Sin acritud y con verdad

El Arzobispo de Valencia, D. Antonio Cañizares y los Obispos de Segorbe-Castellón, D. Casimiro López Llorente y de Orihuela-Alicante, D. Jesús Murgui Soriano han remitido una carta al Secretario Autonómico de Educación de la GVA, D. Miguel Soler, en respuesta a las declaraciones realizadas sobre la Ley de Reforma Educativa y lo hacen “sin acritud y para salir en defensa de la verdad y las exigencias y derechos de los ciudadanos, que son diocesanos, de esta Iglesia de la que somos y nos sentimos responsables como Obispos”.

Consulta la CARTA aquí

En consideración de los prelados, el Secretario Autonómico tiene la obligación de defender a su Gobierno y las leyes que éste promueva, pero lo debe hacer “con justicia y verdad, sin falsear y manipular datos y sin ofender muy seria y gravemente a los ciudadanos”. En este sentido aseguran sentir “indignación ante las ofensas que se derivan de las declaraciones realizadas, no solo hacia los alumnos que cursan enseñanza religiosa, sino también hacia los profesores de Religión Católica, a los padres de los alumnos, a la propia asignatura, a la religión misma, a la Iglesia Católica y a las confesiones religiosas”.

Del mismo modo, cuestionan los matices que utilizó el Secretario Autonómico al referirse al valor académico de la asignatura de Religión sin aportar ni un solo dato y dar por hecho realidades que son cuestionables no solo por la ausencia de datos, sino porque además de menospreciar e infravalorar la asignatura, con sus declaraciones cuestiona la libre elección del alumnado y juzga sus capacidades cuando afirma: “los alumnos lo tienen claro. Si les va a subir la nota, muchos de ellos sacan un nueve o un diez, y parece ser que no se requieren muchos esfuerzos para sacar un sobresaliente”, asegurando además que “en la asignatura de Religión no se requiere mucho esfuerzo para obtener la nota de sobresaliente”. A este respecto, el Arzobispo y los Obispos de Segorbe-Castellón, y de Orihuela-Alicante aseguran que el Secretario Autonómico ha difamado al afirmar que “los cambios (en la ley) son para intentar evitar esta situación, en la que realmente se está utilizando la Religión para poder subir la nota de Bachillerato y de esa manera tener ventaja sobre otros alumnos que no la cursan” y que se trata de una acusación pública grave que tendría que justificar el propio cargo autonómico.

En la carta, nuestros Obispos, se cuestionan que estas afirmaciones procedan de quien en la actualidad ostenta el cargo de Secretario Autonómico de Educación, que es quien debe velar por la educación, por el desarrollo integral de la persona y del bien común y social, y aseguran que “la mentira, el falseamiento o manejo de datos y la manipulación, no son buenos consejeros para velar y promover la verdad de la educación, sobre todo, en una situación de emergencia educativa como la que estamos”. Estas afirmaciones, dicen los Obispos, “no generan la concordia que tanto necesitamos” y más bien “dividen y enfrentan, se salen del espíritu constitucional, tienen una clara y palmaria carga ideológica y un populismo que descubre otros fondos”.

Por todo ello, piden al Secretario Autonómico de Educación que no menosprecie la enseñanza de la Religión frente a lo que llama “otras enseñanzas básicas y fundamentales para el futuro universitario” y le recomiendan, limitarse a cumplir la Ley vigente que se deriva del cumplimiento del Acuerdo entre la Santa Sede y el Estado Español de 3 de enero de 1979, donde se establece que la enseñanza de la Religión y Moral católica en la escuela se incluirá en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales. Por tanto, aseguran en su carta los prelados, “es una disciplina fundamental y esas condiciones han de ser equiparables”.

Respecto a la enseñanza concertada, piden que se cumpla la Constitución y que revise la jurisprudencia del Tribunal Constitucional pues, “el tipo de libertad de enseñanza, libertad de educar a los hijos conforme a las convicciones religiosas y morales (libertad de elección de centro), la libertad de creación de centros docentes y la ayuda de los poderes públicos a los centros docentes que reúnan los requisitos que la ley establece, es lo que asegura esta libertad de enseñanza reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en los tratados Internacionales sobre educación”.

