesana.

Puede que estemos cansados de la brega misionera y un tanto desalentados por la aparente o real escasez de la pesca en un contexto tan poco propicio para hablar de Dios y para llevar a las personas al encuentro transformador y salvador con Jesucristo. Sólo Dios conoce los frutos de la misión. Por ello, a pesar de que las condiciones personales, comunitarias, sociales y ambientales no sean favorables –como en aquella ocasión no lo eran para la pesca-, Jesús nos dice: “Echad vuestras redes para la pesca” (Lc 5, 4). Y como Pedro, fiados del Señor y confiados en su palabra, le decimos: “Por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Y lo hacemos con la alegría y la confianza de saber que Dios nos ama, pues somos su Iglesia, de que el Señor ha resucitado y vive entre nosotros, y que nos acompaña en nuestra brega pastoral por la acción silenciosa, pero real, del Espíritu Santo. El Espíritu es nuestra fuerza, nuestra fortaleza y nuestra esperanza.

Os presento y ofrezco la programación diocesana para el presente curso pastoral. Lo hago con la confianza de que la acogeréis cordialmente y os pondréis mano a la obra para llevarla a la vida de las comunidades, asociaciones y movimientos, y, en especial, de las comunidades parroquiales. En este sentido, los párrocos, ayudados por los consejos de pastoral, tenéis una especial responsabilidad para que esta programación no quede en papel mojado, sino que se convierta en viva realidad. Os lo agradezco de corazón y doy gracias a Dios por todos vosotros, por vuestro trabajo pastoral y por vuestra vida entregada, gastada y desgastada, al servicio de la misión.

Este es ya el sexto año en la aplicación de nuestro Plan Diocesano de Pastoral (2014-2021). Es bueno recordar que su objetivo general es trabajar unidos “por una parroquia evangelizada y evangelizadora”. Es el camino que el Señor nos ha señalado. Él mismo nos llama y nos impulsa por la fuerza del Espíritu Santo a trabajar sin descanso para hacer de nuestras parroquias verdaderas comunidades evangelizadas y evangelizadoras, comunidades vivas desde el Señor y misioneras hacia adentro y hacia afuera, en una misión dirigida a todos sin excepción y, en especial, a los pobres y desfavorecidos; en una palabra, deseamos ayudar a nuestras parroquias para que sean de verdad comunidades de discípulos misioneros del Señor. No podemos quedarnos en el mantenimiento. Acojamos la invitación del papa Francisco en su exhortación Evangelii gaudium, y digamos no a la acedia egoísta, a nuestras tibiezas y al pesimismo estéril, y apostemos por una espiritualidad misionera, basada en las relaciones nuevas que genera Jesucristo (cf. EG nn. 78-92). El Señor nos llama a través de su Iglesia a una decidida e impostergable conversión pastoral.

Los años pasados nos hemos centrado en el anuncio de la Palabra y en la Liturgia. Respecto de la primera nos fijamos especialmente en el primer anuncio, en el kerigma: es decir, en anunciar que Jesucristo ha muerto y ha resucitado para mostrarnos y darnos el amor de Dios, la vida misma de Dios; en relación con la Liturgia, nos centrábamos el curso pasado especialmente en la Eucaristía, fuente y cima de la vida de la Iglesia, de todo cristiano y toda comunidad parroquial; en ella se actualiza y se hace presente la muerte y resurrección del Señor; lo anunciado en el kerigma se hace actual y llega a nosotros en cada santa Misa. Ahora toca centrarnos en la Caridad, que junto con el anuncio de la Palabra y su celebración en la Liturgia, son las tres dimensiones, elementos o ámbitos esenciales de la vida y la misión de la Iglesia. Ninguno de estos elementos puede faltar en la vida de todo cristiano –discípulo misionero del Señor-, de toda comunidad parroquial –presencia del amor de Dios en el pueblo o en el barrio- y, por supuesto, de la misma Iglesia diocesana –donde se realiza la Iglesia del Señor-. El amor de Dios anunciado y celebrado ha de ser vivido y testimoniado por la caridad. Esta es la misión de cada cristiano y de cada comunidad eclesial, a la que somos enviados al final de cada Eucaristía.

La Caridad es el cuarto objetivo de nuestro Plan de pastoral que nos llama a “vivir el mandamiento del amor y el compromiso por la justicia como servicio a los más necesitados y testimonio de fe”. Por su amplitud y para no dispersarnos, en este curso nos vamos a fijar en la caridad; el próximo lo dedicaremos al compromiso por la justicia. Este curso, el Señor nos llama a una sincera conversión al amor de Dios y a Dios, y, desde ahí, al amor al prójimo; es decir, estamos llamados a abrir nuestros corazones al amor de Dios que nos perdona, sana, salva, transforma y capacita para descubrir y vivir el amor al prójimo desde la escuela del lavatorio de los pies del Cenáculo. Hacemos nuestras las palabras de Jesús en la última Cena con sus Apóstoles: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34).

A este objetivo central hemos añadido, dos objetivos específicos, que nos vienen dados por la Iglesia universal y por la Iglesia en España. Bien entendidos y llevados a cabo, ambos nos ayudarán a profundizar en nuestro objetivo central. Se trata del mes misionero extraordinario en octubre de este año 2019, convocado por el papa Francisco para toda la Iglesia, bajo el lema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”; y de la preparación diocesana del Congreso Nacional del Laicado, que se celebrará en el mes de febrero de 2020 en Madrid, convocado por la Conferencia Episcopal Española. El primero nos ayudará a profundizar en la misión recibida de Jesús a la que estamos llamados todos los bautizados y que no es otra que hacer partícipes a todos de la buena Noticia, del amor de Dios mostrado y ofrecido en Jesús; y el segundo ayudará a fortalecer a los laicos en su corresponsabilidad en la misión en la Iglesia, y en especial en el mundo.

Fijémonos brevemente en algunos puntos fundamentales de la caridad, que considero importantes para nuestro objetivo central para este curso.

2. La Caridad: don de Dios y tarea nuestra.

Cuando hablamos de caridad corremos el peligro de pensar en nuestras obras de caridad, en nuestras limosnas o en las obras de nuestras cáritas diocesana, parroquiales o arciprestales. De este modo pensamos que la caridad cristiana es fundamentalmente una obra humana, personal o institucional. Olvidamos que ésta es sólo una de sus dimensiones; corremos así el peligro de dejar de lado su fundamento primero, su fuente permanente, su forma existencial y su fin último, que no son otro sino Dios mismo.

Dios nos ‘primerea’ (Francisco), Él va por delante de nosotros. Nuestro amor a Él y al prójimo es respuesta al amor previo de Dios hacia nosotros. “Dios es amor” (1Jn 4,8) y “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). De ahí la necesidad de volver nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, de convertirnos constantemente a Dios y a su amor en Cristo para poder amar, como Él nos ha amado, para que nuestra caridad sea cristiana.

Dios mismo, el amor de Dios es la fuente de la caridad cristiana. Como nos ha dicho el papa Francisco “nunca debemos olvidar… que la caridad tiene su origen y su esencia en Dios mismo. La caridad es el abrazo de Dios nuestro Padre a todo hombre, especialmente a los últimos y a los que sufren, que ocupan un lugar preferencial en su corazón. Si consideramos la caridad como una prestación, la Iglesia se convertiría en una agencia humanitaria y el servicio de la caridad en su ‘departamento de logística’. Pero la Iglesia no es nada de todo esto, es algo diferente y mucho más grande: es, en Cristo, la señal y el instrumento del amor de Dios por la humanidad y por toda la creación, nuestra casa común” (Francisco, Discurso a Caritas internationalis de 27.05.2019).

La caridad cristiana es, antes de nada, este amor de Dios recibido de Él y ofrecido a Él y al prójimo por Él. El amor es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, su promesa y nuestra esperanza. Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, quiso hacer una presentación viva del misterio del amor divino, a fin de suscitar un nuevo dinamismo de respuesta amorosa de los hombres (n. 1). El amor divino es un don totalmente gratuito, es “gracia” (cháris) recibida, cuyo origen es el amor que brota del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, amor que desde el Hijo desciende sobre nosotros, sobre toda la humanidad. Es entrega de la misma comunión trinitaria de la cual nace la caridad cristiana. Es amor creador, por el que hemos sido hechos, somos y existimos; es amor liberador, redentor y salvador, por el cual se nos perdonado nuestros pecados, hemos sido reconciliados, ha quedado vencida la muerte y hemos sido recreados. Es un amor compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad.

