La familia, esperanza de la humanidad

Queridos diocesanos:

El domingo después de la Navidad, el día 26 de diciembre, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. La Navidad es la Fiesta del Amor de Dios hacia la humanidad. Dios, comunión de amor de las tres personas divinas, se hace hombre por amor al hombre para hacerle partícipe de su misma vida y amor. Y lo hace en el seno de una familia humana, la de Nazaret, en la que fue acogido con gozo, nació y creció.

Por ello, también la Iglesia en España celebra la Jornada por la familia y por la vida, este año bajo el lema: la Familia, esperanza de la humanidad. El Papa Benedicto XVI nos decía el mes pasado durante el Ángelus ante el templo de la Sagrada Familia de Barcelona que “en el silencio del hogar de Nazaret, Jesucristo nos ha enseñado, sin palabras, la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad”.

En el Hijo de Dios han adquirido su verdadero sentido el amor, el matrimonio y la familia, así como el valor inalienable de toda vida humana, don y criatura de Dios, llamada a participar sin fin de su amor. Fiel al Evangelio del matrimonio y de la familia, la Iglesia proclama que la familia se funda, según el plan de Dios, en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, quienes, en su mutua y total entrega en el amor, han de estar responsablemente y siempre abiertos a una nueva vida y a la tarea de educar a sus hijos. Para quien se abre a Dios y a su gracia, es posible vivir el Evangelio del matrimonio, abierto a la vida, y de la familia, centrada en Dios. La familia, basada en el matrimonio, sigue siendo insustituible para el verdadero desarrollo de los esposos y de los hijos, y para la vertebración de la sociedad.

En la actualidad esta familia está desprotegida; se favorecen otros tipos de unión y se propugnan otros modelos de familia. En el fondo se ataca y se destruye el matrimonio y la familia en su misma esencia y fundamento; se olvida que el matrimonio y la familia son insustituibles para la acogida, la formación y desarrollo de la persona humana y para la vertebración básica de la sociedad. Los efectos de esta situación están a la vista: cada vez más falta amor verdadero en las relaciones humanas, se trivializa la sexualidad humana quedando reducida a genitalidad, se debilitan las expresiones más nobles y fundamentales del amor humano –el amor esponsal, el amor materno y paterno, el amor filial, el amor entre hermanos-, desciende de forma dramática y alarmante la natalidad, aumenta el número de niños con perturbaciones de su personalidad y se crea un clima que termina frecuentemente en la violencia. Cuando el matrimonio y la familia entran en crisis, es la misma sociedad la que enferma.

“Familia, tu eres el gozo y la esperanza”, dijo Juan Pablo II al final del primer Encuentro Mundial de las Familias. Reconocía así en la familia, basada en la belleza del plan de Dios, esa vitalidad asombrosa y fecunda en la que se enciende la esperanza de los hombres. Nuestra sociedad necesita del testimonio de las familias cristianas, que vivan el Evangelio del matrimonio, la familia y la vida. Hemos de cuidar que no les falten los auxilios espirituales suficientes, las enseñanzas luminosas que brotan del Evangelio y todo el apoyo que necesiten, como lo ofrece nuestro Centro diocesano de Orientación Familiar para que, viviendo lo que son según el plan de Dios, sean signos de esperanza de la humanidad.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En la cercanía de Navidad

Queridos Diocesanos:

La Navidad está cerca. Para unos, Navidad es encuentro, alegría, amistad, solidaridad y paz. Para no pocos, la Navidad es una fiesta de consumo, reducida a iluminaciones y felicitaciones anodinas. Los intentos de marginar esta fiesta cristiana o de cambiar su sentido no deberían llevarnos al olvido de lo nuclear.

En Navidad celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios. Dios se hace hombre por amor a los hombres, por amor a ti y a mí. Ese Niño débil y pobre, nacido en Belén, ese Niño cantado por los ángeles, adorado por los humildes pastores y buscado por los Reyes de oriente, ese Niño es Dios. Ese Niño trae la Salvación al mundo, nace para traer alegría y paz a todos. Ese Niño, envuelto en pañales y acostado en el pesebre, es Dios que viene a visitarnos para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2, 14), cantan los ángeles y anuncian el acontecimiento a los pastores como “una gran alegría, que lo será para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Alegría, incluso estando lejos de casa, a pesar de la pobreza del pesebre, la indiferencia del pueblo o la hostilidad del poder.

