Navidad, ¿somos conscientes?

Si nos tomamos en serio nuestras convicciones, en algún momento de nuestra vida deberíamos preguntarnos: “¿Qué es ser un verdadero cristiano?” o “¿En qué me diferencio yo, como cristiano, de los que no lo son?”.

La fuente a la que aconsejaría consultar para dar respuesta a estas preguntas es la Biblia. En los Hechos de los apóstoles – Hch 11, 26 – dice que fue en Antioquía donde los discípulos recibieron, por primera vez, el nombre de ‘cristianos’. El término ‘discípulo’ significa ‘aprendiz’, y si es cristiano revela que su maestro es Cristo. Por lo tanto, un cristiano no es sólo una persona que cree en Jesucristo, sino una que sigue y aprende de Él, lo que implica un esfuerzo por imitar el ejemplo de Cristo durante toda la vida. Leer más

Vivir con alegría el bautismo

Queridos diocesanos:

El tiempo de Navidad y de la Epifanía se clausura con la fiesta del Bautismo del Señor, este domingo 8 de enero. En esta fiesta recordamos el Bautismo de Jesús a orillas del río Jordán de manos de Juan Bautista. También Jesús se deja bautizar por Juan y transforma el gesto de este bautismo de penitencia en una solemne manifestación de su divinidad. “Apenas se bautizó Jesús, salió del agua y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto” (Mt 13, 17). Son las palabras de Dios-Padre que nos muestra a Jesús como su Hijo unigénito, amado y predilecto, al inicio de su vida pública. Además, el Espíritu en forma de paloma descendió sobre el Señor. Su bautismo significó la inauguración y aceptación de la misión y de la voluntad del Padre. Leer más

Vivir la alegría del amor en la familia

Queridos diocesanos:

En Navidad, Dios, que es amor y comunión de amor, se hace hombre para hacer partícipes al hombre y a la mujer de su misma vida y amor. Y lo hace en el seno de una familia humana, la de Nazaret. Por ello, en el tiempo navideño celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia, este año el día 30 de diciembre. En el silencio del hogar de Nazaret, Jesucristo nos ha enseñado, sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia. Con su vida y sus palabras, Jesús ha devuelto su verdadero sentido el amor, el matrimonio y la familia. Fiel al Evangelio de Jesús, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el plan de Dios, en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a la vida y a la tarea de educar a sus hijos. Leer más

Misericordia et Misera

Al clausurar el Año Jubilar Extraordinario de la  Misericordia, el Papa Francisco publicó una carta apostólica bajo el nombre de Misericordia et Misera, del latín, que significa ‘Misericordia y miserable’. A continuación, algunas de las principales citas del Santo Padre en la carta.

Del punto 1: En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre.

Del punto 2: El perdón es el signo más visible del amor del Padre que Jesús ha querido revelar a lo largo de toda su vida. No existe página del Evangelio que pueda ser sustraída a este imperativo del amor que llega hasta el perdón. Incluso en el último momento de su vida terrena, mientras estaba siendo crucificado, Jesús tiene palabras de perdón: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Leer más

La Buena Noticia de la Navidad

Queridos diocesanos:

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús en Belén. Os anuncio una gran alegría… hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11); este es el anuncio del ángel a los pastores aquella noche fría de Belén. Aquel Niño es el Mesías esperado, el Salvador de la humanidad, el Señor de tierra y cielo. Esta es la Buena Noticia de la Navidad, la razón más profunda de nuestra alegría navideña y el motivo de nuestra esperanza. Como los pastores, los cristianos escuchamos con asombro este anuncio y acudimos con gozo a Belén a contemplar este misterio de salvación: el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios, se hace carne y acampa entre nosotros. Dios viene hasta nosotros por amor a cada uno de nosotros. Dios se hace uno de los nuestros, asume nuestra propia carne, nuestra propia naturaleza y condición para llevarnos a Él, para hacernos partícipes de su misma vida.

