Vigilia Pascual presidida por el Obispo en la Concatedral de Santa María

S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón de la Plana, 11 de abril 2020

 

  1. “No está aquí. Ha resucitado, como había dicho” (Mt 28,6). Este es el anuncio del ángel vestido de blanco a las mujeres, que habían acudido a ver el sepulcro. Esta es la gran noticia en esta Noche Santa de Pascua: Cristo ha resucitado; es la Pascua del Señor: porque Cristo ha pasado a través de la muerte a la Vida gloriosa de Dios, Cristo ha pasado a una nueva y definitiva existencia. El Señor vive para siempre a la derecha del Padre.

 

Esta es la razón de esta Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, la fiesta cristiana por excelencia. ¡Aleluya, hermanos! Alegrémonos y gocemos por la presencia del Señor Resucitado en medio de nosotros. Nunca nos cansaremos de celebrar la Pascua de la Nueva y definitiva Alianza: en medio de la oscuridad de la noche, el cuerpo de Jesús ha sido liberado de la muerte y ha sido llenado del Espíritu de Dios, el Espíritu de la Vida.

  1. “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117). La Palabra de Dios nos lo ha recordado. Nuestro Dios no es un Dios de muerte, sino un Dios de Amor y de Vida.

 

En la primera creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primeras y las llenó de su vida. Dios creó todas las cosas y al hombre por amor y para la vida. ¡Y vio que era muy bueno! Ahora, en la nueva creación, el mismo Espíritu ha actuado poderosamente en el sepulcro de Jesús y ha llenado de Vida nueva a Jesús, el primogénito de toda la nueva creación.

 

Cuando el hombre en uso de su libertad rechaza la vida de Dios, éste en su infinita misericordia no le abandona. En la culpa humana, Dios muestra su amor misericordioso y promete al Salvador. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Para rescatarnos del pecado de Adán nos dio al Salvador, quien muriendo nos libera del pecado y resucitando nos devuelve la vida.

 

Dios no abandona nunca al hombre, está presente y pasa permanentemente por la existencia del hombre: pasa por la vida de Adán, pasa por la historia de su Pueblo Israel y lo salva de la esclavitud de Egipto. Y en el paso del Mar Rojo nos prepara para entender el paso de Cristo a una nueva existencia, liberándonos a todos, como un nuevo Moisés que guía a su pueblo a través de las aguas del Bautismo. Dios pasa haciéndose oír por la voz de los profetas que recuerdan su amor eterno hacia su pueblo: un amor que sacia la sed de vida del hombre; un amor que por el camino de los preceptos de la vida conduce a la auténtica sabiduría; y un amor que da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

 

Pero sobre todo, Dios pasa por la existencia entregada de su Hijo: Dios no lo abandona en la muerte, le ‘hace pasar’ de la muerte a la vida. Ayer, Viernes Santo, escuchábamos conmovidos la pasión y muerte de Jesús en la Cruz. Esta Noche santa escuchamos: “No está aquí. Ha resucitado”. Es la Pascua del Señor, su paso de la muerte a la vida gloriosa y sin fin.

 

Después de la noche nace el Día, en la oscuridad emerge la Luz, del silencio del sepulcro surge la Palabra, en la vida humana aparece la Vida de Dios. Anunciemos por doquier que es Pascua: el paso de Dios por la vida de los hombres desde la misma Creación para mostrarnos su amor; y éste mismo Dios, en la plenitud de los tiempos “ha hecho pasar” a Jesús de la muerte a la Vida, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

 

  1. También Dios ha pasado por nuestra existencia en nuestro Bautismo. Si hermanos: La Pascua de Cristo es nuestra Pascua. San Pablo, en la carta a los Romanos (cf. 6, 3-11), nos ha recordado que el día de nuestro Bautismo, os bautizados hemos pasado de la muerte del pecado a la vida nueva de Cristo resucitado; hemos sido sumergidos en la nueva existencia de Cristo y hemos sido incorporados a su vida, por la fuerza del mismo Espíritu que le resucitó a Él. Por medio del Bautismo, Dios también pasa por nuestra vida y nos permite vivir ya ahora la vida misma de Dios.

 

El Bautismo es más que una mera tradición; es mucho más que una purificación. Es un nuevo nacimiento, es un renacimiento de lo alto a la Vida misma de Dios, es el inicio de la una ‘vida nueva’. En el Bautismo hemos sido “incorporados” a Cristo. En el Bautismo nos entregamos a Cristo; Él nos toma consigo, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino gracias a Él, con Él y en Él, vivamos con Él y, como Él para Dios y el prójimo.

 

Esta es la novedad del Bautismo: nuestra vida pertenece a Cristo; ya no nos pertenece a nosotros mismos. Pero precisamente por esto ya no estamos solos ni siquiera en la muerte, sino que estamos con Aquél que vive para siempre. Acompañados por Él, más aún, acogidos por Él en su amor, somos liberados del miedo, también en la  enfermedad y en la pandemia. Él nos abraza y nos lleva, dondequiera que vayamos. Él es la Vida misma.

 

  1. “Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…”.Considerémonos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús de modo que andemos en una vida nueva.

 

El amor de Dios nos despierta esta noche. Nos recuerda el misterio de nuestra propia vida de bautizados, que se ilumina con nuevo resplandor en su presencia. Unidos en la fe, la esperanza y el amor de nuestro Señor Jesucristo, renovemos una vez más nuestras promesas bautismales desde nuestras casas o desde los lugares donde nos encontremos. Renunciemos al pecado para vivir la libertad de los hijos de Dios; renunciemos a todas las seducciones del mal para que no domine en nosotros el pecado. Renunciemos a Satanás, padre y príncipe del pecado. Hagamos profesión sincera de nuestra fe cristiana y católica.

 

Al comienzo de la Vigilia encendíamos el cirio, signo de Cristo, luz del mundo. En el pregón cantaba el sacerdote en oración humilde.      “Te rogamos, Señor, que este cirio consagrado a tu nombre arda sin apagarse para destruir la obscuridad de esta noche… Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo; ese lucero matinal que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo Resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el género humano”.

 

Brille así, hermanos, nuestro amor al Señor: sin interrupción, sin titubeos, sin descanso. Que el encuentro de esta noche con Cristo glorioso inunde nuestras almas de gozo y de paz, de alegría y esperanza, de fe y de amor. Alegrémonos, hermanos y hermanas. No celebramos un hecho pasado, no seguimos una doctrina fría. Celebramos, seguimos y anunciamos a Cristo Jesús, invisible pero presente en medio de nosotros como el Señor Resucitado.

 

Unidos a la Iglesia entera dejémonos llenar por la alegría pascual. La Pascua de Jesús quiere ser también nuestra Pascua. Recordemos nuestro Bautismo. Dios quiere renovar en nosotros los dones de su gracia del día de nuestro Bautismo. Dejémonos llenar de vida por el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Él nos comunica alegría y paz, energía y esperanza en estos momentos trágicos de pandemia. Él nos envía a ser con toda nuestra vida signos vivos del Resucitado, esperanza para la humanidad. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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