Este amor es anunciado y realizado por Cristo hasta el extremo de dar su vida por Cristo para reunir a los hijos dispersos (cf. Jn 13, 1). En toda su vida pública Jesús, mediante la predicación del Evangelio y los signos milagrosos, anunció la bondad y la misericordia del Padre para con el hombre. Esta misión alcanzó su culmen en el Gólgota, donde Cristo crucificado reveló el rostro de Dios, para que el hombre, contemplando la cruz, pueda reconocer la plenitud del amor (cf. Deus caritas est, 12). En su amor, Dios acogió el sacrificio de su Hijo, y lo resucitó, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Este amor divino ha sido “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” que se nos ha dado en el bautismo (Rm 5, 5). El Espíritu Santo, que es amor personal y recíproco del Padre y del Hijo, es fuente permanente del amor en la Iglesia, en cada comunidad parroquial y en cada uno de sus miembros. Él es el manantial de la cohesión entre los miembros de la Iglesia y la fuente del amor y del servicio de la caridad de los cristianos. El amor es el primero de los frutos del Espíritu Santo (cf. Gal 5,22). Podrá afligirnos la fuerza que cobran en nuestro mundo la indiferencia, el odio, el egoísmo, la pobreza, la injusticia y la violencia. Sabemos que el Señor, que murió por amor, nos ha enviado su Espíritu, que es más fuerte que este círculo inhumano, que nunca podrá extinguir el amor de Dios ni neutralizarlo sobre la faz de la tierra. El Espíritu es un fermento de amor escondido las entrañas de la historia. Cada creyente lleva dentro de sí una porción de este fermento renovador. La misma Iglesia, una vez recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, se presenta ante el mundo como el fruto maravilloso de la caridad divina. Ella es obra de la Trinidad Santa y, por lo mismo, está modelada, vivificada y sellada como misterio de comunión y misión.

3. La Eucaristía: fuente permanente de la Caridad.

El mismo Jesús quiso quedarse en la Eucaristía como fuente permanente de la caridad. En la Eucaristía actualizamos, en efecto, el memorial de la Pascua de Jesús, de la entrega total de Jesús en la Cruz por amor a todos los hombres y de su Resurrección para que en Él todos tengamos Vida, la vida misma del Amor de Dios. Además, él mismo Jesucristo se nos da como comida y bebida que nos comunican el amor de Dios. Cada vez que recibimos a Jesús en la comunión de su Cuerpo, Jesús se une a nosotros. Si Jesús se une a cada uno de los que comulgamos y nos atrae hacia sí, todos los que comulgamos quedamos unidos en Él y en su amor. Ambas cosas no se pueden separar. Amor de Dios y amor fraterno son inseparables.

La participación en la Eucaristía crea y recrea los lazos de amor y de fraternidad entre los que comulgan, sin distinción de personas, de razas y de condiciones sociales. La comunión con Cristo es siempre comunión con su cuerpo que es la Iglesia, como recuerda el apóstol san Pablo diciendo: “El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Porque todos los que participamos de un solo pan, aun siendo muchos, formamos un solo pan y un solo cuerpo” (1 Co 10, 16-17). La Eucaristía transforma a un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace la Iglesia, hace la comunidad cristiana. Es Cristo resucitado quien se hace presente entre nosotros hoy y nos reúne a su alrededor. Alimentándonos de él nos vemos liberados de los vínculos del individualismo y del egoísmo y, por medio de la comunión con él, nos convertimos, juntos, en una cosa sola, en su Cuerpo místico. Así quedan superadas las diferencias debidas a la profesión, a la clase social o a la nacionalidad, porque descubrimos que somos miembros de una única gran familia, la de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para la utilidad común.

Cada vez que participamos en la santa Misa y nos alimentamos del Cuerpo de Cristo, Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, plasma y transforma nuestro corazón, nos comunica actitudes interiores que se traducen en comportamientos según el Evangelio. Alimentándonos del cuerpo de Cristo, acogemos la vida de Dios y aprendemos a mirar la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. Cuando recibimos a Cristo, quedamos transformados por el amor de Cristo; el amor de Dios se expande en lo íntimo de nuestro ser, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de actitudes y gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de nuestras comunidades, de nuestras familias, de nuestra Iglesia diocesana, de nuestro presbiterio, de quienes están a nuestro lado y de nuestra sociedad. Para el discípulo de Jesús el testimonio de la caridad no es un sentimiento pasajero ni una obra caritativa puntual sino, al contrario, es lo que plasma toda su vida en toda circunstancia, haciendo de ella una existencia eucarística.

4. El mandamiento nuevo del amor.

De la Eucaristía brota el mandamiento nuevo del amor. Es precisamente en la última Cena de Jesús con sus Apóstoles, al instituir la Eucaristía, cuando él les dice: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn 13, 34). El mandamiento nuevo no es, pues, una obligación moral, sino una necesidad existencial para todo cristiano que recibe a Cristo en la Eucaristía y para toda comunidad cristiana que se deja evangelizar por Cristo Eucaristía. Por todo ello, celebrar la santa Misa y comulgar el cuerpo de Cristo tiene unas exigencias concretas para nuestra vida cotidiana, tanto para cada uno de los cristianos como para toda comunidad eclesial. Estamos llamados a vivir y ser testigos del amor que Jesús nos ha dado, para que el amor de Dios llegue a todos, pues a todos está destinado.

El amor de Dios, celebrado y recibido en la Eucaristía, ha de llegar a todos, en especial a los excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero, para que todos formen parte de la nueva fraternidad creada por el Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero, su tiempo y su vida con el que está a su lado, con el necesitado no sólo de pan sino también de cultura y de Dios: los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, los marginados y excluidos, los drogadictos y alcohólicos, los indomiciliados, reclusos, emigrantes o parados…

Las necesidades y la pobreza de numerosos hombres y mujeres nos interpelan profundamente: cada día es Cristo mismo quien, en los pobres, nos pide que le demos de comer y de beber; en los enfermos y encarcelados, que lo visitemos en los hospitales y en las cárceles; en los desnudos, que lo acojamos y lo vistamos (cf. Mt 25, 31-40). “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40), nos dice Jesús. En el amor a los pobres y necesitados amamos mismo Jesús; este amor es la prueba de que nuestro amor a Dios es verdadero y auténtico (cf. 1 Jn 3, 13-19).

La Eucaristía celebrada y participada nos hace capaces y nos llama a ser también nosotros –cristianos y comunidades cristianas- pan partido para los hermanos, saliendo al encuentro de sus necesidades para llevarles el amor de Dios recibido. Por esto una celebración eucarística que no lleve a encontrarse con los hombres allí donde viven, trabajan y sufren, para llevarles el amor de Dios, no manifiesta la verdad que encierra. Para ser fieles al misterio que se celebra en los altares, como nos exhorta el apóstol san Pablo, debemos ofrecer nuestro cuerpo, nuestro ser, como sacrificio espiritual agradable a Dios (cf. Rm 12, 1). Los gestos de compartir crean comunión, renuevan el tejido de las relaciones interpersonales, inclinándolas a la gratuidad y al don, y permiten la construcción de la civilización del amor. Si vivimos realmente como discípulos del Dios-caridad, ayudaremos a los todos cuantos nos rodean a descubrir que son hermanos e hijos del único Padre.

5. Exhortación final.

No dudemos que el Señor ha resucitado: Él está siempre en medio de nosotros, nos alimenta con la Eucaristía y nos acompaña con la fuerza de su Espíritu para ser testigos e instrumentos de su amor. María, la mujer eucarística, nos enseña a hacer de nuestra vida una existencia entregada al servicio de amor a Dios y a los hermanos, en especial a los más necesitados, cercanos o lejanos. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera” de la caridad (EG 109). Somos la Iglesia del Señor; sabemos bien de quien nos hemos fiado.

Pongo este curso dedicado a la Caridad bajo la protección de nuestros patronos, la Virgen de la Cueva Santa, la mujer eucarística, y de San Pascual Bailón, el santo de la Eucaristía hecha servicio humilde en el amor a los más necesitados.

En Castellón de la Plana 1 de septiembre de 2019.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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¡Cuidemos la creación!

Queridos diocesanos

Dos acontecimientos han traído al primer plano de la actualidad la llamada ‘crisis ecológica’. De un lado, la Cumbre de las Naciones Unidas para la Acción Climática, recién celebrada en Nueva York, con el fin de acelerar drásticamente las medidas para alcanzar lo antes posible cero emisiones netas de gases de efecto invernadero y contener el aumento medio de la temperatura global. Y, de otro lado, la celebración en este mes octubre de un Sínodo extraordinario de los Obispos dedicado a la Amazonia, cuya integridad está gravemente amenazada.

