Fiesta de la Virgen de la Cueva Santa en Segorbe

S.I. Catedral-Basílica de Segorbe – 2 de septiembre de 2018

(Judit 13, 17-20; Romanos 5, 12.17-19; Lucas 1, 39-47)

 

Amados hermanos y hermanas en el Señor!

1.Os saludo de corazón a todos cuantos habéis acudido a esta celebración para honrar y venerar a nuestra Madre y Patrona, la Virgen de la Cueva Santa, para mostrarle nuestro sincero amor de hijos. Saludo cordialmente al Ilmo. Cabildo Catedral de Segorbe, al Ilmo. Cabildo Catedral de la Valencia, a los párrocos de la Ciudad, a los sacerdotes concelebrantes y al diácono asistente. Saludo también con respeto y agradecimiento al Sr. Alcalde y a la Corporación Municipal, a las autoridades que nos acompañan, a las Reinas Mayor e Infantil de las Fiestas y a sus damas, a las doncellas segorbinas, a los portadores de la Virgen así como a las representaciones de las Asociaciones y Cofradías.

Durante los nueve días de la novena nos hemos ido preparando para este día central de nuestras fiestas patronales. En laemotiva y emocionante ofrenda de flores,de ayer tarde, mostrabais un año más el cariño, la fe y la devoción, que los segorbinos profesáis a la Virgen de la Cueva Santa. Con esta Eucaristía damos gracias a Dios por la Virgen de la Cueva Santa, por su patrocinio y por su protección; agradecemos a Dios todos los dones que, generación tras generación, nos ha dispensado a través de su intercesión maternal. ¿Qué sería de nosotros, de nuestras familias y de Segorbe sin la protección maternal de la Virgen de la Cueva Santa en el pasado y en el presente?

 

Hoy sentimos de un modo especial su cercanía maternal y su presencia amorosa. En ella resplandece la bondad eterna de Dios Creador que, en su plan de salvación, la escogió para ser madre de su Hijo unigénito y, en él, nuestra Madre y Patrona de nuestra Ciudad, Madre y Patrona de nuestra Iglesia diocesana. A ella la hemos cantado con las palabras de libro de Judit: “Tú eres el orgullo de nuestro pueblo”(15, 9d); a ella le hemos saludado con las palabras de Arcángel Gabriel: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo…”(Lc 1,28). Con Ella cantamos su “magnificat” y a Ella le confiamos la vida de nuestro pueblo y de sus habitantes, de nuestras familias, de nuestras parroquias y de nuestra Iglesia diocesana, llamada a ser una comunidad de cristianos discípulos misioneros de Jesús.

  1. En el Evangelio hemos revivido la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Poco antes había tenido lugar en Nazaret la Encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de Maria. El Ángel Gabriel le había comunicado que Dios la había elegido para ser la Madre del Salvador: ella acogió este anuncio con fe confiada y mostró su total disponibilidad: “He aquí la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”(Lc 1, 38); en ese preciso momento el Verbo eterno se hizo carne, Dios mismo entró en nuestra historia humana. Ahí está la fuente de todo. Ahí, Dios se nos dio en su Hijo, nos amó con un amor infinito y siempre fiel, nos bendijo con toda suerte de bienes. Dios se hizo Enmanuel, Dios con nosotros. Desde entonces, Dios es impensable sin el hombre, ni el hombre ni la mujer pueden serlo sin Dios. Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios dado y manifestado en su Hijo, que ha tomado nuestra carne, nuestra misma humanidad, en el seno de la Virgen María, la llena de gracia de Dios.

María, llevando en su seno a Jesús recién concebido, se pone en camino y va a casa de su anciana prima Isabel, a la que todos consideraban estéril y que había llegado al sexto mes, porque para Dios nada es imposible (cf. Lc 1, 36). María es una muchacha joven, pero no tiene miedo, porque Dios está con ella, dentro de ella. En cierto modo, podemos decir que su viaje fue –lo quiero recalcar en este Año en que en nuestra Iglesia diocesana vamos a dedicar a la Eucaristía- la primera “procesión eucarística” de la historia. María, sagrario vivo del Dios encarnado, es el Arca de la alianza, en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo. La presencia de Jesús la colma del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo rebosa de gracia: Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de Aquel a quien un día deberá anunciar a Israel. Este encuentro, impregnado de la alegría del Espíritu, encuentra su expresión en el cántico del Magníficat: María reconoce y proclama la grandeza del Señor y se alegra en Dios, su salvador. María ha acogido con absoluta y plena disponibilidad la ola del amor de Dios que se derrama en ella y alcanza a todos los hombres. Al obedecer con total libertad la humilde sierva ha llegado a la historia humana la plenitud de los tiempos para que los hombres llegásemos a ser hijos de Dios.

  1. En el Evangelio aparecen tres palabras: alegría, prontitud y servicio; tres palabras que muestran la actitud y el comportamiento de la Virgen; tres palabras que deberíamos tener en cuenta y poner en práctica siempre y en esta nueva andadura de nuestra Iglesia diocesana, de nuestras parroquias y de cada uno de los bautizados, para ser de verdad cristianos, discípulos misioneros del Señor. Alegría, prontitud, servicio.

La primera es alegría. Hemos escuchado en el Evangelio: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”(Lc 1, 44). La razón de esta alegría es el encuentro con el Hijo de Dios: “Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1, 41-43). La vida de quien se encuentra o se reencuentra personalmente con Cristo se llena alegría; su corazón se llena de un gozo interior tan grande, que nada ni nadie puede le pueden robar: desaparece la tristeza, que genera el sinsentido de la vida y el vacío existencial. Es la alegría que da la fe en Dios; es la alegría de saberse en todo momento y situación personalmente amado por Dios en su Hijo Jesucristo. En cada Eucaristía, Jesús sale a nuestro encuentro de un modo único para darnos el amor de Dios, manifestado en su muerte y resurrección de Cristo; Dios mismo se nos da en el Cuerpo de Cristo, que comulgamos; Él nos atrae hacia sí, nos da su amor. Ahí está la razón y la fuente de nuestra alegría.

¡Qué alegría siente quien se deja encontrar y amar por Dios en la Eucaristía y así puede amar auténticamente, con hechos diarios! En la Eucaristía, Jesús da a los suyos la fuerza necesaria para no estar tristes ni agobiarse, pensando que los problemas no tienen solución. Apoyado en esta verdad, el cristiano no duda que aquello que se hace con amor, engendra una serena alegría, hermana de esa esperanza que rompe la barrera del miedo y abre las puertas a un futuro prometedor. ¡Qué hermoso y bueno sería para cada uno de nosotros, para nuestras familias, para nuestras parroquias, si participáramos consciente y plenamente en la Eucaristía dominical, para dejarnos encontrar y amar por Dios!

La segunda palabra es prontitud. “María se levantó y sepuso en camino de prisa hacia la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”Lc 1, 39),que en su ancianidad iba a ser madre (cf. Lc 1,39-45). La Virgen entendió y acogió la voluntad de Dios, lo que Dios le pedía en ese momento a través de las palabras del Ángel y se puso aprisa en camino. No esperó más tiempo, no buscó disculpas, no pensó en sí misma, ni en su embarazo, ni en las dificultades del camino, ni en el qué dirán: la Virgen se sobrepuso a las contrariedades y se puso en camino. Y fue a la montaña.

La grandeza de alma como la de María es de aquellos que escuchan la voz de Dios y la siguen con prontitud; la de quienes sin desanimarse ante el ambiente adverso a vivir la fe, acuden con prontitud al encuentro semanal con el amor de Dios en la Eucaristía. Si imitamos a María, no podemos quedarnos lamentándonos ante las circunstancias adversas o escudándonos en ellas. María siempre atenta a la voz de Dios, le da lo que Dios le pedía. En su camino, conoció la soledad, la pobreza y el exilio, pero fue siempre obediente a Dios.

A Ella le suplicamos que nos dé un alma de pobre que sienta la necesidad de Dios y de ir con prontitud al encuentro con su Hijo en la Eucaristía; a ella le pedimos que nos dé un corazón fuerte como el suyo que no se arredre ante las dificultades ambientales para practicar y vivir la fe.

La tercera palabra es servicio. Con Jesús ya en su seno, María fue aprisa, a la montaña para ponerse al servicio de su prima Isabel, y “se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”(Lc 1,47). Estuvo sirviendo a Isabel, tanto tiempo como ésta la necesitó. María es para nosotros ejemplo viviente de amor y servicio por su disponibilidad para ayudar a su pariente Isabel. En su visita, la Virgen María no le llevó sólo una ayuda material, que ejercería con amor y cercanía; sino que además y sobre todo, le llevó a Jesús, que ya presente en su seno. Llevar a Jesús a aquella casa quería decir llevar la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban felices por el embarazo que parecía imposible a su edad; pero es la joven María quien les lleva la alegría plena, la que viene de Jesús y del Espíritu Santo, y se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse, en el comprenderse.

La Virgen también viene a visitarnos a cada uno de nosotros, a nuestras familias, a nuestras parroquias, a nuestro pueblo; la Virgen de la Cuerva Santa quiere estar presente en nuestras vida, con sus necesidades y dificultades; ella nos trae su protección, pero quiere traernos sobre todo el gran don que es su Hijo; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. María la mujer eucarística nos trae a Jesús, presente en cada Eucaristía, para que nos dejemos encontrar por Él, llenar del amor de Dios y dejarnos transformar por Él. Como María, así es y debe ser todo cristiano, toda parroquia, toda nuestra Iglesia diocesana. Como María cuando fue a visitar a Isabel, la Iglesia, las parroquias y los cristianos estamos enviados para llevar a todos al encuentro con Cristo y su Evangelio, llevar el amor de Jesús, la caridad de Jesús a todos. Nosotros, que somos la Iglesia, estamos llamados a dejarnos llenar del Amor de Cristo en la Eucaristía y llevarlo a los demás, a los pobres, a los necesitados del amor de Dios. ¿Cuál es el amor que llevamos a los demás? ¿Es el amor de Jesús, que comparte, que perdona y acompaña? ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal los unos de los otros? ¿Nos cuidamos el uno al otro?

Alegría, prontitud y servicio. Tener alegría, la alegría del amor de Dios experimentada en cada Eucaristía y compartirla con los que nos rodean. Levantarse aprisa y no sucumbir ante las adversidades. Permanecer en el camino del bien, de la caridad, ayudando infatigablemente a los que están necesitados: he aquí las lecciones importantes que nos enseña la Virgen de la Cueva Santa.

  1. La Virgen María, en esta imagen blanca, la Virgen de la Cueva Santa, ha visitado nuestra tierra, como visitó a su prima, y se ha quedado entre nosotros como nuestra Patrona, para ayudarnos, para protegernos, para guiarnos. Como en el caso de Isabel hoy también nosotros podemos sentir y palpar la alegría a causa de Aquel que ella lleva en su vientre y nos trae, el Hijo de Dios, que en la Eucaristía se nos da a sí mismo, para atraernos hacia sí, para darnos la Vida y el Amor de Dios. María está con nosotros, como lo hizo con su prima; esto es, sirviendo, siempre solícita y atenta. Su mayor servicio es mostrarnos y darnos a Jesús, entregarnos el Evangelio vivo de Dios que es luz y salvación, gracia y paz, perdón y reconciliación, redención y justicia, esperanza y vida, amor y misericordia.

Que, por intercesión de la Virgen de la Cueva Santa, Dios nos conceda vivir de esta caridad suya y dar testimonio de ella para curar las nuevas pobrezas y las nuevas heridas de nuestro tiempo como son la crisis social, moral y espiritual que padecemos.  Mostremos esa caridad, que constituye nuestra seña de identidad, evangelizando, ofreciendo y proponiendo a todos la fe en Cristo que llena de dicha; defendiendo al hombre y sus derechos fundamentales e inviolables; promoviendo una educación verdaderamente humanizadora; buscando con anhelo y llevando a cabo el desarrollo, la paz la unidad de todos los pueblos y todas las gentes. Que ella nos bendiga y nos proteja, que ella escuche nuestras súplicas, que guíe siempre a Segorbe y a nuestra Iglesia. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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