Los Obispos afirman con total rotundidad que “en todos los colegios diocesanos, el compromiso por los más desfavorecidos es incuestionable, siendo, algunos de ellos ejemplo vivo para todos los colegios, por supuesto, también los estatales”. Y piden al Secretario Autonómico de Educación que escuche a las familias implicadas con respecto a la Educación Especial, a la programación general de la enseñanza y a la lengua vehicular en la misma; que se ajuste a lo establecido en el artículo 27.5 de la Constitución, que dice que los poderes públicos han de garantizar el derecho de todos a la educación, mediante una programación general de la enseñanza.

Finalmente consideran que la educación integral de la persona “ha de contribuir a hacer hombres conscientes, libres, críticos y creadores, abiertos a la trascendencia, a Dios, a la razón y a la Fe” y le recomiendan que “colaboremos todos a hacer una Ley diferente a esta, mejor y justa, como debe ser toda ley, que nos haga desarrollar entre todos –no unos contra otros- una educación integral para el bien de las personas y el bien común y abrir caminos de futuro y de esperanza”.

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Adviento: tiempo para la esperanza

Queridos Diocesanos:

Este domingo comienza el Adviento. En este tiempo, la liturgia nos asegura que Dios “viene”. Adviento no sólo mira al pasado, recordando la primera venida de Dios en la historia que celebramos en la Navidad; y no sólo mira al futuro, cuando Jesús venga como Juez al final de la historia. Adviento nos recuerda ante todo que Dios “viene”. Ya al comienzo de este tiempo rezamos: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, Dios viene, nuestro Salvador”. Se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que se realiza siempre: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento Dios viene: Cristo vive porque ha resucitado, Jesús es el Enmanuel, Dios-con-nosotros.

En Jesús, Dios mismo viene a estar y quedarse con nosotros en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con Dios y entre nosotros; viene a salvar y sanar. Viene a la historia de la humanidad, llama a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz.

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Estatutos del Colegio de Consultores de Segorbe-Castellón

 

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTOLICA,

OBISPO DE SEGORBE CASTELLÓN

  

El Colegio de Consultores nace como institución canónica con el nuevo Código de Derecho Canónico de 1983. Se trata de un organismo diocesano colegial, consultivo o deliberativo según los casos, estable y obligatorio en todas las Diócesis de la Iglesia Católica latina, formado por sacerdotes, que colabora en el gobierno de la Diócesis, en sede plena con el Obispo diocesano y en sede impedida o vacante con quien provisionalmente ocupa el lugar del Obispo.

Este Colegio existe en nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón desde el 31 de diciembre de 1984, fecha en que nuestro predecesor, Mons. José María Cases Deordal, lo constituyó por primera vez “con las competencias y funciones que le asigna el canon 502” del Código de Derechos Canónico (BO Obispado de Segorbe-Castellón, 1985, p. 7). Si bien en una ponencia en sesión del Consejo Presbiteral, previa a la fecha citada, fue presentado el Colegio de Consultores según el Código de Derecho Canónico (naturaleza, composición, duración y facultades, etc. cf. ibídem p. 36) no existen unos Estatutos del mismo. Transcurrido este tiempo se hace necesario dotar al Colegio de unos Estatutos que ordenen sistemáticamente las normas del Código sobre el mismo, que se hallan dispersas en diversos cánones, algunos de los cuales han sido además interpretados auténticamente por el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos.

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Decreto de modificación de la composición del Consejo Diocesano de Pastoral

CASIMIRO LÓPEZ LLORENTE,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA,

OBISPO DE SEGORBE-CASTELLÓN

 

Con fecha 22 de marzo de 2010 aprobamos y promulgamos los Estatutos revisados del Consejo Diocesano de Pastoral, la “forma institucional que expresa la participación de todos los fieles, de cualquier estado canónico, en la misión de la Iglesia” (Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos “Apostolorum sucesores” de 22 de febrero de 2004, de la Congregación para los Obispos n. 184).

Vista la experiencia del funcionamiento de este Consejo en estos diez últimos años y la realidad actual de nuestra Iglesia diocesana, hemos considerado oportuno modificar la composición del mismo, establecida en el artículo 5 de dichos Estatutos, con el deseo de favorecer una mejor representación de todos los fieles en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana.

