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Amar a los encarcelados

Queridos diocesanos:

El próximo jueves, 24 de septiembre, celebramos la fiesta de Ntra. Sra. de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias. Este año, debido a la pandemia de la Covid-19, no me podré acercar a una de las prisiones para celebrar la santa Misa y compartir un tiempo con los internos, capellanes, voluntarios y funcionarios. No obstante, no puede faltar nuestro recuerdo afectuoso y agradecido para todos ellos en el día de su patrona, máxime en un curso pastoral, que dedicamos a la caridad y la justicia en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana.

Nuestra presencia como Iglesia y nuestro servicio pastoral en los dos centros penitenciarios de Castellón tienen su raíz y fundamento en las palabras de Jesús: “venid, benditos de mi Padre… porque estuve en la cárcel y me visitasteis” (Mt 25, 34.36). Jesús se identifica en este pasaje evangélico con los encarcelados: “cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”. Ya la Iglesia primitiva muestra su preocupación por los encarcelados compartiendo su sufrimiento (Hb 13,3).

La Iglesia y los cristianos no podemos vivir de espaldas a la realidad de las prisiones ni podemos mirar con desprecio o indiferencia a los encarcelados; son, probablemente, los más pobres de la sociedad. A la luz de la Palabra de Dios, hemos de verlos con los ojos de Dios y con los sentimientos del corazón de Cristo. Esto nos ayudará a descubrir que todo ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y tiene, por ello, una dignidad sagrada y unos derechos humanos inalienables; dignidad y derechos que nada ni nadie pueden quitar ni tan siquiera los delitos cometidos por graves que puedan ser. Cada ser humano debe ser respetado, valorado y tratado, no tanto por lo que haya podido hacer en el pasado, sino por lo que es en verdad.

El cristiano sabe que Dios ha venido al mundo en la persona de su Hijo, Jesús, para salvar lo que estaba perdido. Jesús comienza su vida pública afirmando en la sinagoga de Nazaret que su misión consiste en evangelizar a los pobres, en proclamar la liberación a los cautivos, en dar la libertad a los oprimidos y en proclamar un año de gracia del Señor. Para llevar a cabo el encargo recibido del Padre, Jesús come con los publicanos y pecadores para mostrarles la misericordia entrañable del Padre y para invitarles a la conversión de sus pecados. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. En la última Cena, Jesús lava los pies a sus discípulos e instituye el mandamiento nuevo del amor, invitándoles a hacer con los demás lo que Él mismo, que es su Señor y Maestro, ha hecho con ellos. Él entrega su vida, muere y resucita, para liberarnos de la esclavitud del pecado y la muerte, para darnos la verdadera libertad.

Por todo ello, la Iglesia, además de orar constantemente por los encarcelados, por su conversión y reinserción, debe proponerles a Jesucristo, como el Camino, la Verdad y la Vida para llegar al encuentro con el Padre, que les dará su sanación completa de cuerpo, mente y espíritu. En cierta ocasión, san Pablo VI dijo a los presos de Roma: “Os amo no por sentimiento romántico o compasión humanitaria, sino que os amo verdaderamente porque descubro siempre en vosotros la imagen de Dios, la semejanza con Él, Cristo, el hombre ideal que sois todavía y que podéis serlo”.

El amor cristiano, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, debe expresarse en obras de amor al prójimo. Esto debe impulsarnos a amar a cada uno de nuestros semejantes como hermanos muy queridos. Cualquier persona puede ser un delincuente ante la ley y ante la sociedad, por lo que legítimamente podrá ser privado temporalmente de la libertad; pero no deja de ser una persona, un hijo de Dios, una criatura sagrada digna del mayor respeto.

La pastoral penitenciaria no puede limitarse a la atención humana, a la ayuda espiritual de los reclusos y al trabajo por su reinserción. También debe tener muy en cuenta el sufrimiento de las víctimas de la actuación delictiva y de la situación de los familiares de los presos. En muchos casos, las víctimas y la familia del recluso viven su dolor en la mayor soledad. Esto nos obliga también a plantearnos la reinserción social de los encarcelados, una vez que han cumplido las penas y recuperan de nuevo la libertad; así como a trabajar por la prevención de los delitos en los más jóvenes.

Queridos internos: Dios os ama y nunca os abandona. Esta es la fuente para vuestro cambio y el manantial de vuestra paz en la prisión. Se puede carecer de libertad física, pero vivir con paz, si en nuestro corazón está el Señor. Contad con mi afecto y con mi oración por vosotros y por vuestras familias. Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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