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Acompañar en el duelo

Queridos diocesanos:

Terminada la semana, dedicada de modo especial a los enfermos y a la pastoral de la salud, deseo referirme hoy a la pastoral del duelo; es decir al acompañamiento pastoral de las personas que han perdido a un ser querido. Quien ha pasado o está pasando por esta situación, sabe que es una de las experiencias más duras y difíciles de la vida. Cuando perdemos a un ser querido, algo se nos rompe por dentro; su muerte siempre supone una ruptura con el consiguiente desgarro interior.

A veces se intenta superar el dolor por la muerte de un ser querido dejando pasar el tiempo “que todo lo cura”, sufriéndolo en silencio y en soledad. Otras veces se intenta  negar lo ocurrido, evitar los recuerdos o vivir como si nada hubiera pasado. Y otras quizás suponiendo que no hay más salida que el lamento y el desahogo. Pero el tiempo del duelo ofrece la oportunidad para entrar en un proceso de sanación; para ello es necesario dar expresión y cauce sano a los sentimientos, serenar el sufrimiento aceptando la realidad de la muerte, abriéndose al futuro con esperanza, amando con un nuevo lenguaje de amor a la persona a quien echamos en falta.

 

El dolor por la muerte de un ser querido produce una herida profunda, que afecta al corazón, a los sentimientos, a la mente y a veces también al cuerpo; una herida que afecta también a las relaciones humana y a los valores, a lo que se creía y esperaba. Y este sufrimiento afecta a la fe, a la vida espiritual, a la relación con Dios. El sufrimiento puede y pide ser sanado en el corazón, en la mente, en las relaciones y con Dios. Es un proceso, en el que se necesita hablar, desahogarse, llorar y sacar la pena. Si la pena no sale se pudre, y pudre a los demás. Pero es necesario además sanar las ideas insanas y aceptar la realidad aunque sea dolorosa. El duelo necesita una fe sana. No se sale incluso como creyente de un sufrimiento con ideas y vivencias equivocadas sobre Dios. En el proceso del sufrimiento y del duelo, la persona afectada necesita hablar y dejarse acompañar para sanar el corazón, la mente y los vínculos, para reforzar los valores, crecer en una espiritualidad sana que lleve a mirar el futuro con esperanza.

Jesús nos enseña a acompañar en el sufrimiento y en el duelo. El relato de los dos discípulos de Emaús (cfr. Lc 24,13-35) refleja con realismo la crisis de dos almas desconcertadas en su sufrimiento por la muerte de Jesús. Pone de manifiesto el itinerario humano-espiritual del duelo de esos dos hombres de fe, probados y desconcertados, que se alejan de su comunidad. Plasma las actitudes y los pasos dados por Jesús para ayudarles, así como los recursos espirituales que van a iluminar y sanar el sufrimiento para transformarlo en crecimiento y en amor redimido y redentor.

Los dos discípulos de Emaús caminan entristecidos por la muerte de Jesús. Mientras iban de camino conversando sobre lo ocurrido en Jerusalén, Jesús resucitado se acercó y se puso a caminar con ellos; sabe que lo necesitan y los acompaña. Jesús toma la iniciativa, hace sentir su presencia y les escucha. Pero los dos discípulos, cegados por el dolor, no podían reconocerlo. Los problemas ahogan y no dejan ver. Jesús sabe callar y escuchar. “Entonces Jesus les dijo”. Jesus llama fuertemente la atención y habla. De su actitud de acompañamiento y escucha, pasa a dialogar y proponer, “todo el designio de Dios”. El acompañamiento y la escucha han sido pasos previos para llegar a la propuesta de la novedad del Evangelio, hasta que reconocen al Resucitado en la “fracción del pan”.

Estas actitudes de Jesus son las que tiene que acoger el acompañante cristiano de un proceso de duelo, teniendo claro que acompañar al doliente es escuchar, con voluntad y disponibilidad, hasta conducir al encuentro con el Resucitado, fuente de vida plena y de esperanza. Por la resurrección de Jesús no se “pierde” a nadie, se lo gana para una vida plena y feliz donde los proyectos humanos son ampliamente superados por la nueva existencia en Dios.

Toda nuestra Iglesia, sus comunidades y sus miembros, estamos llamados por Jesús a acompañar a las personas ante el dolor por la muerte de un ser querido. “La pastoral no es otra cosa que el ejercicio de la maternidad de la Iglesia”, dice con insistencia el papa Francisco. La pastoral del duelo es un verdadero “signo de los tiempos en la Iglesia”. Hemos de prepararnos para saber acompañar en el duelo y hemos de cuidar este acompañamiento en los hospitales, en los tanatorios y en las comunidades parroquiales.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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