Entrevista a nuestro Obispo, D. Casimiro López: “El coronavirus ha cuestionado todas nuestras seguridades. Nos creíamos omnipotentes y nos vemos frágiles”

La Iglesia Universal y, por consiguiente, la Diocesana, que camina en Segorbe-Castellón, han tenido que adaptarse a los cambios y a las circunstancias para seguir anunciando a Jesucristo en medio de una sociedad “desconcertada” y “abrumada” por la crisis del coronavirus. Ahora más que nunca fe y obras se unen para ir de la mano y mostrar la imagen de una Iglesia que, desde la oración y el compromiso, atienden a sus fieles y también a quienes lo necesitan.

Consciente de esta situación que “ha cuestionado nuestras seguridades, nuestros proyectos humanos, nuestro ritmo de vida, nuestro bienestar” y nos ha recordado que “nos vemos frágiles, vulnerables, limitados”, el Obispo de la diócesis de Segorbe-Castellón, Casimiro López Llorente, responde a estas preguntas para valorar la presencia de la Iglesia, el trabajo de los sacerdotes, religiosas, entidades caritativas, voluntarios… en este momento de la historia. Teniendo muy claro que “es en la oración donde el creyente encuentra la fuerza y el aliento para acompañar espiritualmente al que sufre, y para luchar y trabajar con esperanza contra la pandemia”.

 

Ante la crisis sanitaria internacional provocada por la pandemia del coronavirus estamos viviendo un momento excepcional a la vez que histórico, en el que muchas entidades se han volcado para ayudar a la sociedad. ¿Qué es lo que está haciendo la Iglesia en la diócesis de Segorbe-Castellón en este tiempo? ¿Podemos decir que la caridad y la oración “van juntas de la mano”?

 Nuestra Iglesia diocesana (fieles laicos, religiosos y sacerdotes y obispo) ha estado desde un primer momento presente y operante en la lucha contra la pandemia. Cada uno en su lugar: en las parroquias, en las cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana, en los conventos, en las asociaciones y movimientos, en los colegios, en las residencias, en las cárceles, en los hospitales (médicos, enfermeros, etc.), en ONGs, etc.

Es fundamental resaltar la importancia de la oración y de la Eucaristía, aunque ahora no sea posible participar presencialmente en la Santa Misa en la iglesia ni recibir sacramentalmente al Señor en la sagrada Comunión. En el Sagrario sigue realmente presente Jesucristo, el Señor resucitado, con toda su humanidad y toda su divinidad, el sigue siendo el Enmanuel, Dios con nosotros, que está entre nosotros y camina con nosotros como lo hacía hace dos mil años por Galilea. La Eucaristía es el sacramento y fuente permanente del amor, que nos hace sentir la presencia de Jesús vivo, que nos empapa de su amor y que envía a la Iglesia y a los cristianos a llevarlo y mostrarlo a los demás mediante sus palabras y obras de cercanía, caridad, solidaridad y compromiso. Desde nuestras casas o desde el lugar donde nos encontremos, siempre podemos dirigir espiritualmente nuestra mirada y nuestro corazón al manantial permanente del amor de Dios, que es el Señor Eucaristía, presente realmente en cada Sagrario.

Para un creyente cristiano es básico mirar y orar a Dios siempre y, en especial, en estos momentos de pandemia, y pedirle que nos libere pronto de esta tragedia; y es muy importante pedirlo por intercesión de la Virgen María, la Madre de Dios y Madre nuestra, la Madre de la Misericordia, y de los santos. Es en su fe, en la Eucaristía y en la oración donde el creyente encuentra la fuerza y el aliento para acompañar espiritualmente al que sufre, y para luchar y trabajar con esperanza contra la pandemia; ahí encuentra su fuerza para comprometerse con las consecuencias sanitarias, económicas, laborales, sociales, políticas, morales y espirituales del coronavirus. En la fe, que se alimenta en la oración y en la Eucaristía y se hace efectiva en la caridad, está la fuente para la atención a los contagiados y a las familias de los fallecidos, para estar cerca de los ancianos, de las personas que sufren soledad o son más vulnerables, para ser generosos con las cáritas con aportaciones económicas y alimentos, y para ofrecer generosamente su tiempo y su trabajo, como hacen tantos voluntarios, etc. etc.

¿Podría concretar la presencia y la acción de la Iglesia en las parroquias y en otros ámbitos? 

En mis conversaciones periódicas con los sacerdotes durante este tiempo de pandemia me manifiestan que están en constante contacto telefónico o telemático con sus fieles, en especial con los mayores y con los enfermos: muchos ofrecen a la feligresía la Santa Misa o momentos de oración on line, visitan a los enfermos, siguen atendiendo las catequesis, las consultas, el sacramento de la Confesión y de la Unción de enfermos, están en contacto con los internos de las prisiones. Los colegios diocesanos y los seminarios diocesanos mantienen su contacto con los alumnos y la actividad docente por la vía telemática. Los religiosos y las religiosas están atendiendo con mucha responsabilidad sus residencias, teniendo en cuenta que la mayoría de los residentes, por su edad, son personas de riesgo. La monjas contemplativas ofrecen su oración, lo más grande que tienen, y algunas también su cooperación haciendo mascarillas. Los sacerdotes, con la ayuda inestimable de muchos laicos voluntarios, están personalmente implicados en las cáritas; atienden las llamadas de los que buscan ayuda económica o espiritual, llevan o preparan bolsas de alimentos y dan respuesta a otras necesidades básicas; los fieles están cooperando con g enerosidad con sus cáritas parroquiales con dinero o con alimentos. La labor principal en estos momentos es la de Caritas, que tantos ayuntamientos valoran y agradecen por la ayuda que realizan económicamente y socialmente.

¿Y la Diócesis?

La Iglesia diocesana puso ya desde un primer momento a disposición de las autoridades civiles el Seminario de Segorbe. El Seminario diocesano Mater Dei llevó las camas para el equipamiento de la ampliación del albergue de Castellón en el polideportivo de Castalia, para dar cobijo a los ‘sin techo’ y cuya gestión ha asumido Cáritas diocesana con la ayuda de muchos voluntarios. La Diócesis ha puesto un teléfono de acompañamiento humano y espiritual para todo aquél que lo necesita, que está atendido diariamente de 9 a 21 h. La misma Diócesis junto con Cáritas diocesana ha creado un Fondo diocesano ante el Covid-19, con una dotación inicial de 160.000 € de los cuales 50.000 € fueron aportados de fondos diocesanos; es un fondo abierto que está recibiendo ya generosas aportaciones de personas y entidades eclesiales y civiles; ante el sombrío futuro, que se avecina, en el ámbito económico, laboral y social todas las aportaciones serán pocas. La Administración diocesana ha tomado una serie de medidas para aliviar la economía de las parroquias, que, al estar cerrados los templos, se ven privadas de los ingresos necesarios para los gastos ordinarios y la atención a las peticiones de ayuda, que crecen más y más cada día. La Delegación diocesana de Misiones está en contacto con nuestros misioneros y les ayudando económicamente. También se ha cedido una parcela, propiedad del Obispado, para el hospital de campaña junto al Hospital General de Castellón.

Estas son algunas de las acciones extraordinarias de la Iglesia diocesana en este tiempo de crisis sanitaria, económica y social. De ello se informa puntualmente en la página web del Obispado y en las redes sociales y a todos los MCS.

La Iglesia desempeña en medio de la sociedad una ingente tarea social y espiritual que no se sostiene sola. Necesita de la colaboración de todos los fieles para disponer de una economía sana. Marcar la casilla correspondiente en la Declaración de la Renta repercute en el beneficio de todos. Pero ante esta situación de crisis económica la Iglesia no lo va a tener fácil. Aun así ¿qué hay que hacer?

Estamos en el periodo de la declaración la Renta. A quienes la hacen se les ofrece la posibilidad de marcar libremente la casilla para la Iglesia católica (y/o la casilla para fines sociales; las dos son compatibles). Quien marca la casilla, dispone libremente que el 0,7 %  de los impuestos que ya ha pagado se destine a la Iglesia católica (y/o a fines sociales). Ni pagará más ni, en su caso, se le devolverá menos. De este modo se ayuda a la Iglesia en sus necesidades, entre las que siempre y hoy de modo especial están las de los más necesitados. La Iglesia depende exclusivamente de las aportaciones directas y voluntarias de los fieles y de los ciudadanos. No marcar ninguna opción, significa que el 0,7% de la cuota íntegra del IRPF irán a los Presupuestos Generales del Estado con destino a fines generales. No marcar la casilla par la Iglesia católica no significa que ese 0,7% se vaya destinar más a investigación. Esto es una decisión política, que ciertamente siempre y más en estos momentos debería priorizarse; hay muchos gastos superfluos, que se deberían ahorrar.

La tarea de los capellanes en los hospitales está siendo muy gratificante y enriquecedora. Son los otros héroes de la pandemia y es una labor que no se ve y de la que se habla poco. Al igual también que la de las monjas en las residencias de la tercera edad, los comedores sociales, Cáritas…

Es muy encomiable la tarea de todos ellos en estos momentos. Están dando lo mejor de sí mismos. Por ejemplo, y en lo que a nosotros toca directamente, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en su Hogar ‘Ntra. Sra. de Lledó’, todo el personal de la residencia de Cáritas interparroquial, las Hermanas Oblatas, los PP. Carmelitas o PP. Blancos en sus respectivas residencias Benicassim, o la Hijas de Caridad en la ‘Obra social de Marillac’, o el Maset de la Frater…

Respecto de los capellanes de hospitales fue providencial la Declaración del Comité de Bioética de España, adscrito al Ministerio de Sanidad, sobre el derecho y deber de facilitar el acompañamiento y la asistencia espiritual a los pacientes con Covid-19, de 15 abril de 2020. Esta declaración ha facilitado mucho el trabajo de los capellanes en su tarea pastoral y de humanización de la sanidad tanto en relación con los enfermos y sus familias como de los mismos sanitarios. Cuando un enfermo (personalmente o por su familia) pide ser atendido por un capellán, debe facilitarse, poniendo a disposición también los EPIs, para evitar los contagios. Por mis conversaciones con ellos sé que están siempre disponibles, no sólo para administrar los sacramentos a los enfermos, sino también para escucharles a los enfermos e, incluso, para darles de comer.

A la hora de hacer el bien y trabajar por el bien común, nuestra Iglesia siempre quiere sumar, nunca restar ni ir en contra de nadie.

Ha sido muy dolorosa para las familias de los fallecidos la experiencia de asistir a celebraciones donde se ha reducido el número de asistentes así como la duración de las mismas. Ante un momento tan delicado, las familias no han podido despedir como hubieran querido a sus seres queridos. ¿Qué opinión le merece esta situación?

 Ha sido muy doloroso para todos que se hayan prohibido los funerales y que la presencia en el entierro se haya limitado a tres familiares y, en su caso, al sacerdote para el responso. Especialmente doloroso es para los familiares cuando ni tan siquiera han podido dar un último adiós a sus seres queridos. Y, ¿por qué sólo tres familiares, si se observan las distancias y las medidas protectoras? Ha habido casos en que los hijos han tenido que echar a suerte quienes podían asistir. Los sacerdotes están siempre disponibles cuando son avisados por las funerarias o por las familias para acompañar a los familiares en el cementerio y en el duelo posterior.

Las familias manifiestan que quieren tener un funeral cuando la ley lo permita. Otras familias preguntan acerca de las fechas de bautizos, de la primera comunión y de la confirmación, etc. Los fieles me están preguntando por la apertura de los templos, incluso hay quien lo pide con insistencia. Nuestros fieles sienten necesidad de la Eucaristía y de los demás sacramentos. La fe cristiana no es virtual, sino presencial y comunitaria. La fe no está muerta. La recepción de los sacramentos no se ha cancelado sino pospuesto para cuando se pueda, respetando las decisiones de las autoridades políticas y sanitarias.

Numerosos historiadores, escritores, sociólogos y filósofos hablan ya de la transformación de una sociedad que será totalmente diferente a consecuencia de la pandemia y cuáles serán los valores a los que daremos prioridad en el futuro. ¿Qué piensa el Obispo al respecto?

Se afirma que después de la pandemia nada será igual que antes. Además de la crisis económica, laboral y social en que hemos entrado y que va a ir a más, están las consecuencias morales, espirituales y políticas. De repente, el coronavirus ha cuestionado todas nuestras seguridades, nuestros proyectos humanos, nuestro ritmo de vida y nuestro bienestar. Nos creíamos omnipotentes y nos vemos frágiles, vulnerables, limitados, finitos y mortales, expuestos a la acción letal de un bichito microscópico. Tampoco la ciencia ni la técnica, que tan grandes beneficios aportan a la humanidad, son omnipotentes ni tienen las respuestas para todo y en todo momento. Nuestro modelo de vida individualista, egoísta y utilitarista se ha venido abajo; hemos experimentado que toda la humanidad navegamos en la misma barca, hemos descubierto la solidaridad y –espero- que hayamos aprendido que no podemos descartar de un modo tan egoísta a nuestros mayores y ancianos. Tiene que cuestionar nuestra conciencia el hecho de que las residencias de ancianos sean las más afectadas por las muertes de la pandemia; es más cruel aún, que, en algunos casos, no se admitiera a los mayores a partir de una edad en los hospitales.

Espero que hayamos descubierto que no se puede abusar de la naturaleza ni ir contra sus leyes, que hemos de cuidar y respetar la naturaleza creada, la del universo, de la tierra y del ser humano.

Esta situación ha llevado a mucha gente a preguntarse sobre qué es lo verdaderamente importante en la vida, y sobre qué bases se puede y debe construir la existencia personal, la misma y la humanidad. Esta situación de pandemia nos urge a repensar nuestros modelos vida, personales, familiares, económicos, sociales y políticos. Necesitamos un cambio profundo de mentalidad, de actitudes y de planteamientos vitales. Rezo para que en este proceso abramos nuestra mirada y nuestro corazón al Dios Creador y Salvador, a su amor universal, manifestado y ofrecido en Cristo Resucitado; un Dios y un amor que son fuente de respeto de la dignidad de toda persona humana, de la acogida del otro, de fraternidad y solidaridad entre las personas y los pueblos, de respeto y cuidado de la creación entera.

 

Muchas y muy creativas han sido las formas en que los sacerdotes han seguido en contacto con sus fieles, a pesar de cerrar las iglesias como medida de prevención. Y la fe se ha vivido de forma diferente. ¿Cree que repercutirá en las vocaciones sacerdotales?

El futuro de las vocaciones y de la Iglesia están en manos de Dios, que nunca abandona a su Iglesia y quien otorga gratuitamente la vocación.

A nosotros nos toca cooperar humildemente con la gracia de Dios para que nuestra Iglesia diocesana -en todos sus fieles y comunidades- seamos cada día más fieles a Jesucristo y al Evangelio, para llevar al hombre y a la mujer de hoy al encuentro transformador y salvador con Cristo Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Sólo Él puede saciar el deseo de felicidad, de infinitud y de inmortalidad que todo ser humano lleva en su corazón. Y para ello nuestra Iglesia ha de convertirse y dejarse purificar de todo aquello que le impide ser el lugar visible y trasparente de la presencia de Dios, de Jesucristo  y de su Salvación en medio del mundo. Necesitamos una Iglesia que en nombre de Cristo sea servidora de los hombres y mujeres, especialmente de los pobres.

De otro lado, nuestros jóvenes están viendo estos días el gran papel que sacerdotes, religiosos y consagrados están llevando a cabo en esta situación lacerante de pandemia. Son muchos sus testimonios de entrega y acompañamiento en nuestra diócesis y en el mundo entero. En muchos casos, han entregado su vida por atender a los contagiados por el coronavirus. Ojalá estos testimonios toquen su corazón. Hemos de rezar con fe e insistencia a Dios para que nuestros jóvenes escuchen la voz de Dios, acojan la llamada del Señor a seguirle y entreguen su vida al servicio del Evangelio y de los hermanos, en el sacerdocio o en la vida consagrada.

¿Qué mensaje quiere hacer llegar el Obispo a la sociedad castellonense en el entorno actual de la pandemia?

 El tiempo pascual, en que nos encontramos, nos recuerda y hace presente que Cristo Jesús ha muerto y ha resucitado para que en él tengamos vida y vida en abundancia. Dios nunca abandona al ser humano. Cristo ha muerto y resucitado por todos nosotros, por todos los hombres. Su resurrección nos muestra que Dios es un Dios de vivos, y no de muertos. Dios llama al ser humano por amor a la vida y para la vida; Dios no se olvida de su creatura ni en el dolor, ni en la enfermedad ni tan siquiera en la muerte. Dios quiere que cuidemos la vida que Él nos ha dado –la ajena y la propia- y que luchemos por la salud en la enfermedad y en la pandemia. Con la ayuda de Dios y entre todos superaremos pronto esta pandemia. Dios quiere el bien para su creatura; quiere que viva, y que, llegada a su ocaso natural, viva para siempre, más allá del umbral de la muerte.

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