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El volteo general de campanas introduce el anuncio del Obispo de que por la resurrección de Cristo “es posible superar los miedos”

A las 12h de este domingo de Pascua las iglesias han volteado sus campanas. Ha sido un modo de manifestar  que por la resurrección de Cristo es posible “superar nuestros miedos y poner nuestra confianza en Dios, porque es eterna su misericordia”, como aseguraba el Obispo en la Misa Pascual celebrada a esa hora en la Concatedral de Santa María de Castellón. Al final de la celebración ha declarado que “el Señor está en medio de nosotros para que tengamos la esperanza de salir pronto de esta pandemia, y sobre todo sepamos que Dios nunca nos abandona”.

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El Obispo invita durante la Vigilia Pascual a ser signo de esperanza en este momento de tragedia

El Obispo ha presidido en la noche del sábado, en la Concatedral de Santa María en Castellón, la celebración de la Vigilia Pascual, adaptada a las exigencias impuestas por las medidas de seguridad ante la pandemia del coronavirus. D. Casimiro López Llorente ha asegurado que Cristo Jesús resucitado “nos comunica alegría, paz y esperanza en estos momentos de tragedia, y nos envía a ser signos vivos del resucitado, esperanza para la humanidad”.

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Cristo resucitado, vida y esperanza para el mundo

Queridos diocesanos:

Un año más, en la mañana de Pascua resuena el anuncio antiguo y siempre nuevo: “¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. También hoy en medio del sufrimiento y del dolor por la pandemia del coronavirus –y si cabe hoy más que nunca- hemos de proclamar y acoger esta buena noticia: Cristo Jesús vive porque ha resucitado. Jesús ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. Ya “no está aquí. Ha resucitado” les dice el Ángel (Mc 16, 6). El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina todo con nueva luz.

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Volteo de campanas en todos los templos de la Diócesis el Domingo de Pascua

Queridos hermanos sacerdotes:

La trágica situación y el confinamiento en nuestras casas, que estamos viviendo por la pandemia del coronavirus, nos ha obligado a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de un modo excepcional: solos en nuestras iglesias y con el corazón apenado. Esto no nos puede llevar al olvido de que este Domingo, día 12 de abril, celebramos la Pascua de la Resurrección, la victoria de Cristo Jesús sobre la muerte. Esta verdad fundamental de nuestra fe es la razón de nuestra esperanza y el motivo de la verdadera alegría, pues nos sabemos amados y nunca abandonados por Dios. Una verdad que hemos de acoger, anunciar y testimoniar en todo momento, también y especialmente cuando el dolor y el sufrimiento, la tristeza y la angustia nos embargan.

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¡Es Pascua de Resurrección!

 

           

Queridos diocesanos:

Durante la Cuaresma hemos peregrinado hacia la Pascua de Resurrección. La Semana Santa nos ha conducido al Triduo Pascual, en el que hemos celebrado la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Las tres son inseparables. El Jesús que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Todo ha sucedido por el amor inmenso de Dios hacia nosotros y hacia nuestro mundo, para el perdón de nuestros pecados y por nuestra salvación eterna. Para muchos bautizados, sin embargo, la Pascua es algo del pasado, sin significado ni trascendencia alguna para la vida presente y futura, personal, comunitaria o social. Muchos de nuestros cristianos se quedan en las procesiones de estos días o sólo llegan hasta la Pasión y Muerte de Jesús en el Viernes Santo.

Pascua es el paso de Jesús por la muerte a la vida gloriosa. Sin resurrección, la pasión y la muerte serían la expresión de un fracaso. Pero no: ¡Cristo ha resucitado! No se trata de una vuelta a esta vida para volver a morir, sino del paso a nueva forma de vida, gloriosa y eterna. Tampoco es una ‘historia piadosa’, fruto de la fantasía de unas mujeres crédulas o de la profunda frustración de sus discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real, que sucede una vez y para siempre. El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. Jesucristo vive ya glorioso y para siempre. Las mujeres y los mismos Apóstoles, desconcertados en un primer momento ante la tumba vacía, aceptan el hecho real de la resurrección; se encuentran con el Resucitado y comprenden el sentido de salvación de la resurrección a la luz de las Escrituras. En la mañana del primer día de la semana, cuando fueron a embalsamarlo, el cuerpo de Jesús, muerto y sepultado tres días antes, ya no estaba en la tumba; no porque hubiera sido robado, sino porque había resucitado.

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La Hoja 2922

La Hoja del 1 de abril, Pascua de Resurrección

En la Hoja del 1 de abril, Pascual de Resurrección:

  • El Kerigma, la buena noticia de la Resurrección de Cristo.
  • ¡Cristo ha resucitado!, por mons. López Llorente.
  • Exposición de AIN sobre los cristianos perseguidos.
  • Los sacerdotes renuevan sus promesas en la Misa Crismal.
  • Entrevista con Javier Menéndez Ros, director nacional de AIN.

Para leerla, entrar aquí.

Cristo ha resucitado verdaderamente, por nosotros

Queridos diocesanos:

En el Triduo Pascual hemos celebrado la pasión, muerte y resurrección del Señor. Las tres son inseparables: el mismo Jesús que padeció y murió, ha resucitado y vive para siempre. Jesús ya no está en el lugar de los muertos. Su cuerpo enterrado el Viernes Santo ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. “El no está aquí: Ha resucitado”, les dice el ángel. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz. Leer más

Las parroquias explicarán la doctrina sobre sepultura y cremación

Los párrocos han recibido un guión para realizar una catequesis sobre la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe Ad resurgendum cum Christo, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, difundida hace unas semanas.

El Vicario General, D. Yago Gallo, argumenta en un correo dirigido a los sacerdotes que este documento brinda una estupenda oportunidad para reunir a los consejos, grupos parroquiales, etc., y darles una catequesis sobre lo que la fe nos dice acerca de la muerte y de la resurrección. Leer más

La fe en Cristo resucitado

Queridos Diocesanos:

En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. Cristo ya no está en el lugar de los muertos. Su cuerpo enterrado el Viernes Santo ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. “El no está aquí: Ha resucitado”, les dice el ángel. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

¡Cristo vive! Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado. Ha triunfado sobre el pecado y la muerte. Jesús no es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. Cristo vive glorioso junto a Dios. Su resurrección no es la vuelta a esta vida para volver a morir, sino el paso a una vida gloriosa e inmortal.

La resurrección de Cristo es la clave para interpretar toda su vida y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, nuestra fe estaría vacía de contenido. La resurrección de Cristo es tan importante que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la resurrección. Anuncian que Cristo vive, y este es el núcleo de toda su predicación.

La resurrección de Jesús nos revela que Dios no abandona a la humanidad ni su creación. Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios; en una Iglesia más evangélica, más de Dios y más de los pobres, más creyente, más fraterna, más apostólica y más orante. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

Es importante recordarlo en tiempos de pesimismo social y eclesial. Existe hoy en la Iglesia y en la sociedad, una tendencia bastante generalizada a creer que la oscuridad es más espesa que la luz. Que la increencia es más fuerte que la fe. Que la corrupción es más fuerte que la honradez. Que la mentira es más poderosa que la verdad. Que la esclavitud es más fuerte que la libertad. Que el egoísmo es más potente que el amor. Que la tristeza es más persistente que la alegría. Que la muerte es más definitiva que la vida. Que el pecado es más vigoroso que la gracia.

Pues bien: sucumbir a esta tendencia equivale, en la práctica, a negar la resurrección de Jesucristo. Porque creer que Cristo ha resucitado significa que El ha inyectado en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la Iglesia, por mi y por ti. Dios ha dicho si al hombre nuevo y a la humanidad nueva al resucitar a Jesucristo. Él no ha resucitado en vano por mí.

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad y la Iglesia, pese al pecado y todo lo negativo que podamos encontrar. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios, y la resurrección prevalezcan sobre el mal, el pecado y la muerte. La pregunta capital es esta: ¿creemos esto?, ¿nos lo creemos de verdad?.

Os deseo a todos una feliz Pascua de Resurrección

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón