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Homilía de monseñor López Llorente en la ordenación de los ocho nuevos diáconos permanentes

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 1 de febrero de 2020

(Jer 1,-9; Sal 88; Hech 6,1-7b; Lc 22,14-20.24-30) 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor!

Acción de gracias a Dios

  1. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Con estas palabras del salmista cantamos hoy una vez más las misericordias del Señor. Porque, queridos candidatos, Francisco, Alejandro, Vicente, Daniel Orlando, Guillem, Julio, Carlos y Manuel, vuestra vocación y ordenación al diaconado permanente es una muestra más de la misericordia divina para con cada uno de vosotros, para con vuestras familias y comunidades y, sobre todo, para con nuestra Iglesia diocesana.

Casi treinta años después nuestra diócesis acoge de nuevo la ordenación de diáconos permanentes. No nos mueve el deseo de tener personas para tareas pastorales que ya no pudieran atender los sacerdotes ante su progresiva escasez. Nos mueve la voluntad de acoger con gratitud las vocaciones que el Señor nos envía al diaconado permanente. Porque a la luz del Concilio Vaticano II, el ministerio apostólico, “instituido por Dios, se ejerce por diversos órdenes que ya desde antiguo recibían los nombres de obispos, presbíteros y diáconos” (LG, n. 28). Por el diaconado, como “grado propio y permanente del sacramento  del orden, se posibilita ofrecer algunas “funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia” (LG, n. 29). Y “es justo que los hombres que desempeñan un ministerio diaconal,…, sean fortalecidos por la imposición de las manos trasmitida desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (AG 16). Por tanto, vuestra vocación y ordenación diaconal son dones de Dios que enriquecen al Pueblo santo de Dios y nos recuerda que nuestra Iglesia es y está llamada a ser diaconal, servidora de Cristo y de los hombres. Por todo ello cantamos las misericordias del Señor y le damos gracias.

Contar con diáconos permanentes no nos exime de la tarea urgente de promover entre nuestros niños y jóvenes las vocaciones al presbiterado. Muy al contrario. Esta celebración nos llama a orar con más insistencia al Señor para que nos envíe nuevas vocaciones al presbiterado y a trabajar con mayor entrega en esta pastoral vocacional específica. Porque los sacerdotes son imprescindibles para que siga existiendo nuestra Iglesia. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia, y dejaría de tener sentido el mismo diaconado. Sin sacerdotes no habrá pastores y guías de las comunidades cristianas, en nombre de Jesús, el buen Pastor.

A la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado, fijémonos ahora en estas tres palabras: elección, consagración y servicio.

Elegidos y llamados por Dios

  1. “Antes de formarte en el vientre, te escogí” (Jer 1, 4-5). Jeremías es elegido para ser profeta por pura gracia de Dios: no por mérito alguno suyo, no por un deseo personal de autorealización, sino por puro don y gracia de Dios. Es la elección de Dios, es su llamada y es su fuerza las que hacen de Jeremías profeta del Señor. También Jesús les dijo a sus apóstoles: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16). Y así mismo los primeros siete diáconos fueron elegidos por indicación de los Apóstoles: “… escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y sabiduría, y los encargaremos de esta tarea” (Hech 6, 3).

Vosotros también, queridos candidatos, habéis sido elegidos y llamados por Dios al diaconado para servir a su Iglesia; no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Vosotros habéis escuchado la llamada certera del Señor a su seguimiento en este grado del sacramento del orden, cada uno en un momento concreto de su historia personal. Después del discernimiento eclesial y la formación apropiada, hoy se verifica vuestra vocación por la llamada de la Iglesia, como ocurrió con los primeros diáconos y hemos hecho hace un momento.

