Solemnidad del Corpus Christi

14 de junio de 2020

(Dt 8,2-3.14b-16ª: Sal 147; 1 Cor 10,16-17; Jn 6,51-58)

 

¡Queridos hermanos y hermanas en el Señor!

Dar gloria a Dios

  1. “Glorifica al Señor, Jerusalén”. Con estas palabras del Salmo os invito a alabar y dar gloria a Dios porque Cristo-Eucaristía “nos sacia con flor de harina” (Sal 147, 14). Como pueblo cristiano nos congregamos esta tarde para celebrar la fiesta del Corpus. En su centro está el Misterio eucarístico, memorial del sacrificio de Cristo, que se nos da como alimento para el camino y se queda realmente presente entre nosotros.

Avivemos y confesemos nuestra fe en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento del Altar. Se trata en verdad de un misterio que rebasa nuestra comprensión. No nos ha de sorprender que también hoy a muchos les cueste aceptar la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Así ha sucedido desde el día en que, en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús declaró abiertamente que había venido para darnos en alimento su carne y su sangre (cf. Jn 6, 26-58). Ese lenguaje pareció ‘duro’ y muchos se volvieron atrás. Ahora, como entonces, la Eucaristía sigue siendo ‘signo de contradicción’ y no puede menos de serlo, porque un Dios que se hace carne y se sacrifica por la vida del mundo pone en crisis la sabiduría de los hombres. Pero con humilde confianza, la Iglesia hace suya la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Renovemos también nosotros esta tarde la profesión de fe en Cristo vivo y presente en la Eucaristía. Sí, “es certeza de fe para los cristianos: el pan se convierte en carne, y el vino en sangre”, canta la Secuencia de hoy.

 

Adorar al Señor, presente en la Eucaristía

  1. La Eucaristía es el don por excelencia del Señor a su Iglesia, porque es el don de sí mismo. Gracias a la acción del Espíritu Santo, al proclamar el sacerdote las palabras de Jesús en la última cena sobre el pan y sobre el vino, estos se convierten como entonces en su Cuerpo y en su Sangre. Jesús se hace y está realmente presente en la Eucaristía en su divinidad y en su humanidad gloriosa. Por ello el sacramento de altar “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).

 

El Corpus Christi nos invita a contemplar y adorar este Misterio eucarístico. En la Eucaristía, el Señor se ha querido quedar real y permanentemente presente entre nosotros. Si: Él está entre nosotros de muchos modos, pero en la Eucaristía lo está de un modo eminente. “Dios está aquí. Venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor”. Adorémosle en espíritu y verdad, pero también externamente con nuestra postración: poniéndonos de rodillas en la consagración, en la adoración ante el Sagrario o en la bendición con el Santísimo, como pide la Iglesia.

 

La Eucaristía, pan de vida

  1. En la Eucaristía, Jesús mismo se hace alimento nuestro, nos da a comer su Cuerpo y a beber su Sangre para que tengamos ‘parte de su vida divina’. Atravesando el umbral de la muerte, el se ha convertido en Pan vivo, auténtico maná, alimento inagotable por todos los siglos. La carne se convierte en pan de vida y alimento del pueblo peregrino.

 

El libro del Deuteronomio (Dt 8, 2-3. 14b-16a) nos ha recordado el maná bajado del cielo y el agua viva manada de la roca para saciar el hambre y la sed del pueblo de Israel peregrino por el desierto hacia la tierra prometida. Moisés se lo recordaba con insistencia para mantener despierta la fe del pueblo en el Dios de la Alianza. Con mayor razón la Iglesia pone todo cuidado en que el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, no desdeñe el don inmensamente mayor de la Eucaristía, del que el maná no es sino una pálida imagen; un don que cada día el nuevo pueblo de Dios tiene a su alcance. No es alimento material, sino espiritual; es el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo que se le ofrece como alimento en su peregrinación terrena y como prenda y anticipo de la vida futura. Es el pan -de cada día- que los fieles deberíamos pedir y comer a diario, más hambrientos y deseosos de él que del pan material. Porque “no sólo de pan vive el hombre, sino que vive de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3).

 

Jesús mismo en el Evangelio de hoy (Jn 6, 51-59) nos dice de nuevo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (ib. 51). La Eucaristía es el pan de la Vida verdadera, un pan tan vivificador que es germen y prenda de vida eterna, justo porque es el Cuerpo de Jesús, que es la Vida (cf. Jn 14, 6). Los Hebreos después de haber comido el maná en el desierto murieron; en cambio, “el que come este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). En la Eucaristía, el Señor ofrece a los fieles su mismo cuerpo, inmolado en la cruz para el perdón de los pecados, pero ya resucitado y glorificado: es el “Pan vivo” en el que Cristo está presente y viviente como lo está en la gloria del cielo.

