Las 11 palabras clave de Fátima: Conversión y Misericordia

Conversión

El drama de la historia humana tocada por el pecado se presenta con una lucided viva en el mensaje de Fátima. El drama del pecado es allí proféticamente denunciado, traducido en las visiones del infierno y de la ciudad en ruinas y en las innumerables referencias a los pecadores, sobre quien recae la atención de la misericordia de Dios. El pecado transpira la génesis de la tragedia humana, cara a la cual surge la urgencia de la conversión. De lo profundo del desamor, la conversión es adhesión al amor de Dios. La llamada a la conversión es nuclear en el mensaje de Fátima y evoca el drama de la redención.

De cara a la visión del infierno, Jacinta pregunta: «¿qué pecados son los que esa gente hace para ir al infierno?» Y la prima Lucía, en la inocencia de su infancia, intenta dar una respuesta: «No sé. Tal vez el pecado de no ir a Misa los Domingos, de robar, de decir palabras feas, rogar plagas, jurar.» La dimensión personal de la conversión es central en el mensaje de Fátima. Y, mientras, la llamada a la conversión hecha en Fátima no se agota en su dimensión personal:  también es convocatoria al don de si por la conversión de los otros y por la conversión de los dinamismos de la historia, en la seguridad de que la comunidad de los creyentes, en el discipulado de Cristo, tiene un ministerio de la conversión. Después de la primera oración del Ángel, el drama del mal está presente: «Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman.» Los sacrificios por la conversión de los pecadores serán expresión de la ofrenda sacrificial que los pastorcitos hacen de si mismos en pro de los demás.

 

Misericordia

La compasión se hace acontecimiento en Fátima. La epifanía que allí se da brota de la mirada compasiva de un Dios apenado con el drama de la historia de los hombres, con sus sufrimientos y desencuentros, como sus trincheras y egoísmos. Fátima irrumpe, al inicio del siglo XX, haciéndose eco del evangelio, de la buena noticia de la misericordia, palabra transformadora de la historia, testigo profético de una u otra forma de ser, revelación de la compasión de Dios por la Humanidad sufrida.

Ya el Ángel evocara este «corazón misericordioso que de las alturas nos visita como sol naciente» (Lc 1,78) al afirmar que «los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia». Al cerrar el acontecimiento-Fátima, están las dos palabras que ilustran la visión de Tui -Gracia y Misericordia- y que sirven de pórtico de entrada en el misterio trinitario de Dios, en el misterio de Dios-comunión-de-amor que viene al encuentro del drama sufrido de la historia de los hombres. En un mundo sediento de vida plena, pero opuesto a su nacimiento y con ganas de construir «cisternas para si, cisternas rotas, que no pueden contener las aguas» (Jer 2,13), es la propia procedencia que viene al encuentro del que tiene sed. Porque el Reino de Dios se hace de la proximidad de un pastor que deja todo para buscar a la oveja perdida (Lc 15,3-7).

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