Jesús nace en una familia pobre, pero rica en amor. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada. Es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna. Llega al mundo ignorado de muchos, pero acogido por los humildes pastores. Pero ese Niño frágil, humilde y pobre es el Hijo eterno del Padre-Dios, el Creador del cielo y de la tierra. Ese Niño revela el misterio de Dios: Dios es amor y ama al ser humano. Ese Niño es la revelación definitiva de Dios a los hombres. Jesús dirá más tarde, “el que me ve a mí, ve al Padre”. Ese Niño es el Emmanuel, el “Dios-con-nosotros”, que viene a llenar la tierra de la gracia y del amor de Dios, de luz, de verdad y de  vida. Dios se hace hombre para que, en Él y por medio de Él, todo ser humano pueda quedar sanado, redimido y salvado, pueda renovarse y alcanzar la plenitud, la felicidad plena. A quien lo acoge con fe le da la capacidad de participar de su misma vida divina, le da el poder ser hijo de Dios (cf. Jn 1,12).

  Con la venida de Cristo, la historia humana adquiere una nueva dimensión y profundidad. En este Niño, Dios mismo entra en la historia humana, y la abraza totalmente desde la creación a la parusía. El mundo, la historia y la humanidad recobran su sentido: no estamos sometidos a la fuerzas de un ciego destino o a una evolución sin rumbo. El destino de la humanidad, de cada ser humano, de la misma creación no es otro sino Dios en Cristo Jesús.

En Navidad, Dios mismo se pone a nuestro alcance en el Niño de Belén. Y Jesús no es una ficción, sino un hombre de carne y hueso; no es un mito ni una leyenda piadosa, sino alguien concreto, que provoca nuestra fe. En ese Niño, Dios mismo sale a nuestro encuentro. Dios no es una idea ni un ser lejano, sino Dios con nosotros: Él está en medio de nuestro mundo, inserto en nuestra historia personal y colectiva.

Es una tentación y una tragedia pensar que Dios es el adversario del hombre. El Dios, que se manifiesta en el Niño nacido en Belén, no es un dios celoso del hombre, de su desarrollo, de su progreso o de su  realización. Dios no es una ilusión construida por el hombre con lo mejor de si mismo, que le impida ser él mismo. Dios se hace hombre por amor al hombre, para que éste lo sea en verdad y en plenitud, es decir conforme a su condición de ‘imagen de Dios’. En Jesús, Dios ha hecho suya la causa del hombre. Sólo en Cristo Jesús encuentra el hombre su identidad, su plenitud y la salvación.

En Navidad nace Dios; y lo hace para todos los hombres, también para los hombres de hoy. Este Niño nos trae la salvación, el amor, la alegría y la paz de Dios para todos. El Niño Dios de Belén nos abre a todos el camino hacia Dios, y nos da la posibilidad de alcanzar la suprema aspiración del hombre: ser como Dios.

Navidad es así la proclamación de la dignidad de todo ser humano. Porque el hombre sólo es digno de Dios y de su amor: somos  hechura de Dios, creados por amor y para el amor de Dios sin límites. Este es el fundamento de la verdadera dignidad de todo ser humano.

Acojamos al Niño Dios que nace en Belén. Os deseo a todos una feliz y cristiana Navidad.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

¿Por qué Dios se hizo hombre?

REPORTAJE SOBRE EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN

Queda una semana para la Navidad, día en que todo el mundo – de momento – celebra el nacimiento de Jesús. O lo que es lo mismo: que Dios, sin abandonar su condición divina, vino hace más de 2000 años al mundo hecho hombre.

A falta de una semana para celebrar la Nochebuena, ya adentrados plenamente en el Adviento y muy próximos a la Navidad –  fechas en las que los cristianos celebramos que Dios, un día, vino al mundo a través de la Inmaculada Concepción en el seno materno de la Virgen María – es interesante detenerse y preguntarse: ¿Por qué Dios, siendo Dios, iba a querer hacerse un hombre para sufrir?

En el Misterio de la Encarnación podemos comprender parte del amor que Dios nos tiene, ya que “en ninguna religión Dios se acerca tanto al hombre, y esto es verdaderamente impresionante si uno lo piensa detenidamente”, asegura José Antonio Morales, rector del Seminario Menor y profesor de Moral. “El ser humano o se siente incondicionalmente amado o sufre incondicionalmente. Dios se hace hombre para darle un sentido pleno de amor a nuestra vida”.

Ya el Concilio Vaticano II, en 1962, afirmó que “mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre”. Más tarde, en 1979, la encíclica de San Juan Pablo II, “Redemptor hominis” habla sobre este tema, y asegura que todo hombre puede encontrar a Cristo, “para que pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella”.

A Morales le gusta comparar la encarnación de Dios con ese amor de un novio por su novia, que “se la tiene que jugar” y “camelar” hablándole al corazón. “Cristo es ese novio que quiere ofrecernos el amor incondicional que la novia – que somos todos nosotros – en el fondo de nuestro corazón deseamos”. Dios quiere sacarnos de ese sufrimiento que experimentamos al pensar que estamos solos y destinados a una vida absurda, sin sentido, sin una razón de amor que pueda ser definitivo, “una vida sin ese amor incondicional que, de hecho, todos anhelamos”, confiesa José Antonio.

En el hecho de que Dios haya querido hacerse hombre, queda más claro para todos que Dios es un Dios que nos busca, que ya no es alguien que quede como demasiado por encima de la persona, demasiado lejano y superior. “Dios, al tener un cuerpo humano, nos ha manifestado a través de sus gestos, palabras, y todo cuanto hizo, que cualquier ser humano que tiene el amor de Dios en su corazón puede superar el miedo a todo lo malo que pueda haber en nuestras vidas”, explica el rector del seminario, “persecución, traición, hambre, soledad, rechazo, dificultades de todo tipo, incluida la propia muerte”.

En el Dios que se ha hecho hombre entendemos cómo debe vivir un verdadero cristiano para ser feliz. Es como si Dios hubiera querido sufrir todo lo que una persona pueda sufrir en su condición humana “para que nadie pueda pensar que Dios no nos entiende cuando sufrimos, y comprender mejor su amor hacia nosotros, que nos sostiene en medio de esos sufrimientos”, aclara Morales.

Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica explica que este acontecimiento admirable – la encarnación del Hijo de Dios – ha tenido lugar por cuatro motivos. “En primer lugar, y ante todo, para lograr nuestra salvación“, apunta Héctor Calvo, párroco de Figueroles, “para reconciliarnos con Dios y devolvernos a la amistad con Él, ya que la perdimos tras el pecado original, pero que recuperamos gracias a la ofrenda que Jesús hizo de su propia vida en la cruz”. En segundo lugar, para darnos a conocer el amor de Dios: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”, recuerda el párroco sobre las palabras de la Escritura. En tercer lugar, para darnos ejemplo de santidad, enseñándonos cómo vivir si queremos agradar a Dios y amarle con obras, “poniendo nuestra atención en seguir sus enseñanzas y conocer bien su vida, su modo de comportarse cara a Dios y a los demás y aprendiendo de Él”, apostilla Héctor. Y en cuarto lugar, que Jesús ha venido para hacernos hijos de Dios: por su muerte y resurrección “podemos invocarle como verdaderos hijos suyos, llamándole Padre Nuestro, siendo todos nosotros hermanos”, concluye Calvo.

 

A SU IMAGEN Y SEMEJANZA

Ya desde la creación del mundo y a través de este Misterio de la Encarnación, ha querido hacer al hombre a su imagen y semejanza. El Concilio indica esto precisamente, cuando, hablando de tal semejanza, recuerda que «el hombre es en la tierra la única criatura que Dios ha querido para sí misma». “El hombre tal como ha sido «querido» por Dios, tal como Él lo ha «elegido» eternamente, es el hombre «más concreto», el «más real»; éste es el hombre, en toda la plenitud del misterio, del que se ha hecho partícipe en Jesucristo, misterio del cual se hace partícipe cada uno de los cuatro mil millones de hombres vivientes sobre nuestro planeta, desde el momento en que es concebido en el seno de la madre”, proclama el santo en la encíclica.

Por eso mismo, Dios ha querido meterse en nuestra historia como uno de nosotros, “naciendo de una madre, como cada uno de nosotros, creciendo en el seno de una familia para que nos ayude a percibir la importancia de la familia que Dios nos regala y aprendamos valores tan importantes como la obediencia por amor a los padres, el perdón, el agradecimiento, el compartir lo que tenemos y el pensar en los demás”, revela José Antonio Morales.

Cristo es la referencia de la vida de cualquier cristiano, y unidos a Él podemos ofrecer nuestra vida como Él hizo. “El amor es la fuerza que mueve el corazón del ser humano, pero sólo en Dios hecho hombre ese amor transmite toda su infinita e inagotable fuerza”, concluye Morales.

“Quiero contar contigo para hacer esto. ¿Tú quieres?”

ENTREVISTA – Vicente Botella, Decano de la Facultad de Teología de Valencia.

¿En qué nos afecta, a ti, a mí y al mundo entero, que Dios se haya hecho hombre? Esa es la primera pregunta que se me plantea cuando me siento ante Vicente Botella, Decano de la Facultad de Teología de Valencia, que asegura que el Misterio de la Encarnación no es otra cosa que Dios – ese Dios misterioso – que en un momento dado de la historia “se ha hecho un hombre verdadero y ha compartido con nosotros el tiempo y la condición”. Y además, esto se ha hecho posible – por voluntad de Dios evidentemente – pero también porque “ha habido una persona, María, que le ha dicho a este Dios: ‘No sé muy bien cómo va esto, pero cuenta conmigo, me fío de ti'”, declara Botella. Esto significa que Dios tiene en cuenta la libertad humana y se ha acercado para pedir permiso: “oye, quiero contar contigo para hacer esto. Tú quieres?”, y la otra persona, aunque no entendiese muy bien, ha dicho “sí”, comenta el decano.

¿En qué nos afecta que Dios se haya hecho hombre?

En primer lugar, que es un Dios cercano, está con nosotros, no es despreocupado ni distante. Porque nos quiere, se acerca tanto a nosotros que se hace uno de nosotros. Por eso, y en segundo lugar, en que la dignidad del ser humano es extraordinaria, porque Dios cabe, de alguna forma, en lo humano. En tercer lugar, nos afecta dándonos esperanza y confianza. Creo que la encarnación es una invitación a confiar en Él y en su obra.

¿Existe algo parecido en otras religiones?

Yo creo que no. Creo que para otras religiones es un escándalo, porque un Dios que se hace hombre parece que es un Dios debilitado, vulnerable, que se pueda manipular. Ese es el gran secreto del cristianismo, la encarnación, no existe algo similar en otras religiones.

¿Por qué carpintero y no rey?

La encarnación de Jesús de Nazaret en un hombre normal, que no destaca por su condición real ni su posición social,  responde a la lógica de la propia encarnación. Es decir, Dios se hace hombre y de alguna manera quiere invitarnos a encontrar en esa humanidad de Jesús aquellos elementos que pueden ayudarnos a encontrar a Dios, como la humildad, el servicio, la entrega, el amor sin condiciones. Vemos a Dios encarnado en el amor por el prójimo y en el sacrificio. Carpintero y no rey porque… ¿Dios dónde está? En la humanidad, sí, pero en la humanidad cuando vive humildemente, cuando vive el amor, cuando nos entregamos y cuando nos sacrificamos los unos por los otros, ahí está el Dios de la encarnación. Por eso no está por los palacios, sino que está con la gente sencilla y los empobrecidos, que quizá también lo reconocemos más fácilmente que los grandes de este mundo.

¿Qué sentido tiene la encarnación en el siglo XXI?

Los cristianos deberíamos de ser capaces de testificar y revelar la encarnación para devolver la esperanza a este ser humano que ha tirado la toalla, y demostrarle que nosotros tenemos esa esperanza por la cercanía de Dios, que nos ha dicho “tú vales, no te decepciones, confía en mí”. El sentido en este siglo sería como devolver la esperanza del ser humano en el ser humano.

¿La encarnación qué ha cambiado en la historia?

Por una parte, toda la cuestión de la visión de que si hay salvación, tiene que ser una salvación terrena donde se encuentra el ser humano, que tiene que ver con lo corpóreo y lo psíquico, las dimensiones sociales… También ha abierto la posibilidad de un diálogo constante entre la Fe y la razón: si Dios se ha hecho uno con nosotros, hay aspectos que nos tienen que unir.

Para una persona que no cree, ¿cómo le explicarías que Dios nace cada año?

Es cierto que en la historia este acontecimiento sólo se ha producido una vez, en el nacimiento de Jesús, que lo celebramos en Navidad, pero como se trata de un hecho tan importante, de pronto su repercusión no sólo tiene que ver con aquel momento y lugar, sino que se expande, y por la importancia y su relación con nosotros, se actualiza constantemente, y puede nacer en una persona y en una familia si nos abrimos a Él.

¿Qué relación guarda la encarnación con la caridad?

Muchísima. La encarnación es una manifestación de amor enorme de Dios hacia el ser humano y  la manera en que los cristianos la aceptamos es en la caridad y en la entrega. Nosotros nos dejamos movilizar por este amor de Dios manifestado en Jesús. Es decir, si Dios es amor y en la encarnación se manifiesta este máximo amor de Dios hacia nosotros, quien es creyente de este Dios – en la encarnación de Jesús – se llena de este amor y lo extiende allí donde esté.