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Vocación al amor. Los grupos parroquiales de matrimonios

Queridos diocesanos:

En Navidad, el Hijo de Dios se hace hombre para mostrarnos y ofrecernos a Dios que es Amor. El Niño-Dios nos muestra que el ser humano está llamado al amor. Porque Dios es Amor y el hombre está creado a su imagen y semejanza, su identidad más profunda es la vocación al amor. En Jesús queda renovada la creación entera y el ser humano; todas las dimensiones de la vida humana han sido iluminadas por Él, y han quedado sanadas y elevadas, incluidos el matrimonio y la familia.

El domingo siguiente a Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la Jornada de la familia. Porque fue en el seno de una familia humana donde Jesús fue acogido con gozo, donde nació, creció y se educó. La familia, formada por Jesús, María y José, es un hogar en el que cada uno de sus integrantes vive el designio del amor de Dios para con cada uno de ellos: José, la llamada de Dios para ser esposo de María y padre legal de Jesús; María, la de ser madre del Hijo de Dios en la carne y esposa de José; y Jesús se prepara para su misión de enviado de Dios para salvar a los hombres. La Sagrada Familia es una escuela de amor, de acogida y de respeto recíproco, de diálogo y de comprensión mutua y de una existencia según la vocación divina al amor.

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La Inmaculada en nuestro Adviento

Queridos diocesanos:

Apenas comenzado el Adviento celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, que tan arraigada está en toda nuestra Diócesis. En este día celebramos una verdad fundamental de nuestra fe católica; a saber, que María, por haber sido elegida por Dios para ser la Madre del Salvador fue preservada de toda mancha del pecado original y de todo pecado desde el instante mismo de su concepción.

La Virgen fue agraciada con dones a la medida de la misión tan importante para la que había sido elegida. María es la “llena de gracia” (Lc 1, 28), una plenitud de gracia y de amor de Dios que ella abraza con fe, con una total disponibilidad y entrega de su persona a Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Ella creyó en las palabras del Ángel y respondió con palabras de total entrega a Dios. Así, con su fe y su amor, la Virgen colabora desde el principio de manera totalmente singular con la obra redentora de su Hijo para restablecer la vida de unión y amistad de toda la humanidad con Dios, germen de fraternidad entre los hombres. Por esta razón, la Virgen es nuestra madre en el orden de la gracia, asociada para siempre a la obra de la redención. Ella es el fruto primero y más maravilloso de la redención realizada por su Hijo, Cristo Jesús.

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Hacia el Congreso nacional de laicos

Queridos diocesanos:

Nos estamos preparando para celebrar en Madrid un Congreso Nacional de Laicos del 14 al 16 de febrero de 2020; ha sido convocado por la Conferencia Episcopal Española para culminar el Plan Pastoral actual, titulado “Iglesia en misión al servicio de nuestro pueblo”. Este plan está inspirado en la llamada a la conversión misionera que el Papa Francisco ha dirigido a toda la Iglesia, en continuidad con el magisterio de los últimos pontífices, siguiendo la ruta trazada en el Concilio Vaticano II. Dice el Papa: “Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera… En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (EG 30). Efectivamente, la conversión espiritual, pastoral y misionera que propone el Papa empieza con el discernimiento, lleva a la purificación, y se concreta en propuestas para el cambio y la reforma para que nuestra Iglesia diocesana sea de verdad misionera.

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El Domingo mundial de las misiones

Queridos diocesanos:

El domingo, 20 de octubre, celebraremos el Domingo mundial de las misiones, el Domund. Este año será dentro del mes extraordinario misionero, convocado por el Papa Francisco para este mes de octubre. El Papa desea así impulsar en los bautizados el compromiso por la misión en todo el mundo. El Domund de este año debería tener entre nosotros un carácter extraordinario, en su preparación y en su celebración.

El Domund es una ocasión privilegiada para que todos bautizados tomemos conciencia de la permanente validez del mandato misionero de Jesús: “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). Este mandato y este envío valen para todos los bautizados, porque la misión atañe a todos los cristianos, a todas las Diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales. Francisco nos invita a orar y reflexionar sobre la missio ad gentes, es decir, sobre la misión que Jesús nos ha encomendado a todos los cristianos de todos los tiempos de anunciar y llevar a Jesucristo a quienes no lo conocen. Para preparar el Domund de este año os ruego que en esta semana previa pidamos personalmente a Dios por la misión, las misiones y los misioneros; y a las parroquias y otras comunidades y movimientos eclesiales les pido que tengan momentos especiales de reflexión sobre la misión y momentos de oración comunitaria, vigilias de oración y de adoración ante Santísimo Sacramento para pedir por la misión y las misiones.

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¡Cuidemos la creación!

Queridos diocesanos

Dos acontecimientos han traído al primer plano de la actualidad la llamada ‘crisis ecológica’. De un lado, la Cumbre de las Naciones Unidas para la Acción Climática, recién celebrada en Nueva York, con el fin de acelerar drásticamente las medidas para alcanzar lo antes posible cero emisiones netas de gases de efecto invernadero y contener el aumento medio de la temperatura global. Y, de otro lado, la celebración en este mes octubre de un Sínodo extraordinario de los Obispos dedicado a la Amazonia, cuya integridad está gravemente amenazada.

La ‘crisis ecológica’ es algo innegable ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los mares, los ríos y de los acuíferos, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales, entre otros; o ante el fenómeno de las personas que deben abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

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En el centro, la caridad cristiana

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a comenzar un nuevo curso pastoral con una Jornada diocesana, el próximo 14 de septiembre, en el Seminario diocesano Mater Dei. Ante el nuevo curso puede que nos encontremos un tanto desalentados por el contexto tan poco propicio para anunciar el Evangelio y llevar a las personas al encuentro salvador con Jesucristo. Pero, a pesar de que las condiciones no sean favorables para la misión –como en aquella ocasión tampoco lo eran para la pesca-, Jesús nos dice: “Echad vuestras redes para la pesca” (Lc 5, 4). Y, como Pedro, fiados del Señor y confiados en su palabra, le decimos: “Por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Y lo hacemos con la alegría de saber que Dios nos ama y está con nosotros, y con la certeza de que el Señor resucitado vive entre nosotros y actúa por la acción silenciosa, pero real, del Espíritu Santo.

Siguiendo el camino marcado en nuestro Plan de pastoral, este curso nos vamos a fijar en la caridad. El amor de Dios, que proclamamos en su Palabra y se hace actual y eficaz en la Eucaristía, nos lleva a ser sus testigos comprometidos. Al hablar de la caridad solemos pensar antes de nada en las limosnas y otras obras caritativas, como si la caridad cristiana fuera fundamentalmente una obra humana. Corremos así el peligro de olvidar su fundamento primero, su fuente permanente, su forma existencial y su fin último, que no son otro sino Dios mismo, que es Amor, ‘agapé, caridad (1 Jn 4, 8).

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La alegría cristiana

Queridos diocesanos

Todos tenemos sed de alegría y de felicidad. El deseo de felicidad y de dicha brota constantemente en el corazón humano. Hemos sido creados para ser felices: este es el proyecto creador y salvador de Dios. Dios dispone la inteligencia y el corazón de su criatura al encuentro de la alegría y la dicha.

Sin embargo, vivimos en un mundo escaso de alegría. Nadie dirá que el hombre occidental contemporáneo es dichoso. Tenemos más, comemos mejor, estamos más sanos, sabemos más, disfrutamos más, pero no somos dichosos. El dinero, el confort, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente huída ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. Hemos conquistado muchas metas; no hemos alcanzado la felicidad. La sociedad tecnológica con sus avances no engendra verdadera alegría. Hay alegrías, es cierto; pero al final siempre se demuestran pasajeras y frágiles, no pocas veces superficiales, cuando no falsas.

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Corpus Christi: “Dadles vosotros de comer”

Queridos diocesanos.

El próximo Domingo celebramos la fiesta del Corpus Christi. Su centro es la Eucaristía, en la que Jesús nos ha dejado el memorial de su entrega total en la Cruz por amor a toda la humanidad; en la Eucaristía, Él mismo se ha quedado para siempre entre nosotros, para dársenos en Comida y para que, postrados en adoración, contemplemos y acojamos su amor llevado hasta el extremo y alimentemos nuestro amor fraterno.

Jesús, ascendido al cielo, sigue en medio de nosotros en la Eucaristía. El evangelio del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que la prefigura, ilustra muy bien el deseo de Jesús de estar cerca de los hombres y de sus necesidades. Los discípulos quieren despedir a la multitud porque se sienten desbordados y no saben cómo atenderlos. Pero Jesús dice: “Dadles vosotros de comer”. Jesús no se desentiende de las necesidades de los hombres. Al contrario. Por eso se hizo hombre y por eso quiere permanecer en la Eucaristía. Con el mandato a sus apóstoles, Jesús quiere introducirnos en el dinamismo de su amor. Ellos no pueden dar de comer a la multitud, pero Él sí puede darles de comer y quiere que sus discípulos se unan a Él en ese amor. Con el tiempo, los discípulos descubrirán que la Eucaristía los alimenta y sostiene en ese amor al prójimo porque los mantiene unidos a Jesús.

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Sentido cristiano de la Semana Santa

 

Queridos diocesanos:

Podría parecer una redundancia hablar del sentido cristiano de la Semana Santa. Pero ya no lo es en nuestro tiempo. La Semana Santa va perdiendo, en efecto, su sentido originario y propio, su sentido cristiano. Para muchos es tiempo de vacaciones y hablan de vacaciones de Semana Santa; otros la identifican con las procesiones; y, a tenor de la baja participación en los actos litúrgicos, no son tantos los que la entienden y viven todavía desde su sentido genuino.

La Semana Santa es la más importante de todo el año para la fe cristiana. La llamamos ‘santa’, porque es santificada por los acontecimientos que en estos días conmemoramos y actualizamos en la liturgia: la pasión, muerte y resurrección del Señor. Son la prueba definitiva del amor misericordioso de Dios a los hombres, manifestado en la entrega de su Hijo hasta la muerte y su resurrección a la Vida gloriosa. Cristo nos redime así del pecado y de la muerte, y nos devuelve a la vida de comunión con Dios y con los hombres: muriendo destruye la muerte y resucitando restaura la vida.

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El Seminario, misión de todos

Queridos diocesanos:

Por San José celebramos el Día del Seminario. Este año, en nuestra Diócesis lo celebraremos el Domingo, día 17, y en las Misas vespertinas del sábado anterior. Nuestros seminarios estarán estos días especialmente presentes en la oración de nuestras comunidades; algo que no debería faltar a lo largo de todo el año. Porque todos y cada uno estamos llamados a orar por la buena formación de nuestros seminaristas y pedir con insistencia y perseverancia a Dios que nos envíe vocaciones al sacerdocio ordenado.  Nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro amor y compromiso por nuestros seminarios; en ellos se forman, aquellos que han sentido la llamada del Señor al sacerdocio y que serán los futuros pastores de nuestras comunidades. Hemos de intensificar también nuestra oración por las vocaciones sacerdotales.

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