Homilía de monseñor López Llorente en la festividad de la Sagrada Familia

Homilía en la Fiesta de la Sagrada Familia

Jornada de la Familia

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Iglesia Arciprestal de Nules – 29 de diciembre de 2019

(Si 3,2-6.12.14; Sal 127; Col 3,12-21; Mt 2, 13-15. 19-23)

 

Amados todos en el Señor!

1. Dentro de la octava de Navidad celebramos hoy la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret y, en la Iglesia en España, la Jornada de la Familia, bajo el lema “La Familia, escuela y camino de santidad”. Porque fue en el seno de una familia humana, la santa Familia de Nazaret, donde fue acogido con gozo, nació, creció y se formó Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. Navidad, Sagrada Familia y Familia en general y cristiana en particular atraen hoy nuestra atención esta tarde.

2. En Navidad nace el Hijo de Dios por amor al hombre, para mostrarnos y ofrecernos a Dios que es Amor. Este Niño, nacido en Belén, es el Verbo, la Palabra de Dios. Él nos muestra el rostro amoroso de Dios y, a la vez, el verdadero rostro del hombre, nuestro verdadero origen y destino, según el proyecto de Dios. El Niño-Dios nos muestra que el ser humano está llamado al amor. Porque Dios es Amor y el hombre está creado a su imagen y semejanza, la identidad más profunda del ser humano es la vocación al amor. En Jesús queda renovada la creación entera y el ser humano; todas las dimensiones de la vida humana han sido iluminadas por Él, y han quedado sanadas y elevadas, incluidos el matrimonio y la familia.

3. Nuestra mirada se dirige esta tarde a la Sagrada Familia de Nazaret, formada por José, María y Jesús. Esta familia es un hogar en el que cada uno de sus integrantes vive su propia vocación al amor, el designio de Dios para con cada uno de ellos: José, la llamada de Dios para ser esposo de María, padre legal de Jesús y custodio de ambos; María, la de ser madre del Hijo de Dios en la carne y esposa de José; y Jesús se prepara en este hogar para su misión de enviado de Dios para salvar a los hombres y hacerles partícipes de misma vida de Dios.

La Sagrada Familia es una escuela de oración y de amor, de acogida y de respeto recíproco, de diálogo y de comprensión mutua y de una existencia según la vocación divina al amor. El de Nazaret es un hogar donde Jesús pudo formarse y prepararse para la misión recibida de Dios: un hogar donde Jesús donde creció en estatura, en sabiduría ante Dios y los hombres.

La familia de Nazaret es dichosa porque ha puesto a Dios en el centro. “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127). Poner a Dios en el centro, nunca va en detrimento del amor de los esposos, de la familia ni de sus componentes. Todo lo contrario: Cuanto más abrimos nuestro corazón a Dios-Amor, más y mejor amamos y podemos amar a nuestros seres queridos; más fuerte se hace el amor y la unión entre los esposos, más verdadero y fuerte es el amor entre los esposos, de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. Dios siempre bendice al matrimonio y a la familia. Dios quiere que los esposos mediante su amor esponsal, crezcan hasta la perfección del amor; Dios quiere que los hijos se adentren en su amor a través del amor en la familia.

4. La Sagrada Familia es un modelo donde todos los cristianos y las familias cristianas podemos encontrar el ejemplo para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, acogiendo y siguiendo la propia vocación recibida de Él. En ella encontramos luz para vivir de acuerdo a la vocación al amor, propio de todo ser humano y de todo cristiano. Creados por amor, para amar y ser amados, nuestra vida se realiza plenamente si se vive en el amor de Dios por el camino por el que Él nos llama. Esta llamada toma formas diferentes según los estados de vida: el sacerdocio ordenado y la vida consagrada en sus
distintas formas así como el matrimonio y la familia. Fiel a Jesús, a sus gestos y a sus palabras, la Iglesia proclama la alegría del amor, y la grandeza y belleza del matrimonio y de la familia: pues la relación entre el hombre y la mujer en el matrimonio refleja el amor divino de manera completamente especial; por ello el vínculo conyugal asume una dignidad inmensa. Mediante el sacramento del matrimonio, los esposos están unidos por Dios y con su relación de esposos son signo eficaz del amor de Cristo, que ha dado su vida por la salvación del mundo.

En un contexto social, mediático y legislativo contrario al verdadero matrimonio entre un hombre y una mujer y a la familia, fundada en él, es de vital importancia ayudar nuestros jóvenes y a los esposos a descubrir la grandeza y la belleza del matrimonio; y es necesario ayudarles a comprender que el verdadero amor es un ‘sí’ fiel y una donación definitiva de sí al otro, firmemente fundado en el plan de Dios. El amor de Dios mostrado y ofrecido en el Niño-Dios es el ‘sí’ de Dios a toda la creación y al corazón de la misma, que es el hombre; es el ‘sí’ de Dios a la unión entre el hombre y la mujer, abierta a la vida y al servicio de ella en todas sus fases. El matrimonio y la familia, por tanto, es el ‘sí’ de Dios Amor. Sólo partiendo de este amor, el matrimonio y la familia pueden manifestar, difundir y regenerar el amor de Dios en el mundo. Sin amor no se puede vivir como hijos de Dios, como cónyuges, padres y hermanos. Por el sacramento del matrimonio, Cristo consagra y santifica el amor de los esposos cristianos y se compromete con ellos; su fidelidad al ‘sí’ dado es por ello no sólo es posible, sino que es el camino para entrar en un amor cada vez más grande. De este modo, contando con el amor de Dios en Cristo en la vida cotidiana, los esposos y los hijos aprenden a amar como Cristo ama.

Para Pablo el amor que ha de darse en la familia es un amor compasivo, entrañable, bondadoso, humilde y manso; un amor que incluye necesariamente el perdón: “Sobrellevaos mutuamente y perdonaos” (Col 3, 13). Este amor es el vínculo que mantiene unidos a los esposos y a la familia más allá de las tensiones y dificultades, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas; este amor busca siempre el bien del otro; es el antídoto contra todo falso amor, los egoísmos, el aislamiento y la soledad; este amor es fuente alegría para todos y el verdadero alimento de la familia, de los esposos y de los hijos; este amor preserva a la familia de la desintegración. Este amor no es mera simpatía, no es un sentimiento volátil o una pasión pasajera, no es búsqueda de sí; porque el verdadero amor es donación y entrega mutua y desinteresada; es amar como Cristo Jesús nos ama.

5. Una familia cristiana es una ‘iglesia doméstica’ (LG 11), o una iglesia en pequeño, como decía San Juan Crisóstomo. Es y vive como una comunidad de fe, de esperanza y de amor; una comunidad donde se comparte, se ama, se trabaja, se crea esperanza, se vive y se transmite la fe. La familia comparte con Dios creador la obra de procrear y educar a los hijos. En ella se vive la comunión entre las personas, al igual que Dios Trino y la Iglesia y hay entrega desinteresada por el otro. Se comparten penas y alegrías. Se comprenden las dificultades, las limitaciones y los esfuerzos de sus miembros; se convive dialogando, comiendo o saliendo juntos.

La familia cristiana escucha la Palabra de Dios, sus miembros oran juntos y juntos participan en la Eucaristía los domingos en su comunidad parroquial, ‘familia de familias’. En la familia se aprende a rezar en los momentos de alegría y de dificultad. Al igual que Jesús y la Iglesia, la familia cristiana anuncia la Buena Nueva: en primer lugar, a sus hijos y a miembros, y luego en su entorno y más allá del mismo. Por eso la familia cristiana también es misionera y siente el deseo anunciar el Evangelio y transmitir el amor de Dios a otras personas. La familia cristiana se pone al servicio de la caridad, especialmente hacia los más necesitados. Cuando el Espíritu de Dios vive en la familia, no se queda ni se cierra en sí misma. Es testimonio de vida con la palabra y el ejemplo.

