Homilía de monseñor López Llorente en la Misa Exequial del Padre Ricardo García Cerdán

MISA EXEQUIAL POR EL P. RICARDO GARCÍA CERDÁN

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S.I. Concatedral de Sta. María – Castellón, 23 de noviembre de 2019
(Sab 3,1-9; Salm 121; 1 Jn 3,1-2; Mt 25, 31-46)

Amados hermanos y hermanas en el Señor:

1. El Señor nos ha convocado esta tarde para despedir cristianamente al P. Ricardo, vuestro hermano y familiar, a nuestro hermano en la fe, a un hermano en el sacerdocio, al padre de los más vulnerables y necesitados de Castellón y a un hijo adoptivo de esta Ciudad. Le despedimos con la celebración de la Eucaristía, en la que Ricardo encontró la fuente para su vida cristiana y sacerdotal y el motor para su caridad hecha vida y entrega por los transeúntes, mendigos y personas sin techo. Al celebrar el misterio pascual, la muerte y resurrección de Jesús, en la muerte a este mundo de nuestro hermano sacerdote, la Pascua de Cristo se hace más íntima y visible con la muerte de Ricardo, quien en las primeras horas de la tarde de ayer era llamado por el Padre del amor y de la misericordia a su presencia, a la edad de 89 años. Su muerte nos duele, pero la Eucaristía nos consuela y nos fortalece en la esperanza.

2. El P. Ricardo vio la luz de este mundo el día 4 de noviembre de 1930 en Forcall (Castellón), entonces Diócesis de Tortosa, como segundo hijo del matrimonio formado por José García Gálvez y Joaquina Cerdán Mestre. De este matrimonio nacieron otros 6 hijos: Josefina, Julián, Pilar (fallecida), Rosario, María Ángeles y Juan José (fallecido). Ricardo ingresó pronto en el Seminario de Tortosa donde cursó los estudios secundarios de latín y humanidades, ý de filosofía y teología; y en la Catedral de Tortosa fue ordenado presbítero el día 25 de octubre de 1953. Posteriormente se licenció en Derecho Canónico en la Universidad de Comillas y se diplomó en el Instituto Superior de Pastoral de Madrid.

Durante su vida ministerial ejerció muy diversos cargos. Primero, en la Diócesis de Tortosa donde fue Coadjutor de Gandesa, Ecónomo de Bojar, Castell de Cabres y Coratxar y Coadjutor de Santa Bárbara; y, después, en nuestra diócesis de Segorbe- Castellón, como Coadjutor de la parroquia del Santo Ángel Custodio de Vall de Uxó, Vicario de Santa María de Castellón y Ecónomo de la parroquia de La Asunción de Benlloch.

Fue asimismo Secretario Particular de mis predecesores los Obispos, Mons. José Pont y Gol y D. José María Cases Deordal, Formador de la Sección de Filosofía del Seminario diocesano “Mater Dei”, Adscrito a la parroquia de la Santísima Trinidad y Consiliario del Colegio Diocesano de Consiliarios, Profesor de Religión en la Escuela de Turismo y en el Instituto Ribalta de Castellón. También fue miembro de la Comisión Diocesana de Vocaciones y Delegado Diocesano de la Mutual del Clero, Consiliario Diocesano de las mujeres de Acción Católica, Vicario Episcopal de la Zonas Palancia-Alto Mijares y Bajo Maestrazgo así como Vicario Episcopal de Formación Permanente del Clero. Siendo finalmente Párroco de San Juan Bautista de Río Seco y Vicedelegado para Cáritas y Marginados de Castellón, el 1 de mayo de 1984, puso en marcha el famoso comedor ‘P. Ricardo’, y posteriormente la Asociación Tra-Men-Sin (transeúntes, mendigos y gentes sin techo), de la que surgieron varias iniciativas: la Granja Sunamita para la acogida de transeúntes, el Centro “Viu-sin-al” para la recuperación de alcohólicos y drogodependientes, la Alquería como residencia para enfermos de SIDA, la Acogida personalizada, los Talleres artesanales, el Dispensario y guardería, el Ensayo de comunidad terapéutica, los Grupos de teatro como elemento integrador, el proyecto J.O.A.N de empleo juvenil y el Centro social Casal del bon amic. En 1987 se constituyó legalmente la Asociación OSIM, obra social de integración del marginado, que asumió todas las incitativas anteriores.

Si hoy recordamos al P. Ricardo –y así se le recordará siempre- es sobre todo por su obra caritativa y social. Él dejó sus responsabilidades en el gobierno de la Iglesia para dedicarse en cuerpo y alma a los más pobres y desfavorecidos. En su larga vida sacerdotal -66 años- el P. Ricardo ha ejercido su ministerio con generosidad y con total disponibilidad y entrega a la Iglesia y a los más necesitados. Sacerdote con alma caritativa, gozaba -y goza- de gran estima y afecto entre cuantos lo conocieron:
voluntarios, beneficiarios y tantas otras personas. Bien se puede afirmar que ha sido un sacerdote benemérito y ejemplar, que forma ya parte del patrimonio espiritual de nuestro presbiterio, de nuestra Iglesia diocesana y de nuestra Ciudad: es un don que se convierte en estímulo para quienes todavía peregrinamos hacia la casa del Padre.

