Clausura Diocesana del Jubileo de la Misericordia

HOMILÍA EN LA CLAUSURA DIOCESANA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12.11.2016

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(Mal  3,19-20; Salmo 97; 2 Tes 3, 7-12; Luc 21, 5-19).

 

¡Hermanas y hermanos muy amados todos en el Señor!

 

  1. Hace justo once meses celebrábamos en esta S.I. Catedral-Basílica la apertura diocesana del Año santo extraordinario de la Misericordia. Esta mañana, el Señor nos convoca para su clausura en la víspera del XXXII Domingo del tiempo Ordinario, en el que las lecturas nos recuerdan nuestra condición de peregrinos al encuentro del Señor, cuando Él venga al final de los tiempos.

Nuestra Iglesia diocesana ha vivido muy intensamente este Jubileo de la Misericordia. Aún están vivas en nuestra memoria y en nuestro corazón las peregrinaciones y las celebraciones del Jubileo en esta S.I. Catedral: las cuatro que celebramos por zonas, o la de los sacerdotes en la Misa Crismal, o la de los catequistas y profesores de religión; también recordamos con profundo gozo la multitudinaria celebración del Jubileo de los niños en el Seminario Mater Dei, o la más íntima de los enfermos y mayores en la Basílica de Lledó, y, de modo especial, las celebraciones en sendas cárceles de Castellón y Albocasser, por citar sólo algunas de las muchas celebraciones en nuestra Diócesis. No menos intensas han sido las celebraciones más locales del Jubileo en la Basílica de El Salvador de Burriana, en Santa Isabel y en San Jaime en Villarreal, en San Juan de Peñagolosa con motivo de la peregrinación de Culla.

  1. Es la hora para la acción de gracias: Nuestra mirada se dirige esta mañana a Dios para darle gracias sobre todo y en primer lugar por el don de su Misericordia, que se concentra y llega a su plenitud en la persona de su Hijo, la misericordia encarnada de Dios. Gracias damos a Dios, a la vez, por tantos dones recibidos a lo largo de este Jubileo. Ha sido un tiempo en el que hemos podido ver y experimentar, casi palpar en muchos casos, la misericordia infinita de Dios en muchas personas, que han sentido su amor personal, su cercanía, consuelo, compasión, perdón y sanación. Todo aquel que ha abierto su corazón al amor misericordioso de Dios, todo aquel que se ha dejado conmover por la mirada misericordiosa de Dios en su Hijo Jesus y ha acogido el abrazo del perdón en el sacramento de la Penitencia o ha recibido la sanación de las huellas de sus pecados en la Indulgencia plenaria ha podido experimentar que Dios le ama personalmente y que nunca le abandona. A través de todas estas personas ha quedado agraciada y fortalecida toda nuestra Iglesia diocesana en sus comunidades, grupos, movimientos y asociaciones. Ha sido un verdadero año de gracia del Señor.

 

A esta acción de gracias unimos nuestro recuerdo agradecido al Santo Padre, Francisco, por la convocatoria de este Año Jubilar y desde aquí le mostramos nuestra comunión afectuosa, que se hace oración por todas sus intenciones. Nuestro agradecimiento también para todos los que de un modo u otro han participado en la organización  del Año Santo y todas las celebraciones.

 

  1. En este Año Santo hemos podido redescubrir y contemplar de un modo especial que Dios es misericordia. Como nos recordaba el papa Francisco “el nombre de Dios es misericordia”: esta es la palabra que mejor revela su ser más íntimo, el misterio mismo de la Santísima Trinidad: Dios es amor y comunión de personas en el amor. Y Jesucristo es la misericordia de Dios hecha carne, enviada por el Padre Dios para hacernos participes de su misericordia infinita: en Jesucristo todo nos muestra a Dios, que es “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”: su persona, su encarnación, sus palabras y gestos, su pasión, muerte y resurrección, todo nos habla de la misericordia de Dios que perdona y salva, que se compadece de nuestros males, que ama a cada uno y que no quiere que nada ni nadie se pierda, y que nos espera siempre con una paciencia infinita.

 

En Cristo Jesús, Dios misericordioso ha salido y sigue saliendo a nuestro encuentro, y ahora nos ofrece su misericordia en su Iglesia, para que nos dejemos perdonar y transformar, porque sólo así podremos ser misericordiosos como el Padre del cielo, personalmente y como Iglesia. Redescubrir todo esto ha significado y significa para cada bautizado volver a abrirnos a la gracia y a la misericordia de Dios, y dejarnos abrazar y perdonar por Dios para que nuestra fe y vida cristianas se aviven, se fortalezcan y se purifiquen; redescubrirlo implica confirmar, confesar, vivir y anunciar la fe que hemos recibido por pura misericordia de Dios.

 

  1. Por todo ello, este Año Santo ha sido un tiempo de gracia para la conversión y la renovación: para una sincera y autentica conversión de mente y de corazón a Dios, a Jesucristo y a los hermanos, para la renovación de nuestra fe y vida cristianas, para la renovación pastoral y misionera de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades.

 

Este era el deseo expreso del Papa: que el Jubileo fuera un “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (MV 3), en un momento en que el mismo Papa y nuestra Iglesia diocesana nos llaman a cristianos y comunidades eclesiales a ser discípulos misioneros. La misericordia de Dios, acogida, experimentada y vivida en el día a día, nos impulsa a salir con nuevo ardor a la misión siempre nueva de anunciar a Jesucristo. Este Jubileo nos ha mostrado que la misericordia es el camino para nuestra misión.

 

Por eso, ahora, al finalizar este Año Jubilar nuestra mirada queda fijada y centrada en Jesucristo. Caminamos hacia el encuentro con Cristo, cuando Él venga al final de los tiempos para restaurar todas las cosas en Dios, como nos recuerda el evangelio de de hoy. Él pide de todos nosotros perseverar en la fe y en el testimonio.

 

Contemplando el rostro de Cristo, el rostro humano de la divina misericordia, acogiendo su amor misericordioso y transformados por él, sentimos la necesidad imperiosa de darlo a conocer a todos mediante una renovada evangelización. El amor de Cristo nos apremia a llevarlo a todos. A lo largo de este año hemos visto, una vez más, que cualquier intento de evangelización tiene que tener como referencia a Cristo Jesús. No se trata de anunciar ninguna teoría, sino a una Persona, un Acontecimiento: Cristo Jesús, el Hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado para que todo el que crea en Él tenga Vida eterna. Se trata de ayudar a cada persona a encontrarse con Jesucristo, del que proviene la verdad y la salvación de nuestra vida: Dios, por pura misericordia, envió a su Hijo, hecho hombre y nacido de María Virgen, para que fuese el Salvador del mundo.

 

Sólo en Jesucristo, Salvador nuestro, se cumplen los anhelos de todos los hombres y mujeres, de todas las generaciones y de todos los pueblos, de las más altas intuiciones y de los más nobles deseos de la humanidad. Cristo es el gran don de Dios a los hombres y la respuesta a Dios de la creación entera. Nuestra mirada, pues, deberá fijarse en Jesucristo, que es el mismo, ayer, hoy y siempre. Sólo Él puede ocupar el centro de la vida de todo cristiano y de toda nuestra Iglesia diocesana, de nuestras comunidades, grupos y movimientos. Descentrados de nosotros mismos y centrados en Cristo, Él nos impulsará a salir al encuentro de los hombres y mujeres de hoy, especialmente de los más pobres y necesitados para llevarles vida y salvación.

 

Poniendo a Cristo en el centro escucharemos su llamada a la conversión y renovación, personal y comunitaria. Necesitamos dejarnos purificar y arrepentirnos de nuestros errores e infidelidades, de nuestras incoherencias y lentitudes, de nuestros pecados, los nuestros, los de nuestras comunidades y los de nuestra diócesis. Reconocer los fracasos y pecados de ayer y de hoy es un acto de confianza, de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos más capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y dificultades de hoy.

 

En este camino no pueden faltar la oración personal y comunitaria, la penitencia y la eucaristía, en las que participamos del don supremo del amor misericordioso de Dios, ni la catequesis o la formación para conocer y vivir mejor los dones de Dios, para aceptar vitalmente la salvación que El nos ofrece, para renovar la vida de los cristianos y de la Iglesia en la alabanza de Dios, en la difusión del Evangelio y en el servicio fraterno a nuestro mundo, en defensa de los más pobres, en el servicio a la reconciliación y a la paz entre todos los pueblos.

 

Al finalizar este Jubileo os invito, una vez más, a redescubrir con alegría nuestro Bautismo y nuestra Confirmación, a poner la Eucaristía en el centro de nuestras vidas, a recuperar y frecuentar el sacramento de la Penitencia, mediante una catequesis adecuada y renovada, para que se fortalezca nuestra fe y vida cristianas, a intensificar el anuncio misionero del Evangelio y a multiplicar el testimonio de las buenas obras, las obras de misericordia. El Año Jubilar acaba, los frutos permanecen: y el fruto que debe permanecer es el de la misericordia arraigada en nosotros, hecha carne de nuestra carne, para dar testimonio fiel de esa misericordia que permanece en nuestros corazones y comunidades. El Señor está y camina con nosotros siempre y especialmente en la dificultad, en la adversidad y también en la persecución. Él nos dice hoy: “Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá” (Lc 21,18). Sabemos bien de Quien nos hemos fiado.

 

Oremos a Dios, por la intercesión de nuestra Patrona, la Virgen de la Cueva Santa:  Padre Bueno, Señor del tiempo y de la historia, concédenos la gracia de la humildad para acoger tu misericordia y perdón,  la sabiduría para llenar de tu presencia nuestros días y la fortaleza para perseverar en la fe y en la misión esperando la llegada de tu Hijo, Jesús. Amén

 

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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