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Ordenación Presbiteral de Servilien Ndagijimana

Capilla del Seminario Diocesano Mater Deide Castellón, 6 de octubre de 2018

 (Jer 1, 4-9; Sal 88; 1 Pt 5,1-4; Jn10,11-16)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor

 

Alabanza y acción de gracias
  1. “Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor”(Sal 88). Con estas palabras, el Salmista nos invita hoy, querido Servilien, a la alabanza y a la acción de gracias a Dios por tu elección para ser su sacerdote y por tu ordenación sacerdotal. Son dones de Dios para ti, pero también y ante todo para nuestra Iglesia, que se ve una vez más agraciada a través de tu persona. En esta mañana nos unimos a tu alegría y contigo cantamos al Señor por su gran amor y misericordia para con todos nosotros. Gracias sean dadas a Dios, que te ha llamado y enriquecido con sus dones a lo largo de tu vida y en estos años de Seminario en que has sabido acoger, discernir y madurar su llamada. Gracias damos a Dios por tu corazón disponible, generoso y agradecido a su llamada; gracias por tu fe confiada en el Señor, que te ha ayudado a superar dificultades, pruebas, miedos y temores.

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Ordenación Servilien Ndagijimana

Ordenación de Servilien Ndagijimana, un don de Dios para la Diócesis

Este curso ha comenzado con muchos motivos de alegría excepcionales en la Diócesis, como asegura el Obispo en su próxima carta dominical. El primero fue la visita de la Virgen Peregrina de los Desamparados a Chilches y La Llosa, y el 1 de octubre la acogida en Benicasim de las hermanas de la Sagrada Familia de Nazaret. Esta mañana, se añade uno más: la ordenación sacerdotal de Servilien Ndagijimana.

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El Obispo ordenará presbítero a Servilien Ndagijimana el sábado

El sábado próximo, 6 de octubre, Mons. Casimiro López Llorente ordenará sacerdote a Servilien Ndagijimana. En julio fue ordenado diácono en  Los Santos Juanes de Almenara, donde ha servido pastoralmente. Este viernes la parroquia organiza una vigilia de oración a las 18h por él, y el domingo celebrará la Primera Misa a las 11h. A partir de ahora quiere ser un presbítero humilde y sincero, que lleva en su corazón la oración, la Eucaristía, los jóvenes y los pobres.

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Homilía diaconado Ndagijimana

Ordenación de diácono de Servilien Ndagijimana

Iglesia Parroquial de Almenara – 7 de julio de 2018

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(Núm 3, 5-9; Sal 88, 21-22. 25. 27; Hech 6, 1-7b; Mt 20, 25b-28)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor Jesús.

 

Acción de gracias a Dios por el don de un nuevo diácono

1.“Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88). Esta mañana hacemos nuestras estas palabras del salmista, y cantamos con emoción y gratitud la misericordia del Señor. Porque, querido Servilien, tu vocación al sacerdocio y tu ordenación de diácono son una muestra de la permanente misericordia divina para contigo y para con nuestra Iglesia diocesana.

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ordenación diaconal Ndagijimana

Ordenación diaconal de D. Servilien Ndagijimana en Almenara

Desde un buen rato antes de comenzar la celebración a mediodía, la iglesia parroquial de los Santos Juanes de Almenara ya estaba llena. La población se había apresurado a coger sitio en los bancos junto a fieles del resto de la Diócesis. Fuera, un tapiz de hojas guiaba desde el local parroquial hasta el templo la procesión de entrada, con el Obispo, mons. Casimiro López Llorente, los vicarios episcopales, el rector del Seminario Mater Dei, numerosos sacerdotes y Servilien Ndagijimana, preparado para recibir la ordenación diaconal. Santa Genoveva Torres, desde el Cielo, seguro que sonreía.

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“Por la ordenación seréis desde hoy epifanía de Cristo para los hombres”

 

David Escoín y Francisco Javier Phuc Pham han estado este sábado en el centro de atención del Pueblo de Dios que camina en Segorbe-Castellón. En una Concatedral de Santa María llena y fervorosa, mons. Casimiro López Llorente les ha conferido la ordenación sacerdotal, un don – como el Obispo afirmaba en la homilía- que hará de ellos “epifanía para los hombres del único sacerdote, que es Cristo”. Centralidad de Cristo, servicio y anuncio de Evangelio son los grandes retos de los nuevos presbíteros.

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El Obispo ordena a dos nuevos diáconos

Esta mañana Mons. Casimiro López ha ordenado a dos nuevos diáconos: David Escoín Rubio y Francisco Javier Phuc Pham Van, de los seminarios Mater Dei y Redemptoris Mater respectivamente. En la celebración, que ha tenido lugar en la parroquia de la Asunción de Onda, han participado unas 600 personas y medio centenar de sacerdotes, que han concelebrado junto al Obispo.Ordenación2

David es de Castellón y en él se fue fraguando la llamada de Dios tras el trágico accidente de su hermana, del cual se sirvió el Señor para plantar su vocación”. Ahora Escoín quiere “agradecer a Dios todo lo que ha hecho en su vida, ponerse al servicio de la Iglesia y llevar su Palabra al mundo”, por eso hoy le dice sí al Señor como diácono y más adelante lo hará como sacerdote para toda la vida.

Francisco Javier Phuc es de Ninh Binh (Vietnam). Él comenzó a ver que Dios le llamaba al sacerdocio ya de niño, cuando era monaguillo en su pueblo natal, en su parroquia viendo el fiel testimonio de su párroco y de los sacerdotes de su pueblo. Para entrar al seminario en Vietnam Phuc necesitaba el permiso del gobierno, lo cual complicó mucho las cosas. Hace 11 años el joven, del Camino Neocatecumenal, llegaba al Redemptoris Mater de Castellón y hoy lo tiene muy claro: “Quiero ser sacerdote porque quiero corresponder a la llamada que Dios me regala por puro amor y misericordia. Su Santo Espíritu me urgió en mi corazón a sentirme querido por Él y luego apareció en mí un deseo de continuar la misión de Cristo dando testimonio de su amor”, afirma el joven diácono.Ordenación_3

“¡Damos gracias a Dios por el don de vuestra ordenación, que hoy es un bien para todos!”, ha exclamado el Obispo hoy en la celebración. Mons. Casimiro López ha insistido: “sois motivo de alegría, de esperanza de ver que la semilla del sacerdocio sigue siendo acogida en corazones jóvenes para que el anuncio de Jesucristo siga llegando a todos”.

El prelado les ha alentado a “ser hombres de bien, llenos del Espíritu Santo hasta el último momento de vuestras vidas, para que mucha gente se acerque a Jesucristo”.

“Es vuestra labor como diáconos la proclamación de la Palabra. Estáis llamados a ser mensajeros y a hacer viva la Palabra de Dios”. En este sentido Mons. López Llorente les ha advertido del peligro de desvirtuar el mensaje de Jesucristo: “No olvidéis nunca que es la Palabra de Dios, no es nuestra palabra, ni vuestra palabra. Tampoco es una palabra que se impone, sino que se propone y se ofrece”.

 

Ordenación de los diáconos David y Phuc

Iglesia parroquial de la Ntra. Sra. de la Asunción de Onda, 11 de junio de 2016

Fiesta de San Bernabé, Apóstol

(Act 11, 21b-26, 13,1-3; Sal972; Mt 10,7-13)

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor, queridos David y Francisco Javier

1. El salmista nos invita en esta fiesta de San Bernabé, apóstol, a cantar “al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97). Hoy queremos cantar y dar gracias a Dios por el don de la vocación al sacerdocio ordenado y por el don de la ordenación diaconal de estos dos jóvenes: son las maravillas, que Dios hace hoy en nuestra Iglesia.

Vuestra vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, en un don de Dios, es la semilla que Dios puso un día en vuestro corazón:  en tu caso, Phuc, la descubriste cuando eras aún un monaguillo; en el tuyo, David, con motivo de la muerte en accidente de tu hermana.

Hoy queremos dar cantar al Señor, antes de nada, y darle gracias por el don de vuestra vocación al sacerdocio. Dios, que os doy la vocación, ha ido cuidando también de vosotros y os ha ido enriqueciendo con sus dones a lo largo de estos años de acogida, discernimiento y maduración de la llamada; gracias le damos a Dios por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido; gracias le damos por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores; gracias de la damos por vuestras familias, que han apoyado en todo momento vuestra vocación y no han obstaculizado vuestra respuesta; gracias le damos por la ayuda que en el camino del discernimiento y maduración de vuestra vocación os han prestado vuestras comunidades, amigos y compañeros y, sobre todo, vuestros formadores en el Seminario: gracias a todo ello, vosotros os habéis convertido en tierra buena donde la semilla va dando sus frutos. Uno de esos frutos es ya vuestra ordenación diaconal.

Por todo ello, nuestra celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. La Iglesia entera se consuela hoy al ver que, no obstante la penuria vocacional que padecemos, Dios sigue llamando; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa por unos corazón jóvenes, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir para que el Reino de Dios y el Evangelio de Jesucristo llegue a todos.