La Navidad es el misterio del amor de Dios Padre, que ha enviado al mundo a su Hijo unigénito, para darnos su propia vida. Es el Amor del Dios con nosotros, el Emmanuel, que ha venido a la tierra para morir en la Cruz. El Príncipe de la paz, nacido en Belén, dará su vida en el Gólgota para que en la tierra reine el amor y la fraternidad, para que en la tierra reine la solidaridad, la justicia y la paz. La Navidad de verdad, la única Navidad, es, pues, que el Hijo eterno de Dios se hace uno de los nuestros.

Y esto cambia todo desde la raíz. La Navidad cambia el sentido de nuestra vida. Porque si Dios se hace hombre, todos valemos para Dios lo que somos, y no lo que tenemos o sabemos. La Navidad cambia así el por qué y el para qué de nuestra vida. Nuestra vida adquiere un valor infinito y una infinita esperanza, porque tu vida y la mía vale la Encarnación de Dios. La verdadera Navidad cambia el sentido de nuestra celebración, da sentido a nuestra alegría y cambia nuestros temores, tristezas y desesperanzas. Porque si Dios ha tomado la condición humana, ésta jamás será separable de Dios. Dios nunca dará la espalda a ningún hombre ni mujer. Dios nace para todos sin distinción. No hay canto, ni  plegaria, ni grito, ni violencia, ni asesinato, ni guerra, ni lloro, ni abrazo, ni banquete, capaz de abarcarlo, de celebrarlo o de apagarlo.

La Navidad cambia el sentido de nuestra mirada, de nuestro sentir y de nuestro hacer. Porque si Dios ha tomado nuestra carne, Él está con nosotros, Él sigue caminando con nosotros. Navidad no pertenece al pasado. Dios ésta en cada hombre. Dios está entre nosotros en cada instante. Dios sigue naciendo cada día. Dios sale a nuestro encuentro en su Palabra, en los Sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos. Dios está en su Iglesia, en la historia y en nuestro mundo.

El sentido profundo de la Navidad es la cercanía amorosa de Dios en el camino de nuestra vida. Y esto cambia la razón y el ideal de nuestro vivir y existir: Sólo ese Amor de Dios y sólo amar con ese amor, vale la pena en la vida. Dios nos invita a acogerlo y a seguirlo por el camino del amor y de la paz. Celebremos la verdadera Navidad. Dejemos que Dios nazca en nosotros y entre nosotros.

¡Feliz Navidad para todos!

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura del 50º aniversario

Queridos diocesanos:

Al comienzo del año el curso, el día tres de enero, abríamos en la S.I. Catedral-Basílica diocesana en Segorbe, el 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. A lo largo de este año hemos tenido la ocasión de dar gracias a Dios por el don de nuestra Iglesia diocesana, como cristianos pertenecientes a esta porción del Pueblo de Dios. Mediante los diversos actos que han jalonado este año, el Señor nos ha concedido la gracia de poder conocer un poco más nuestra Diócesis, de sentirla como la propia familia en la fe y de amarla, y así sentirnos implicados en su vida y en su misión.

Ahora llega el momento de clausurar este 50º Aniversario. Lo haremos, Dios mediante, mediante una solemne Eucaristía en la S.I. Concatedral diocesana de Santa María en Castellón, que comenzará a la seis de la tarde del Domingo, 19 de diciembre, y que estará presidida por el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratini. Al final de esta Eucaristía tendrá lugar la bendición e inauguración de las obras conclusivas de la S.I. Concatedral.

Es el momento de venir a dar gracias a Dios por todos los dones que hemos recibido a los largo de este 50º Aniversario y por la conclusión de las obras anejas a la Concatedral. A ello os invito de corazón a todos; y a los sacerdotes os pido que lo anunciéis en las parroquias y otros templos, en especial en la Ciudad de Castellón. Esta Eucaristía será un momento precioso también para edificar nuestra Iglesia diocesana desde su fuente, cima y centro, que es la Eucaristía. Cuento con vosotros.

Con mi afecto y bendición, vuestro Obispo

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sembradores de estrellas

Queridos diocesanos

En medio del Adviento, tiempo de preparación para celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, más de trescientos niños se reunirán el sábado, 11 de diciembre, para iniciar la campaña “Sembradores de estrellas”. Los pequeños se convierten en pequeños misioneros que anuncian la Buena Nueva del Nacimiento del Mesías repartiendo por las calles y plazas una pequeña estrella dorada y deseando a todos ‘feliz Navidad”.

Sembrando estrellas, estos niños quieren que, como hace dos mil años una estrella condujo a los Reyes Magos hasta Belén al encuentro con el Niño-Dios, los hombres de hoy no olviden que en Navidad nace Dios y se dejen encontrar por Él. Con ello se preparan a la Jornada de la Infancia Misionera, que celebraremos el cuarto domingo de enero, bajo el lema “Con los niños de Oceanía, seguimos a Jesús”. Como millones de niños en el mundo entero, nuestros pequeños “sembradores de estrellas, pertenecen a la Infancia Misionera, con el fin de ayudarse para ir construyendo una sociedad más llena de justicia, de solidaridad y de paz. Ellos son muy sensibles a esta labor y saben que sin Cristo no es posible caminar hacia una humanidad nueva.

En el tiempo de Adviento, estos niños se preparan antes de nada para el encuentro y la acogida del Niño Dios, porque esperan este gran regalo de Dios en la Navidad. Los sembradores de estrellas saben que no celebrarán bien la Navidad, si no esperan a Jesús, si solo piensan en sí mimos o si no comparten sus ahorros con los necesitados. Por eso se ponen a la escucha y se preparan para recibir a Jesús, que quiere venir a nuestro corazón, en la Misa del domingo junto a otros cristianos, en la Palabra de Dios proclamada o leída, en las personas tristes o solas, o en la alegría del juego.

Estos sembradores de estrellas saben que Jesús ha venido a ellos ya por medio de su Bautismo, que les ha regalado la alegría de ser y sentirse hijos de Dios. Escuchan la llamada de Juan el Bautista a la conversión, a cambiar y mejorar. Saben que Jesús les ama y cuenta con ellos: y, por eso, quieren conocerle, convertirse a Él, amarle y seguirle para ser así misioneros de su Palabra y dar fruto. Un fruto que es especialmente necesario en los lugares de desierto y sequedad, como pueden ser la tristeza, el hambre, la violencia, la enemistad o la falta de fe en nuestro mundo.

Lo pequeños sembradores de estrellas saben que nuestro mundo  necesita buenas noticias, que necesita gente que comunique esperanza y alegría. Este mundo nuestro, donde existen la enfermedad y la tristeza, necesita mensajeros de la Buena Noticia de Dios, que es Amor. Sienten que Jesús les pide que anuncien lo que han visto y oído; les pide ser misioneros en casa, en el colegio, con los amigos, con todos; experimentan que merece la pena ser del grupo de los amigos de Jesús. Nunca se sienten solos; saben que Jesús está de su parte. Él puede aliviar tristezas y llenar el corazón de todos. Saben que con pequeños detalles pueden mostrar que Dios ha nacido en Belén, que se ha hecho uno de los nuestros, que está de verdad presente en nuestra vida y se interesa por todos.

Desde aquí invito a todos nuestros niños a participar en la Jornada “Sembradores de Estrellas”, a ser protagonistas del anuncio de la Buena Noticia del Nacimiento de Cristo: misioneros de la verdadera Navidad frente a la navidad del consumo y de los regalos, que olvida a Dios y, así, al hombre. No regalan una estrella; la siembran, porque tienen fe y confianza en el fruto de las pequeñas estrellas.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El CEU: servicio a la sociedad y a la Iglesia

Queridos diocesanos:

La Universidad CEU Cardenal Herrera ha ampliado a partir del presente curso sus estudios universitarios en Castellón; a los estudios de Enfermería, presentes ya desde 2007, se unen ahora los de Medicina y de Educación. Si se contempla sin prejuicios y desde la libertad de creación centros universitarios, reconocida y garantizada por nuestra Constitución, la sociedad castellonense está de enhorabuena por la mayor oferta de estudios universitarios. La sólida e integral formación de enfermeros está ya beneficiando a muchos en el ámbito de la enfermería; a partir de ahora, lo hará la formación de profesionales de la medicina y de educadores de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.

También nuestra Iglesia diocesana se ve enriquecida por esta ampliación de estudios superiores. Hay que agradecer a la Asociación Católica de Propagandistas, a la Fundación CEU y a la Universidad CEU Cardenal Herrera sus esfuerzos por ampliar su presencia en el ámbito universitario entre nosotros, y, desde ahí, su compromiso con la acción evangelizadora de la Iglesia. Porque es propio del CEU ofrecer una formación universitaria a las futuras generaciones desde un planteamiento católico.

