Homilía en la Ordenación Presbiteral de Jesús A. Chávez

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 12 de septiembre de 2020

 (Jer 1,4-9; Sal 22; 1 Pt 5,2-3; Jn 10, 11-16)

 

Muy amados todos en el Señor!

 

  1. El Señor nos ha congregado para tu ordenación presbiteral, querido Jesús Andrés. Hemos acudido con la alegría de sabernos amados, bendecidos y agraciados una vez más por Dios en tu persona. Dios muestra de nuevo su benevolencia para con nosotros, para con esta Iglesia suya, que peregrina en Segorbe-Castellón. Hoy damos gracias al Señor, que te ha elegido y llamado al sacerdocio ordenado; Él te ha enriquecido con sus dones a lo largo de tu vida y en los años de Seminario, en que has sabido acoger, discernir y madurar su llamada al sacerdocio. Gracias damos a Dios por tu corazón disponible, generoso y agradecido a su llamada; gracias por tu fe confiada en el Señor, que te ha ayudado a superar dificultades, pruebas, miedos y temores.

 

Saludo con verdadero afecto a tus queridos padres, Jesús Antonio y Miriam Lucía, que pueden finalmente acompañarnos en tu ordenación. Les felicito y doy gracias a Dios por ellos y por tu familia, por tus catequistas y por cuantos te han ayudado a descubrir, acoger y madurar la llamada del Señor. Quiero también expresar mi profunda gratitud y cordial felicitación a cuantos han cuidado de tu vocación y formación –rectores, formadores, profesores, y compañeros- y te han animado a corresponder a ella con alegría, confianza y generosidad. Estoy seguro de que seguirán estando cerca de ti, para que perseveres en el ministerio sacerdotal y puedas cumplir la misión que el Señor te confía hoy para esta Iglesia de Segorbe-Castellón.

  1. Por la imposición de mis manos y la oración de consagración, vas a quedar hoy configurado con Cristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia: gracias a la ordenación y por la fuerza del Espíritu, a partir de ahora podrás representar a Cristo y actuar en su nombre como Pastor y Cabeza invisible de su Iglesia.

 

Fijémonos en el Evangelio que acabamos de proclamar. “Yo soy el buen Pastor” (Jn 10, 11), dice Jesús. Así se presenta Jesús a sus discípulos. El Señor, que usa repetidas veces la imagen del pastor y de las ovejas, hoy nos ofrece con toda claridad la figura del buen Pastor. El buen Pastor es aquel que cuida de sus ovejas, que busca a la extraviada, que cura a la herida y que carga sobre sus hombros a la extenuada. Después de afirmar con solemnidad que Él es el Buen Pastor, nos dice que “el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El Señor se refiere a su muerte por amor en la Cruz, una muerte aceptada voluntaria y libremente para la salvación del mundo. Jesús da su vida por los suyos. Y lo hace por amor a los suyos y por amor al Padre, en obediencia a la misión que le había encomendado, para que se forme un solo rebaño bajo un solo pastor.

 

A la imagen del buen Pastor, o del Pastor bueno, perfecto en todos sus aspectos y, en este sentido, único, Jesús contrapone la imagen del asalariado que ve venir al lobo y huye. El falso pastor sólo piensa en sí mismo, en su paga y en su seguridad. Al asalariado no le importan de verdad las ovejas. Es incapaz de arriesgar su vida ante el peligro y hará lo imprescindible. En contraste con los falsos pastores, que se sirven de sus ovejas, Jesús se declara el Pastor modelo, que entrega su vida por sus ovejas.

 

Querido Jesús: vas a ser ungido, consagrado y enviado para ser pastor y guía al servicio del pueblo de Dios. Pero en nombre y en representación de Cristo Jesús, el buen Pastor. No olvides nunca el lugar central que ha de ocupar siempre Cristo, el buen Pastor, en toda tu vida y la referencia permanente de todo tu ministerio presbiteral a Él: en el ejercicio y vivencia de tu ministerio habrás de intentar ser trasparencia nítida del buen Pastor. Hoy quedarás consagrado para representarle; habrás de transparentarle con tu vida y en tu ministerio: sea como maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos o guía de la comunidad.

 

No podrás ser buen pastor, tras las huellas del buen Pastor, sin una profunda relación de fe y de amor con Dios Padre, buscando siempre su voluntad, como Cristo Jesús. Y no podrás tampoco ser bueno pastor, sin cultivar una profunda relación de amor y amistad con Jesús, el buen Pastor. Nadie puede llevar y transmitir a Cristo, si no está unido vital y existencialmente a Él. Si estamos desnutridos, si estamos alejados de la fuente de la Vida, no podremos transmitir vida. Sólo desde nuestro amor apasionado a Cristo, podremos amar, cuidar y apacentar a aquellos que El nos encomienda, con respeto, con comprensión y, sobre todo, con verdadero amor. Nuestra caridad pastoral será la prueba de nuestro amor a Cristo.

 

  1. Jesús señala las condiciones del buen Pastor, que se pueden resumir en tres palabras: dar, conocer y buscar: dar la vida por las ovejas, conocerlas bien y buscar a las que están fuera del redil. Son los tres grandes principios para todo pastor en la Iglesia.

 

El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). Esta es la primera y principal característica del buen Pastor: Dar y darse, gastar y desgastar la propia vida por las ovejas. Es la suprema muestra del amor, del celo apostólico, de la caridad pastoral. De lo contrario se vivirá no para el ministerio, sino del ministerio; se servirá uno de él en provecho propio, en lugar de vivirlo como servicio desinteresado a los hermanos.

 

San Pedro nos exhorta: “Sed pastores del rebaño de Dios a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño” (1 Pt 5,2-3). No es el autoritarismo, sino el amor entrañable y el servicio fraterno, lo que caracterizan al buen pastor. Ser buen pastor exige entrega incondicional y amor entrañable a los co-presbíteros y al Obispo, a la comunidad y a cada persona. Nuestra motivación no puede nunca ser el puesto, la rentabilidad o el medrar sino el vivir una permanente actitud de servicio y el testimonio de una entrega total y desinteresada a la comunidad y a los hermanos: nuestro único interés ha de ser Jesucristo y su Evangelio, llevar a las personas al encuentro personal y transformador con Cristo, que fuente de Vida y Salvación.

 

  1. Jesús, el buen Pastor, conoce a sus ovejas, y pide que quienes le representan sigan sus huellas. Para Juan, ‘conocer a alguien’ es mucho más que saber su nombre: es amar. Se trata de un conocimiento personal, surgido del diálogo y encuentro con el otro, del compartir sus alegrías y sus penas, sus sufrimientos y sus gozos. Es el conocimiento que implica una comunidad de vida con los fieles, vivir entre ellos y con ellos, salir en su búsqueda y a su encuentro, como hizo Jesús. De lo contrario es imposible conocer sus problemas, sus gozos y sus angustias, sus necesidades e inquietudes y ofrecerles a Cristo, la Palabra y el Alimento de Vida. Existen muchas formas, y a veces muy sutiles, de vivir aparte, al margen de los fieles. Nadie puede cuidar la comunidad a tiempo parcial, desde casa, el despacho o el templo, al resguardo del frío en tiempos de invierno pastoral e indiferencia religiosa, por comodidad o por miedo al rechazo. El pastor bueno sale y se acerca, acorta las distancias, dialoga con su gente con cercanía y sencillez.

 

Condición previa para conocer las ovejas, es preocuparse de ellas, ir a su encuentro y estar cercano a ellas. Querido Jesús: Sabes muy bien que cada día son más los alejados de la comunidad de la Iglesia, sobre todo entre los jóvenes y los matrimonios y familias jóvenes, en el mundo del trabajo, de la ciencia y en tantos otros más. Ante esta realidad, hace falta ser creativos e imaginativos, hace falta tener iniciativas, y no esperar a que el párroco o el obispo te digan lo que has de hacer. Necesitamos mucho celo apostólico y caridad pastoral, para acercarnos y llevar a Jesucristo a estos ambientes. Aquí es donde se conoce al buen pastor. El estilo pastoral, que nos pide Jesús, es el de una pastoral misionera y creativa, personal y personalizada. Jesús sabe ir a las personas y propiciar el encuentro personal. Y ahí empieza la cura más profunda, su método de salvación. Es un camino delicado que trastoca nuestra forma de vivir el ministerio pastoral. Pero es el camino del buen pastor.

 

  1. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn, 10, 16).  El auténtico pastor no se cierra en su grupo o en su comunidad, ni piensa sólo en los de dentro ni se contenta con los que vienen. El buen pastor tiene, por el contrario, un corazón amplio, abierto, universal; se siente servidor de todos aquellos que buscan la verdad. Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres que está invitada a escuchar, acoger y vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por un limitado número de personas. Jesús no se cierra a los que no le conocen, ni les cierra las puertas; busca caminos para llegar a ellos. Seguir las huellas del buen Pastor es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado en las fronteras de una parroquia, diócesis, cultura o nación, ni quedar reducido por la afinidad ideológica o la simpatía. Jesús no habla de ‘conquista’ de los de fuera; sí que habla de los que ‘oirán su voz’: esa voz que arroja luz en la vida, que da esperanza, que tiende la mano, perdona y reconcilia.

 

  1. Querido Jesús: Cultiva el escrute, la oración, la contemplación y la adoración para que puedas adquirir los mismos sentimientos, actitudes y comportamientos de Cristo, el buen Pastor. “En la escuela de la Eucaristía” encontrarás el secreto y la fuente que alimente tu caridad pastoral. Descansando en el Señor, te podrás reponer de tu cansancio ministerial; mirando al buen Pastor, podrás superar la tentación del conformismo, de la tibieza y de la rutina. A partir de hoy, podrás pronunciar en nombre de Jesús las palabras de la consagración: “imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

 

En este día oramos al Señor por Jesús: que Dios le conceda ser fiel reflejo del buen Pastor. ¡Y que esta ordenación sea semilla fecunda de nuevas vocaciones al ministerio ordenado! ¡Que María, la mujer eucarística, lo cuide y enseñe a ser fiel a su Hijo Jesucristo, el buen Pastor! Amen.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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