Ordenación sacerdotal de David Escoín y Fco. Javier Phuc

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 10 de diciembre de 2016

(Is 35,1-6a; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11, 2-11)

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas,

Muy queridos ordenandos, David y Phuc,

Un saludo muy especial a los padres y familiares de los ordenandos, especialmente a vosotros que habéis venido de Vietnam,

Amados todos en el Señor.

 

Alegría, acción de gracias y oración

  1. En la víspera de este tercer Domingo del Adviento, en el que la Palabra de Dios nos invita de modo especial a la alegría, es motivo para un gozo particular acoger en nuestro presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con todos vosotros doy gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Hoy, vosotros, queridos David y Francisco Javier, estáis en el centro de la atención de nuestro Pueblo de Dios, simbólicamente representado por cuantos estamos en esta Con-catedral de Santa María: hoy está llena, sobre todo, de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, y de alegría humana y espiritual. En este representación del Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros superiores, formadores y profesores de los Seminarios, las comunidades eclesiales de las que procedéis, y las comunidades a las que vosotros mismos habéis servido ya como diáconos: Ntra. Sra. de la Asunción de Onda y Sto. Tomás de Villanueva de Castellón. No olvidamos a tantas personas que están unidas a nosotros espiritualmente, como las monjas de clausura y los enfermos e impedidos, que nos acompañan con el don de su oración y de su sufrimiento.

Nuestra Iglesia diocesana da gracias a Dios y reza esta mañana por vosotros: somos conscientes de los dones que Dios os ofrece y, al mismo tiempo, de la necesidad que tiene el corazón de cada hombre de encontrarse a través de vosotros con Cristo, el Salvador del mundo, para recibir de él la vida, la libertad y la alegría plenas. Nos sentimos, por tanto, todos invitados a entrar en el “misterio” en el acontecimiento de gracia que se está realizando en vuestros corazones con la Ordenación presbiteral.

 

Presbíteros por elección divina: don y misterio

  1. Un día, queridos ordenandos, descubristeis que Dios os había elegido para ser presbíteros de su Iglesia, no por vuestros méritos, sino por pura gracia suya. Ese día escuchasteis una llamada certera del Señor al sacerdocio, cada uno en una edad distinta y con vuestra propia historia personal: Dios tiene sus tiempos y sus caminos. Sólo hay que estar atentos a su voz para que lo que un día es un sentimiento y una intuición se convirtiera en certeza tras un tiempo de oración, formación y reflexión.

 

Cada uno de vosotros habéis sabido responder a la llamada del Señor con alegría y gratitud, con disponibilidad y entrega. Hoy os queréis poner al servicio de Jesucristo, el Buen Pastor y Cabeza de su Cuerpo, que es su Iglesia. Por el don de la ordenación seréis desde hoy epifanía para los hombres del único Sacerdote, que es Cristo; con vuestra persona y con vuestra vida seréis prolongación suya, de su gracia y misericordia entre los hombres. Es un gran regalo, el que hoy recibís: un don que os podría hacer temer o zozobrar, si os fijaseis sólo en vuestras fuerzas limitadas, en vuestras muchas debilidades o en las dificultades para evangelizar.  Haced vuestras las palabras de Isaías: “Sed fuertes, no temáis…. Mirad a vuestro Dios” (Is 35, 4). Sabéis por experiencia, que el amor, la fidelidad, la fuerza y la misericordia del Señor os acompañan siempre. No tengáis miedo; el Señor está siempre con vosotros. Sabéis bien de quien os habéis fiado.

 

Vuestra ordenación sacerdotal es un gran don y un gran misterio. Ante todo es un gran don del amor misericordioso de Dios. Y también es un misterio, porque vuestra vocación tiene que ver con los designios inescrutables de Dios y con las profundidades de vuestra libertad humana. Recibís esta gracia no para provecho propio, sino para ser siervos de Dios al servicio de Cristo, de la Iglesia y de los hermanos. Permaneced fieles y abiertos a la gracia inagotable del sacramento; ella os transformará interiormente para que vuestra vida, unida para siempre a la de Cristo sacerdote, se convierta en servicio permanente y en entrega total.

 

Configurados con Cristo, Cabeza, siervo y Pastor

  1. Vais a ser consagrados presbíteros para ser pastores en la Iglesia y actuar en el nombre de Jesucristo, el Buen Pastor y la Cabeza de su Iglesia. Mediante la imposición de mis manos y la plegaria de consagración quedaréis convertidos en presbíteros para ser servidores del pueblo cristiano con un título nuevo y más profundo. Participareis así en la misma misión de Cristo, maestro, sacerdote y rey, para que cuidéis de su grey siendo maestros de la Palabra, ministros de los Sacramentos y guías de la comunidad.

 

Configurados con Cristo y ungidos por Dios con la fuerza del Espíritu Santo seréis maestros de la Palabra de Dios en nombre de Cristo y de la Iglesia; seréis ministros de los Sacramentos en la persona de Cristo Cabeza, como servidores suyos y administradores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4, 1), y seréis pastores de la grey que os sea encomendada a ejemplo del “buen Pastor que da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). No olvidéis nunca que, a través de vosotros, es Cristo mismo quien quiere apacentar al pueblo de Dios con la fuerza de su amor. A Cristo debéis representar, a Él habéis de anunciar, a Él debéis remitir. No sois el centro; sois mediación para que todos -niños, jóvenes y adultos- se encuentren o se reencuentren personalmente con Cristo, y así brote en ellos la alegria de saberse y sentirse amados, sanados, perdonados y salvados por Dios, en su Hijo, el Salvador.

 

Para llevar al encuentro con Cristo como Juan el Bautista

  1. En el evangelio de hoy aparece la persona de Juan Bautista. Su figura y su papel respecto a Jesús es algo que debéis tener muy presente en vuestra existencia sacerdotal y en vuestro ministerio, queridos ordenandos.

 

El Bautista es el precursor de Cristo. Jesús mismo dice de Juan: “Él es de quien está escrito: ‘Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino ante ti'” (Mt 11,10). A la gente que se reúne para escucharlo, Juan la invita a preparar el camino para acoger al Señor, a enderezar los caminos desviados de la propia vida a través de una conversión radical del corazón (cf. Lc 3, 4). Además, Juan, reconociendo a Jesús como ‘el Cordero de Dios’ que vino a quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29), tiene la profunda humildad de mostrar a Jesús como el verdadero Enviado de Dios, el Consagrado por Dios, el Mesías y Salvador. Y, así Juan, se pone a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado, acogido, seguido y amado.

 

Él mismo Juan lo explica: Yo soy una voz, “yo soy la voz que grita en el desierto” (Jn 1, 23); pero es sólo una voz, porque la Palabra no es él, sino Cristo. Juan nunca se apodera de la Palabra. Juan es el que señala a la Palabra. El sentido de su vida es indicar y mostrar a Cristo. Y cuando Jesús comenzó a predicar, Juan comenzó a declinar. Esa es su vocación y esa es la vocación del presbítero: desaparecer para que aparezca Cristo. Como último acto, el Bautista testimonia con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o retroceder, cumpliendo su misión hasta las últimas consecuencias. Precisamente por el amor a la Verdad, que es Cristo, no admitió componendas y no tuvo miedo de dirigir palabras fuertes a quien había perdido el camino de Dios.

 

Preguntamos, ahora: ¿de dónde nace en el Bautista esta vida, esta interioridad tan fuerte, tan coherente y entregada de modo tan total por Dios y para preparar el camino a Jesús?  La respuesta es sencilla: nace de la relación con Dios, de la oración, que es el hilo conductor de toda su existencia. Toda la vida del Precursor está alimentada por la relación con Dios, en especial durante el período transcurrido en el desierto (cf. Lc 1, 80); las regiones desiertas son lugar de tentación, pero también lugar donde el hombre siente su propia pobreza porque se ve privado de apoyos y seguridades materiales, y comprende que el único punto de referencia firme es Dios mismo.

 

Juan Bautista nos recuerda también a todos y especialmente a vosotros, queridos ordenandos, que el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no admite componendas. La vida cristiana y de todo presbítero exige, por decirlo así, el ‘martirio’ de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones, que en nosotros aparezca Cristo para los demás. Pero esto sólo puede tener lugar si es sólida nuestra relación con Dios. La oración no es tiempo perdido, ni robar espacio a las actividades pastorales, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante y confiada, Dios mismo será quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de un modo feliz y sereno nuestro ministerio, para superar las dificultades y llevar a todos al encuentro salvador con Cristo.

