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Es Adviento, el Señor viene

Queridos diocesanos:

Estamos celebrando el tiempo litúrgico de Adviento. Este tiempo de espera y de esperanza mira al pasado, al presente y al futuro. El Adviento mira, en primer lugar, al pasado: El Señor Jesús, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo de Israel, ya ha venido en la debilidad de nuestra carne; el Adviento nos prepara para celebrar con gozo la Navidad, la primera venida y la entrada en nuestra historia del Hijo de Dios en Belén; es su “primera” venida. El Adviento mira también al futuro, hacia la ‘segunda’ venida de Jesucristo en gloria y majestad al final de los tiempos en que llevará a total cumplimiento su obra de salvación y reconciliación de toda la creación. No olvidemos tampoco el decisivo encuentro personal con el Señor en la hora de nuestra muerte, en que cada uno será examinado y juzgado del amor o de la falta de amor hacia El y, en Él, hacia el hermano pobre y necesitado.

Pero el Adviento mira también al presente. Ya en la primera antífona de las Vísperas del primer Domingo de Adviento decimos: “Anunciad a todos los pueblos y decidles: Mirad, viene Dios, nuestro Salvador”. Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: “Dios viene”. No se usa el tiempo pasado ni el futuro sino el presente: “Dios viene”. Se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que está ocurriendo constantemente, que ocurre ahora y ocurrirá también en el futuro. En todo momento “Dios viene” a nosotros. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad: Dios viene a salvarnos.

Dios viene constantemente a nuestro encuentro en su Palabra, en sus Sacramentos -en especial en la Eucaristía y el la Penitencia-, en el prójimo, en el pobre y necesitado, en los acontecimientos de la vida y en su Iglesia, en cada comunidad cristiana. Por esta razón, en la oración colecta del primer domingo de Adviento rezamos a Dios, que avive en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene.

Vivir en cristiano el Adviento comporta, en efecto, mirar más allá de las apariencias, abrir nuestra mirada y nuestro corazón a Dios, dejar que se despierte en nosotros el deseo de dejarnos encontrar personalmente por Dios en su Hijo Jesucristo. Este encuentro avivará nuestra alegría y nuestra esperanza. Para ello hemos de vivir atentos ante la venida del Señor Jesús para acoger y vivir en el día a día la novedad de la vida bautismal, nuestra condición de cristianos y las exigencias de nuestro seguimiento fiel del Señor en el seno de su familia, la Iglesia.

En nuestra condición de peregrinos, la vigilancia y la esperanza son pilares imprescindibles de la vida cristiana, de nuestra Iglesia y de cada uno de sus fieles. La vigilancia pide una conversión constante a Dios en Cristo Jesús e intensificar la vida de oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, la revisión del tono de nuestra caridad y compromiso cristianos, y acoger el amor misericordioso de Dios en el Sacramento de la Reconciliación. La esperanza en el triunfo definitivo de Cristo nos ayuda a avivar nuestra fe en la vida eterna y en la resurrección de la carne, y, además, a no perder la paz ante las insidias de los poderes de este mundo.

Así se avivará también nuestra conciencia de misión y presencia en el mundo, para que todos puedan encontrarse con Cristo y para que el Amor de Dios, que nos salva, llegue a todos. El hombre de hoy busca ansiosamente la felicidad, que con frecuencia está tentado de buscarla lejos de Dios. Por ese camino cada vez se siente más lejos de la felicidad anhelada. En Jesucristo es donde el hombre y la mujer descubren su verdadera imagen, su verdadero destino y su pertenencia a un mundo nuevo. Dios viene para todos. Dejémonos encontrar por el Señor.

La Virgen María encarna perfectamente el espíritu de Adviento, hecho de escucha de Dios, de deseo profundo de hacer su voluntad, de alegre servicio al prójimo. Dejémonos guiar por ella, a fin de que el Dios que viene no nos encuentre cerrados o distraídos, sino que pueda extender en cada uno de nosotros su reino de amor, de justicia y de paz.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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