Habiendo consultado al Consejo Episcopal, al Consejo Presbiteral Diocesano y al Consejo Diocesano de Pastoral, en virtud de lo establecido en el derecho universal de la Iglesia y de la facultad que él mismo me confiere (cf. cc. 511-514 CIC), por el presente decreto,

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Contigo, somos una gran familia

Queridos diocesanos:

Este domingo celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Es una ocasión muy apropiada para conocer algo más a nuestra Iglesia diocesana, para sentirla y amarla como propia, y así implicarse más, si cabe, es nuestra propia gran familia.

Nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón es antes de nada la comunidad, que formamos todos los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano. Está presidida por el Obispo quien, como sucesor de los apóstoles y con la cooperación de los sacerdotes, la pastorea en nombre de Jesús, el Buen Pastor; nuestra Iglesia diocesana anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para todos. Está integrada por 146 comunidades parroquiales y por otras comunidades eclesiales, que son como células o miembros de un cuerpo mayor: la Iglesia diocesana; una gran familia de familias. Todas ellas serán células vivas y evangelizadoras, verdaderas comunidades eclesiales, si están unidas con la Iglesia diocesana en su vida y misión.

Como nos enseña el Concilio Vaticano II, en la Iglesia diocesana – unida a la Iglesia universal- vive y actúa la Iglesia de Cristo. Sólo unidas a la Iglesia diocesana, las parroquias y otras comunidades serán de verdad comunidades eclesiales donde se anuncie, celebre y viva la comunión de Dios en la comunión fraterna, siendo así signo y sacramento de unidad con Dios y entre los hombres.

Nuestra Iglesia diocesana no es algo ajeno a cada uno de los que la formamos; es nuestra Iglesia, es la gran familia de los creyentes, es nuestra propia gran familia. Nuestra Diócesis es un don del amor gratuito de Dios para todos y cada uno de nosotros. Es querida por Jesucristo y está alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor y de su obra salvadora, sanadora y liberadora entre nosotros y para todos. El mismo Jesús nos ha encomendado la hermosa misión de anunciar el Evangelio, de celebrar los sacramentos, de vivir la caridad y la misericordia de Dios para que su Vida y Salvación lleguen a todos. Hemos de saber acogerla con gratitud y amarla de corazón.

Muchos cristianos se han alejado de la fe y de la Iglesia. Otros muchos acuden a la Iglesia sólo cuando la necesitan; satisfecha la necesidad, la olvidan y viven al margen de ella, de su vida y de su misión, y de sus necesidades personales y materiales. Con frecuencia no valoramos debidamente tantos bienes recibidos a través de ella, como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, la vida nueva del Bautismo, la Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe de niños, adolescentes, jóvenes y adultos, el acompañamiento de matrimonios y familias, la atención a mayores y enfermos, la ayuda  a los necesitados, el compromiso con nuestra tierra y la esperanza en la vida eterna. En estos tiempos de pandemia hemos podido observar la implicación de nuestras cáritas, la entrega de sacerdotes y capellanes de hospitales, de catequistas, de voluntarios y de un largo etcétera, para seguir sirviendo a los enfermos y sus familias, a los necesitados, a los mayores o a los niños en su formación cristiana.

A los católicos nos urge redescubrir y vivir nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la comunidad de los creyentes. Amar, sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si cada uno no vive la fe y la vida nueva recibidas en el bautismo; y esto siempre, en el seno de la comunidad parroquial unida a la gran familia de la Iglesia diocesana. Un cristiano solo no existe, decía S. Agustín; somos cristianos junto con el resto de los cristianos, como miembros de una gran familia: la gran familia de los hijos de Dios.

Amemos a nuestra Iglesia diocesana, valoremos y agradezcamos los bienes que recibimos de ella. Cada uno la necesitamos si queremos vivir nuestra condición de bautizados, máxime en tiempos de pandemia, de crisis económica y social, de desesperanza e incertidumbre. Como en nuestra propia familia, la vida y la misión de nuestra Iglesia piden nuestro compromiso. La prueba del grado de nuestro amor a nuestra Iglesia será nuestro compromiso en la vivencia de la fe y vida cristianas, y en la cooperación en sus tareas.