 

Mediante el anuncio del Evangelio

  1. ¿Cómo hacerlo, queridos ordenandos? Mediante el anuncio de Cristo que da vista a los ciegos, salud a los inválidos, limpieza a los leprosos, audición a los sordos, vida a los muertos, esperanza a los pobres. Jesús nos indica además el camino para cumplir esta misión: él sale a la calle y se pone en camino (cf. Lc 9, 51), “recorre ciudades y pueblos” (Lc 9, 35) y va al encuentro de los sufrimientos y las esperanzas del pueblo. Él es “Dios con nosotros”, que vive en medio de las casas de sus hijos y no tiene miedo de mezclarse con la multitud. Él llega a ser fermento de novedad donde la gente lucha por una vida diferente.

 

Mirando a Jesús tres verbos deben impregnar vuestra pastoral: salir, ver, sembrar. Debéis salir a donde está la gente para comunicar la alegría del Evangelio, dejando las comodidades y los prejuicios que encasillan y aletargan. Saliendo y escuchando a las personas -!hay que tener paciencia nos dice el Apóstol Santiago! (cf. Sant 5,7-10)–  podréis ayudar a discernir los movimientos de sus corazones y a orientar sus pasos. Es triste cuando un sacerdote vive sólo para sí mismo, cerrándose en la fortaleza segura de la casa abadía, de la sacristía o del restringido grupo de los cercanos. Por el contrario, estáis llamados a ser pastores en medio del pueblo; pastores capaces de animar una pastoral del encuentro y de gastar vuestro tiempo para acoger y escuchar a todos, especialmente a los jóvenes.

 

En segundo lugar, ver. Cuando Jesús pasa por las calles, se detiene y cruza la mirada del otro, sin prisas. Hoy, por desgracia, con las prisas y la excesiva preocupación por las cosas que hay que hacer, corremos el riesgo de caer en el activismo, que nos hace incapaces para el encuentro con las personas. Pero como Jesús, todo pastor debería mirar atento, sin prisas, y ser capaz de detenerse, escuchar y leer en profundidad. Deberíamos mirar con una mirada capaz que ayude a despertar del letargo del consumismo y de la superficialidad, de suscitar preguntas auténticas de sentido y de felicidad, y el asombro por el Evangelio, especialmente entre los jóvenes. Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan sacerdotes generosos, capaces de cercanía, de escucha y de misericordia.

 

Salir, ver y, la tercera acción, sembrar el Evangelio. Jesús no hace largos discursos, ni hace proselitismo, ni ofrece respuestas prefabricadas. Jesús anuncia la Buena nueva del Reino de Dios en la situación concreta de cada persona. Sed cercanos; salid, mirad, sembrad la Palabra, siempre con mirada de misericordia.

 

  1. Queridos David y Phuc: Vais a ser ordenados presbíteros para esta Iglesia de Segorbe-Castellón, abiertos siempre a la Iglesia universal. Y vais a serlo en un tiempo de increencia e indiferencia religiosa; fuertes tendencias culturales quieren hacer que la gente, sobre todo los jóvenes y las familias, olviden a Dios y a su Hijo, Jesucristo. Pero no tengáis miedo: Dios estará siempre con vosotros. Con su ayuda, podréis recorrer los caminos que conducen al corazón de cada hombre y mujer; y podréis llevarles al encuentro con Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador. Si estáis llenos de Dios, si Cristo es el centro de vuestra vida, si permanecéis en íntima unión con él, seréis verdaderos misioneros de Cristo.

 

Ojalá que vuestro ejemplo aliente también a otros jóvenes a seguir a Cristo en el sacerdocio. Por eso oremos al “Dueño de la mies” para siga llamando obreros al servicio de su Reino, porque “la mies es mucha” (Mt 9, 37).

 

Por vuestra vocación y por vuestro ministerio oramos todos nosotros y vela María Santísima, a quien tanto queréis. Que María, Madre y modelo de todo sacerdote, permanezca junto a vosotros y os proteja para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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