 

La Eucaristía, fuente de comunión y de unidad

  1. En la Eucaristía, Cristo nos invita a acercarnos a comulgarle. “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… El que me come vivirá por mí” (ib 56-57). En la comunión eucarística, Jesús se nos da a sí mismo, nos atrae hacia sí, nos va transformando y vivificando, va haciendo del que comulga ‘otro Cristo’; la comunión eucarística es así fuente de comunión vital y permanente con Cristo, por la que el cristiano vive realmente “por él” y endereza a él toda su existencia. Por ello, sin la Eucaristía, sin la comunión sacramental de Cristo, el cristiano se debilita y termina muriendo en su fe, en su vida y en su misión cristiana. No se puede afirmar que para ser buen cristiano no es necesario participar en la Misa y comulgar.

 

Pero no se puede ‘comer’ al Resucitado, presente en la forma del pan, como un simple trozo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de ‘comer’, es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es mi Creador y Redentor. El objetivo de esta comunión es la asimilación de mi vida con la suya, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, esta comunión implica y exige estar en comunión con Cristo y los hermanos, estar en gracia de Dios, estar limpios de todo pecado. Si no es así, hay que confesarse, al menos de los pecados mortales, antes de acercarse a comulgar.

 

Además, san Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Cor 10, 16-17) nos recuerda que la Eucaristía es también y a la vez fuente de unidad; la comunión eucarística crea y recrea la fraternidad entre los hermanos. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (ib 17). Como el pan eucarístico es uno, así los que participan de él forman a su vez un solo cuerpo, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. La Eucaristía genera, edifica y fortalece la comunión fraterna en la Iglesia. Justo porque participamos en un solo pan, nos hacemos todos un solo Cuerpo de Cristo, una sola sangre, y miembros los unos de los otros, hechos un solo cuerpo con Cristo (S. Juan Damasceno. De fide orth. 4, 13).

 

Envío a vivir la caridad

  1. La Comunión eucarística nos llama a vivir en comunión con Cristo y con los hermanos, a construir una verdadera comunidad fraterna, que sea, a su vez, fermento de unidad y fraternidad de todos los hombres. ¡Cuánto tenemos que purificar y mejorar!

 

La Eucaristía infunde en los que comulgan el amor de Cristo que vino a buscar lo que estaba perdido, a reunir a los hijos de Dios dispersos y a dar un puesto de honor a los más vulnerables e indefensos. Por ello en la Fiesta del Corpus Christi celebramos el Día de la Caridad. Y “la caridad de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14). Ante la profunda crisis, que padecemos, el Señor nos apremia a ser testigos comprometidos de la caridad. Nos insta a atender a aquellos que en número creciente pasan hambre, se quedan sin trabajo, pierden sus empresas o negocios; nos urge a atender a familias enteras sin medios para subsistir. El mandamiento nuevo del amor nos llama a redoblar nuestro compromiso personal y nuestra generosidad para con los necesitados entre nosotros y en los países más a través de nuestras cáritas. Hoy haremos la colecta extraordinaria de Cáritas. Seamos generosos.

 

El Señor Jesús nos apremia a vivir la caridad para reconstruir entre todos el tejido económico, laboral y social, tan castigado y debilitado por la pandemia, en el que todos puedan encontrar un trabajo digno. Y nos urge a vivir la caridad en la verdad para construir un orden social y político, basado en la verdad, en el encuentro y el diálogo constructivo entre todos, superando la mentira, el rencor, el insulto, la exclusión del diferente, y la imposición de ideologías. Todos estamos llamados a trabajar por bien común para las personas, las familias y los grupos tengan las condiciones para poder desarrollarse y alcanzar su perfección.

 

Al final haremos la procesión con el Señor Eucaristía y bendeciremos la ciudad y al mundo entero. Porque el amor de Cristo y su bendición están destinados a todos. Acompañemos al Señor de manos de María. Ella, la Madre del Señor, nos enseña a entrar en comunión con Cristo: María ofreció su propia carne y su propia sangre a Jesús, y se convirtió en tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a ella, nuestra Madre, que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia de Cristo para que nos ayude a seguirle fielmente por los caminos de nuestra vida. ¡Amén!

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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