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El Seminario, misión de todos

Queridos diocesanos:

Por San José celebramos el Día del Seminario. Este año, en nuestra Diócesis lo celebraremos el Domingo, día 17, y en las Misas vespertinas del sábado anterior. Nuestros seminarios estarán estos días especialmente presentes en la oración de nuestras comunidades; algo que no debería faltar a lo largo de todo el año. Porque todos y cada uno estamos llamados a orar por la buena formación de nuestros seminaristas y pedir con insistencia y perseverancia a Dios que nos envíe vocaciones al sacerdocio ordenado.  Nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro amor y compromiso por nuestros seminarios; en ellos se forman, aquellos que han sentido la llamada del Señor al sacerdocio y que serán los futuros pastores de nuestras comunidades. Hemos de intensificar también nuestra oración por las vocaciones sacerdotales.

Es ya un tópico decir que padecemos un fuerte ‘invierno de vocaciones’ en el mundo occidental, que entre nosotros alcanza extremos muy preocupantes, lo que no nos pueden dejar indiferentes. Es ciertamente motivo de esperanza el número de seminaristas del seminario menor –pequeño, pero creciente año a año-; pero no es menos cierto que son muy escasos los seminaristas del seminario mayor, y más aún los que proceden de nuestras comunidades. A decir verdad no sólo escasean las vocaciones al sacerdocio; también son escasas las vocaciones  a la vida consagrada y cada día son menos los bautizados que entienden su matrimonio y la familia como una vocación; pocos son también los seglares que viven su ser cristiano como vocación. Necesitamos dar, pues, a toda nuestra pastoral un tinte vocacional, comenzando por las catequesis  de iniciación cristiana. Es necesario trabajar por una cultura vocacional.

Sabemos que hoy no es fácil hablar de vocación. El contexto cultural actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener, el disfrute de la vida, la fama, la ostentación y el poder; falta una perspectiva global de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños, adolescentes y jóvenes, en la mayoría de los casos, se plantea reducido a la elección de una profesión para logar una buena posición económica; su futuro se plantea sin apertura al misterio de la propia vida, a Dios, al prójimo o al propio bautismo.

Y, sin embargo, una mirada creyente sobre el ser humano descubre que todos tenemos una llamada de Dios al amor. Nos lo acaba de recordar el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Dios llama a cada uno a esta vida por amor y para vivir la alegría del amor, que será fuente de felicidad. La nueva vida recibida de Dios gratuitamente en el bautismo desarrolla esa llamada inicial de Dios al amor. Y, llegado el momento, esta vocación bautismal se concretará por parte de Dios en una llamada a vivir el amor en el sacerdocio entregando la propia vida al servicio del Evangelio y de los hermanos; o a vivirlo en la vida consagrada entregándose a Dios y a los hermanos en el carisma de un instituto religioso, o a vivir la llamada de Dios al amor en el amor entre un hombre y una mujer en el matrimonio y en la familia. Dios tiene un plan concreto para que cada uno alcance la perfección en el amor y la felicidad. La vocación es el pensamiento amoroso de Dios sobre cada uno. En esa llamada encuentra cada uno su nombre y su identidad, que le garantiza su libertad y su felicidad.

            Todos somos responsables de la pastoral vocacional. Ayudemos todos –en especial los padres, los sacerdotes y los catequistas- a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con alegría y generosidad mediante nuestra cercanía y acompañamiento. Será nuestro mejor servicio a su libertad y felicidad. Nuestra misión no es otra que evangelizar, mostrar a Cristo a todos los hombres para que se dejen encontrar por Él, escuchen su voz, respondan a su llamada con entrega y fidelidad. El sacerdocio es un don inestimable de Dios y un ministerio indispensable en nuestra Iglesia. Dios sigue enviando obreros a su mies para que la apacienten según el corazón de Cristo. No tengamos miedo de hacer la propuesta vocacional al sacerdocio a nuestros niños, adolescentes y jóvenes.         Que María nos acompañe en esta jornada de oración por nuestros seminarios.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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