Mascarillas y consejos para vivir la cuarentena desde el monasterio de monjas agustinas de Benicàssim

Hace días que las 8 hermanas del Monasterio de Monjas Agustinas de Montornés, en Benicàssim, se pusieron manos a la obra para responder a la necesidad y confeccionar mascarillas, además de batas y otros recursos destinados a las prisiones y otros centros que los necesitan.

Por su parte, el Visitador para las comunidades contemplativas, Joaquín Guillamón, explica que “aunque durante este tiempo no es posible realizar las visitas, seguimos estando en contacto con esta y las demás comunidades, sobre todo a través del móvil y del correo electrónico, y así podemos preguntar si están bien, si tienen alguna necesidad que podamos solucionar, y les hacemos llegar las comunicaciones del obispado”.

La hermana Cecilia explica que “para nuestra comunidad, este tiempo de confinamiento aparentemente no debía suponer mucho cambio, pues nuestra vida transcurre normalmente en el Monasterio. Vida de oración, espiritualidad, convivencia, formación, trabajo…”, aunque en realidad, hasta para ellas ha supuesto un gran cambio, ya que “no vivimos aisladas del resto del mundo, sino que las preocupaciones, dificultades, necesidades, sufrimientos, esperanzas y retos de las personas nos afectan y las hacemos nuestras”.

Todo ello, como continúa explicando, se traduce en que “en este tiempo se ha intensificado nuestra oración, nuestro levantar las manos al Señor como Moisés, para que esta batalla contra la enfermedad la podamos vencer unidos a Dios y unidos entre nosotros”.

“Oramos especialmente por los difuntos y sus familias y por todos los que están más expuestos al contagio por curar a los enfermos y por servir a la sociedad con sus trabajos; por los sacerdotes, religiosos y agentes de pastoral de la salud que aportan consuelo y esperanza a los enfermos y sus familias, y ayudan a mirar al cielo y creer en la vida eterna; por las Residencias de ancianos con tanto riesgo y sufrimiento. Jesucristo está ahí, en el que sufre, sosteniendo, acompañando, salvando, como en la Cruz”, añade.

Esta se trata de una Cuaresma muy distinta, también para ellas, pues “estamos viviendo un ayuno fuerte, en nuestro caso sin tener la celebración de la Eucaristía diaria, aunque tenemos el privilegio de tener el Santísimo y la reserva Eucarística para poder comulgar, y lo hacemos muy unidas a tantos que no pueden recibir al Señor sacramentalmente”.

La hermana también explica que el sufrimiento por no poder recibir las visitas que recibían, y por no poder ver a las personas que les acompañaban en los oficios y en la Santa Misa, lo aplacan con oración, “sabemos también por experiencia de la renuncia a ver y abrazar a los que queremos, pues no tenemos visitas en este tiempo y en general no son frecuentes, pero ahí podemos descubrir que el amor se alimenta con la oración y que va llenando nuestro corazón de nombres de personas concretas. Rezar por otra persona es una forma de amarla”.

De este tiempo especial para practicar la limosna indica que “la podemos vivir dándonos con pequeños gestos a los demás, dando nuestro tiempo, comprensión, escucha, consuelo, aliento… a los de cerca y a los que están más necesitados. Hoy en día hay muchos medios de hacerse presente, como estamos viendo y haciendo en esta cuarentena”.

“Impresiona y es motivo de gratitud, ver como en tiempos de dificultad sale lo más valioso de las personas, tantos gestos de generosidad, de atención y dedicación a los más necesitados, de ayuda de múltiples formas empleando la creatividad que produce el amor al otro. El amor que derrama el Espíritu de Dios en nuestros corazones”, continúa.

Y en el centro de todo este tiempo, “lo esencial desde la fe es volver la mirada a Dios, pedirle perdón por la autosuficiencia y olvido de su Amor a nivel personal y social. Pedirle que convierta nuestros corazones para reconocer que somos criaturas y que sólo en Él podemos alcanzar la plenitud, viviendo como hijos suyos y hermanos entre nosotros. Pues como dice San Agustín: «Nos has hecho Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en Ti».

Como comunidad de Vida Contemplativa nos dan una serie de sugerencias espirituales para que todas las personas y familias puedan vivir este tiempo de confinamiento:

  • Dedicar un tiempo a orar con la Palabra de Dios, pues Dios nos sigue hablando y nos ilumina el sentido de este acontecimiento a nivel personal, familiar y social.
  • Orar en familia, o sólo, pero en comunión con toda la Iglesia, con la Liturgia de las Horas, el Rosario…
  • Dedicar un tiempo al diálogo, en familia o comunidad, para compartir lo que somos y sentimos, miedos esperanzas y nuestra experiencia de Dios en este tiempo, compartir la fe nos la acrecienta.
  • Formarse espiritualmente con la lectura, charlas, profundizando los documentos de la Iglesia: las encíclicas de los últimos Papas son verdaderas joyas, y el Concilio Vaticano II para muchos es aún desconocido.
  • Buscar un tiempo personal de silencio para profundizar en la amistad con el Señor. San Agustín, maestro de interioridad nos dice:

Entra en ti mismo: «No salgas fuera de ti, entra en ti mismo, porque en el corazón del hombre habita la verdad, habita Cristo». (La verdadera religión 39, 72-72)

No salgas fuera de ti mismo, equivale a que no renuncies a ser tú mismo, no te distraigas con las vidas ajenas, cayendo en la frivolidad o mundanidad. Somos la tarea más importante de nuestra vida. Aceptar la vida como nuestro gran proyecto.

Vuelve al corazón, entra dentro de ti, no temas alojarte en tu mundo interior, valórate, ese es tu espacio sagrado donde construyes tu destino. Es una invitación al encuentro con la verdad de uno mismo.

Muchas personas se desconocen a sí mismas, en el libro de Las Confesiones dice S. Agustín: «Se desplaza la gente para admirar los picachos de las montañas, las gigantescas olas del mar… mientras se olvidan de sí mismos…» (Conf. X, 8, 15). «Conocerse a sí mismo no es otra cosa que escuchar lo que Dios dice de nosotros» (Conf. X, 3, 3). Este escuchar a Dios requiere silencio exterior e interior. Conocerse a sí mismo, comprenderse, nos lleva a comprender a los demás y amarlos.

Entrégate a Dios: Trasciéndete a ti mismo para no caer en un narcisismo. Trascenderse es un camino de superación y esperanza, construir nuestro ser desde el encuentro con Dios, pues somos seres habitados. «Dios es más íntimo que mi propia intimidad» (Conf. III, 6, 11).

Conocerse, aceptarse y superarse es el itinerario agustiniano de la interioridad. En el «conózcame a mí y conózcate Ti, Dios mío» hay un intercambio de luz, hay que mirarse a uno mismo en su pobreza y levantar los ojos a Dios que nos dignifica. Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre nos revela a los hombres nuestra dignidad y sentido.

Pequeña reflexión a modo de ejemplo, sobre las lecturas del oficio, fuente de riqueza espiritual que nos ofrece la liturgia de las Horas:

Meditando las lecturas del Oficio de Lectura de ayer, sábado de la IV semana de Cuaresma, podemos sacar mucha luz para este tiempo que vivimos: Núm 201-13; 21, 4-9 y Constitución pastoral Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II, n. 37-38.  Y cada día la Liturgia nos regala preciosos textos para meditar y crecer en la fe, esperanza y amor.

  • En La lectura de los Número Moisés intercede por el pueblo que reconoce su pecado, se ha olvidado de Dios, ha adorado falsos ídolos. ¿Reconoceremos esta realidad de idolatría que vivimos y pediremos perdón al Señor por nosotros y todos nuestros hermanos?
  • La lectura de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (GS) nos habla de la necesidad de purificar la actividad humana en el misterio pascual: El progreso, que es un bien en sí mismo, puede ser un peligro cuando lleva al egoísmo, olvidando la fraternidad (es el derrotero que estábamos viviendo). El hombre redimido por Cristo ama las cosas creadas por Dios, las agradece y respeta, cree en el Amor de Dios y que el esfuerzo por restaurar la fraternidad universal no es una utopía. ¿Lo creemos, vivimos y proclamamos? Somos pecadores perdonados por la sangre de Cristo y de Él aprendemos a llevar la cruz que acompaña a los que buscan la paz y la justicia, sabiendo que si morimos con Cristo viviremos con Él. El Espíritu fortalece los deseos y acciones para humanizar la vida y abrirla a la trascendencia. Cada uno está llamado a realizar esta misión de construir el Reino de Dios, reino de paz, justicia y amor desde su propia vocación.
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