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Día de las personas sin hogar

Queridos diocesanos:

Desde hace unos años, el último de domingo de octubre celebramos el día de las personas sin hogar. El lema para la campaña de este año reza: “No tener casa, mata”. En efecto: no tener casa mata los sueños, las oportunidades, la confianza, la salud o los derechos de las personas que no tienen acceso a una vivienda digna.

Se estima que en España hay 40.000 personas sin hogar. Muchas de estas personas están nosotros. No disponemos de datos exactos; pero, sí sabemos que nuestra Cáritas diocesana atendió en 2019 a 778 personas en situación de grave exclusión residencial; si a esto añadimos, las 115 personas, derivadas a los Servicios Sociales, son en total 893 las personas que hemos detectado sin hogar.

Las personas sin hogar no nos pueden ser indiferentes, como ocurrió con el pobre Lázaro. Porque no se puede estar tranquilo en casa mientras Lázaro yace postrado a la puerta; no hay paz en la casa del que está bien, cuando falta justicia en la casa de todos. Sabemos que el hogar es una condición necesaria para que el hombre o la mujer puedan nacer, crecer y desarrollarse; para que puedan convivir, trabajar, educar y educarse, o para que puedan construir una familia. No tener hogar es más que no tener una casa o vivienda digna; implica también verse privado de cosas fundamentales para el desarrollo y el bienestar de todo ser humano como son las relaciones personales, el sentido vital o el acceso a derechos fundamentales, como la atención sanitaria y otros.

Son muchas las causas que llevan a esta situación. Cada persona tiene su propia historia. Pero hay algunas causas que aparecen en la mayoría de los casos, como son la falta de recursos económicos, de ayudas sociales o de un trabajo digno; a veces son circunstancias personales como la enfermedad, las adicciones, las relaciones familiares rotas o los hábitos; otras veces tienen que ver con la soledad; y, al final, siempre aparece la ausencia de acceso al derecho a una vivienda.

Las personas sin hogar constituyen una categoría de pobres todavía más pobres, a quienes debemos amar y ayudar como el buen Samaritano; son nuestro prójimo. Las personas que no tienen acceso a una vivienda, que sea techo y hogar, están hoy, de nuevo, en nuestro camino y reclaman ayuda para gozar de sus derechos, para recuperar su espacio legítimo en la sociedad y formar parte de un tejido comunitario donde cada una tenga siempre un lugar conforme a su dignidad de personas.

Durante la actual pandemia hemos podido hacernos más conscientes de la importancia de un hogar, donde guarecernos, protegernos, estar a salvo, descansar y cuidarnos. En el confinamiento impuesto por el estado de alarma, tuvimos que dar con premura a los sin techo un lugar para poder confinarse. Estas personas son además un grupo especialmente vulnerable ante la pandemia: dormir en la calle o en alojamientos, que por sus condiciones no pueden garantizar su protección, las coloca en una situación de alto riesgo en el contagio propio y en la transmisión del virus, y les dificulta su acceso a un espacio adecuado de cuidado, higiene y aislamiento. Esta experiencia común a causa de la Covid-19 debería ser la oportunidad para repensar juntos los pilares de nuestra convivencia, de la que no pueden quedar excluidas las personas sin hogar. Nos encontramos ante una grave crisis económica, sanitaria y social que, mal afrontada, derivará en una sociedad más desigual; los factores de exclusión social y residencial se multiplicarán y afectarán con mayor intensidad en la vida de las personas más vulnerables, las que carecen de un hogar donde poder refugiarse o cuidarse, o poder pasar el confinamiento.

La Iglesia, que siempre ha estado cerca de los pobres y los empobrecidos, considera grave deber suyo asociarse a cuántos operan con dedicación y desinterés para que las personas sin hogar encuentren soluciones concretas y justas. Para todo cristiano y para la Iglesia, las personas sin hogar son un llamamiento a nuestra conciencia y una exigencia a dar soluciones justas. En cada persona que carece de hogar, el cristiano debe identificar al mismo Cristo, que nos dice: “Estuve desnudo y no me vestisteis” (Mt 25, 43). En estas palabras se puede ver justamente, en cierto modo, la situación real de las personas sin hogar, en los cuales es necesario ver a Cristo mismo.

Trabajemos unidos como sociedad y como comunidad cristiana, en la solución y la prevención del problema. Es posible y urgente acabar con estas situaciones de las personas sin hogar. Porque, en definitiva, no tener casa, mata.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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