El CEU, en efecto,  promueve la formación humana, cristiana y profesional de enfermeros, médicos y profesores con una visión trascendente del hombre, sin menoscabo alguno de la exigencia intelectual y de la excelencia académica. Así lo proclama su proyecto educativo y esta será su mejor aportación a la misión evangelizadora de la Iglesia diocesana y a la sociedad. Los valores más significativos en que se basa la formación en sus centros son la educación católica de los jóvenes con criterios de apertura y de búsqueda de la verdad;  así mismo lo es una concepción integral del hombre, criatura de Dios y abierto a la Trascendencia, de la que se parte y la que se propone, siendo esencial la libertad en la verdad; finalmente están el rigor, la exigencia y la excelencia académica, así como la profesionalidad y la eficacia.

La fidelidad de toda la comunidad educativa a estos valores será el mejor servicio que estos estudios prestarán a nuestra Iglesia y a la sociedad actual. No se trata tan sólo de formar buenos y eficaces profesionales en enfermería, en medicina o en educación; se trata antes de nada de formar en el ‘ser’ enfermeros, médicos o educadores con una visión trascendente y cristiana de la vida y de la persona, de la propia y de los futuros pacientes o educandos, con una visión de la dignidad sagrada e inviolable de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural o del derecho a una educación integral, basada en la verdad  para la verdadera libertad y la responsabilidad ante sí mismo, ante Dios y ante la sociedad.

Frente al olvido de Dios y la creciente exclusión de lo cristiano, también en la actividad universitaria, el CEU trabaja desde la búsqueda humilde de la verdad por excelencia, que sólo se encuentra en Dios. Y sin Dios, como “fundamento de la verdad”, el ser y sentido del ser humano, la dignidad de la persona, la salud integral y los valores humanos, la educación de nuestros jóvenes y los mismos derechos fundamentales tienden a convertirse en grandes palabras. Cuando Dios es excluido comienza la muerte del hombre;  tener a Dios presente, por el contrario, lleva a la defensa del hombre, de su dignidad, de su verdadero ser, origen y meta en cualquier ámbito y profesión.

Con mi afecto y bendición

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe- Castellón

¡Oremos por la vida naciente!

Queridos diocesanos:

El Santo Padre Benedicto XVI ha puesto en marcha una iniciativa muy importante y sin precedentes en la Iglesia: El Papa nos ha convocado a todos los católicos del mundo a celebrar una Vigilia de oración por la vida naciente el próximo sábado 27 de noviembre en las Vísperas del Adviento. Él mismo la celebrará en la Basílica de San Pedro en Roma y nos ha pedido a los Obispos que lo hagamos también en nuestras Diócesis con la implicación de las Parroquias, asociaciones y movimientos.

Nuestra Diócesis se une cordialmente y con total convicción a esta iniciativa de la Iglesia Universal: como vuestro Obispo os convoco a todos a participar en la Vigilia que presidiré en la S.I. Concatedral de Castellón a las 20:00 horas en la fecha indicada. ¡Es lo más importante y urgente que podemos hacer ahora por la vida! Hemos de orar por toda vida humana y en especial por toda vida naciente, respondiendo a la llamada del Papa.

Esta iniciativa del Santo Padre nos dice bien a las claras la suma importancia que tiene el anuncio del Evangelio de la vida en este momento concreto de la historia. La vida humana se ve amenazada hoy a causa de una ‘cultura’ relativista y utilitarista cada vez más extendida, que ofusca la razón para descubrir la dignidad propia e inviolable de cada ser humano, cualquiera que sea el estado de su desarrollo. Hemos de ser conscientes de las amenazas que se ciernen sobre la vida naciente como consecuencia de las leyes que permiten el aborto legal e, incluso, se atreven a declararlo, contra toda justicia, como un ‘derecho’. La banalización del aborto desde el poder y desde distintos medios está minando la conciencia moral de muchas personas y, especialmente, de los más jóvenes. Hay que recordar una vez más que el aborto es moralmente un crimen gravísimo, como nos recordó el Concilio Vaticano II.

Por ello hemos de orar a Dios, único Dueño de la vida, para que convierta los corazones y poco a poco la cultura de la muerte se vaya sustituyendo en nuestra sociedad por la cultura de la vida, que acoja y promueva la vida humana y tutele su dignidad sagrada. En el Adviento nos preparamos para la celebración del Nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre: su Nacimiento es el gran Sí de Dios a la vida humana, a toda vida humana. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Cristo, el Nuevo Adán, a la vez que nos revela el misterio del Padre Dios y de su amor, manifiesta plenamente quién es el hombre al propio hombre: Cristo nos descubre la sublimidad de la vocación a que está llamado todo ser humano: es creado por Dios por amor y para la Vida.

En la adoración eucarística en la Vigilia agradeceremos al Señor, que con su Nacimiento y con el don total de sí mismo, ha dado sentido y valor a toda vida humana e invocaremos su protección sobre cada ser humano llamado a la existencia. Como Iglesia sentimos el deber de dar voz con valentía a quien no tiene voz, de afirmar una vez más con firmeza el valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, hacemos una acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! (cf. EV 5).

La Vigilia de oración por la vida humana naciente será un grito, que se eleva a Dios Padre, dador de todo bien, con el fin de que mueva los corazones para que toda vida humana sea respetada, protegida y amada. Os espero a todos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Vigilia de oración por la vida naciente

A TODO EL PUEBLO DE DIOS EN SEGORBE-CASTELLÓN: SACERDOTES, DIÁCONOS, CONSAGRADOS Y SEGLARES

 

Amados todos en el Señor:

El próximo sábado 27 de noviembre el Santo Padre, Benedicto XVI, celebrará en la Basílica de San Pedro una Solemne “Vigilia por la vida naciente”, coincidiendo con las vísperas del primer domingo de Adviento en el marco de la cercana Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Es deseo del Santo Padre que en cada una de las diócesis los Obispos presidan celebraciones análogas e involucren a las parroquias, a las comunidades religiosas, asociaciones y movimientos para pedir por la conversión de los corazones y dar así un testimonio eclesial común a favor de una cultura de la vida y del amor.

Ante la dramática expansión de la llamada “cultura de la muerte”, que cuestiona la buena nueva de toda vida humana, los cristianos debemos seguir proclamando con fuerza la cultura de la vida: cada ser humano desde su concepción hasta su ocaso natural posee una dignidad inalienable por ser criatura de Dios. Nadie, ni nuestros legisladores ni la mujer embarazada ni ningún otro, son dueños de la vida humana concebida. No se trata de imponer una perspectiva de fe, sino de defender los valores propios e inalienables de todo ser humano. Es urgente, por tanto, nuestro compromiso efectivo en la promoción y la defensa de toda vida humana, en la acogida y en el respeto de la vida de cada ser humano: ésta es la base de una sociedad verdaderamente humana y de un progreso verdaderamente humano.

Por ello, ante la amenaza y extensión progresiva del aborto, debemos intensificar nuestra oración por la vida: una oración hecha con fe y confianza, con insistencia y perseverancia siempre da fruto, porque nuestra fe en el Dios de la vida nos asegura que al final triunfará el bien sobre el mal, la vida sobre la muerte. Os exhorto a todos a unirnos cordialmente a la invitación del Santo Padre y a participar así en la Solemne Vigilia por la vida naciente que yo mismo presidiré en la S.I. Concatedral de Santa María el día 27 de noviembre a las 20:00 horas.

Con la celebración de la Eucaristía y el rezo de Vísperas, en adoración ante el Santísimo Sacramentado, daremos gracias al Señor que con el don total, ha dado sentido y valor a toda vida humana, oraremos por la vida humana naciente e imploraremos la gracia y la luz del Señor para acoger y promover siempre y en toda circunstancia la vida humana. Cuento con vuestra asistencia, de sacerdotes, religiosos y seglares. Urge orar por la vida humana naciente, y debemos hacerlo juntos.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Comunidad de fe, esperanza y caridad

Queridos diocesanos:

Nuestra Iglesia no es una empresa de servicios religiosos. Sencillamente es la comunidad de los fieles creyentes que fundara el Señor sobre la base de los Apóstoles y con todos aquellos que, como ellos, creyeron en Él y en su Palabra, le siguieron y fueron sus testigos por todo el mundo. Una comunidad que, desde entonces, acoge con fe y anuncia, celebra y vive a Cristo Jesús, el Señor Resucitado, y su Evangelio, fuente de esperanza para todos y motor de caridad hacia todos. Al celebrar este domingo el día de la Iglesia diocesana es bueno que recordemos qué significa que seamos la Iglesia del Señor en Segorbe-Castellón.

En primer lugar somos la concreción de la Iglesia Católica que preside en la caridad el sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI. Nuestra comunión en la fe con las demás Iglesias diocesanas esparcidas por todo el mundo la expresamos en el Credo de la Misa de cada Domingo, la celebramos y la alimentamos en la Eucaristía, fuente y vínculo de unidad. Somos una comunidad que peregrina en la historia hacia la venida definitiva de su Señor, nuestra única esperanza.

Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón, presidida por el Obispo como sucesor de los Apóstoles, está integrada por las distintas comunidades parroquiales, y éstas forman los diferentes arciprestazgos. Pero somos las personas, los hijos de Dios, quienes con nuestra vocación bautismal y su concreción –sacerdotes, consagrados y laicos – damos forma y alma a esta comunidad de creyentes, a esta familia de los hijos de Dios. Viviendo nuestra fe y la propia vocación construimos la Iglesia diocesana y tendemos hacia la santidad. La comunión eclesial responde a la justa relación de estas tres vocaciones sin indiferencia ni confusión entre unas y otras, sino en una comunión cristiana, eclesial, con el cometido y la responsabilidad que a cada una de ellas le corresponde.

La vida diocesana debe estar atenta a tres aspectos básicos para vivir como comunidad de fe, esperanza y caridad, y así cumplir fielmente nuestra misión. En primer lugar está la oración litúrgica y personal: orar al Señor, ofrecerle los días y darle gracias, celebrar los sacramentos (muy particularmente la Eucaristía y la Confesión), sabernos acompañados por su mirada providente y la intercesión de María y de todos los Santos. En segundo lugar hemos de cuidar el anuncio del Evangelio y la formación en la catequesis y la clase de religión de niños y jóvenes, y la formación de adultos. Sin formación cristiana nos encontramos faltos de razones ante nosotros mismos y ante los demás en un mundo que tantas veces se muestra hostil a la fe cristiana y fácilmente nos puede confundir. Y en tercer lugar no puede faltar el testimonio personal y comunitario de la caridad, porque debemos anunciar con obras la Buena Noticia salvadora. La caridad en todas sus formas es el supremo testimonio de los creyentes en un Dios-Amor.

El Día de la Iglesia diocesana nos quiere ayudar a tomar conciencia de nuestra identidad, para saber quiénes somos, desde Quién vivimos y para qué existimos. Nuestra Iglesia diocesana presta a Dios sus manos, sus labios y su corazón, para que aquí y ahora se siga escuchando y acogiendo la presencia salvadora del Señor Jesús, nuestra única esperanza.

Con mi afecto y bendición.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Peregrino de la fe y apóstol de Cristo Resucitado

Queridos diocesanos:

Este fin de semana, Benedicto XVI estará entre nosotros: el sábado, en Santiago de Compostela, y el domingo, en Barcelona. Todos los católicos españoles, aunque sólo visite dos ciudades, nos sentimos honrados por su visita, le damos nuestra más sincera bienvenida y le expresamos nuestras más cordiales gracias por esta nueva muestra del cariño que nos tiene.

El mismo Benedicto XVI ha dicho que viene a nosotros como peregrino en la fe y como apóstol de Cristo Resucitado. El Papa quiere en primer lugar peregrinar en este Año Santo Compostelano como un peregrino más hasta la tumba del Apóstol Santiago, el primer apóstol y testigo del Señor Resucitado en nuestra tierra. Así enlaza él mismo con el primer anuncio y la fe apostólica en el Señor Resucitado, se fortalece y se abre a la misericordia de Dios, a la gran perdonanza del Año Santo. El Papa pone así en práctica su reiterada invitación a todos de acogernos a la misericordia divina, de avivar nuestra fe en Cristo Jesús mediante un encuentro personal con Él y de no olvidar las raíces cristianas de España y de Europa entera.

No cabe duda que el vigor, la vida y los mejores logros de la historia del pueblo español están enraizados en la fe que trasmitió el Apóstol Santiago. Una fe que, el Arquitecto y Siervo de Dios, Antonio Gaudí, ha expresado también en el templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, que será consagrado por el Papa, con una explosión de belleza arquitectónica, canto y plegaria perenne de alabanza y adoración a Dios, que nos muestra Cristo Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

El Papa viene también como apóstol de Cristo Resucitado, en cuyo rostro vemos al Dios del Amor y de la Vida, para confirmarnos a los católicos en la fe y en la vida cristiana. El Papa como Obispo de Roma es el sucesor de Pedro, el Apóstol a quien Jesús eligió y puso al frente de los Apóstoles y de la Iglesia para ser el apoyo firme de la fe y de la vida religiosa de sus discípulos. “He rezado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando estés fuerte confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31), le dice Jesús a Pedro y, en él, a sus sucesores.

