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Semana Santa de dolor y esperanza

Queridos diocesanos

Con corazón dolorido y apenado por la pandemia del coronavirus nos disponemos a celebrar la Semana Santa. Este año, su celebración va a ser muy especial por la situación que sufrimos de tanto dolor y sufrimiento, de oscuridad e incertidumbre, y por el necesario confinamiento en nuestras casas. Llevamos días de aislamiento, de silencio y de soledad; días de desierto y de auténtica penitencia, pero también días propicios para la escucha de la Palabra de Dios y la oración intensa por los fallecidos y sus familiares, por los contagiados y los sanitarios, por nuestros gobernantes y por cuantos están en la brecha para que no nos falte lo necesario. Están siendo días de experiencia de caridad en la atención a los contagiados, a los más vulnerables, a los ancianos y a los niños en sus casas, y en el ejercicio de nuestra responsabilidad para evitar los contagios.

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“¡Dejaos reconciliar con Dios!”

Queridos diocesanos:

En Cuaresma resuenan las palabras de San Pablo: “¡Dejaos reconciliar con Dios!” (2 Cor 5, 20). La reconciliación es un don de Dios. Para comprenderlo es necesario admitir la realidad del mal moral y del pecado en nosotros y en nuestro mundo; y es preciso dejar que el Espíritu Santo suscite en nosotros el deseo de conversión de corazón a Dios y al hermano.

No se puede negar que existe el mal moral en nosotros y entre nosotros; valga con citar la codicia y la corrupción, la envidia y la mentida, el odio y el rencor, las relaciones rotas por la traición, el uso y abuso de las personas para satisfacción y provecho propio, la explotación de personas, la indiferencia  ante el necesitado o el descarte de muchos. Existe la división en nuestro corazón, entre los hombres y los grupos humanos, entre el hombre y la naturaleza, y entre el ser humano y su Creador. Se pueden aducir causas de tipo social o estructural, pero la raíz se halla en lo más íntimo del ser humano, en la herida del pecado original. Sin embargo ha disminuido el reconocimiento de la pecaminosidad individual  y de la responsabilidad personal, el sentido de culpa y el sentido mismo de pecado. Parece como si ya no hubiera pecado; a lo sumo, errores. Se ha debilitado también la relación con Dios, que disminuye la necesidad de dejarse reconciliar por Dios. Se relativiza el valor absoluto de las normas morales y las categorías de bien o mal. Poco a poco se va perdiendo el sentido de Dios y del pecado como ofensa contra Dios, que es el verdadero sentido del pecado.

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La cuaresma, tiempo de gracia de Dios

Queridos diocesanos:

Con el rito de la imposición de la ceniza iniciamos el próximo miércoles el tiempo de la Cuaresma. Es éste un tiempo de gracia y de salvación. “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la Salvación” (2 Cor 6,2). El Señor nos concede un tiempo propicio para prepararnos con corazón renovado a la celebración gozosa de la Pascua del Señor. El misterio de la muerte y resurrección del Jesús es el fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. La Pascua no es un acontecimiento del pasado sino que permanece siempre actual por la fuerza del Espíritu Santo.

La Cuaresma nos ofrece a los bautizados la oportunidad de renovar nuestro bautismo, por el que fuimos insertados en el misterio pascual. Es un tiempo para renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana, recibidas en nuestro bautismo; un tiempo de gracia para avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, por la oración, el ayuno y las obras de caridad; un tiempo para avivar y fortalecer nuestra fidelidad en el seguimiento de Jesús en el seno de su comunidad y nuestra coherencia de vida con el Evangelio.

La Palabra de Dios nos exhorta a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida renovada, es decir convertida a Dios y reconciliada con Él y con los hermanos. “Convertíos a mí de todo corazón” (Joel 2, 12). Convertirse es volver el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para ello hemos de escuchar de nuevo, contemplar con silencio interior y acoger con fe confiada la Buena Noticia de la muerte y resurrección del Señor, es decir el kerigma. Dios nos ama y nos ha mostrado su amor personal e inmenso en Cristo muerto y resucitado; Dios, que se hizo hombre, se entregó hasta la muerte por amor a cada uno de nosotros; Dios está vivo y nos ofrece su salvación, su vida y su amistad (EG 128). Él, que nos ha pensado y amado desde siempre, nos indica el camino para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra plenitud y nuestra salvación. Con amor nos sugiere e indica como a sus hijos y amigos lo que hemos de hacer y evitar para llegar a la vida. Él nos quiere llevar a la comunión de vida consigo. Quien escucha su voz entrará en la tierra prometida, en el gozo del Paraíso.

Dios no deja de hablarnos; no cesa de salir a nuestro encuentro. Ya en lo más íntimo de cada persona, en nuestra conciencia, resuena su voz. Cuando Dios nos habla al corazón, hemos de escuchar su Palabra, acogerla y adherirnos plenamente a ella, dejarnos guiar por Él como llevados de la mano. Dios no quita nada, Dios nos da todo, Dios se nos da a sí mismo en su Hijo, Jesús. Nos podemos fiar de Dios al igual que un niño se abandona en los brazos de su madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona que se deja guiar por el Espíritu Santo.

Por la dureza de nuestro corazón, puede que nos resistamos a Dios, que nos cerremos a su voz y a su amor. Con frecuencia nuestro corazón está contaminado: son las inclinaciones desordenadas que nos conducen al pecado, a dar la espalda al Señor a construir nuestra vida al margen o en contra de Él; a veces seguimos la mentalidad de un mundo que se opone al proyecto de Dios o la tentación del Maligno que pretende apartarnos de Dios. Es fácil también confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz de Dios en nosotros; es fácil caer en la arbitrariedad y en la subjetividad, apartándose de la verdad de la Palabra de Dios que nos llega a través de la Iglesia.

Por ello el apóstol Pablo nos dice: “En nombre de Cristo os pido que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20).  Es saludable contemplar de nuevo y a fondo el Misterio pascual,  por el que hemos recibido la misericordia de Dios. Sólo en un cara a cara con Jesús, el Señor resucitado, que me amo y se entregó por mí, es posible experimentar su misericordia. Cuanto más lo contemplemos, más llegaremos a reconocer nuestro alejamiento de la amistad de Dios y la presencia de mal en nuestra vida. El Señor sigue con los brazos abiertos en la cruz y nos ofrece su amor, para reconciliarnos con Dios y con los hermanos. Dejémonos abrazar y salvar por Él. Creamos de verdad en su misericordia y confesemos nuestros pecados en el sacramento de la confesión. Contemplemos su sangre de derramada por amor hacia cada uno de nosotros y dejémonos purificar de nuestros pecados.

En esta Cuaresma y en medio de tanto ruido hagamos silencio en nuestro interior y escuchemos la voz de Dios, que es sutil, sabia y amorosa. Dios nos ofrece un año más un tiempo favorable, un tiempo de gracia y de salvación.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

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Acompañar en el duelo

Queridos diocesanos:

Terminada la semana, dedicada de modo especial a los enfermos y a la pastoral de la salud, deseo referirme hoy a la pastoral del duelo; es decir al acompañamiento pastoral de las personas que han perdido a un ser querido. Quien ha pasado o está pasando por esta situación, sabe que es una de las experiencias más duras y difíciles de la vida. Cuando perdemos a un ser querido, algo se nos rompe por dentro; su muerte siempre supone una ruptura con el consiguiente desgarro interior.

A veces se intenta superar el dolor por la muerte de un ser querido dejando pasar el tiempo “que todo lo cura”, sufriéndolo en silencio y en soledad. Otras veces se intenta  negar lo ocurrido, evitar los recuerdos o vivir como si nada hubiera pasado. Y otras quizás suponiendo que no hay más salida que el lamento y el desahogo. Pero el tiempo del duelo ofrece la oportunidad para entrar en un proceso de sanación; para ello es necesario dar expresión y cauce sano a los sentimientos, serenar el sufrimiento aceptando la realidad de la muerte, abriéndose al futuro con esperanza, amando con un nuevo lenguaje de amor a la persona a quien echamos en falta.

 

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El cuidado de la casa común

Queridos diocesanos:

La organización católica ‘Manos Unidas’ celebra estos días su campaña anual en la lucha contra el hambre en el mundo y por el desarrollo de los pueblos más pobres. “Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú”. Así reza el lema de este año que quiere mostrar la íntima relación que existe entre el hambre y la pobreza, y el deterioro del planeta. En efecto: los pueblos más pobres son también los más afectados por la crisis medioambiental. Manos Unidas se hace eco de esta situación y nos cuestiona nuestros modos de vida y de consumo insolidarios e insostenibles; y quiere contribuir a la defensa de los derechos humanos, especialmente de las personas más vulnerables del planeta, trabajando por el derecho a una vida digna, que incluye el indispensable derecho a la alimentación en un medioambiente adecuado.

  1. Nueva campaña de Manos Unidas

2. El cuidado de la casa común

3. Consecuencias del egoísmo y la codicia

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