Fiesta de la Sagrada Familia. Jornada de la Familia

 

Basílica del Lledó, Castellón – 30 de diciembre de 2017

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(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2.41-52)

 

Amados todos en el Señor, queridos niños, matrimonios y familias!

Dentro de la octava de Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Porque la Navidad es la Fiesta del Amor de Dios que se hace hombre para hacer partícipes a todos los hombres de su amor y de su vida y es en el seno de una familia, la Sagrada Familia, donde es acogido con gozo, nace y crece el Hijo de Dios, hecho hombre. Como, ya señaló Benedicto XVI, “Jesús se hizo hombre para traer al mundo la bondad y el amor de Dios; y lo hizo [en la familia] allí donde el ser humano está más dispuesto a desear lo mejor para el otro a desvivirse por él y a anteponer el amor por encima de cualquier otro interés y pretensión”. Por ello, en esta Fiesta celebramos también la Jornada de la familia.

La Sagrada Familia nos muestra cómo ese amor natural que encontramos en nuestras familias debe abrirse al amor eterno de Dios; siguiendo sus pasos, toda familia puede ser también el lugar en el que ya experimentemos la presencia amorosa de Dios. En el silencio del hogar de Nazaret, Jesucristo nos ha enseñado, sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad.

Esta tarde, nuestra mirada se dirige a la Sagrada Familia de Nazaret: un padre carpintero que cuidó de Jesús y le inició en las artes de su oficio; una madre generosa y entregada, que guarda en el silencio de su corazón el tesoro de su experiencia de vida, basada y centrada en Dios; y un hijo que iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

La Familia Sagrada es un hogar en que cada uno de sus miembros vive el proyecto de Dios para cada uno de ellos: José, su vocación de esposo y padre, María, la de esposa y madre, y Jesús, la de Hijo, acogiendo en todo momento la voluntad de Dios-Padre. Es un hogar donde Jesús pudo prepararse para su misión en el mundo; un hogar donde creció y se desarrolló humana y espiritualmente -“crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y los hombres”-, y así se preparó para la misión recibida de Dios-Padre.

La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida, de respeto, de diálogo, de comprensión mutua y de oración. Un modelo donde todos los cristianos y todas las familias cristianas podemos encontrar el ejemplo para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo cada uno la propia vocación recibida de Él y ayudándose unos a otros a descubrir, acoger y vivir la propia vocación. La felicidad de la familia de Nazaret y de todas las familias se basa en su total apertura a Dios. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner en el centro de la familia a Dios, que es Amor, nunca va en detrimento de la misma ni de sus componentes. Cuanto más se abre el corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos y en la familia, más verdadero es el amor a los hijos. Un amor, que para ser verdadero ha de incluir el perdón (cf. Col 3,13): quien perdona, ama dos veces.

Cuando uno sigue el recorrido de la Sagrada Familia se da cuenta enseguida de que los momentos de precariedad y de peligro, de trabajo, de convivencia y de práctica religiosa fueron vividos desde la providencia divina. !Qué importante es darnos cuenta de que ni un problema ni un momento de satisfacción pueden vivirse como si Dios permaneciera ajeno a ellos!

En Navidad, el Hijo de Dios, hecho hombre, nos muestra a Dios y su rostro; y, a la vez, nos muestra al hombre, su verdadero rostro, su origen y su destino, según el proyecto de Dios. En el Hijo de Dios han adquirido también su verdadero sentido el matrimonio y la familia, y el valor inalienable de toda vida humana, que es don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor. Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el querer de Dios, sobre la unión para siempre entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos.

La Sagrada Familia no tuvo fácil vivir el proyecto de Dios. Le tocó habitar en un mundo dominado por proyectos ajenos al proyecto de Dios. El Hijo de Dios, ya desde el inicio de su andadura terrestre, tendrá que sufrir la inseguridad, la insidia, la hostilidad. Su vida se verá amenazada ya desde el principio, cuando la palabra y los ges­tos de esta nueva criatura no parecerían presentar un problema a los poderes establecidos. La vida del Mesías era preciso controlarla, y ante la imposibilidad de esto, era mejor eliminarla o, al menos, censurarla.

Tampoco hoy es fácil acoger y vivir el Evangelio que el Hijo de Dios, la Palabra definitiva de Dios a los hombres, nos ofrece sobre el ser humano, en su diferencia y complementariedad sexual de hombre y mujer, sobre el matrimonio, la familia y la vida humana. Bien sabemos que en la actualidad la familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, está desprotegida y frecuentemente atacada. En el fondo se está destruyendo el matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; y no se quiere aceptar que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad. Pero, cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

En esta situación, los matrimonios y las familias cristianas podéis ofrecer un ejemplo convincente de que es posible vivir un matrimonio de manera plenamente conforme con el proyecto de Dios y las verdaderas exigencias de los cónyuges y de los hijos. Éste es el mejor modo de anunciar la Buena nueva del matrimonio y de la familia. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio abierto a la vida, y de la familia, centrada en Dios.

La familia está llamada a ser un hogar que acoge, acompaña y sana, como dice el lema de este año y desarrolla el Mensaje de la los Obispos de Subcomisión para la familia y la vida.

El misterio de la Navidad nos invita, en primer lugar, a acoger a Jesús, la Palabra que acampa entre nosotros, y abrir el corazón a Dios encarnado en la fragilidad y ternura de un niño. “A los que le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios”, nos dice el evangelista Juan (1, 12). Navidad nos pide acoger a Jesús, la Palabra de Dios, y, en él, acoger al otro. Los padres y las familias estáis llamados a acoger generosamente a los hijos. Como afirma el papa Francisco, “la familia es el ámbito no solo de la generación, sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios” (AL, 166). Tener un hijo es siempre un don, fuente de gozosa alegría. También los esposos, los matrimonios y las familias estáis invitados también a acogeros mutuamente.

La familia es lugar del acompañamiento. Nuestra experiencia nos dice que la familia es el primer lugar en el que somos acompañados. Aquí encuentra su raíz la vocación misionera de la familia. Las familias sois invitadas por Dios a acompañar en la fe y en la vida a los hijos y a los que os rodean, ofreciendo cercanía y aliento de una vida familiar transida de la presencia viva de Jesús. Hemos de ayudar a nuestras familias a descubrir y vivir esta hermosa vocación y misión de acompañar a otras familias. Como aconteció en el camino de Emaús (Lc 24, 13-35), Jesús nos enseña que la Palabra de Dios y los sacramentos son dos referencias fundamentales para aprender a acompañar. En la cercanía y trato personal, se ejercita la paciencia de escuchar a los demás. La persona del diálogo es quien sabe escuchar con atención y verdadero interés. A la escucha le sigue el anuncio gozoso del Evangelio, la experiencia de que la Palabra de Dios es capaz de transformar el corazón íntimamente unido a la acción sacramental.

Una importancia vital tiene hoy el acompañamiento de los adolescentes para descubrir el verdadero sentido del amor y de la sexualidad así como de los novios en la preparación próxima y de los primeros años de matrimonio. Junto a estos procesos, que son vitales para la madurez en el amor, es urgente también el acompañamiento de los matrimonios que sufren porque no vienen los hijos o porque están en crisis, así como de las familias que padecen situaciones como la separación, el divorcio, el aborto, la soledad, la enfermedad, la muerte o la guerra. Tantas y diferentes situaciones en las que se agradece tanto la presencia y la compañía de los amigos, de las familias que no abandonan a las personas en las dificultades, sino que saben estar ahí y son fuente de consuelo y firme esperanza.

Y finalmente, la familia está llamada a ser sanada y sanadora. Jesús es el Salvador, el que trae la buena salud , y el verdadero samaritano (cf. Lc 10, 25-37), que cura al hombre que yace malherido al borde del camino. Él nos carga sobre sus hombros y nos conduce a la posada de la Iglesia. La familia, como Iglesia en miniatura, está llamada hoy más que nunca a ser posada en el que las personas heridas puedan recuperar la salud. De este modo el poder curativo y sanador de Jesús ha de llegar a muchas personas heridas en sus vínculos y relaciones familiares. El aceite y el vino de la parábola del Buen Samaritano se interpretan como los sacramentos que curan la debilidad humana. De este modo, la misericordia que brota del amor de Dios, encuentra su primera y principal manifestación en los sacramentos como acciones de Cristo en la Iglesia. Los sacramentos contienen una virtud medicinal, reparativa y sanante de los daños causados por el pecado. La familia ha de dejarse transformar y purificar por los sacramentos para vivir su adhesión a Cristo.

Celebremos con gozo y agradecimiento el día de la Sagrada Familia. Demos gracias a Dios por el gran don que nos ha hecho en el sacramento del matrimonio y en la realidad familiar. Pidamos a la Sagrada Familia que ayude a todas las familias a ser lugar de encuentro, de acompañamiento, de sanación, en una palabra, a hacer presente el misterio del amor de Cristo en nuestra experiencia cotidiana. Encomendemos hoy a la familia de Nazaret a todos nuestros novios, matrimonios y familias para que se mantengan unidos en el amor, acojan la nueva vida que Dios les dé y produzcan abundantes frutos de santidad. A la Sagrada Familia acudimos hoy para que sepamos responder a la tarea urgente de acoger, vivir y anunciar la buena nueva del matrimonio y de la familia. Amén

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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