Los padres sois los primeros educadores y evangelizadores de los hijos. En virtud del sacramento del matrimonio, los padres cristianos sois los primeros responsables de la transmisión de la fe a vuestros hijos mediante el testimonio de vida, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración en familia, mediante vuestra inserción en la vida de la Iglesia en la propia parroquia y vuestro compromiso en la iniciación cristiana de vuestros hijos. Hablad a vuestros hijos de Dios y de Jesús. Ningún otro anuncio es tan importante para su vida. Introducid a vuestros hijos en su misterio a través de la celebración litúrgica y la oración familiar.

6. Para que los esposos cristianos puedan responder a la llamada de Dios al amor en su matrimonio y en su familia es necesario y urgente ofrecerles un acompañamiento pastoral cercano. A este fin se dirige la iniciativa de nuestra Iglesia diocesana de crear en las parroquias grupos parroquiales de matrimonios. Estos grupos hay que entenderlos como complementarios a los que existen en otros movimientos eclesiales. Queremos sumar, no restar. Se trata ofrecer a los matrimonios en nuestras parroquias un medio que les ayude a (re)descubrir, acoger y vivir la vocación al amor en su matrimonio cristiano; un ámbito que les oriente y acompañe en el día a día de su vida matrimonial y familiar con sus alegrías y dificultades. Éste será el germen de familias cristianas, ‘iglesias domésticas’, en las que se ama, se perdona, se lucha, y se vive y se transmite la fe a los hijos. Una familia cristiana por su forma de vida y por su palabra anunciará la buena noticia del matrimonio y de la familia.

Acojamos de corazón y con esperanza esta iniciativa de nuestra Iglesia diocesana. No es fácil la creación de estos grupos de matrimonios; pero allí donde se ha ofrecido ha habido respuesta. De ello se están beneficiando los esposos y sus familias; y también las mismas parroquias, llamadas a ser ‘familia de familias’, implicadas en la vida y misión parroquial, muy en especial en la iniciación cristiana de sus hijos.

7. Que la Sagrada Familia nos ilumine, aliente y proteja a todos. Encomendemos hoy a la Sagrada Familia de Nazaret a todos nuestros matrimonios y familias para que se mantengan unidos en el amor y produzcan abundantes frutos de santidad. Lo hacemos especialmente por los ahora vais a renovar la promesas que os hicisteis en día de vuestras bodas. Pidamos por nuestras familias para que, dejándose evangelizar, sean evangelizadoras y trasmitan la fe a sus hijos. Amén.

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

Homilía de monseñor López Llorente del Día de Navidad

HOMILÍA EN EL DÍA DE NAVIDAD
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Castellón, S.I. Concatedral de Sta. María, 25.12.2019

(Is 52,7-10; Sal 97; Hb 1,1-6; Jn 1,1-18)

¡Amados hermanos y hermanas en el Señor!

Anuncio del ángel

1. “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,11s.). Con estas palabras anuncia el ángel a los pastores la buena Nueva de la Navidad. Nada prodigioso, nada espectacular se les da como señal a los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que no está acostado en una cuna, sino en un pesebre.

La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado” (Is 9,5). Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón para ver al niño acostado en el pesebre.

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Homilía de monseñor López Llorente en la Misa de Nochebuena

NAVIDAD – MISA DE MEDIANOCHE

S.I. Catedral de Segorbe – 24 de Diciembre de 2019

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(Is 9,2-7. Sal 95; Tit 2,11-14; Lc 2,1-14)

1. ‘Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor’, hemos cantado en el Salmo responsorial, evocando el anuncio del ángel a los pastores: “No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11).

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Monseñor López Llorente invita a vivir la caridad con los más cercanos el día grande de “Les Purisimeres” de Vila-real

La Hijas de María Inmaculada de Vila-real, conocidas popularmente como “purisimeres”, han celebrado esta mañana la fiesta principal de la congregación a las 10:30, que ha sido presidida por monseñor López Llorente en la iglesia arciprestal de san Jaime. El obispo de la diócesis ha manifestado en la homilía que no podemos construir nuestra vida al margen de Dios: “la soberbia de nuestros primeros padres les llevó a desobedecer a Dios”; pero Dios, que es amor, “prometió un redentor que, en la nueva Eva que es María, reconciliaría al ser humano, a cada uno de nosotros”.

