Publicaciones de la Basílica del Lledó edita un estudio sobre las epidemias en la Plana y el papel de la Patrona de Castellón

Desde la peste negra del S. XIV hasta la pandemia del Covid-19. Un recorrido de más de 600 años cuidadosamente documentados que muestran cómo la fe, a través de la devoción a la Virgen, ha sido fuente de consuelo y de caridad con los enfermos en momentos de crisis. Así justifica este libro de reciente aparición su autor, el prior de la Basílica, Josep Miquel Francés, y que ha titulado “Las epidemias en La Plana y la Virgen del Lledó”. (Foto: Misa televisada de la fiesta de la Patrona el 3 de mayo)

La obra comienza con la peste negra que asoló Europa entre el 1349 y el 1369. Precisamente fue en este periodo que se inició el culto en el lugar del Lledó: “Es en 1366, en estas circunstancias tan adversas, cuando Dios quiso hacerse presente con el regalo de una pequeña imagen de la Virgen, encontrada según tradición de la ciudad por Perot de Granyana, bajo una losa, en la raíz de un lledoner”. Menos de 30 años después ya se hacen rogativas desde Vila-real y Almassora, que se repiten en las décadas siguientes con nuevas pandemias.

Crisis del Covid-19

A lo largo de los siglos – como se muestra en los 20 capítulos del libro – la piedad popular recurrirá a la “Mare de Déu” para pedir auxilio, protección y consuelo. Se llega así a la actual crisis del Covid-19. El autor hace una crónica de la primera ola en la provincia, recogiendo la respuesta dada por la Diócesis, y las medidas a las que se sometió la Basílica hasta su reapertura después del confinamiento, el 21 de mayo.

Josep Miquel Francés describe así aquel acontecimiento: “A las nueve de la mañana, se convino que a la misma hora que se concedía la autorización, el prior procedió a la apertura de las puertas del templo mientras volteaban las campanas y resonaba el canto de los Gozos y la Salve a través de la megafonía de la explanada”. Durante todo ese día, la presencia de fieles fue incesante.

Cuidado de los enfermos

En cada ocasión, y como se ha constatado de nuevo con la crisis del coronavirus, la Iglesia no solo aportó consuelo espiritual, sino que dispuso hospitales y espacios para acoger a los infectados. Por ejemplo, durante el pico de cólera en el siglo XIX, los 42 presos infectados de la cárcel provincial se trasladaron a la ermita de San Isidro. El mismo actual palacio episcopal, se convirtió en lazareto de apestados, así como la casa prioral de la Basílica.

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