Homilía diaconado Ndagijimana

Ordenación de diácono de Servilien Ndagijimana

Iglesia Parroquial de Almenara – 7 de julio de 2018

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(Núm 3, 5-9; Sal 88, 21-22. 25. 27; Hech 6, 1-7b; Mt 20, 25b-28)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Jesús.

 

Acción de gracias a Dios por el don de un nuevo diácono

1.“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Esta mañana hacemos nuestras estas palabras del salmista, y cantamos con emoción y gratitud la misericordia del Señor. Porque, querido Servilien, tu vocación al sacerdocio y tu ordenación de diácono son una muestra de la permanente misericordia divina para contigo y para con nuestra Iglesia diocesana.

No olvidemos que tu vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, es ante todo un don del amor misericordioso de Dios. “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros”(Jn 15,16). Ya en tu niñez, el día de tu primera Comunión, sentiste que el Señor te atraía hacia el sacerdocio: una atracción y llamada que hasta la edad madura no pudiste secundar.Ha sido un largo camino, no exento de duras dificultades y pruebas, que has ido madurando poco a poco. Con la ayuda de Dios pudiste superar el mal ejemplo de algunos sacerdotes o el maltrato que tú padeciste, durante la guerra que sufrió Ruanda en el siglo pasado. Sin embargo, el Señor puso también buenos sacerdotes en tu camino y ha mantenido así en ti viva la llama de su llamada: esta mañana recordamos a tu párroco, aquel hombre santo, humilde, generoso, amable, cercano, amigo de los niños y jóvenes, en tu niñez; y ya en tu vida de estudiante y en tu experiencia profesional como profesor, a otros sacerdotes buenos como don Ananías Rugasira, que te mostraron el verdadero rostro del amor de Dios y de la Iglesia para que la llama vacilante de la vocación no se apagara. Así pudiste ya en edad madura acoger, discernir y madurar tu vocación ingresando en nuestro Seminario diocesano Mater Dei.

 

Demos gracias a Dios, que te ha llamado y te ha cuidado durante estos largos años de maduración de tu llamada. Damos gracias a Dios por tu corazón generoso y agradecido, por tu fe confiada, que te ha ayudado a superar dificultades, dudas, pruebas y temores; gracias le damos por cuantos te han acompañado en el camino de la maduración de tu vocación: por tu párroco, por los sacerdotes amigos, por tus formadores, profesores y compañeros del Seminario, por las parroquias donde has prestado servicios pastorales.

 

Hoy es un día de alegría para todos y de esperanza para toda la Iglesia. Nos consuela ver que, pese al invierno vocacional que padecemos, Dios sigue llamando en nuestra Iglesia y nos sigue enviando vocaciones. Nos reconforta constatar que hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y da frutos. Cantemos el amor misericordioso de Dios que nos enriquece con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo. Todos estamos de enhorabuena: lo estamos la Iglesia entera, nuestra Iglesia Diocesana, tu parroquia de origen, el Seminario Diocesano Mater Dei y todos los responsables de tu formación, y cuantos te han acompañado en tu proceso vocacional. Y -cómo no- lo está esta comunidad parroquial de Los Santos Juanes de Almenara, donde estás haciendo tu etapa de pastoral.

 

Consagrado para el servicio

  1. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre ti, querido Servilien, su Espíritu Santo y te va a consagrar diácono, como ocurrió con los primeros siete diáconos de la Iglesia (cf. Hech 6, 1-7b). Participarás así del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado; y serás a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, Siervo, que no vino “para ser servido sino para servir” (Mt 20, 28). El Señor imprimirá en ti un sello imborrable, por el que quedarás configurado con Cristo Siervo para siempre. La ordenación sacerdotal, que esperamos puedas recibir un día no lejano, no borrará este sello; también como sacerdote deberás seguir siendo servidor de Cristo y de los hermanos. No te sientas nunca señor sino servidor de todos. No caigas en la tentación de buscar la grandeza mundana o de ocupar el centro como ocurre con cierta frecuencia: el centro sólo le corresponde a Jesucristo. Estás llamado a ser con tu palabra y con tu vida en todo momento y para siempre signo de Cristo Siervo, que entregó su vida para la salvación de todos. Pon toda tu persona, tus capacidades, tus energías, tu tiempo y tus deseos al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia para la salvación del mundo.

 

La gracia divina, que recibirás con el sacramento, te hará posible esta entrega total y dedicación plena a los otros por amor de Cristo; y además te ayudará a buscarla con todas tus fuerzas. Este será el mejor modo de prepararte para recibir la ordenación sacerdotal: servir es un ejercicio fecundo de caridad. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que te ayude a transformarte en fiel espejo de su caridad en el servicio.

 

En el ejercicio de la triple diaconía

  1. Al ser ordenado de diácono quedarás capacitado y serás enviado para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la Caridad. Como nos enseña el Concilio Vaticano II eres ordenado diácono “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio” (LG 29).

 

Es tarea del diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. Más tarde te entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Como diácono serás mensajero del Evangelio de Jesús. Te has de poner en camino, “en salida”, dócil a la moción del Espíritu, para anunciar a todos –niños, adolescentes, jóvenes y mayores- el Evangelio de Jesús, para guiarles en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal con el mismo Señor, que transforma y salva. Para que puedas proclamar y anunciar a Jesucristo y llevar al encuentro con Él, has de saber acoger y saborear tú mismo con fe viva el Evangelio que anuncias. El mensajero del Evangelio ha de leer y escuchar, contemplar y asimilar la Palabra de Dios, saborearla y dejarse iluminar y transformar, guiar y conducir por esa misma Palabra de Dios. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que puedes prestar hoy es la diaconía del anuncio del Evangelio, del primer anuncio, del kerigma, para llevar a los hombres y mujeres al encuentro o reencuentro con Cristo, que llena el corazón de alegría y de esperanza.

 

Como diácono serás también el primer colaborador del Obispo y de los sacerdotes en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendrás también el honor y el gozo de ser el servidor de la Eucaristía. Ayuda a los fieles a entender y creer en el misterio de la Eucaristía, porque no se valora lo que no se conoce y en lo que no se cree; ayúdales a prepararse debidamente para celebrarla con fe y participar en ella de forma activa, plena y fructuosa y a hacer de su vida una existencia eucarística. A ti se te entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Trata siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu que sean expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

 

Como diácono se te confía, finalmente y de modo particular, el ministerio de la Caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. Si la Eucaristía es efectivamente el centro de nuestra vida, ésta no sólo nos lleva al encuentro de comunión con Cristo, sino que también nos lleva y da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos, a hacer comunidad y a ser fermento de fraternidad. Atender a las necesidades de los otros, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse buscando el bien del prójimo: estos son los signos distintivos del discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico.

 

Por la ordenación de diácono ya no se perteneces a ti mismo, querido Servilien. El Señor te dio ejemplo para que lo que Él hizo también lo hagas tú. En tu condición de diácono, es decir, de servidor de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos; siguiendo gustosamente la voluntad de Dios, sirve con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres, en obediencia  tu Obispo. Sé compasivo y misericordioso, acogedor y comprensivo con los demás; ámales como Cristo mismo les ama, dedícales tu persona, tus intereses, tu tiempo, tu trabajo y tu vida. El diácono, colaborador del Obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia.

 

El don del celibato que acoges libre, responsable y conscientemente y que prometes observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para ti símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de tu amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movido por un amor sincero a Jesucristo, desposado con su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, te resultará más fácil consagrarte con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

 

  1. Queridos todos: Dentro de unos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre nuestro hermano Servilien, con el fin de que le “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que Servilien obtenga esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos de las manos de María por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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