El Obispo firma los Decretos del nuevo Consejo Presbiteral Diocesano

Mons. Casimiro López Llorente ha firmado el 18 de noviembre los decretos de nombramiento y constitución del nuevo Consejo Presbiteral Diocesano y del nombramiento de los sustitutos. El anterior Consejo debía renovarse tras haber transcurrido los cinco años prescriptivos por sus estatutos. Este órgano es obligatorio por el Código de Derecho Canónico (CIC).

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El buen uso de las nuevas tecnologías de la comunicación

Queridos diocesanos

Las nuevas tecnologías de la comunicación, Internet y las redes sociales están transformando los modelos de comunicación y de las relaciones humanas y van haciendo cada vez más pequeño nuestro mundo; desparecen las distancias y nos sentimos más cerca los unos de los otros; nos hacen interdependientes. Estos medios se han convertido en una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones y opiniones, y donde nacen nuevas relaciones y formas de comunidad. Son un verdadero don para la humanidad. Por ello hemos de colaborar para que sus ventajas se pongan al servicio de todos los seres humanos, sobre todo de los más necesitados y vulnerables.

Las nuevas tecnologías son éticamente neutras; ofrecen muchas posibilidades, pero también entrañan peligros. Los nuevos medios tienen un extraordinario potencial: las familias pueden permanecer en contacto aunque sus miembros estén muy lejos unos de otros; los estudiantes e investigadores tienen acceso más fácil e inmediato a documentos, fuentes y descubrimientos científicos; la naturaleza interactiva de los nuevos medios facilita formas más dinámicas de aprendizaje y de comunicación que contribuyen al progreso social. Además pueden favorecer la cercanía real de las personas, el sentido de pertenencia a una única familia, la comprensión, el diálogo, la solidaridad y el compromiso efectivo con los más pobres, excluidos y marginados. Cuando se utilizan bien, estos espacios favorecen el diálogo y el debate, el intercambio de informaciones y de experiencias. Si se usan con respeto de la intimidad, con responsabilidad e interés por la verdad, pueden ayudar en la búsqueda de la verdad y reforzar los lazos de unidad entre las personas y los pueblos.

Sin embargo, también existen peligros y aspectos problemáticos: la velocidad y la abundancia de informaciones dificulta su valoración; la variedad de opiniones puede dejar indefensos ante intereses egoístas, ávidos de dinero y de poder; el anonimato puede ser usado para insultar, difamar o inducir al delito; a veces se usan para la difusión de falsas noticias y para manipular en un sentido interesado; muchas otras provocan el aislamiento frente a los más cercanos y producen dependencias malsanas.

Por todo ello es necesario aprender y enseñar a hacer buen uso de los nuevos medios y a comunicar bien, para conocernos mejor y estar más unidos. Es preciso estar dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros, a resolver las diferencias mediante el diálogo, la comprensión y el respeto. Hemos de apostar por una cultura del encuentro auténtico, en palabras del papa Francisco; esto requiere estar dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros  y ponerse en la piel del otro.

Para favorecer el contacto entre las personas, es decisivo cuidar la calidad del lenguaje y de los contenidos, mediante un compromiso serio por promover una cultura del respeto, del diálogo y de la amistad en la verdad. El primer compromiso debe ser el respeto de la dignidad y el valor de toda persona humana, evitando palabras e imágenes degradantes para el ser humano, las difamaciones y todo lo que alimenta el odio y la intolerancia, lo que envilece la belleza y la intimidad de la sexualidad humana, o lo que explota a los débiles e indefensos o incita al delito. Este compromiso vale tanto para los promotores como para los usuarios de estos medios. No basta con estar conectado y usar las ‘calles’ digitales: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro, que promueva la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación y en la misma. En una palabra, hemos de trabajar para que la comunicación sea rica en humanidad.