En estos tiempos de alejamiento y debilitamiento de la fe cristiana, en los que se quiere excluir a Dios, a Jesucristo y su Evangelio del corazón de los hombres y en que se propaga el relativismo, los católicos necesitamos ser confirmados y fortalecidos en la fe y vida cristiana por aquel que tiene esta misión recibida del mismo Jesús.

Para creer en Jesucristo de verdad y ajustar nuestra vida a las enseñanzas de su evangelio, no puede creer cada uno a su manera. Hay que creer con la fe de los Apóstoles, la única que descansa directamente en la palabra y en la vida de Jesús. La comunión con el sucesor de Pedro y la unión espiritual y real con la fe de la Iglesia universal, expresada por el magisterio del Papa, garantiza que nuestra fe personal es auténtica. El Papa con su ministerio y su magisterio nos presta este servicio necesario para la unidad de la Iglesia y para la autenticidad de la fe personal de todos los cristianos católicos. Sólo unidos a él podemos estar de verdad unidos con Cristo Resucitado, que es el Señor de todos. Gracias al ministerio del Papa, hoy, por medio de la Iglesia, Cristo es el verdadero pastor y guardián de nuestras almas, al que queremos seguir de cerca, con fidelidad, amor y alegría. El Santo Padre nos confirma una vez más en la fe en Cristo Resucitado, la Vida para el mundo.

¡Bienvenido y muchas gracias, Santo Padre!

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Todos los Santos vs. Halloween

Queridos diocesanos:

En el libro del Apocalipsis podemos leer: “Después miré y había una gran muchedumbre, que nadie podía contar: de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie, delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9). Así describe San Juan a la Iglesia celeste. Son nuestros hermanos los santos, que nos han precedido en el amor a Dios y al prójimo en el cielo, donde nos esperan e interceden por nosotros. A todos ellos recordamos y veneramos el día 1 de noviembre.

Este es el verdadero sentido de esta fiesta, en la que contemplamos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos de Dios y de Jesucristo; con todos ellos formamos el Cuerpo de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo. Este glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el Reino y nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor, que vendrá en la gloria en medio de sus santos.

Pero hay algo que nos debe preocupar. En los últimos años se está introduciendo entre nosotros -y cada vez con más fuerza- una celebración anglosajona de origen pagano que va desplazando, al menos en el ánimo de muchos niños y jóvenes, la fiesta de todos los santos. Me refiero a Halloween. Un autor ha escrito a este respecto: “… muchos cristianos han olvidado el testimonio de los santos y se sienten más atraídos a festejar con brujas y fantasmas. Este fenómeno es parte de un retorno al paganismo que va ocurriendo gradualmente. Al principio no se percatan de los valores que abandonan ni tampoco entienden el sentido real de los nuevos símbolos. Les parece todo una broma, una diversión inofensiva de la que se intentan lucrar otros. Lo hacen por llenar un vacío, porque los santos ya no interesan y las prácticas paganas y ocultistas ejercen una extraña fascinación”.

Debemos estar alerta ante este fenómeno y no perder el sentido de la fiesta de todos los santos. Esta fiesta nos invita a compartir el gozo celestial de los santos. No necesitamos ponernos máscaras para la celebrar nuestra alegría; en todo caso, mejor sería vestir a nuestros niños o vestirse de santos.

Los santos no son un pequeño número de elegidos, sino una muchedumbre innumerable. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad de Dios. De la mayor parte de ellos no conocemos su nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer llenos de gloria en el firmamento de Dios.

Los santos no son fantasmas. Son hombres y mujeres que viven ya junto a Dios gozando de su presencia en una alabanza sin fin; ellos son testigos de que la vida junto a Dios para siempre es posible para todos y cada uno nosotros. Al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, la Iglesia quiere suscitar en nosotros el gran deseo de ser como ellos: felices por vivir cerca de Dios, en la gran familia de los amigos de Dios. Porque ser santo significa vivir unido a Dios, vivir en su familia, vivir la vida de Dios. Conservemos celosamente el sentido de esta fiesta cristiana.

Con mi afecto y bendición,

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón