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Acoger y cuidar la vida con amor

Queridos diocesanos:

El próximo día 25 de marzo celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor, el acontecimiento cuando el ángel Gabriel trasladó a la Virgen María que era la agraciada y elegida por Dios para ser la madre de su Hijo. Gracias al ‘fiat’ (hágase) incondicional de María al amor de Dios, Jesús, el Hijo de Dios, se encarnó en su seno virginal y comenzó su vida humana; fue el de María un “sí” agradecido y gozoso: “proclama mi alma la grandeza del Señor”, cantará más tarde María. Por ello, en este día también la Jornada por la vida, que nos llama a acoger y cuidar con amor toda vida humana.

En la Encarnación se revela a la humanidad que Dios es amor, un amor personal e incondicional por todo ser humano hasta el punto de entregar a su propio Hijo por amor al mundo (cf. Jn 3,16). En este acontecimiento se manifiesta también el valor incomparable de cada persona humana, pues “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22). La fe cristiana nos descubre el valor incomparable de toda vida humana y nos abre la puerta a la esperanza de la Vida verdadera. Jesucristo nos revela, en efecto, el misterio del hombre y de la mujer: todo ser humano es creado y llamado a la vida por Dios por amor y está destinado a la Vida plena y eterna en el amor y la gloria de Dios. La Iglesia ha de anunciar siempre y en todo lugar esta Buena Noticia, el Evangelio del amor y de la vida. Ahora bien: El Evangelio del amor de Dios hacia cada ser humano, el Evangelio de la dignidad de toda persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.

Como dice el papa Francisco, “la sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, ‘toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre’” (EG 213). Toda vida humana ha de ser vista desde ese amor primero de Dios, donde encuentra su verdadero origen. Esto hizo proclamar a san Juan Pablo II: “la vida es siempre un bien” (EV 34.) Ha nacido de ese amor primero y por eso pide ser acogida y reconocida como digna de ser amada. No hay vidas humanas desechables o indignas que puedan ser por eso mismo eliminadas sin más. Dios es el garante de su vida.

Reconocer la dignidad de una vida es empeñarse en conducirla a su plenitud que está en vivir una alianza de amor. Hemos de esmerarnos especialmente con los más necesitados por tener una vida más vulnerable, débil o marginada: “aquellos que están por nacer y necesitan todo de la madre gestante, aquellos que nacen en situaciones de máxima debilidad, ya sea por enfermedad o por abandono, aquellos que tienen condiciones de vida indignas y miserables, aquellos aquejados de amarga soledad, que es una auténtica enfermedad de nuestra sociedad, los ancianos a los que se les desprecia como inútiles, a los enfermos desahuciados o en estado de demencia o inconsciencia, a los que experimentan un dolor que parece insufrible, a los angustiados y sin futuro aparente. La Iglesia está llamada a acompañarlos en su situación para que llegue hasta ellos el cuidado debido que brota de la llamada a amar de Cristo: ‘haz tú lo mismo’ (Lc 10, 37)” (Mensaje de los Obispos para la Jornada).

Esta Jornada llama a todos los cristianos y personas de buena voluntad a implicarnos por crear una cultura de la vida en la que toda vida humana sea acogida con amor, gratitud y alegría frente a una mentalidad anticoncepcionista y antinatalista; una cultura la vida en la que toda vida humana sea respetada desde su concepción hasta su muerte natural frente a una mentalidad abortista y eutanásica; y una cultura en la que la vida humana sea cuidada en todo momento, sobre todo cuando es más frágil e indefensa, cuidando al que sufre o está necesitado, al anciano o al moribundo. Trabajemos para que se recupere entre nosotros el sentido de la maternidad, como el gran don de Dios a la mujer, que la dignifica, y como un servicio impagable e impagado a la sociedad. Ofrezcamos los medios que eviten que cualquier mujer embarazada vea en el aborto la solución rápida a sus problemas y sus angustias.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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