Demos gracias al Padre que nos llena con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo, que se conforman con Cristo y ponen sus propias fuerzas a disposición de su Iglesia. Es una acción de gracias llena de alegría y de gozo: para la Iglesia entera, para nuestra Iglesia Diocesana, para nuestros Seminarios Diocesanos y todos los responsables de vuestra formación. Y ¡cómo no! para vuestras familias y para cuantos, con la oración y el sacrificio, contribuyen cada día al bien de la Iglesia y a la promoción de las vocaciones sacerdotales.

2. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros, queridos David y Phuc, su Espíritu Santo y os a consagrar diáconos. Al ser ordenados de diáconos participaréis de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, Siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en vosotros una marca profunda e imborrable, que os conformará para siempre con Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis por la ordenación y habréis de ser siempre con vuestra palabra y con vuestra vida signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Sed en todo momento, como Bernabé, hombres de bien, llenos de Espíritu Santo y de fe, para que otros muchos se adhieran al Señor (cf. Act 11,24) .

Al ser ordenados diáconos sois llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del Altar y en el ministerio de la caridad, mostrándoos servidores de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. Es tarea del Diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación os entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

3. El diácono, en su condición de servidor de la Palabra, es a la vez destinatario y mensajero la Palabra. Para que vuestra enseñanza de la Palabra de Dios sea creíble, habéis de acoger con fe viva y vivida el Evangelio que anunciáis, con una fe que dé buenos frutos. Antes de nada, el mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, escrutar, estudiar, comprender, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: el buen mensajero se deja configurar, guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida según los postulados del Evangelio. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper permanentemente con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen. La cerrazón de corazón, el egoísmo, la vanidad, el afán de poseer, la comodidad, la tibieza hacen infecunda la buena sementera de la Palabra de Dios.

Por la ordenación diaconal, vais a ser constituidos en mensajeros de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no es nuestra palabra, no es vuestra palabra. En último término, la Palabra de Dios es el mismo Jesucristo quien pasará, podemos decir “sacramentalmente”, a otros por medio de vuestros labios y de vuestra vida, para que se encuentren con Él, se conviertan y adhieran a Él, se hagan discípulos suyos. Como a los Apósteles hoy os dice y envía el Señor:  “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19).

La Palabra de Dios es incisiva, inquieta la falsa paz de muchas conciencias, corta por lo sano cualquier ambigüedad y sabe llegar a los corazones más endurecidos. Seréis mensajeros de la Palabra de Dios tal como ésta ha sido siempre proclamada por la Iglesia y nos llega en la tradición viva de la Iglesia, y no con interpretaciones personales que miran halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reduccionismos, sin miedos, sin complejos y sin fisuras  ante la cultura dominante o ante lo políticamente correcto. No es la Palabra de Dios la que debe ser domesticada a fin de reducirla a nuestros gustos y comodidades, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos creer, crecer y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra. No olvidemos nunca que no se trata de una Palabra que se impone, sino que se propone. ¡Cuánto respeto, cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el interior de aquel, que hace resonar la Palabra de Dios y que debe explicar su sentido para la vida de las personas, de la comunidad eclesial y de la misma sociedad!.

Vivimos en una sociedad cada vez más descristianizada y pagana, en la que Dios, Cristo y su Evangelio son cada vez más desconocidos, ignorados e incluso proscritos. Confiados en la fuerza inherente de la Palabra de Dios no hay que tener miedo a ofrecerla como el verdadero camino que ilumina la realización de todo hombre y de todo el hombre. La Palabra de Dios es la única es capaz de derribar los ídolos y las falsedades mundanas, y de liberar al hombre de la diversas formas de esclavitud y de pecado, que truncan su verdadera dignidad y su vocación más alta. Como los Apóstoles en el evangelio de hoy-  los diáconos sois enviados a “curar enfermos, resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios” (cf. Mt 10, 8); como heraldos del Evangelio sois administradores de la salvación eterna, no de metas meramente limitadas y efímeras; estáis destinados a ser profetas de un mundo nuevo, de la nueva creación instaurada por la muerte y resurrección del Señor; sois portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas claves del hombre y de la tierra y que no se cierra en los pobres horizontes de este mundo.

4. Como diáconos seréis también los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendréis también el honor y el gozo de ser servidores del “Mysterium”. Se os entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

A los diáconos se os confía de modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida del diácono no sólo lleva a los creyentes al encuentro de comunión con Cristo, sino que también les lleva y les da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a los pobres y necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del diácono, discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. El amor al prójimo no se debe solamente proclamar, se debe practicar.

5. El Señor nos ha dado ejemplo de siervo y servidor. En vuestra condición de diáconos, es decir, de servidores de Jesucristo, servid con amor y con alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y benignos para con los demás; dedicad a los otros vuestra persona, vuestros intereses, vuestro tiempo, vuestras fuerzas y vuestras vidas; sed servidores de la Misericordia. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). El diácono, colaborador del obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de la Iglesia: es, a la vez, pan para el hambriento, luz para el ciego, consuelo para el triste y apoyo del necesitado.

Para ser fiel a este triple servicio vivid día a día enraizados en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural; vivid sumergidos en la plegaria de modo que vuestro trabajo diario esté lleno de oración. Sed fieles a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que os está encomendada de modo directo. Esforzaos en fijar vuestra mirada y vuestro corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración os ayudará superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de vuestro  propio yo, y así a purificar vuestra mirada y vuestro corazón: la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. Así encontraréis en la oración el humus necesario para vivir vuestra promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia y al Obispo y así a los hermanos.

El celibato que acogéis libre, responsable y conscientemente, y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos sea para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de vuestro servicio y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. No olvidéis que el celibato es un don de Cristo que tanto mejor viviremos, cuanto más centrada esté nuestra vida en él. Movidos por un amor sincero a Jesucristo y viviendo este estado con total entrega, vuestra consagración a Jesucristo se renovará día a día. Por vuestro celibato os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

6. Queridos hermanos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre estos hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. Que la Virgen María, sierva y esclava del Señor, interceda para que estos dos hermanos nuestros reciban una nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda semillas de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Diáconos, servidores de la misericordia

Queridos diocesanos:

El próximo día 11 de junio, D.m., en la iglesia parroquial de la Asunción de Onda, ordenaré de diáconos a dos jóvenes seminaristas. Estos dos diáconos, que después de un tiempo serán ordenados presbíteros, son dos nuevos dones de Dios a nuestra Iglesia diocesana, que acogemos con mucha alegría y con profundo agradecimiento, y más, si cabe, en tiempos de escasez de vocaciones al sacerdocio.            Recordemos que diácono viene de diakonía, que significa servicio; el diacono es, por lo tanto, ‘servidor’. Mediante la imposición de las manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado derramará sobre cada ordenando su Espíritu Santo y le consagrará diácono. Así quedarán constituidos para siempre en signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Los diáconos habrán de ser con su palabra y con su vida signo de Cristo, siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz para la salvación de todos. Todas las funciones del diácono se sintetizan en una palabra “servicio”: servicio en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29) para que todos los hombres se encuentren en Cristo, la misericordia encarnada de Dios.

Cristo, “se ha hecho diácono de todos”, escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus discípulos, los diáconos. La actitud de servicio es una de las características que Jesús, nuestra Iglesia y nuestro mundo piden y esperan de los diáconos siempre -también cuando sean ordenados presbíteros. Para mantener viva esta actitud, el diácono ha de ser un discípulo enamorado del Señor, siervo, y un ardoroso misionero en el servicio. Es algo que debe cuidar y aprender a vivir día a día con sumo esmero. El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar la buena Nueva, que es Jesucristo, debe imitarlo, debe aspirar a ser siempre un servidor como él. Servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde y obediente al Padre hasta la cruz.

El papa Francisco acaba de decir a los diáconos (Homilía 29.05.21016) que para ser siervos hay que comenzar por vivir la disponibilidad a tiempo total; hay que ser solícitos para el hermano y estar siempre abiertos a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios; y que hay que vivir la mansedumbre y la humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarse, hacerlos sentirse acogidos en casa y en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve. Así crecerá el diácono como ministro de la caridad y de la misericordia.

Nuestra sociedad y nuestro Pueblo de Dios tienen necesidad de diáconos, que sean discípulos configurados con el corazón de Cristo, siervo, y ardorosos misioneros de la nueva Noticia: servidores de la misericordia de Dios ejercitando las obras de misericordia corporales y espirituales, atentos siempre a las necesidades de los más pobres, frágiles y necesitados, y promotores de una cultura del encuentro, de la reconciliación, de la fraternidad y de la misericordia. Esta actitud del servicio a todos tiene como primer objetivo vivir en todo momento fieles a Cristo Siervo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de curar y sanar, de comunicar Vida y Salvación.

Pidamos a Dios por estos dos nuevos diáconos: para que imiten siempre en su vida a Cristo, Siervo, y como él sean servidores con entrañas de misericordia para con todos, en especial para con los más pobres y necesitados de pan, de cultura y de Dios.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón