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En camino hacia la Pascua

Queridos Diocesanos:

El próximo miércoles, Miércoles de Ceniza, comienza el tiempo de Cuaresma. En la imposición de la ceniza escucharemos las palabras de Jesús al inicio de su actividad pública: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc  1,15). Estas palabras son el leit-motiv del camino cuaresmal hacia la Pascua. La conversión pide un cambio de mentalidad: volver la mirada y el corazón a Dios, dejarse encontrar por su amor misericordioso y vivir en adhesión amorosa a Dios y a sus mandamientos, y así el amor al prójimo y a toda la creación. Nos lo recuerda el papa Francisco en su mensaje para la cuaresma de este año: “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19).

La Cuaresma es un tiempo especial de preparación para celebrar la Pascua del Señor, su muerte y resurrección, el misterio de la salvación y de la Vida nueva en Cristo. Esta nueva Vida ya nos fue dada el día de nuestro bautismo, en el que Dios nos hizo partícipes de la muerte y resurrección de Cristo y renacimos a la Vida de los hijos de Dios. Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. El día de nuestro bautismo comenzó para nosotros la aventura gozosa de vivir como hijos de Dios en el seguimiento de Jesús hasta ser conformes a Él. La Cuaresma es cada año un tiempo propicio para un nuevo encuentro con Dios ‘rico en misericordia’,  y para recuperar o intensificar la nueva Vida de la gracia que Él nos infundió en nuestro bautismo hasta que ésta llegue a su plenitud. La tierra prometida de nuestra marcha cuaresmal es, en efecto, la Pascua definitiva junto a Dios. Ahora podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de la salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo.

Nosotros podemos tener la misma tentación que el pueblo hebreo sufrió al lle­gar a Canaán: creyeron que allí había terminado todo, se instalaron en la tierra y adoraron a sus dioses. Pero la tierra prometida está siempre más allá de cualquier frontera o de cualquier horizonte. Debemos tener muy claro que sólo el Cristo de la Parusía es nuestra meta final, la tierra definitiva. Por eso, hasta que Él vuelva, estamos en camino, marchando con cora­zón alegre, con fe, esperanza y amor porque aguardamos el Reino de Dios y lo des­cubrimos ya presente entre nosotros.

El profeta Joel nos llama a la conversión de corazón a Dios. “Convertíos a mí, dice el Señor, de todo corazón… convertíos al Señor, Dios nuestro, porque es compa- sivo y misericordioso” (Jl 12, 12-13). La conversión cristiana es volver la mirada y el corazón a Dios para dejarse encontrar por Él en Cristo, para cambiar nuestra forma de pensar, sentir y actuar: un encuentro que nos descubre nuestras faltas de amor, nuestros pecados, que nos lleva al arrepentimiento y a acoger el abrazo misericordioso de Dios y el perdón de nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia. El camino cuaresmal hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

La llamada a la conversión se hace más imperiosa en la Cuaresma. Para que la celebración de la Pascua sea fructuosa, la Iglesia nos llama a la purificación de nues­tros corazones, a nuestra conversión a Dios, al prójimo y a toda la creación para vivir la gracia del bautismo. Para ello, la Iglesia desde siempre ha invitado durante la Cuaresma al ejercicio de la oración, del ayuno y de la limosna para liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, para superar nuestros egoísmos y para estar disponibles y abiertos a amar a Dios, al prójimo y a la creación entera.

Por el ayuno aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor a Dios y al prójimo, y el cuidado de la creación. Por la limosna hacemos frente a la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida y nos cierra a los hermanos. Y por la escucha de la Palabra de Dios en la oración, nos abre a Dios para acoger su voluntad en nuestra vida. Acojamos la gracia y la misericordia de Dios en esta Cuaresma.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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