Ricardo solía hablar de Eucaristía-Dos, para remarcar las dos vertientes de la celebración eucarística: “partiendo y compartiendo el pan eucarístico, y partiendo y repartiendo nuestro pan y nuestro tiempo con los necesitados”, dejó escrito. El P. Ricardo nos seguirá interpelando como Iglesia diocesana y como presbiterio para que nunca olvidemos que estamos llamados a ser una Iglesia pobre y servidora de los pobres. Y a éstos, los pobres, siempre los tendremos entre nosotros, nos dice Jesús. Oremos y trabajemos para que la obra del P. Ricardo continúe viva entre nosotros. En esta tarde damos gracias a Dios por su persona, por su ministerio sacerdotal, por su buen ejemplo, por su fidelidad al ministerio y por su obra caritativa y social. A la vez elevamos nuestra oración al Dios del amor y de la misericordia por nuestro hermano. Y lo hacemos a la luz de la Palabra que Dios nos ha ofrecido en esta Liturgia.

3. Ricardo encontró en el evangelio “el valor de eje, de motor, centrando o impulsando toda su acción”. Bien podemos decir que intentó vivir con radicalidad el evangelio que hemos proclamado. “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fue forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). El encuentro personal con Jesús en la meditación de este Evangelio y en la Eucaristía, le llevaba al encuentro con los transeúntes y migrantes, hambrientos y sedientos, con los sin techo, los descartados
y parados, y con tantos otros necesitados de pan, de consuelo, de rehabilitación, de trabajo, de cultura, de consuelo y de sentido para sus vidas. En todos ellos, él veía reflejado el rostro de su Señor Jesús, Ricardo veía al mismo Jesús que venía a su encuentro. Porque “cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 40).

Por ello esta tarde elevamos nuestra oración al Dios del amor y de la misericordia por nuestro hermano; y le pedimos que sea contado entre aquellos a los que Jesús dirá: “Venid vosotros, benditos de mi Padre: heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34).

4. La obra el P. Ricardo no ha estado exenta de dificultades, que él supo abordar con constancia y siempre con su confianza puesta en Dios, siguiendo la exhortación del libro de la Sabiduría. El autor sagrado alaba la confianza de los justos en Dios en las vicisitudes y en las pruebas de la vida y les exhorta a mantenerse fieles al amor de Dios: “Los que confían en Dios comprenderán la verdad; los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos” (Sab 3,1-9, 9). Quien acoge la llamada de Dios que viene a su encuentro en el necesitado, quien se pone al servicio del Señor y entrega su vida al ministerio eclesial y a los más pobres no está exento de pruebas y de dificultades, como lo ha experimentado el P. Ricardo. Pero vivir con la confianza puesta en Dios siguiendo a Cristo y entregando su vida a la llamada recibida, libera el corazón de toda pobreza y se sumerge en el hondón del amor fiel y eterno de Dios.

“Que no tiemble vuestro corazón -dice Jesús a los Apóstoles en la última Cena -. Creed en Dios y creed también en mi” (Jn 14,1). Nuestro corazón está siempre inquieto hasta que encuentra un asidero seguro; y, en estas palabras de Jesús, nuestro corazón encuentra la roca sólida donde afianzarse y reposar. Porque, quien se fía de Jesús, pone su confianza en Dios mismo.

El Salmo responsorial (121) y la segunda Lectura (1 Jn 3,1-2), proclamados en esta celebración, llenan nuestro corazón de la esperanza, a la que hemos sido llamados. El Salmista nos invita a imitar en espíritu a los peregrinos que ascendían a la ciudad santa y, después de un largo camino, llegaban llenos de alegría a sus puertas: “Qué alegría cuando me dijeron: ‘Vamos a la casa del Señor’. Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén!” (Sal 121,1-2). Oramos para que estas palabras hayan acompañado al P. Ricardo en su tránsito de esta vida la casa del Padre. Y, el Apóstol Juan, en su primera carta, expresa esta alegría esperanzada desde la certeza de ser hijos de Dios y a la espera de la plena manifestación de esta realidad: “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. … Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

5. Hermanos y hermanas en el Señor. Con nuestra mirada de fe en Cristo resucitado y con esperanza cristiana, ofrezcamos esta Eucaristía por nuestro hermano Ricardo; él ya nos ha precedido en el encuentro definitivo con el Padre, en su último paso hacia la vida eterna. ¡Que el Padre le haga partícipe de su reino de vida eterna y de su gloria para siempre! Invoquemos la intercesión de la Bienaventurada Virgen María para que le acoja en la casa del Padre en la confiada esperanza de poder un día unirnos a él para gozar de la plenitud de la vida y de la paz de Dios. Amen.

+Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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