Las redes sociales son también un medio para el anuncio del Evangelio. Si la Buena Noticia no se da a conocer también en el ambiente digital podría quedar fuera del ámbito de la experiencia de muchas personas para las que este espacio es importante. El ambiente digital forma parte de la realidad cotidiana de muchos, especialmente de los más jóvenes. Se trata de que el anuncio de la infinita riqueza del Evangelio encuentre formas de expresión que puedan alcanzar las mentes y los corazones de todos, usando no sólo la palabra sino también la imagen y el sonido. Se trata en último término de llegar a quienes queremos invitar a un encuentro con el misterio del amor de Dios.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Jornada Mundial de los pobres

 

Queridos diocesanos:

Hace un año, el 13 de noviembre, el papa Francisco celebraba en la Basílica de San Pedro el Jubileo de la Misericordia dedicado a todas las personas marginadas. De manera espontanea, al finalizar la homilía, manifestó un deseo: “Quisiera que hoy fuera la Jornada de los pobres”. Nacía así la Jornada Mundial de los pobres que, como fruto granado y recuerdo del Año Santo de la Misericordia, celebraremos a partir de ahora todos los años en toda la Iglesia, el domingo previo a la fiesta de Cristo Rey. Este año será el próximo domingo, día 19 de noviembre.

Con esta Jornada, el Santo Padre nos invita a toda la Iglesia, a todos los cristianos y también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a escuchar el grito de ayuda de los pobres. Ellos son los destinatarios preferenciales de las palabras y gestos salvadores de Jesús y deben ser, también hoy, los destinatarios privilegiados de la vocación y misión de nuestra Iglesia.

El lema elegido para esta primera Jornada son las palabras del Apóstol Juan: “No amemos de palabra sino con obras” (1Jn 3,18). Este imperativo de Juan brota del mandamiento nuevo de Jesús: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15,12). Este mandamiento no admite excusas ni excepciones; un mandato que nos pide pasar de las palabras a los hechos concretos, especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Además Jesús nos pide amar como él nos ha amado; hemos de amar al prójimo al estilo de Jesús, que amó tomando la iniciativa y dándolo todo, incluso la propia vida (cf. Jn 3,16). No olvidemos que el amor de Jesús se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16). Antes de nada es preciso abrir el corazón al amor de Dios para acoger y experimentar personalmente el amor, la gracia y la caridad misericordiosa de Dios en Cristo. Es el amor de Dios, el que transforma e inflama nuestro corazón, el que mueve nuestra voluntad y nuestros afectos para amar a Dios mismo y al prójimo como él nos ha amado. “Así, -dice el papa Francisco en su Mensaje para esta Jornada- la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad, puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados”.

Esta Jornada  tiene dos objetivos. En primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionemos ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo nuestra la cultura del encuentro; esta invitación se dirige también a los hombres y mujeres de buena voluntad, para que compartan con los pobres con acciones de solidaridad. El otro objetivo es promover una caridad que nos lleve a seguir a Cristo pobre y a un verdadero encuentro con el pobre que dé lugar al compartir como estilo de vida. La oración, el seguimiento de Cristo y la conversión de corazón de un cristiano encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. “Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía”. Los pobres no son solo destinatarios de obras de buena voluntad; ellos sensibilizan nuestra conciencia y nos llaman al encuentro y a compartir la vida.

El papa Francisco nos pide gestos concretos en esta Jornada a cada uno individualmente, a las comunidades parroquiales, a las familias cristianas y a los movimientos, asociaciones y grupos. Os propongo en concreto y antes de nada reflexionar por grupos sobre el rico Mensaje del Santo Padre para esta Jornada. Algo urgente es también que identifiquemos de forma clara los nuevos rostros de la pobreza en el mundo y especialmente en nuestras parroquias, pueblos y ciudades. Jesús nos dijo, que tendríamos a los pobres siempre entre nosotros. Suena a indiferencia ante los pobres pensar o decir que en nuestras parroquias no hay pobres.

En el domingo de la Jornada o lo largo de la semana preparatoria deberíamos acercarnos a los pobres, que vienen a nuestras Cáritas o parroquias pidiendo ayuda;  podríamos sentarlos a nuestra mesa como invitados de honor (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2): ellos nos podrán ayudar a vivir la fe de manera más coherente. Y el Papa nos pide finalmente que promovamos encuentros con los pobres y les invitemos a ellos y los voluntarios de Cáritas a participar juntos en la Eucaristía de este Domingo.

 

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Contigo somos una gran familia

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia Diocesana, que celebraremos el próximo Domingo, día 12 de noviembre, es una Jornada muy apropiada para conocer nuestra Iglesia diocesana, para sentirla como propia, para amarla como a nuestra madre en la fe y como nuestra propia familia. Sentirla como nuestra propia familia suscitará nuestro compromiso efectivo en su vida y en su misión evangelizadora y en su sostenimiento económico.

Recordemos que nuestra Iglesia diocesana de Segorbe-Castellón no es un territorio, ni un conjunto de servicios pastorales o administrativos, ni lo que a veces de modo distante llamamos ‘el Obispado’. No: nuestra Iglesia diocesana es una gran comunidad, es la gran familia de los creyentes, es la familia de los hijos de Dios en Segorbe-Castellón. La formamos todos los cristianos católicos que vivimos en el territorio diocesano, que abarca más de los dos tercios de la provincia de Castellón. Está presidida en nombre de Jesús, el Buen Pastor, por el Obispo como sucesor de los Apóstoles; el Obispo es el principio y fundamento de su unidad y el vínculo de comunión con la Iglesia universal. Nuestra Iglesia anuncia, celebra y realiza el Evangelio de Jesús, la Salvación de Dios, para todos. Está integrada por las comunidades parroquiales y otras comunidades eclesiales, que son como células de un cuerpo: la Iglesia diocesana; todas ellas serán células vivas y evangelizadoras, si están unidas en la comunión y en la misión de la Iglesia diocesana; sólo así serán comunidades eclesiales donde se anuncie, celebre y viva la comunión de Dios en la comunión fraterna.

A todos los diocesanos nos urge conocer nuestra  Diócesis. No se puede amar, lo que no se conoce. Hay muchos católicos que desconocen o conocen insuficientemente su Diócesis. No sólo son desconocidas su historia, su fisonomía externa, su organización, sus múltiples tareas y sus actividades evangelizadoras, formativas, litúrgicas y caritativas. También se desconoce su realidad teológica más profunda: es decir, que la Iglesia diocesana es el lugar de la presencia en nuestra tierra de la salvación de Dios para el mundo. Además, la Iglesia diocesana es sentida por muchos diocesanos como algo distante; no tienen conciencia de que forman parte de esa Iglesia; ni tampoco la sienten como su  propia familia, la familia de los hijos de Dios en Segorbe-Castellón. Hay también signos de falta de amor hacia la Iglesia, en general, y hacia la Iglesia diocesana en particular. Esta desafección se muestra en el alejamiento de la vida de la Iglesia, en la indiferencia ante su vida y misión o en el silencio cómplice ante ataques injustificados. Sin duda, que, como comunidad humana, nuestra Iglesia tiene defectos y pecados; son los de cada uno de quienes la formamos. Son como arrugas que afean el rostro de nuestra Iglesia, como ocurre también con nuestra madre, pero no por eso dejamos de amarla.

A los todos los católicos nos urge descubrir nuestra identidad cristiana y nuestra pertenencia a nuestra Iglesia diocesana, y vivirlas con alegría y fidelidad, en privado y en público, de palabra o por obra. Nuestra Iglesia espera de todos sus hijos que nos comprometamos de verdad en su vida, en su misión y en sus actividades. Conocer, amar, sentir y vivir nuestra Iglesia diocesana como algo propio no será posible si no existe, antes de nada, una intensa vivencia personal de la propia fe y vocación en una parroquia o en una comunidad concreta, unidas siempre a la Iglesia diocesana. Porque la vivencia personal de la fe ha de estar centrada en Cristo, pero, a la vez, entroncada, alimentada, celebrada y vivida en el seno de la comunidad de los creyentes, en la Iglesia católica y apostólica, participando y colaborando en su vida de comunión, en su misión y en su mantenimiento económico.

Nuestra Iglesia diocesana necesita de medios económicos para cumplir su misión, para ayudar también a las parroquias más pobres. Sin la aportación generosa de todos, nuestra Iglesia no puede atender tantas peticiones que la llegan para seguir ayudando a personas y comunidades, para poder seguir haciendo el bien. Seamos generosos en la colecta de este día. Mil gracias a todos de antemano.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Obispo invita a los sacerdotes a concelebrar la Misa del 1 de noviembre

El Obispo de la Diócesis, D. Casimiro López Llorente, ha invitado a los párrocos y sacerdotes de las parroquias de Segorbe y Castellón a acompañarle en la celebración de la Eucaristía que tendrá lugar mañana, 1 de noviembre, a las 10:30h en el cementerio viejo de Castellón y a las 16h en el de Segorbe: “La oración por los difuntos es una obra importantísima de caridad, que podrá ser aún más significativa a los ojos de Dios y a los ojos de nuestro pueblo si lo realizamos juntos”, ha explicado el Obispo, y continúa: “Estoy convencido de que a todos los participantes les conforta ver que nuestra Iglesia se sigue acordando de todos los difuntos orando a Dios por ellos”.

Solemnidad de Todos los Santos y Conmemoración de los Fieles Difuntos

Es ya costumbre que Mons. Casimiro López celebre, en la Solemnidad de Todos los Santos, aprovechando que es fiesta y anticipándose a la celebración del día 2, la Santa Misa para “celebrar la santidad de los mejores hijos de nuestra Iglesia, y también para pedir por todos los difuntos de la Diócesis”, ha comunicado el Obispo.

De igual modo, pide a las párrocos que anuncien este celebración a todos los feligreses en sus parroquias, para que también puedan participar de esta celebración de oración.

 

Orar por los difuntos

 

 Queridos diocesanos:

En unos días celebraremos el Día de los fieles difuntos. Nunca nuestra fe cristiana es tan consoladora como ante el misterio de la muerte. Al contrario de lo que propaga la fiesta pagana de Halloween, el creyente afronta el final de la existencia terrenal no con temor, sino con esperanza gracias a las palabras y la promesa de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”(Jn 11,25) . Por eso decimos en el Credo: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”. Estas verdades se expresan en las exequias de la Iglesia y en el cuidado por dar sepultura a nuestros difuntos. Sin embargo, hoy vemos, incluso entre los católicos, muchos malentendidos al respecto, que llevan a abandonar las prácticas establecidas por nuestra Iglesia. Quisiera mencionar dos de estas prácticas.

  1. Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrifico eucarístico. El corazón del funeral de un cristiano ha sido siempre la celebración de la santa Misa, con los restos terrenales del fallecido presentes siempre que esto sea posible.

El objetivo principal de la Misa exequial es implorar la misericordia de Dios por el alma del difunto. Es doctrina de fe de la Iglesia que existe el purgatorio y que las almas que allí se encuentran pueden ser auxiliadas por nuestras oraciones. “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque estén seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (CICa, 1030). La Misa es la oración más grande y poderosa que podemos ofrecer a Dios por nuestros difuntos; los vivos tenemos una obligación de caridad de ofrecerla por ellos. En la Misa de funeral damos además gracias a Dios por el don de la salvación otorgado por Cristo a los que fallecen, y pedimos el consuelo de la fe para los que sufren por su muerte. La presencia del cuerpo y los restos del fallecido en la iglesia, la casa de Dios, es un acto final para honrar a ese cuerpo que fue el Templo del Espíritu Santo en esta vida y será el cuerpo glorificado de un santo en la resurrección en el día final.

No celebrar la Misa de funeral por el difunto o limitarse a una celebración de la Palabra en el tanatorio -cuando se hace por comodidad o por razones económicas- es, cuando menos, una falta de caridad hacia el difunto. El funeral de un católico debe ser celebrado en la iglesia parroquial del fallecido y no en un tanatorio; porque es un miembro de la comunidad quien ha fallecido, y toda la comunidad debe sentirse concernida por su muerte y llamada a orar por ese hermano o hermana en la fe.

  1. El cuerpo de un bautizado es Templo del Espíritu Santo, tabernáculo viviente de Dios; en la eternidad, nuestros cuerpos compartirán la gloria de la Resurrección. Por ello, los católicos tratamos a los cuerpos de nuestros difuntos como algo sagrado, pues lo son. Deberíamos dar sepultura a nuestros difuntos, a ser posible, en suelo bendecido. Esto proporciona un espacio sagrado al cual los seres queridos pueden acudir para rezar por ellos. La Iglesia recomienda que se cumpla esta costumbre piadosa de sepultar los cuerpos de los fallecidos, aunque no prohíbe su cremación, a menos que ésta haya sido elegida por razones contrarias a la fe cristiana en la resurrección de los cuerpos.

Sin embargo, si se elige la cremación, sigue siendo obligada la sepultura de los restos en un lugar bendecido o su colocación en un columbario bendecido, tan pronto como sea posible después de la Misa de funeral. Están prohibidas las prácticas de esparcir las cenizas, hacerlas parte de una pieza de joyería, dividirlas entre los familiares para mantenerlas como recuerdo, o hacer otras cosas extrañas con ellas. Tales prácticas no dan honor al cuerpo y, de forma indirecta, son contrarias a nuestra fe en la resurrección de los muertos. Hay quienes dicen que quieren mantener las cenizas en su hogar para poder “sentirse cercanos” a sus seres queridos. Esto muestra un olvido o una falta de fe en la comunión de los santos, por la cual estamos espiritualmente unidos a los que han fallecido en el Señor.

La luz del Evangelio disipa la oscuridad de la muerte. No nos dejemos llevar por la atmósfera pagana que nos rodea, que rechaza la existencia del alma, la santidad del cuerpo, la misericordia de la Redención y la vida eterna con Dios en el cielo. Paguemos el amor que debemos a nuestros difuntos orando frecuentemente por su eterno descanso. Oremos por nuestros seres queridos y amigos ya fallecidos, especialmente en el Día de los fieles difuntos.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía en la Vigilia de Oración del Congreso Interdiocesano de Educación

Valencia, Plaza de la Virgen, 20.10.2107

(Neh 8, 1-4a;5-6;8 Tim 1,1-11; Mt. 28,16-20)

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¡Amados todos en el Señor!

Al comienzo de este Congreso Interdiocesano de la Educación, el Señor nos convoca esta tarde-noche para orar en torno a su Madre y Madre nuestra, la Virgen de los Desamparados. Antes de reflexionar sobre los retos de la educación hoy para los padres, la sociedad y la Iglesia, queremos abrir nuestra mente y nuestro corazón a Dios y a su Palabra; a Dios le pedimos luz para percibir y discernir los retos que nos plantea hoy la educación; por intercesión la Virgen le pedimos también luz para entender lo que es y significa educar; y le rogamos que nos conceda la docilidad necesaria para acoger sus caminos y fortaleza para afrontar nuestras las dificultades educativas. A los pies de la Virgen queremos mostrar nuestra alegría en la tarea educativa de nuestros hijos.

Pero, ¿qué es educar? Haríamos un flaco favor a nuestros hijos si limitásemos la educación a la instrucción, a la adquisición de conocimientos o de habilidades, a tener información. Lucas nos refiere en su evangelio que José y María, después de haber presentado a Dios en el templo a Jesús, regresaron a Nazaret y el niño iba creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (cf. Lc 2,40). Aquí se nos dan unas pinceladas sobre la educación.

Educar es ayudar al educando a desarrollar todas sus capacidades -dones recibidos de Dios-, es llevarlo hacia la plenitud de la gracia de Dios que le hace crecer como persona. Educar es ayudar a alguien ser persona, ayudarle a que tenga criterio y dignidad. Por parte del educador es seducir al educando con los valores y atraerlo por encantamiento y ejemplaridad hacia lo mejor. Es ayudarle a descubrir e integrar su propia identidad como hombre o como mujer, a crecer en la libertad y en la responsabilidad basadas en la verdad, en el bien y en la belleza; es ayudar al educando a descubrir la razón de su ser en el mundo y el sentido de su existencia, para hacerle capaz de vivir en plenitud y con esperanza, y de contribuir al bien de la comunidad, de la sociedad y de la Iglesia. Educar es enseñar el arte de vivir.

No se trata simplemente de enseñar a “hacer” o a “saber” muchas cosas; se trata de ayudar s nuestros hijos a “ser” personas desde la verdad del ser humano, a desarrollar todas sus capacidades y dimensiones, desde su apertura a Dios en Jesucristo.

La tarea educativa hoy no es fácil; nunca lo ha sido. Necesita mucha entrega y paciencia; y, sobre todo necesita, mucho amor para dar lo mejor de nosotros mismos a nuestros hijos. Pero hoy la educación se ha convertido en un verdadero reto. El papa Francisco habla de desafío educativo, como el reto fundamental ante el que se encuentran los padres, las familias, la escuela y el resto de los educadores en la sociedad y en la Iglesia; un reto que se hace más arduo y complejo por la realidad cultural actual y la gran influencia de los medios de comunicación y redes sociales (cf. AL, 84). El papa emérito, Benedicto XVI, acuño el término “emergencia educativa”; se refería a las dificultades que encuentra hoy todo educador a la hora de transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento; esta emergencia se debe a la fractura entre las generaciones, y se debe, sobre todo, al relativismo, al subjetivismo o la exaltación de la autonomía absoluta de la persona; incluso para determinar la propia identidad de hombre o mujer, como proclama la inicua y destructora ideología de género, que mediante la ley se ha de enseñar e imponer en nuestra Comunidad a todos a través de los centros educativos con medios coercitivos y punitivos. Una imposición que atenta directamente contra el derecho fundamental de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas; ellos son los primeros y principales educadores de sus hijos; una imposición que atenta también contra la libertad religiosa e ideológica. Ante esta imposición nos queda el derecho a la palabra, a acudir a los tribunales y, en último término, el voto.

En este contexto se hace muy difícil una auténtica formación de la persona humana; una formación que capacite al niño, al adolescente o al joven para orientarse en la vida, para encontrar motivos para el compromiso y para relacionarse con los demás de manera constructiva, sin huir ante la dificultad y las contradicciones. Ante esta situación los educadores nos vemos muchas veces desbordados y fácilmente tentados a abdicar de nuestros deberes educativos. Sin embargo, cada día sentimos más la urgente necesidad de ayudar a nuestros hijos para que desarrollen global e íntegramente su personalidad, incluidos los valores humanos y espirituales.

Es preciso retomar la idea de la formación integral, tan querida en la tradición educativa de nuestra Iglesia; así lo propone el papa Francisco en el capítulo 7 de la Exhortación Amoris laetitia. La formación integral podríamos describirla como el proceso continuo, permanente y participativo que busca desarrollar armónicamente todas y cada una de las dimensiones del ser humano -ética, espiritual, cognitiva, afectiva-sexual, estética, corporal, comunicativa y trascendente-, a fin de lograr su realización plena. Todas estas capacidades deben responder a las preguntas más profundas del ser humano. A la vista de todos está la necesidad y la urgencia de ayudar a los niños, adolescentes y jóvenes a proyectar la vida según valores auténticos, que hagan referencia a una visión ‘alta’ del hombre. Como hemos escuchado en la primera lectura, también nosotros hemos recibido una tradición, una fe, un modo de entender la vida y la persona, que fundamenta una sociedad de libertad y de esperanza. Una familia  una sociedad que educa transmite los valores que ha recibido de sus mayores.

Para los cristianos, Jesús es el modelo de persona, es el modelo educativo de referencia: sólo en Él se esclarece el misterio del hombre (cf. GS 22), sólo en él encuentra el ser humano su plenitud. En el Evangelio Jesús nos acaba de decir: “Id y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo“. (Mt 16, 21). Son palabras también validas para la educación en general, para la educación cristiana de los padres cristianos y de cualquier obra educativa de la Iglesia. Yo resumiría este pasaje evangélico en tres palabras: envío, tarea y promesa.

En primer lugar está el envío a la misión. Los Apóstoles, discípulos predilectos de Jesús, recibieron un día de Él la misión de proclamar la Buena Nueva; una misión que se continúa en la Iglesia del Señor. Todos nosotros somos enviados como discípulos suyos a evangelizar, a educar en su nombre. “Id”, dice Jesús a sus Apóstoles; “Id”, nos dice Jesús hoy a nosotros. Id y educad en la fe y la vida cristiana.

Pero antes de ser enviados a la misión, los Apóstoles han conocido a Jesús, han aprendido a amarle y han caminado con él; es decir: se han convertido en discípulos del Señor: creen en Él, lo aman y lo siguen: viven prendidos y enamorados de Aquel que los envía como el Padre lo envió a Él: Él es el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el enviado por Dios Padre y el Ungido por Dios Espíritu para anunciar la Buena nueva, para ofrecer la Vida nueva que salva y plenifica. Como a los Apóstoles en su momento, Jesús nos invita a estar con Él, a intimar con Él, a conocerlo, a amarlo, a vivir unidos a Él: sólo así podremos comunicarlo a los demás. Esta unión a Cristo y a su cuerpo, la Iglesia, ha fundamentar y alimentar nuestro trabajo educativo diario, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos y nuestra esperanza en la dificultad.