 

Don Casimiro ha destacado que María fue preservada desde el primer instante de su concepción de toda mancha de pecado, del pecado original, y comienza en ella la aurora de la salvación. “Ella se convierte así -ha continuado- en la madre de todos aquellos que creen y se fían de Dios (…) y nos muestra el camino ante Él (…). No celebraríamos  con verdadera fe y devoción a María Inmaculada si no la contempláramos como la agraciada y nos mirásemos también a nosotros mismos como agraciados por Dios, para lo que en ella fue desde el principio se vaya en nosotros generando y se haga realidad al final  de nuestra vida”.

 

Asimismo, el obispo de la diócesis ha afirmado que María es también modelo de amor y caridad, centro y eje de la oración de nuestra iglesia de Segorbe-Castellón este año. “Reavivar -ha puntualizado- la vida de la gracia para construir nuestra existencia como hijas e hijos amados por Dios. Dejarse llenar por su amor, contemplar la palabra, como hizo María cuando fue visitada por el ángel. Solo en ese ambiente de recogimiento y meditación es posible escuchar a Dios. Vivimos en una sociedad con mucho ruido, con tantas distracciones, y la Virgen nos muestra el camino de la contemplación y el silencio para escucharle. Solo agraciados por Dios podremos mostrar a los demás ese amor que Él nos tiene y pasaremos por el mundo haciendo el bien”.

 

Un proyecto que empieza por las personas que tenemos a nuestros lado, que son un don de Dios para cada uno de nosotros a los que debemos proteger, respetar, perdonar, acompañar. “No podemos hablar de amor al prójimo más lejano si no queremos a los que tenemos a nuestro lado. Qué fácil es dar una limosna a aquel que no vemos y qué difícil es acoger a aquel que convive día a día con nosotros”, ha remachado.

La fiesta principal de “les purisimeres” continúa esta tarde con la tradicional sabatina, que se celebra a las 18:30 horas y la solemne procesión por las calles de costumbre, a las 19:00 horas. Al entrar la Virgen en la iglesia, se entonará el “Tota Pulchra”.

 

Homilía en la ordenación de diáconos de César Igual, Ion Solozábal y Jesús Chávez

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIÁCONOS DE CÉSAR IGUAL, ION SOLOZÁBAL Y JESÚS CHÁVEZ
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S.I. Concatedral de Sta. María de Castellón, 7 de diciembre de 2019

(Jer 1,4-9; Sal 88; Hech 10,341.37-43; Jn 12,24-26)

Amados todos en el Señor!

Alabanza y acción de gracias

1. “Cantaré eternamente, tus misericordias, Señor” (Sal 88). Estas palabras del Salmista nos invitan una vez más a la alabanza y a la acción de gracias a Dios: esta mañana lo hacemos por vuestra vocación sacerdotal y por vuestra ordenación diaconal, queridos César, Ion y Jesús. Son dones del amor gratuito de Dios ante todo para nuestra Iglesia diocesana, a cuyo servicio seréis ordenados y que se ve una vez más agraciada en vuestras personas. Nos unimos a vuestra alegría, y juntos cantamos al Señor por su gran amor para con vosotros, para vuestras familias y para nuestra Iglesia diocesana.

Alabamos y damos gracias a Dios, que os escogió desde el seno materno (cf. Jer 1, 4), que os llamó al sacerdocio, y que os ha cuidado y enriquecido con sus dones a lo largo de estos años de seminario en que habéis sabido acoger, discernir y madurar su llamada. Cada uno tenéis vuestra personal historia vocacional; Dios tiene sus tiempos y sus caminos. En todo este proceso vocacional quizá no encontréis nada especialmente extraordinario, salvo la acción misericordiosa de Dios, que han conducido vuestros pasos hasta aquí. Gracias le sean dadas por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido a su vocación; gracias por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos, temores y pruebas; gracias damos a Dios por vuestras familias, que, lejos de obstaculizar vuestra vocación, la han apoyado; gracias le damos por cuantos os han ayudado en el camino del discernimiento y maduración de vuestra vocación: vuestras comunidades y catequistas, vuestros amigos y compañeros, y, sobre todo, vuestros rectores y formadores de ambos Seminarios y todos aquellos –sacerdotes y laicos- que el Señor ha puesto en vuestro camino vocacional.

Llamados y consagrados para ser siervos

2. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a derramar sobre vosotros su Espíritu Santo y quedaréis consagrados diáconos. Participaréis así de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, que no vino “para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). El Señor imprimirá en vosotros un sello imborrable, que os configurará para siempre con Cristo Siervo: seréis para siempre signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. ¡Sedlo con vuestra palabra y, sobre todo, con vuestra vida! ¡Mantened siempre viva esta vuestra condición de “siervos”, de servidores de Cristo, de su pueblo y de su misión; también cuando seáis presbíteros! Ello os librará de la tentación de consideraros dueños del pueblo de Dios, de buscar los primeros puestos y de la tentación de la mundanidad, siempre al acecho.

“El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (Jn 12, 26), os dice Jesús hoy a cada uno de vosotros, queridos hijos. Como diáconos os ponéis al servicio incondicional del Señor Jesús; estáis llamados a servir a Cristo y, como Él, a su Iglesia y a los hermanos: es decir, sin poner condiciones de tiempo, de lugar o de tarea, estando siempre disponibles para Dios y para los hermanos en total obediencia a la Iglesia y al Obispo diocesano. ¡Es fácil prometer obediencia; más difícil es vivirla! Como Cristo estáis llamados a poner toda vuestra persona y vida –capacidades, energías, tiempo y deseos- al servicio de Cristo, de su Evangelio y de la vida y misión de la Iglesia para la salvación del mundo. Morir a sí mismos para dar mucho fruto como el grano de trigo ha de morir en la tierra para desplegar toda su fecundidad: este es el camino indicado por Cristo y que se simboliza plásticamente en el rito de la postración.

Al postraros con todo vuestro cuerpo, manifestáis vuestra completa disponibilidad para el servicio que se os confía. En ese yacer por tierra en forma de cruz antes de la ordenación mostráis que acogéis en vuestra propia vida la Cruz de Cristo, que es la entrega total de sí mismo por amor. Como nos recuerda el mismo Señor en el Evangelio: No se genera nueva vida sin entregar la propia. Amar como Cristo es darse sin escatimar nada, hasta desaparecer uno mismo. Solamente el don total de sí libera la capacidad del hombre para amar de verdad, mientras que el apego a sí mismo lleva a la autodestrucción. Se trata de una verdad que se rechaza o menosprecia en el mundo de hoy, cuando se hace del amor a sí mismo el criterio último de la existencia. Pero para el discípulo de Cristo, la búsqueda de su interés personal y de su bienestar no es el camino de la fidelidad al Evangelio. Por el contrario, sabe que entregar la propia vida por amor a Cristo y a los hermanos es el camino de la santidad, de la perfección en el amor, para la vida definitiva y eterna. Ser discípulo de Cristo significa vivir como Él, aun en medio de la hostilidad y de la incomprensión; quien así vive se encuentra, como Jesús, en la esfera del Espíritu, en el hogar del Padre. Quien así vive pasará por este mundo haciendo el bien, como Jesús (cf. Hech 10, 38).

La gracia divina, que recibiréis con el sacramento, os hará posible esta entrega total y la dedicación plena a los otros por amor de Cristo; y además os ayudará a buscarla con todas vuestras fuerzas. Este será el mejor modo de prepararos para recibir un día la ordenación sacerdotal: servir, en efecto, es un ejercicio fecundo de caridad. Hoy, todos nosotros pediremos al Señor la gracia que os ayude a transformaros en fiel espejo de su caridad, hecha servicio.

