La cuaresma, tiempo de gracia de Dios

Queridos diocesanos:

Con el rito de la imposición de la ceniza iniciamos el próximo miércoles el tiempo de la Cuaresma. Es éste un tiempo de gracia y de salvación. “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la Salvación” (2 Cor 6,2). El Señor nos concede un tiempo propicio para prepararnos con corazón renovado a la celebración gozosa de la Pascua del Señor. El misterio de la muerte y resurrección del Jesús es el fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. La Pascua no es un acontecimiento del pasado sino que permanece siempre actual por la fuerza del Espíritu Santo.

La Cuaresma nos ofrece a los bautizados la oportunidad de renovar nuestro bautismo, por el que fuimos insertados en el misterio pascual. Es un tiempo para renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana, recibidas en nuestro bautismo; un tiempo de gracia para avivar nuestro amor a Dios y a los hermanos, por la oración, el ayuno y las obras de caridad; un tiempo para avivar y fortalecer nuestra fidelidad en el seguimiento de Jesús en el seno de su comunidad y nuestra coherencia de vida con el Evangelio.

La Palabra de Dios nos exhorta a ponernos en camino hacia la Pascua con una vida renovada, es decir convertida a Dios y reconciliada con Él y con los hermanos. “Convertíos a mí de todo corazón” (Joel 2, 12). Convertirse es volver el corazón a Dios con ánimo firme y sincero. Para ello hemos de escuchar de nuevo, contemplar con silencio interior y acoger con fe confiada la Buena Noticia de la muerte y resurrección del Señor, es decir el kerigma. Dios nos ama y nos ha mostrado su amor personal e inmenso en Cristo muerto y resucitado; Dios, que se hizo hombre, se entregó hasta la muerte por amor a cada uno de nosotros; Dios está vivo y nos ofrece su salvación, su vida y su amistad (EG 128). Él, que nos ha pensado y amado desde siempre, nos indica el camino para alcanzar nuestro verdadero ser, nuestra plenitud y nuestra salvación. Con amor nos sugiere e indica como a sus hijos y amigos lo que hemos de hacer y evitar para llegar a la vida. Él nos quiere llevar a la comunión de vida consigo. Quien escucha su voz entrará en la tierra prometida, en el gozo del Paraíso.

Dios no deja de hablarnos; no cesa de salir a nuestro encuentro. Ya en lo más íntimo de cada persona, en nuestra conciencia, resuena su voz. Cuando Dios nos habla al corazón, hemos de escuchar su Palabra, acogerla y adherirnos plenamente a ella, dejarnos guiar por Él como llevados de la mano. Dios no quita nada, Dios nos da todo, Dios se nos da a sí mismo en su Hijo, Jesús. Nos podemos fiar de Dios al igual que un niño se abandona en los brazos de su madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona que se deja guiar por el Espíritu Santo.

Por la dureza de nuestro corazón, puede que nos resistamos a Dios, que nos cerremos a su voz y a su amor. Con frecuencia nuestro corazón está contaminado: son las inclinaciones desordenadas que nos conducen al pecado, a dar la espalda al Señor a construir nuestra vida al margen o en contra de Él; a veces seguimos la mentalidad de un mundo que se opone al proyecto de Dios o la tentación del Maligno que pretende apartarnos de Dios. Es fácil también confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz de Dios en nosotros; es fácil caer en la arbitrariedad y en la subjetividad, apartándose de la verdad de la Palabra de Dios que nos llega a través de la Iglesia.

Por ello el apóstol Pablo nos dice: “En nombre de Cristo os pido que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,20).  Es saludable contemplar de nuevo y a fondo el Misterio pascual,  por el que hemos recibido la misericordia de Dios. Sólo en un cara a cara con Jesús, el Señor resucitado, que me amo y se entregó por mí, es posible experimentar su misericordia. Cuanto más lo contemplemos, más llegaremos a reconocer nuestro alejamiento de la amistad de Dios y la presencia de mal en nuestra vida. El Señor sigue con los brazos abiertos en la cruz y nos ofrece su amor, para reconciliarnos con Dios y con los hermanos. Dejémonos abrazar y salvar por Él. Creamos de verdad en su misericordia y confesemos nuestros pecados en el sacramento de la confesión. Contemplemos su sangre de derramada por amor hacia cada uno de nosotros y dejémonos purificar de nuestros pecados.

En esta Cuaresma y en medio de tanto ruido hagamos silencio en nuestro interior y escuchemos la voz de Dios, que es sutil, sabia y amorosa. Dios nos ofrece un año más un tiempo favorable, un tiempo de gracia y de salvación.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

            Obispo de Segorbe-Castellón

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