Capellanes de hospital, al pie del cañón junto a enfermos, familiares y sanitarios

Las tres de la tarde. Eloy Villaescusa, uno de los capellanes del Hospital General, recorre equipado con la mascarilla el pasillo junto a la UCI, rosario en mano y oración en el corazón. Normalmente está lleno de familiares con los que se inicia una conversación, pero desde hace tres semanas ese pasillo está vacío. Solo al otro lado de la pared, en las habitaciones, hay la actividad impagable de los sanitarios y la soledad de los enfermos de Covid-19.

Los cuatro hospitales en el territorio de la Diócesis de Segorbe-Castellón cuentan con la asistencia de ocho capellanes. Solo en el de la Magdalena, en Castellón, se ha dispuesto que no esté de forma permanente el sacerdote dado el alto riesgo que correrían los enfermos en caso de contagio. El resto, ahí siguen asegurando ante todo una presencia y, cuando se da la posibilidad, acompañando y alentando tanto a pacientes como a familiares.

El contexto estas semanas es muy diferente: “Ya no existe el hospital que conocíamos; no hay consultas ni gente. Las visitas a la capilla son mínimas. Básicamente están dedicados a combatir el virus y a los que por necesidad tienen que estar ingresados”, confiesa Eloy Villaescusa, que también es el delegado de pastoral de la salud.

Los capellanes han notado que menos personas los llaman: “Pensamos que es por miedo de contagio”, explica uno. Cuando entran en una habitación, los sacerdotes van equipados con su correspondiente EPI (Equipo de Protección Individual), y como medida de prevención en algunos centros solo se permite llevar la Sagrada Comunión el domingo, teniendo que desinfectar a continuación el portaviático.

“Hoy salió el sol”

A pesar de todo, siguen siendo solicitados y el fruto es reconfortante. Una mujer, tras 20 días en el hospital, compartía con el sacerdote su experiencia: “Vivo muerta de miedo y llena de soledad. Anoche en sueños hable con Él. Y hoy salió el sol, calentando mi habitación fría, para dar paso a la calidez del amor”. (carta completa en imagen adjunta).

Otra mujer pidió que el capellán administrara la unción de enfermos a su esposo, intubado en la UCI: “Ella lo vive con mucho dolor, con el añadido de que no son de aquí, la familia está lejos y no pueden desplazarse. A la angustia de la enfermedad, se añade la imposibilidad de contactar, de estar cerca”, explica el sacerdote.

Otro capellán relata su experiencia con uno de los primeros fallecidos en la provincia: “Cuando aún podía, me pidió que le llevara la comunión. Fue su mayor consuelo recibir al Señor, porque sabía de dónde venía y a dónde iba. Estaba solo ya que ningún familiar podía dejar la reclusión, y al final fue uno de los nietos el que pasó las últimas horas con él”.

Junto con los sanitarios

Además de la atención con los enfermos y sus familiares, los capellanes también tienen contacto con el personal sanitario. Unos agradecen su presencia en los hospitales, otros aprovechan para desahogarse, según explican los sacerdotes. La Semana Santa quedará reducida a su mínima expresión, básicamente la misa de Ramos y la de Pascua en domingo. Pero “mientras esperamos cómo se sale de ésta, ahí estaremos orando y velando, sabiendo que Dios nos lleva”, asegura uno de ellos.

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