Para llevar a cabo su misión, nuestra Iglesia diocesana tiene muchas necesidades materiales que atender y que cubrir. Esto no es posible sin la generosa colaboración económica de todos sus miembros. Hemos de crecer en la comunicación de bienes, de las personas y de las comunidades. Seamos generosos. Muchas gracias a todos.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Los santos: amigos de Dios

Queridos diocesanos:

En unos días celebramos la fiesta de Todos los Santos. En este día recordamos a esa muchedumbre innumerable de hombres y mujeres de todo tiempo y nación, de edad, estado y condición –laicos, matrimonios, religiosos y consagrados a Dios y pastores- que han alcanzado la santidad como regalo y gracia de Dios. Ellos acogieron con humildad y generosidad el don del amor y de la vida de Dios en su vida terrena. De la gran mayoría no conocemos su nombre, porque no han sido canonizados por la Iglesia; es decir, no han sido reconocidos como santos ni propuestos a todos los fieles como ejemplos de santidad y de vida cristiana. Pero por la fe sabemos que gozan ya para siempre del amor y la gloria de Dios.

A todos los une haber encarnado en su existencia terrenal las bienaventuranzas con la ayuda y el impulso del Espíritu Santo: fueron pobres en espíritu, hambrientos y sedientos de justicia, humildes, misericordiosos y limpios de corazón, trabajadores por la paz y, muchos de ellos, insultados y perseguidos a causa del nombre de Jesús. Son una multitud de hombres y mujeres, también personas de la ‘puerta de al lado’ (papa Francisco), que han llegado a la casa del Padre siguiendo a Cristo por el camino de las bienaventuranzas. Todos ellos viven ya con Dios, gozando de Él e intercediendo por nosotros.

Como nos recuerda san Bernardo, el significado principal de esta solemnidad es que la contemplación del ejemplo de los santos suscite en nosotros el gran deseo de ser como ellos: es decir, el deseo de vivir en esta vida como hijos y amigos de Dios para ser contados para siempre en la gran familia de sus hijos. Ser santo significa, en efecto, vivir unido a Dios como amigo suyo y miembro de su familia en esta vida para vivir así para siempre en el cielo.

Todos estamos invitados y llamados a la santidad. Dios nos crea por amor para la vida, para la presente y para la futura: Dios quiere que todos tengamos parte de su misma vida y de su amistad para siempre. Pero, ¿cómo podemos llegar para ser santos, para ser amigos de Dios? Para ser santos no es preciso realizar obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. La santidad es antes de nada don de la gracia de Dios, que viene a nuestro encuentro. Para ser santo es necesario, ante todo, acoger y vivir la vida nueva que Dios nos ofrece y da en el bautismo; el camino para ello es conocer, escuchar y creer en su Hijo, Jesús, dejarse encontrar personalmente por Él, adherirse a Él y a su Palabra de corazón, dejarse transformar por la Palabra y la gracia de Dios, alimentar la nueva vida bautismal en los sacramentos y seguir a Cristo día a día sin desalentarse ante las dificultades.

Quien confía en Jesús y se fía de Él, hace de Cristo el centro y fundamento de su vida, lo ama de verdad y se entrega a Dios viviendo en el camino de la Vida, que Jesús nos propone. Quien quiere se santo, sabe que ha de ir muriendo a sí mismo, porque el que quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien la entrega a Dios y a los demás, encuentra la Vida (cf. Jn 12, 24-25). Es el camino de la Cruz, el camino de la ofrenda de sí mismo por amor entregado a Dios y al hermano.

La llamada e invitación a la amistad y la unión con Dios en Cristo, es siempre actual y también es válida para los bautizados de hoy. Esto pide tomarse en serio nuestra condición de bautizados, de hijos e hijas de Dios, de discípulos del Señor y de miembros de la Iglesia; y esto no de modo superficial, puntual o limitado a unos actos, tiempos o circunstancias; abarca a toda la persona y toda la vida.

El camino hacia la santidad tiene sus exigencias y pide un esfuerzo constante, pero es posible para todos: porque, más que obra del hombre, la santidad es ante todo don de Dios. Es Dios quien nos ha amado primero y nos ha hecho sus hijos adoptivos en su Hijo, Jesús; su amor habita en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. El amor de Dios, que nos precede siempre, espera nuestra repuesta libre, que es posible con el auxilio de gracia. ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? Cuanto más acogemos el amor de Dios, tanto más entramos en el misterio de su vida y amistad.

Descubrir que somos amados por Dios de modo gratuito y personal, nos ha de impulsar a amarle y a amar también a nuestros hermanos. Amar con un amor verdadero a Dios y al prójimo, buscando siempre el bien del otro: este es el camino el camino de la santidad, de la dicha y de la felicidad eterna.

Con mi afecto y bendición

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Jornada Sacerdotal

S.I. Concatedral de Santa María – Castellón de la Plana, 19 de octubre de 2020

 (1 Cor 4,1-5; Sal 88; Jn 21,15-17)

 

Amados hermanos en el Señor!

  1. El confinamiento a causa de la pandemia del Covid-19 nos impidió celebrar juntos la Misa Crismal, renovar nuestras promesas sacerdotales y orar por nuestros hermanos sacerdotes, fallecidos en el último año. Tampoco pudimos celebrar la Fiesta de nuestro Patrono, San Juan de Ávila, y homenajear en ese día a los hermanos en sus respectivos aniversarios de ordenación. Lo recuperamos hoy en esta Jornada sacerdotal, con la que iniciamos el segundo momento de nuestra reflexión sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes. Después de haber reflexionado juntos sobre la dimensión humana, en este curso iniciamos la reflexión sobre la espiritual. Sin duda que es un tiempo de gracia para cada uno de nosotros y para nuestro presbiterio diocesano, en el cual Dios, nuestro Padre, nos ayudará a vivir una mayor intimidad con Él para crecer en el don y tarea que nos ha encomendado.

En mi carta convocatoria para esta Jornada os recordaba las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”. También nosotros, sacerdotes, como nos recordó el Papa Francisco en su primera Misa Crismal, “somos ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón […]. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y las angustias de la gente; ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega”.

Pero para poder ungir al pueblo que busca a Dios, necesitamos nosotros poder experimentar antes cómo Dios nos sigue ‘ungiendo’, nos sigue amando. En nuestro ejercicio ministerial descubrimos que, para ser buenos pastores del Pueblo de Dios, necesitamos una profunda relación de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Para poder ungir a nuestro pueblo con el perfume del amor de Dios, necesitamos cultivar una profunda relación de amor y amistad con Cristo Jesús, el Buen Pastor. Sólo desde nuestro amor a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que Él nos encomienda. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

  1. Nuestra vocación y nuestro ministerio sacerdotal tienen su fuente permanente en el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros: y Jesús espera de nosotros una respuesta de amor a Él y, en El, a quienes nos han sido confiados. En el evangelio hemos recordado el diálogo del Señor resucitado con Pedro, antes de encomendarle a su grey: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Este es el núcleo y la fuente de nuestra espiritualidad sacerdotal: un amor sin fisuras al Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote

“¿Me amas?”, pregunta Jesús a Pedro, y nos pregunta a cada uno de nosotros. Es el Señor quien toma la iniciativa, elige y llama a sus discípulos “para que estén con él” (Mc 3,14); el Señor nos hace sus amigos, amándonos con el amor que recibe del Padre (cf. Jn 15,9-15). Amar a Jesucristo es una correspondencia a su amor. Mal puede amar quien no conoce al Amado, quien no intima con él, quien no se deja conformar su mente y su corazón por él. Es en la intimidad con Jesucristo en la oración personal y reposada, en la Eucaristía y en la adoración donde se aviva en nosotros la necesidad interior de ungir a nuestro pueblo predicando a Jesucristo, hasta poder decir con San Pablo: “No tengo más remedio y ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9, 16). Instados por tantas demandas y preocupados por tantas cosas, queridos sacerdotes, necesitamos fortalecer nuestra vida de oración y, especialmente, en celebración y adoración de la Eucaristía, para sentir el amor de predilección de Jesús por cada uno de nosotros y para adquirir los mismos sentimientos de Cristo. Ahí encontraremos el secreto para vencer la soledad, el apoyo contra el desaliento, la energía interior que reafirme nuestra fidelidad y nuestra pasión pastoral.

Hoy resuena en todos nosotros la llamada del Señor a intimar con Él, para dejarnos amar por Él y poder seguirle en todo momento con una fidelidad creciente. Para afrontar los momentos recios, que nos toca vivir, necesitamos reavivar el don, que hemos recibido por la imposición de las manos; es preciso que nos dejemos configurar existencialmente con Jesús, el Buen Pastor, para ejercer nuestro ministerio con verdadera y apasionada caridad pastoral. Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan maestros del espíritu y testigos creyentes, verdaderos místicos y mistagogos que hablen de Dios, lleven al encuentro con Jesucristo y anuncien su Evangelio. Nuestras comunidades, nuestros niños, adolescentes y jóvenes, nuestras familias, nuestros sacerdotes jóvenes y seminaristas esperan que nosotros los sacerdotes seamos referentes claros de Jesucristo y de su Evangelio; en una palabra necesitan pastores santos, hombres de Dios. La urgente renovación interna de nuestra Iglesia, el anuncio del Evangelio y diálogo con el mundo moderno, piden de todos nosotros, sacerdotes, que, empleando los medios recomendados por la Iglesia, nos esforcemos por alcanzar una santidad cada día mayor, que nos haga instrumentos cada vez más aptos al servicio de todo el Pueblo de Dios (cf. PO 12)

  1. Nuestra reflexión sobre la dimensión espiritual de nuestra vida y ministerio sacerdotal es un verdadero tiempo de gracia de Dios para valorar la gratuidad y la belleza del don que hemos recibido en nuestra ordenación sacerdotal; es una inigualable oportunidad para que nos dejemos renovar en nuestro interior para poder así vivir con gozo, esperanza y fidelidad creciente nuestra identidad y nuestro ministerio. Dios mismo nos invita al examen y a la reflexión desde la escucha de su Palabra, hecha oración.

El Señor nos invita a entrar en un proceso de reflexión sobre el don que hemos recibido por puro amor suyo hacia cada uno de nosotros. “No me habéis elegido vosotros a mi –nos dice Jesús-, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16). Y no sólo hemos recibido una vocación ‘al’ sacerdocio, sino ‘en’ el sacerdocio”. Como en el caso del apóstol Pedro, llamado a seguir a Jesús después de haberle confiado su grey, -“Dicho esto, añadió: ‘Sígueme’ (Jn 21, 17-19)- hay un ‘sígueme’ que acompaña toda nuestra vida y misión hasta la muerte (cf. PDV 70)

La tentación de la autosuficiencia nos puede llevar a construirnos nuestro propio reino de espaldas a Cristo, a nuestra Iglesia y a lo que somos: somos prolongación visible y signo sacramental de Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo. Hemos de dejarnos encontrar constantemente por el amor de Dios en Cristo para cambiar hasta que nuestra persona se identifique con el don que hemos recibido, contando siempre con el apoyo de la gracia y la misericordia de Dios.

  1. En este camino de conversión se nos pide vivir la fidelidad evangélica a Jesucristo. La actitud básica a purificar o acrecentar para que se avive en nosotros el don de nuestra configuración con Cristo es la fidelidad. “Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien: lo que se exige a los administradores es que sean fieles” (1 Co 4, 1-2). La fidelidad reclama no sólo perdurar o conservar, sino mantener el espíritu fino y atento para crecer en fidelidad. La fidelidad al ministerio, siempre delicada, se ha tornado más problemática en nuestros días, y, sobre todo, hacerlo con frescura y finura.

Nuestra fidelidad al ministerio recibido pide que no caigamos en la tentación de la mundanidad. Pero también pide que no caigamos en la rutina, que mata toda clase de amor, o en la mediocridad o en la tibieza de la oración escasa y desalentada, del trabajo pastoral realizado sin ardor, en las concesiones en materia de celibato, en la falta de alegría interior o en el aislamiento.

El Señor espera de nosotros una fidelidad evangélica. Hoy quiero dar gracias a Dios por tantos y tantos sacerdotes que la viven. El Espíritu Santo extrae siempre nuevas y crecientes respuestas de fidelidad. Cierto que no serán impecables, tendrán sus defectos y debilidades, pero quieren empezar cada día. Están totalmente identificados con el don recibido y con su ministerio. En pastoral, desean aprender y actualizarse. En teología, quieren renovarse. Oran intensa y largamente. Buscan días de retiro. Tratan a los feligreses con respeto, con cercanía y cariño, conscientes de que es el Señor quien, a través de ellos, se encuentra con la gente. Viven en total entrega a su ministerio y en comunión fraterna con los sacerdotes y en comunión con su Obispo. No han perdido su ‘juventud apostólica’. Su fidelidad es modesta, realista y agradecida.

No olvidemos que Dios es siempre fiel con aquellos a quienes ha llamado. Hemos sido llamados, consagrados y enviados en la ordenación por una Palabra que no se arrepiente. La fidelidad que debemos a Jesucristo tiene su modelo máximo en la fidelidad de Jesús al Padre. Identificarnos con el Señor equivale a impregnarnos, por la acción del Espíritu, de sus actitudes básicas, entre las cuales ocupa lugar relevante la obediencia fiel a Dios. La fidelidad que le ofrecemos al Señor, antes que respuesta nuestra a Dios, es fruto de la fidelidad de Dios a nosotros. No es tanto fruto de nuestra perseverancia como regalo de la gracia (S. Agustín). Cuando hablamos de fidelidad hablamos, ante todo, de amor. Nuestra fidelidad no es fruto de nuestro empeño, de nuestra coherencia o de nuestra lealtad. Tenemos que implorar la fidelidad.

  1. La situación de nuestra Iglesia en el presente puede llevarnos al abatimiento. Pero la podemos vivir como ocasión y punto de partida de una renovación de nuestro ministerio. Nada justifica nuestra desesperanza. Los tiempos actuales no son menos favorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. Esta fase de nuestra historia es para nosotros, pese a todo, un tiempo de gracia y de conversión.

Confiemos en la presencia del Espíritu en el mundo y en la Iglesia. Con frecuencia  parecemos olvidar que el Protagonista de la salvación y el Guía de la Iglesia es el Espíritu Santo que está activamente presente entre los hilos de la historia y los entresijos de la Iglesia. Reconocer al Espíritu, descubrir los signos de su presencia y colaborar con Él con docilidad, fidelidad y humildad es mucho más saludable que agobiarnos y responsabilizarnos en exceso.

  1. En este día felicito de todo corazón a nuestros hermanos Miguel Llopis Almiñana, Joaquín Zarzoso Badenas y Manuel Pérez Pérez en sus bodas de oro sacerdotales; y a Josep Miquel Francés Camús y José García Fernández en sus bodas de plata. ¡Qué sigáis manifestando al mundo la alegría de vuestra entrega y fidelidad al Señor y al ministerio recibido! ¡Que la seducción del amor de Cristo siga tan viva como el primer día! Felicito también a los neopresbíteros diocesanos César Igual, Ion Solozábal y Jesús Chávez, así como a Miguel Ocaña González, de la Prelatura del Opus Dei.

Encomendemos en nuestra oración a nuestros hermanos sacerdotes fallecidos desde nuestra última Misa Crismal, Ricardo García Cerdán, Baltasar Gallén Olaria, José Blasco Aguilar y Roque Herrero Marzo. ¡Que el Señor les conceda el gozo eterno!

  1. Queridos sacerdotes: Vamos a renovar a continuación las promesas sacerdotales, ya que no lo pudimos hacer en la Misa Crismal. Hagámoslo con el frescor y la alegría del primer día y con la viva emoción del don recibido de Cristo sin mérito alguno por nuestra parte. ¡Avivemos nuestra gratitud por la inmensa riqueza del don de nuestro sacerdocio! ¡Renovemos nuestro compromiso de amor contraído con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y con los hermanos! ¡Reconozcamos la inigualable novedad del ministerio y misión a la que servimos! Estamos ungidos para ser ministros de la gracia del Espíritu Santo que Cristo, desde la Cruz, ha enviado al mundo para la salvación de todos. Recordemos las palabras de Jesús: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Por eso, la primera pregunta que os haré (y me haré a mí mismo), al renovar hoy las promesas sacerdotales, será: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él…?”. Esta es la clave y el fundamento de nuestro ministerio. Sólo desde nuestra unión con Cristo, cultivada en una oración asidua y sincera y en la Eucaristía, podremos encontrar las energías necesarias y el amor incansable para llevar adelante cada día nuestra misión. Sólo en el trato familiar con Cristo, que nos llama amigos, avivaremos la alegría de dar la vida por los hermanos como hizo Él. Además, la misión de Cristo nos llevará a la unidad entre nosotros. Como la vid y los sarmientos, si todos estamos unidos a Cristo, estaremos unidos unos con otros.

Que María nos acompañe a todos y cuide de nosotros para que sigamos siendo fieles a su Hijo Jesucristo. A Ella os encomiendo especialmente a vosotros los que celebráis vuestro jubileo. Ella sabrá guiaros, día a día, para que seáis uno con el buen Pastor. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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Día de las personas sin hogar

Queridos diocesanos:

Desde hace unos años, el último de domingo de octubre celebramos el día de las personas sin hogar. El lema para la campaña de este año reza: “No tener casa, mata”. En efecto: no tener casa mata los sueños, las oportunidades, la confianza, la salud o los derechos de las personas que no tienen acceso a una vivienda digna.

Se estima que en España hay 40.000 personas sin hogar. Muchas de estas personas están nosotros. No disponemos de datos exactos; pero, sí sabemos que nuestra Cáritas diocesana atendió en 2019 a 778 personas en situación de grave exclusión residencial; si a esto añadimos, las 115 personas, derivadas a los Servicios Sociales, son en total 893 las personas que hemos detectado sin hogar.

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Homilía en la Ordenación Presbiteral de Jesús A. Chávez

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 12 de septiembre de 2020

 (Jer 1,4-9; Sal 22; 1 Pt 5,2-3; Jn 10, 11-16)

 

Muy amados todos en el Señor!

 

  1. El Señor nos ha congregado para tu ordenación presbiteral, querido Jesús Andrés. Hemos acudido con la alegría de sabernos amados, bendecidos y agraciados una vez más por Dios en tu persona. Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón. Hoy damos gracias al Señor, que te ha elegido y llamado al sacerdocio ordenado; Él te ha enriquecido con sus dones a lo largo de tu vida y en los años de Seminario, en que has sabido acoger, discernir y madurar su llamada al sacerdocio. Gracias damos a Dios por tu corazón disponible, generoso y agradecido a su llamada; gracias por tu fe confiada en el Señor, que te ha ayudado a superar dificultades, pruebas, miedos y temores.

 

Saludo con verdadero afecto a tus queridos padres, Jesús Antonio y Miriam Lucía, que pueden finalmente acompañarnos en tu ordenación. Les felicito y doy gracias a Dios por ellos y por tu familia, por tus catequistas y por cuantos te han ayudado a descubrir, acoger y madurar la llamada del Señor. Quiero también expresar mi profunda gratitud y cordial felicitación a cuantos han cuidado de tu vocación y formación –rectores, formadores, profesores, y compañeros- y te han animado a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de ti, para que perseveres en el ministerio sacerdotal y puedas cumplir la misión que el Señor te confía hoy para esta Iglesia de Segorbe-Castellón.

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Jornada por los afectados por la pandemia

Queridos diocesanos:

Como Iglesia diocesana hemos recordado ya de modo especial a todos los fallecidos en nuestra diócesis a causa de la pandemia del Covid-19 con sendos funerales. Fueron celebraciones de oración al Padre Dios por el eterno descanso de los fallecidos y por el consuelo de los familiares, aún doloridos por las circunstancias en que murieron y tuvieron que ser enterrados muchos de sus seres queridos. Durante todo este tiempo toda la Diócesis ha rezado por ellos y lo seguirá haciendo.

Acogiendo ahora la propuesta de la Conferencia Episcopal y unidos a la Iglesia en España, nos disponemos a celebrar la Jornada por los afectados por la pandemia. Lo haremos en todas las parroquias e iglesias el domingo, día 26 de julio, fiesta de san Joaquín y santa Ana, los padres de la Virgen María. Queremos así recordar a todos a los afectados de algún modo por la pandemia, no sólo a los fallecidos. En verdad, todos la hemos sufrido de alguna manera, aunque algunos de modo más dramático.

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