Jeremías se sintió indigno e incapaz para la misión que Dios le encomendaba; tuvo miedo ante la misión. Puede que también a vosotros os hayan embargado el miedo o las dudas: dudas y miedos por vuestras limitaciones y debilidades o por vuestra situación espiritual, familiar, cultural o laboral; miedos ante la misión en un mundo secularizado y secularista, o ante la debilidad actual de nuestra iglesia o ante el clericalismo presbiteral de algunos; o miedo ante un ambiente cada vez más hostil a Cristo y a su Iglesia. En estas circunstancias resuenan hoy de nuevo las palabras del Señor a Jeremías: “No les tengas miedo, que yo estaré contigo para librarte” (Jer 1, 30). La iniciativa divina y la fuerza de Dios rompen siempre los débiles razonamientos humanos.

¡No tengáis miedo! Les dijo Jesús a los Apóstoles cuando dudaron en su fe o cuando desconfiaron de la fuerza de su palabra. ¡No tengáis miedo! Os dice el Señor hoy a vosotros. Dios, que os concede el don del diaconado, os concede también la fuerza para vivirlo con pasión y alegría, con fidelidad, entrega y perseverancia. Es bueno, sin embargo, que lo acojáis y viváis siempre con el temor de Dios, para que no dejéis nunca de sentiros pobres y necesitados de Dios y seáis conscientes de vuestra flaqueza y debilidad ante la grandeza del ministerio que hoy os concede. Jeremías se ve indigno e incapaz; es la fuerza de Dios lo que le hace superar sus miedos. También María, la humilde doncella de Nazaret, se ve tan poca cosa… ¡pero pone su confianza en Dios! Y así puede responder: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38).

Consagrados como siervos

  1. Como ocurrió con los primeros diáconos, mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros su Espíritu Santo y os va a consagrar diáconos para siempre. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Señor. Seréis a partir de ahora en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo siervo, que vino “no para ser servido sino para servir” (cf. Mt 20, 28). El Señor imprimirá en vosotros un sello imborrable, por el que os configurará para siempre con Él, el Siervo de Dios. Habréis, pues, de vivir y mostrar en todo momento con la palabra y con la vida esta vuestra condición de signos de Cristo siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, para la salvación de todos.

Como Jesús, que está medio de nosotros “como el que sirve” (cf. Lc 22,27), no os sintáis nunca señores sino servidores suyos y de todos los que están sentados a la mesa de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad. No caigáis en la tentación de la vanidad o de buscar la grandeza mundana de ser el primero o el mayor de todos. Hemos escuchado en el Evangelio que esto lleva a los discípulos a la disputa, al altercado y a la envidia, que provoca la necesaria corrección del Señor (cf. Lc 22, 24). Evitad en todo momento ocupar el centro, especialmente, en la celebración eucarística; sed sobrios en vuestras palabras, gestos y movimientos; el centro sólo le corresponde a Jesucristo, y a quien le representa en, para y frente a la comunidad. Poned vuestras personas, capacidades, energías y deseos al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la Iglesia. La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, os hará posible esta entrega y dedicación a los otros por amor de Cristo; y os ayudará a buscarla con todas vuestras fuerzas. Todos nosotros pediremos al Señor hoy y siempre que os conceda la gracia para transformaros en fiel espejo de Cristo siervo.

En el ejercicio de la triple diaconía

  1. Por la ordenación quedaréis capacitados para ejercer el servicio, la diaconía, de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad. Como enseña el Concilio Vaticano II sois ordenados diáconos “no para ejercer el sacerdocio, sino para realizar un servicio” (LG, n. 29). No sois llamados, pues, para presidir la Eucaristía sino para llevar a cabo el ministerio pastoral que os sea confiado. Sólo los obispos y los presbíteros reciben de Cristo la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, recibís las fuerzas para servir al Pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en comunión con el obispo y su presbiterio (cf. CCE, n. 875; c. 1009 § 3 CIC).
  2. Hoy sois constituidos en heraldos y mensajeros de la Palabra de Dios. Recordad siempre que no sois dueños, sino servidores de la Palabra de Dios; no es vuestra palabra, sino la de Dios, la que habéis de predicar y enseñar. Y, en último término, la Palabra de Dios es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, Jesucristo, muerto y resucitado. Cristo Jesús, muerto y resucitado, para la vida del mundo, será también el centro de vuestra predicación y enseñanza, para que todos los que crean en él, reciban, por su nombre, el perdón de sus pecados (cf. Hech 10, 42-43). Cristo mismo es quien ha de llegar a los demás por medio de vuestros labios y de vuestra vida.

Más tarde os entregaré a cada uno el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Poneos en camino, “en salida” –como dice el papa Francisco-, dóciles a la moción del Espíritu, para anunciar a todos –niños, adolescentes, jóvenes y mayores- el Evangelio de Jesús, para guiarles en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal con el mismo Señor, que transforma y salva. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que podéis prestar hoy es el primer anuncio del Evangelio, el kerigma, que lleve a hombres y mujeres al encuentro o reencuentro con Cristo, que llena el corazón de alegría y de esperanza. Para ello habéis de saber acoger vosotros mismos con fe viva el Evangelio que anunciáis. El diácono ha de leer y estudiar, escuchar y contemplar, asimilar y hacer vida la Palabra de Dios; es decir, ha de dejarse transformar y conducir por la Palabra de Dios

Sed servidores de la Palabra de Dios en comunión con la tradición viva de la Iglesia. Esta Palabra pide ser proclamada y enseñada sin reducciones, sin miedos y sin complejos; no puede ser domesticada a fin de acompasarla a nuestros gustos o al de los oyentes, o adaptada a lo que se lleva. No olvidemos que no se trata de una teoría más, y menos de una ideología: en último término la Palabra de Dios es una Persona, el Verbo de Dios, Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida para el hombre, la sociedad y el mundo.

  1. Como diáconos seréis también servidores en la Liturgia, en especial, en la celebración de la Eucaristía, el “misterio de la fe”. Ayudad a nuestros fieles a acoger y creer en el misterio de la Eucaristía, porque no se valora lo que no se conoce y en lo que no se cree; ayudadles a participar en ella asiduamente, debidamente preparados y limpios de todo pecado –si es necesario por el sacramento de la Confesión-, y a hacerlo de una forma activa, plena y fructuosa, y que su vida sea una existencia eucarística. Se os entregará el Cuerpo del Señor para repartirlo a los fieles, y para llevarlo a los enfermos. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con delicadeza espiritual. No descuidéis la devoción eucarística y la adoración del Señor, presente en la Eucaristía, fuera de la Misa.
  2. Como diáconos se os confía, finalmente y de modo particular, el servicio de la Caridad, como a los primeros diáconos. El servicio en la Eucaristía os lleva necesariamente al servicio de la Caridad. La Eucaristía es el centro de la vida la Iglesia, de todo cristiano y de todo diácono. La comunión con Cristo en la Eucaristía, el sacramento de la Caridad, os urge a vivir la comunión y la caridad con los hermanos, a hacer comunidad y a ser fermento de fraternidad. Atender las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse buscando siempre el bien del prójimo: estos son los signos distintivos de todo diácono del Señor, que sirve a la Eucaristía y se alimenta con el Pan Eucarístico.

El Señor nos dio ejemplo para que lo que Él hizo también lo hagáis vosotros. En vuestra condición de siervos de Jesucristo, que se mostró servidor de los discípulos, servid con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y comprensivos con los demás; amadles como Cristo mismo les ama, dedicadles vuestro tiempo y vuestras energías. El diácono, colaborador del Obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de Cristo y de la Iglesia.

  1. El don del celibato que algunos de vosotros acogéis libre, responsable y conscientemente y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos, ha de ser para vosotros símbolo y estímulo de vuestro amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, desposado con su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

Y vosotros, los que estáis casados, estáis llamados al igual que los primeros diáconos a dar testimonio del bien, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Mostraos sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, especialmente en vuestra vida matrimonial y familiar. Así conviene a vuestra condición de ministros y dispensadores de los santos misterios.

  1. Queridos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor que derrame el Espíritu Santo sobre nuestros hermanos, para que los “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. A Dios se lo pedimos por intercesión de María, la esclava del Señor, y por Jesucristo, el Siervo de Dios. Amén.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia 

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Iglesia de San Francisco, Castellón de la Plana – 30 de diciembre de 2018

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(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

Amados todos en el Señor!

1. En este domingo dentro de la octava de la Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es no es sólo la Fiesta del amor de Dios que se hace hombre para hacerle partícipe de su amor y de su vida. Navidad es también la fiesta de la familia. Porque es el seno de una familia humana, donde es acogido con gozo, nace y crece Jesús, el Hijo de Dios. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, consagró la familia como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad. Por ello, también la Iglesia en España celebra hoy la Jornada de la familia. 

2. La Iglesia nos ofrece hoy a nuestra contemplación la Sagrada Familia de Nazaret. Una familia integrada por José, María y Jesús. Un padre carpintero, que cuidó del hijo y le inició en las artes de su oficio para servir a la comunidad. Una madre generosa, capaz de guardar en el corazón los tesoros silenciosos de su experiencia de vida. Un hijo que crecía en amor y sabiduría delante de los ojos de Dios y de todos los hombres, escuchando a sus padres y siguiendo las tradiciones de su pueblo.

En el Evangelio (Lc 2,41-52) hemos escuchado que María, José y Jesús acuden a Jerusalén como cada año por la fiesta de Pascua, según la costumbre de Israel, para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto. Este dato nos invita a comprender que toda familia ha de vivir siempre referenciada a Dios. Cada vez que contemplamos a la Sagrada Familia encontramos su obediencia pronta a la voluntad de Dios; nunca hay excusas para retrasar el cumplimiento de cualquier llamada de Dios. Jesús, María y José vivieron la aventura humana de la familia teniendo a Dios en el centro. 

En el hogar de Nazaret cada uno de sus integrantes vive la propia vocación recibida de Dios: José la de esposo y padre, Maria la de esposa y madre y Jesús la de hijo. En este hogar, Jesús es acogido con gratitud y alegría; en este hogar, Jesús aprende a prepararse para la misión que el Padre le ha confiado; en este hogar Jesús se desarrolla humana y espiritualmente, crece en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo y de comprensión mutuos; es una escuela de oración. 

De la familia de Nazaret se puede decir con el salmista: “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos”(Sal 127). Temer a Dios, poner a Dios en el centro de la familia, nunca va en detrimento de la misma ni de sus miembros. Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice a la familia y quiere que los hijos se adentren en su amor a través de ella.

3. La Sagrada Familia es así el modelo donde los cristianos y las familias cristianas pueden encontrar la luz para vivir de acuerdo con la vocación recibida de esposos, padres e hijos. El mejor servicio que podemos hacer hoy a la familia cristiana es ayudarle a recuperar y potenciar su original sentido natural y cristiano. Necesitamos que la familia cristiana descubra su ser y misión en la Iglesia y en el mundo. 

Basados en la palabra de Dios, fijémonos hoy en tres palabras, que son tres notas que caracterizan a la familia cristiana, basada en el matrimonio sacramental entre un hombre y una mujer y formada por padres e hijos. Estas tres palabras son: amor, educación y misión. 

Primero está el amor: La familia cristiana es una “Iglesia doméstica”, una iglesia en pequeño, signo y presencia del amor de Dios en el amor entre sus miembros. Pablo nos recuerda que el amor que ha de darse en la familia cristiana es un amor recíproco, entregado, desinteresado y respetuoso, un amor que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos”(Col 3, 13). Este amor, sustentado por la gracia de Dios, es el vínculo que mantiene unidos a los esposos y a la familia más allá de todas las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas; este amor busca siempre y sólo el bien del otro; es el antídoto contra todo falso amor, el egoísmo, el aislamiento y la soledad en una sociedad de “solitarios interconectados”; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración. Los esposos, además de vuestra permanente apertura al amor de Dios, recordad las tres palabras del papa Francisco para mantener vivo vuestro amor esponsal: permiso, gracias y perdón.

En la familia cristiana, comunidad de fe, de esperanza y de amor, se vive y se transmite la fe, se vive la comunión de personas, al igual que Dios Trino y la Iglesia; y se vive el amor porque por encima de todo se sabe perdonar y entregarse desinteresadamente por el otro. Se comparten penas y alegrías, el dinero, la vivienda y las vacaciones. En la familia cristiana se comprenden las dificultades, las limitaciones y los esfuerzos de sus miembros; se convive dialogando, comiendo o saliendo juntos. La familia cristiana escucha la Palabra de Dios, sus miembros oran juntos y juntos participan en la Eucaristía los domingos en su comunidad parroquial, ‘familia de familias’.    

La segunda palabra es educación. En la familia de Nazaret, “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”(Lc 2, 52).  El Evangelio nos ofrece aquí el núcleo de una educación integral que pide necesariamente la apertura a Dios. María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la Sinagoga de Nazaret, que era la escuela de entonces. También con José y María aprendió Cristo a hacer la peregrinación a Jerusalén, como hemos escuchado hoy. Este episodio de la vida de Jesús adolescente revela así la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento y de acogida del plan que Dios ha preparado para él. ¡Padres! Ayudad a vuestros hijos a descubrir y acoger en libertad la vocación que Dios ha pensado desde siempre para ellos. Es el mejor servicio que les podéis prestar.  Es el camino para que sean felices de verdad. María y José educaron también a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres conoció Él toda la belleza de la fe, del amor de Dios y a su Ley, así como las exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor. De ellos aprendió Jesús que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre.

A los que sois padres cristianos y os preocupan vuestros hijos, el evangelio de hoy os recuerda el valor primario y prioritario de la familia en la educación de la persona. Esto es algo constantemente negado y rechazado por legisladores y gobernantes. No es fácil entender cómo padres católicos, que piden que sus hijos sean bautizados y se comprometen a educarlos en la fe, luego aceptan tranquilamente que sus hijos sean “educados” (es un decir) en lo fundamental de la vida moral por los que son secundarios en la educación de sus hijos, como son el Estado o la Comunidad Autónoma o aquellos profesores que, sin ningún derecho, violan la conciencia de los que les ha sido confiado. No es fácil entender tampoco que los padres cristianos estén tan adormecidos en este campo de la educación de sus hijos y que acepten callados que el Gobierno de la Nación o de la Comunidad autónoma apruebe leyes educativas sin tener en cuenta el derecho originario y prioritario de los padres a la educación de sus hijos o que intentan imponer ideologías contrarias a su convicción religiosa y moral.  

Y, finalmente, la tercera palabra es misión.Al igual que Jesús y la Iglesia, la familia cristiana tiene la misión de anunciar la Buena Nueva: a sus hijos, a los que están en su entorno y más allá; por eso la familia cristiana también es misionera porque siente el deseo anunciar el Evangelio y transmitir el amor de Dios a otras personas; y se pone al servicio de la caridad, especialmente hacia los más necesitados. El Espíritu de Dios vive en la familia, porque la anima e impulsa a preocuparse por las demás familias; no se queda ni se cierra en sí misma. Es testimonio de vida con su palabra y su ejemplo. 

La familia cristiana está llamada a ser una comunidad de vida y amor, una escuela de comunión, una iglesia doméstica. Tiene la misión de acoger, vivir, revelar y comunicar el amor, reflejo vivo y participación real del amor de Dios hacia la humanidad, manifestado en el Nino, nacido en Belén. Esta misión implica ser comunión de personas, acoger con gozo toda nueva vida, educar a los hijos y ayudarles en la acogida libre y generosa de la vocación, que cada uno recibe de Dios, integrarse en su parroquia, ejercer su apostolado hacía otras familias e influir en la sociedad por la irradiación de su amor.

4. Encomendemos hoy a la familia de Nazaret a todas nuestras familias cristianas para que se mantengan unidas en el amor, sean “iglesias en pequeño” y produzcan abundantes frutos de santidad en bien de la Iglesia y de la sociedad. A la Sagrada Familia os encomendamos a todos los matrimonios que hoy vais a renovar vuestras promesas matrimoniales: que ella os acompañe como modelo, os enseñe a estar abiertos en todo momento a la gracia y voluntad de Dios y os proteja todos los días de vuestra vida en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas. A la Sagrada Familia acudimos hoy para que en estos momentos tengamos la fuerza y valentía de acoger, vivir y anunciar la buena Nueva de la familia cristiana. 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Obispo de Segorbe-Castellón: “Solo aquellos que están abiertos a Dios son capaces de percibir el misterio de la Navidad”

Monseñor López Llorente celebró la Santa Misa de Nochebuena y de la Natividad de Nuestro Señor en Segorbe y Castellón, respectivamente. La primera de las celebraciones -la Santa Misa de Nochebuena- tuvo lugar el pasado 24 de diciembre en la S.I. Catedral de Segorbe a las 18:00 horas, mientras que ofició la Eucaristía del Día de Navidad en la S.I. Concatedral de Castellón, a las 12:00 horas del mediodía. Leer más

Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa en Segorbe

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe – 2 de septiembre de 2018

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

1.Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para honrar y venerar a nuestra Madre y Patrona, la Virgen de la Cueva Santa, para mostrarle nuestro sincero amor de hijos. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral de Segorbe, al Ilmo. Cabildo Catedral de la Valencia, a los párrocos de la Ciudad, a los sacerdotes concelebrantes y al diácono asistente. Saludo también con respeto y agradecimiento al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas, a las doncellas segorbinas, a los portadores de la Virgen así como a las representaciones de las Asociaciones y Cofradías.

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Homilía diaconado Ndagijimana

Ordenación de diácono de Servilien Ndagijimana

Iglesia Parroquial de Almenara – 7 de julio de 2018

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(Núm 3, 5-9; Sal 88, 21-22. 25. 27; Hech 6, 1-7b; Mt 20, 25b-28)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Jesús.

 

Acción de gracias a Dios por el don de un nuevo diácono

1.“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Esta mañana hacemos nuestras estas palabras del salmista, y cantamos con emoción y gratitud la misericordia del Señor. Porque, querido Servilien, tu vocación al sacerdocio y tu ordenación de diácono son una muestra de la permanente misericordia divina para contigo y para con nuestra Iglesia diocesana.

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Nuevas homilías en el archivo de la web

En el archivo de la web diocesana puedes acceder a las homilías y cartas de Mons. Casimiro López Llorente.

Hemos añadido nuevos textos que ya puedes consultar:

 

Homilía San Pascual 2018

Fiesta de San Pascual Baylón

 

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

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Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2018

 

(Ecco 2,7-13; Sal 34: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. A los pies de los restos de san Pascual, el Señor Jesús nos convoca en este día de Fiesta para recordar y honrar a nuestro santo Patrono, Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón.

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Homilías del Obispo en las fiestas de Lledó, San Juan de Ávila y San Pascual

Relee las homilías que el Obispo,  Mons. Casimiro López Llorente, hizo en las fiestas de:

 

María, la Mare de Déu del Lledó.

“María es presencia de Dios y de su amor en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestra Ciudad. Hoy nos acogemos de nuevo a su protección de Madre: a sus pies podemos acallar nuestras penas, en su regazo encontramos consuelo maternal y, bajo su protección y tras sus huellas, encontramos el aliento necesario para escuchar y seguir a su Hijo, para ser discípulos misioneros del Señor.”

 

San Juan de Ávila, patrono del clero secular.

“Animados por el espíritu de San Juan de Ávila deseamos manifestar hoy nuestra alegría en el seguimiento del Señor en el camino de nuestro ministerio presbiteral. Cantemos las misericordias del Señor; y con la Virgen María, proclamamos su grandeza por las maravillas que ha obrado en nosotros, por los testimonios de entrega y de santidad de tantos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano.”

 

San Pascual Baylón, patrono de la Diócesis y de la ciudad de Vila-real.

“Celebremos con verdadera fe y devoción a San Pascual. Hacerlo así implica mirar el presente y dejarnos interpelar por nuestro Patrono en nuestra condición de cristianos de hoy; significa preguntarnos por el grado de nuestro amor a Jesucristo, de nuestra fe y vida cristiana, por la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, por la vida cristiana de nuestras familias y por la fuerza evangelizadora de nuestras comunidades parroquiales, eclesiales y de nuestras cofradías.”