En segundo lugar está la tarea. Esta no es otra sino: “haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.  No se trata sólo de transmitir una doctrina, unos valores, unos principios éticos; se trata en primer lugar de transmitir a Cristo, la Palabra, para ayudar a los educandos a ser discípulos de Jesús. Esto comienza llevándoles al encuentro personal con Él, ayudándoles a conocer a Jesús, sus palabras, su caminos y sus mandamientos, para así le sigan insertados vitalmente en su Iglesia, en su vida y su misión. En una palabra, educar significa ayudarles a ser cristianos de verdad, discípulos misioneros del Señor: Él es el Camino, la Verdad y la Vida

Y, por último, está la promesa. “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El enviado a la misión de la educación sabe que no está solo; el mismo Cristo está con él, por la fuerza del Espíritu Santo. El educador cristiano nunca está solo.

Ante el contexto adverso a la educación, ante la indiferencia de muchos padres respecto de la educación de sus hijos, y ante las dificultades legislativas y las trabas administrativas podemos sentir la tentación del desaliento, o de sentirnos solos. No, queridos padres y educadores. No estamos solos: Jesucristo nos acompaña, nos conforta y nos alienta por la fuerza del Espíritu y la cercanía de su Iglesia. Él, que es más grande y más fuerte, está con, en y sobre nosotros inspirándonos las palabras qué debemos decir y las explicaciones que hemos de dar. Su fuerza persuasiva y efectiva actúa a través de nosotros.

Para sentir esa presencia es precisa una adhesión personal y firme a Cristo en el seno de su Iglesia que nos ayuda a brillar por dentro e iluminar por fuera. El testimonio de vida es el camino para seducir con los valores y atraer por encantamiento y ejemplaridad hacia lo mejor. Nuestra misión no se basa en el éxito fácil e inmediato, sino en la fuerza de la gracia de Dios y en nuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

No estamos solos. No nos faltará la presencia alentadora del Señor en forma de consuelo, de gozo y de paz. Contamos con la fortaleza del Espíritu Santo y del acompañamiento de la Iglesia. Que la Virgen, la Mare de Deú dels Desamparats , nos aliente y acompañe a lo largo de este Congreso y en nuestra tarea educativa, en nuestra tarea de anunciar la alegría del Evangelio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Anunciar a Jesucristo vivo

Queridos diocesanos:

Este domingo, 22 de octubre, celebramos con toda la Iglesia católica la Jornada Mundial de las Misiones, el día del Domund. Cada año, esta Jornada es una ocasión privilegiada para que todos los integrantes del Pueblo de Dios tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús de hacer discípulos suyos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). Aún son muchos los que no conocen a Jesucristo. El mandato y el compromiso misioneros valen para todos los bautizados; la misión atañe a todos y cada uno de los cristianos, a nuestra Iglesia, a las parroquias, y a las comunidades, movimientos y asociaciones eclesiales. Todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a participar en la misión que el Señor nos ha confiado. La Iglesia es misionera por naturaleza; “si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo” nos dice el Papa Francisco.   Leer más

La Eucaristía marca el inicio del nuevo curso en el CEU de Castellón

El Obispo de la Diócesis, D. Casimiro López, ha presidido la celebración

Esta mañana,  la Universidad CEU de Castellón ha abierto sus puertas a alumnos, ex alumnos, personalidades de la Universidad, autoridades de la ciudad de Castellón y al Obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón, D. Casimiro López, para inaugurar este nuevo curso 2017-2018.

La Eucaristía, presidida por el Obispo y copresidida por D. José Miguel Sala y el capellán del CEU, D. Pedro Segarra, ha sido la que ha marcado el inicio de este encuentro, en la que Mons. Casimiro López ha aprovechado para resaltar los valores de esta Universidad: la educación cristiana, el respeto y la solidaridad. El Obispo de la Diócesis ha animado  a los educadores de esta institución a continuar “formando en el ser, con una visión cristiana de cada profesión”. Leer más

El Obispo agradece el nombramiento de los 14 arciprestes

Algunos de ellos reciben el cargo por primera vez

El pasado martes, un total de 14 sacerdotes se reunieron en el Palacio Episcopal de Castellón para llevar a cabo el nombramiento como arciprestes en este nuevo curso. Algunos de ellos reciben este cargo por primera vez.

El encuentro comenzó con la profesión de fe y juramento de fidelidad de todos los arciprestes. El Obispo, D. Casimiro López, dedicó, en primer lugar, unas palabras de agradecimiento a los arciprestes salientes por el trabajo realizado. También agradeció a todos los presentes que hubiesen aceptado el cargo, y finalizó leyendo y explicando el Directorio del Arciprestazgo y del Arcipreste. Leer más