En la triple diaconía de la Palabra, de la Eucaristía y de la Caridad

3. Al ser ordenados diáconos seréis “ungidos por la fuerza del Espíritu Santo” (Hech 10, 38), capacitados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad, en especial hacia los más pobres y necesitados, para los que habéis de tener una especial predilección.

Entre otras, es tarea del diácono proclamar el Evangelio como también la de ayudar a los presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. Más tarde os entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”. Como Felipe (cf. Hech 8, 26-40) os habéis de poner en camino, dóciles a la moción del Espíritu, para anunciar el Evangelio de Jesús a todo el que expresa o implícitamente os lo pida, para guiarlos en su comprensión y acompañarles hasta el encuentro personal Jesús y su salvación. Para poder proclamar y anunciar el Evangelio de Cristo, su mensajero ha de leer y escuchar, escrutar y acoger, contemplar y asimilar previamente la Palabra de Dios, hasta dejarse él mismo configurar y conducir por la Palabra de Dios. No olvidéis que no sois dueños, sino servidores del Evangelio de Cristo. Habréis de anunciarlo íntegramente tal como nos es transmitido en la comunión de fe de la Iglesia; no os dejéis llevar por vuestras interpretaciones personales o por el deseo de halagar los oídos de quienes la escuchan. El Evangelio pide ser enseñado sin reducciones, sin miedos y sin complejos, también ante la cultura dominante. Una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia y el mejor servicio que puede prestar hoy es la diaconía a la Verdad de la Palabra de Dios, y en ella a la verdad del hombre, del matrimonio, de la familia y de la vida, de la sociedad y de la historia. Sed con vuestra palabra y con vuestra vida heraldos del Evangelio, profetas de un mundo nuevo, portadores de un mensaje que sigue arrojando la luz sobre los problemas de hoy.

Como servidores de la Eucaristía seréis los primeros colaboradores del Obispo y del sacerdote en la celebración de la Eucaristía; consideradlo siempre como un servicio; vivid con humildad, con profundo gozo y con sentido de adoración vuestra condición de servidores del ‘misterio de la fe’ y del ‘sacramento del amor’ para alimento de los fieles. Podréis también administrar solemnemente el bautismo, reservar y repartir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los moribundos, administrar los sacramentales y presidir el rito de los funerales y de la sepultura.

A vosotros se os confía, de modo particular, el ministerio de la caridad. La comunión con Cristo en la Eucaristía, fuente permanente del amor de Dios, os ha de llevar a dejaros llenar de la Caridad, que es Dios, para vivir la caridad con todos. La atención a los hermanos en sus necesidades, penas y sufrimientos serán vuestros signos distintivos como diáconos del Señor. Sed compasivos, caritativos, solidarios, acogedores y benignos con todos ellos.

Exhortación final

4. Por la ordenación de diáconos, queridos hijos, ya no os pertenecéis a vosotros mismos. Como servidores de Jesucristo, que se mostró servidor de sus discípulos, servid con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres.

Para ser fieles al don que hoy recibís habréis de vivir enraizados en la vida de gracia, alimentada por la recepción de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación. Sed fieles al rezo diario y completo de la Liturgia de las Horas, a lo que hoy os comprometéis; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que a partir de hoy os está encomendada de modo directo. Esforzaos por fijar vuestra mirada y vuestro corazón en Cristo con la oración personal diaria, que os llevará a ver el mundo con los ojos de Dios y a amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo.

El don del celibato que hoy acogéis y que libre, responsable y conscientemente prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos será para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de amor servicial y fuente de fecundidad apostólica. Movidos por un amor sincero a Jesucristo y su Iglesia y viviendo este estado con total entrega, os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

Queridos todos: Dentro de unos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre estos hermanos nuestros, con el fin de que los “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumpla[n] fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta oración para que César, Ion y Jesús se dejen llenar por esta nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. A Él se lo pedimos por intercesión de María Inmaculada, la sierva y esclava del Señor. Amén.

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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