La ‘crisis ecológica’ es algo innegable ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los mares, los ríos y de los acuíferos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales, entre otros; o ante el fenómeno de las personas que deben abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

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Bautizados y enviados: Iglesia en misión

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a celebrar y vivir con alegría este mes de octubre un mes misionero extraordinario en toda la Iglesia. Ha sido convocado por el Papa Francisco para preparar la conmemoración de los 100 años de la Carta Apostólica Maximum Illud del papa Benedicto XV, publicada el 30 de noviembre de 1919; con ella, el Papa quiso dar un nuevo impulso al compromiso misionero de anunciar el Evangelio en todo el mundo, recién terminada la I Guerra Mundial. “La Iglesia de Dios es católica y propia de todos los pueblos y naciones” escribió; ante el desastre de la guerra, el Papa exhortaba a la misión; a la vez, rechazaba cualquier forma de búsqueda de un interés ajeno a la misma, ya que su única razón está sólo en el anuncio y la caridad del Señor Jesús, que se difunden con la santidad de vida y las buenas obras. “Quien predica a Dios, sea hombre de Dios”, exhortaba Benedicto XV.

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“En la cárcel, y me visitasteis”

Queridos diocesanos, queridos reclusos:

El día 24 de septiembre celebramos la fiesta Ntra. Sra. de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias. En el día de vuestra patrona os saludo de corazón en primer lugar a vosotros, hermanos y hermanas, que estáis condenados a la privación de libertad en los centros penitenciarios de nuestra Diócesis – Castellón y Albocàsser; sabéis que siempre os llevo en mi corazón y rezo por vosotros, aunque sólo puntualmente pueda visitaros en la cárcel. Os saludo también a los PP. Mercedarios, a los capellanes y los voluntarios en las prisiones y os agradezco vuestra entrega generosa y dedicación gratuita a los presos. Mi saludo se extiende también a todos los funcionarios de los dos Centros Penitenciarios de Castellón; gracias por vuestra acogida y por vuestro apoyo a nuestra tarea pastoral. A todos os deseo una celebración gozosa del día de Virgen la Merced.

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Carta de Monseñor López Llorente sobre la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado

Castellón de la Plana, 20 de septiembre de 2019

“No se trata sólo de migrantes”
JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE Y REFUGIADO

Carta a todo el Pueblo de Dios de Segorbe-Castellón

Queridos diocesanos:

El domingo, 29 de septiembre, tiene lugar la Jornada mundial del migrante y del refugiado. Esta Jornada se celebrará en lo sucesivo, por decisión de la Santa Sede, el último domingo de septiembre y no el tercer domingo de enero, como hasta ahora. Quiero llamaros la atención sobre este cambio para que esta Jornada no pase desapercibida, sino que se celebre en todas las parroquias y comunidades eclesiales de nuestra Diócesis. Con este fin se ha enviado el material oportuno desde nuestro Secretariado diocesano de Migraciones.

El Papa Francisco resume su Mensaje para este año, titulado No se trata sólo de migrantes, con cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. “Pero estos verbos – dice el Papa- no se aplican sólo a los migrantes y a los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre, promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán difíciles de alcanzar”.

Por eso invito a tomar conciencia de la responsabilidad que nos concierne como creyentes en Jesucristo y como ciudadanos en un mundo en el que las fronteras son cada vez más frágiles. Es preciso superar prejuicios de todo tipo y tratar de acercarse a los que vienen de otros lugares para conocerlos, valorarlos, respetar su forma de ser, su cultura y su religión, interesarse por sus vidas y familias, ayudarles a integrarse y ofrecerles nuestros locales, en una palabra, poner en práctica el mandamiento del amor fraterno que recibimos del Señor. Nuestros miedos a los desconocidos y forasteros o ante la llegada de migrantes y refugiados condicionan muchas veces nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de volvernos intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta incluso racistas. Nuestros miedos nos privan del encuentro con el otro y de la oportunidad de encuentro con el Señor. Acordaos de estas palabras de Jesús: “fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25,35). Confío en vuestro sentido cristiano y en la capacidad de acogida de nuestro pueblo y de nuestras comunidades parroquiales.

Finalmente os convoco e invito a todos a la celebración de Eucaristía que, D.m., presidiré con motivo de esta Jornada en la Concatedral de Santa María en Castellón el 29 de septiembre a las 19:00 horas. Hagamos un pequeño esfuerzo y mostremos con nuestra asistencia y participación nuestra sensibilidad para acoger a los migrantes y refugiados. Os espero. Muchas gracias.

Con mi afecto y bendición.

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón