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Renovar el compromiso de conversión a Dios

Queridos diocesanos:

La llamada apremiante de Jesús a la conversión no ha dejado de sonar desde aquel “primer” discurso suyo hasta nuestros días. “Convertíos y creed en el Evangelio”: así comienza Jesús su predicación según el Evangelio de San Marcos (1,15).

Puede que la llamada a la conversión nos resulte tan conocida que la escuchemos con indiferencia. Puede que nos hayamos instalado de tal modo en un estilo de vida alejado de Dios, de Jesucristo y de su Evangelio, que ya no sintamos necesidad de conversión, porque ya no sentimos necesidad de Dios. A veces nos quejamos de la dificultad de perseverar en la fe y vida cristiana en un ambiente social y cultural indiferente e incluso hostil al cristianismo. Es cierto que este ambiente favorece y promueve la incredulidad, la indiferencia religiosa, el abandono de la fe y de la práctica cristiana. Pero el enfriamiento y alejamiento de la fe y vida cristianas de muchos no son consecuencia de corrientes sociales o culturales. Entre sus causas más profundas está la falta de una fe personal y viva en Dios, de modo que Él sea de verdad el centro de la vida de los cristianos. Leer más

Conversión, seguimiento y misión, las claves para la Visita Pastoral

La Concatedral de Santa María ha acogido la Eucaristía de inicio de la Visita Pastoral a la ciudad de Castellón. Un tiempo de gracia. O según la definición que dado el Obispo: “Ante todo, un momento de encuentro con Cristo para fortalecer nuestra fe, esperanza y caridad”. Para que sea posible, Mons. López Llorente ha dado tres claves: la conversión personal y comunitaria, el seguimiento de Cristo y la disponibilidad a la misión.

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Renovación de la fe y conversión a Dios

Queridos diocesanos:

El Año de la fe es un tiempo de gracia para la renovación de nuestra fe y vida cristiana, así como para una sincera y autentica conversión a Dios y a Jesucristo, a la que nos llama especialmente la cuaresma. No podemos olvidar que no hay fe sin conversión radical a Dios en Jesucristo. No se nace cristiano; uno se va haciendo cristiano. La fe es un don de Dios recibido como germen en nuestro bautismo, para que podamos acogerlo, vivirlo y, de esa manera, dejarlo crecer haciéndonos crecer a nosotros.

La fe consiste precisamente en “estrenar un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 18,31). Para ello es necesaria la conversión permanente a Dios. Conversión quiere decir ‘volver nuestra mirada y nuestro corazón’ a Dios; dejar que Dios y Cristo ocupen el centro de nuestro corazón, auténtico sagrario de cada persona. Sólo ante Dios descubrimos la verdad sobre nosotros mismos. La carta a los Hebreos nos recuerda que la Pa­labra de Dios es penetrante hasta el punto donde se dividen el alma y el espíritu (cf. Hb 4,12). Nada hay en nuestro corazón, en el mundo de nuestros afectos, pensamientos y sentimientos, que escape a Dios; si somos sinceros ante Dios, si nos dejamos confrontar con su Palabra. también quedará claro dónde está nuestro corazón, dónde están nuestros afectos y pensamientos, dónde buscamos nuestras seguridades y cuáles son las verdaderas motivaciones de nuestra vida.

Nuestra vida está llamada a medirse continuamente con Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida, a dejarse confrontar con su Palabra. Corremos el peligro de reducir nuestra vida cristiana a tener unos conocimientos o al cumplir unos preceptos, que siempre interpretamos restrictivamente; estos peligros sólo se superan en el encuentro personal con el Señor, en la apertura del corazón a su gracia y a su Palabra, que nos transforma, sana, vivifica y salva.

En la conversión se da un “giro del corazón”. Se pasa de la autoafirmación y autosuficiencia al abandono confiado en Dios. Se deja de ser el centro de la vida para vivir desde Dios. Entonces se entiende y se vive la existencia, no en referencia a uno mismo ni al mundo, sino en referencia al Misterio de Dios. Por eso hay una manera radicalmente falsa de vivir la fe cristiana y consiste en que la persona siga siendo el centro de sí misma y sólo acuda a Dios para sus propios intereses.

La conversión exigida por la fe es una especie de “nuevo nacimiento” (Jn 3,35). Es una actitud nueva ante el mundo, diferente de la de aquél que no cree. Es una manera nueva de entenderse a sí mismo, de pensar, sentir y actuar; es un modo nuevo de mirar, de pensar y de juzgar a las personas y la realidad. Es un modo nuevo de ser y de vivir: Dios es el horizonte y la medida de la criatura; desde Él quedamos confrontados a la verdad y al bien; desde Él somos invitados al amor.

Convertirse a Dios es, antes que nada, curarse de la falsa autosuficiencia y de la inautenticidad. Ponerse ante Dios ayuda al ser humano a conocerse a sí mismo, a descubrir su pequeñez, su finitud y sus pecados. Sin esta conversión moral, la fe puede ser pura ilusión. La verdadera conversión lleva a retornar al Padre y a acoger su perdón regenerador en el Sacramento de la Penitencia. Este camino no es un esfuerzo solitario, sino que se hace en obediencia a Dios, acompañada y sostenida por su gracia.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón