“Nadie se enteró de que me fui una semana a vivir con los pobres”

Santi (nombre ficticio) es una persona activa, amigable y ha colaborado como voluntario en diferentes países tercermundistas. Tiene 25 años y, graduado en Medicina, se prepara para los exámenes del MIR. Sin embargo, un día vivió una desagradable experiencia.

Un día estaba estudiando en la biblioteca, (él asegura que durante muchos años ese es su día a día), cuando se le acerca un mendigo para pedirle dinero para desayunar. Llevaba 10 euros en el bolsillo y nada suelto, por lo que, muy resuelto, le dice que entre en la cafetería, se pida lo que quiera y le diga al camarero – que conocía a Santi sobradamente – que él le invitaba. Y eso es lo que hizo. Pero, para sorpresa de nuestro protagonista, el indigente sale con las manos vacías, y enuncia: “Me ha dicho que tiene estropeada la máquina del café y que me vaya”, por lo que Santi, un poco mosqueado, entra en la cafetería a pedirse un café. El mozo se lo sirve rápidamente.

Después de decirle cuatro cosas bien dichas al camarero, Santiago, abrumado por lo que acababa de pasar, toma la alocada decisión de irse una semana a Bilbao – un mes de enero – a vivir con los ‘sin techo’, para conocer, aunque fuese mínimamente, esta experiencia que sufren tantas y tantas personas en el mundo, que no tienen qué comer, dónde dormir o con quién hablar.

¿A quién le contaste que te ibas a vivir esta experiencia?

Nadie se podía enterar, ni siquiera mis padres. De hecho, todavía hoy es secreto, por eso no quiero que digas cómo me llamo. Sólo se lo dije a mi primo, porque le necesitaba de coartada para que no lo descubrieran.

¿Por qué Bilbao?

Porque no conocía a nadie.

¿Qué te llevaste?

Nada, sólo un móvil de prepago, que encendía 30 minutos todos los días a las once de la mañana por si mi primo me quería llamar o enviarme un mensaje a esa hora.

¿Qué le dijiste a tus padres para que no sospecharan de tu ausencia?

Que me iba a una casa de campo, con unos amigos de la universidad, porque a ellos no los conoce (se ríe maliciosamente).

¿No se lo vas a contar nunca?

No. Bueno, quizá el día que me case y me independice (se ríe todavía más vilmente).

¿Qué hiciste cuando llegaste a tu destino?

Dar vueltas sin rumbo, hasta que llegué a una plaza llena de bancos y me senté en uno de ellos. Pocos minutos después llegaron unos chicos y decidieron no sentarse en ninguno de los diecinueve bancos restantes para sentarse en el que yo estaba. Acabaron invitándome a desayunar y, además, llevándome a un albergue para ‘sin techo’ donde uno de ellos había trabajado.

¿Conociste a alguien allí?

Sí, a Luis Santamaría, que era el que más miedo daba de todo el albergue. Él trabajaba engrasando persianas y como yo no tenía nada que hacer, me iba con él. Nos hicimos muy amigos. El último día me regaló una napolitana de jamón y queso para almorzar.

¿Te marcaste algún objetivo para esta experiencia?

Sí, tres. En primer lugar, conocer la vida de alguno, que fue la de Luis. Tú no verás un recién nacido pobre, casi todos acaban en la calle porque se quedan sin trabajo u otras circunstancias, y conocer esa parte de la historia era lo que yo quería. En segundo lugar, experimentar lo que es sentarse en el suelo y pedir dinero, andar por la calle y que te miren con desprecio y miedo. Por último, descubrir un poco el mundo de las mafias que hay frente a los supermercados o las Iglesias, que se aprovechan de esta situación para sacar dinero.

¿Qué fue lo más duro que viviste?

Ver los ojos con los que me miraba la gente por la calle. De hecho, un día me senté en la puerta de un supermercado y fui incapaz de levantar la mirada. Es lo más humillante que he hecho en mi vida con diferencia.

¿Qué te trajiste de Bilbao?

El valor por las cosas. Por ejemplo, tener agua caliente, o un plato de comida en la mesa, poder descansar en un sofá, ir a un baño limpio, tener a alguien con quien hablar…

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