Homilía San Pascual 2018

Fiesta de San Pascual Baylón

 

Patrono de la Diócesis y de la Ciudad de Villarreal

***

Iglesia Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2018

 

(Ecco 2,7-13; Sal 34: 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor

  1. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración de la Eucaristía, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. A los pies de los restos de san Pascual, el Señor Jesús nos convoca en este día de Fiesta para recordar y honrar a nuestro santo Patrono, Patrono de Villarreal y Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón.

Los santos son siempre actuales. Sus biografías reflejan modelos de vida, conformados según el Evangelio y a la medida del Corazón de Cristo y, a la vez, cercanos al hombre de su tiempo y, en último término, al hombre de todos los tiempos. Son modelos extraordinariamente humanos, precisamente porque surgen del seguimiento de Cristo. A través de ellos, Jesucristo se hace presente en el corazón de la Iglesia y en medio del mundo y muestra la extraordinaria fuerza que brota del Amor de Dios, un amor que es capaz de renovar y transformar todo: el corazón de cada persona, los matrimonios y las familias, la sociedad, los pueblos y las naciones.

 

Los santos son las grandes figuras de renovación espiritual de su época en su entorno eclesial, social y cultural. Su forma de ser, de estar y de actuar en el mundo no suele ser espectacular. Con frecuencia pasan desapercibidos. Rehúyen los halagos y aplausos. Son humildes y sencillos. Su alimento es la oración, la escucha de Dios, la unión y la amistad con Cristo. En la entrega sencilla de sus vidas a Dios y a los hermanos cifran todos sus ideales personales.

 

  1. San Pascual Bailón, nuestro Patrono, es uno de esos santos; y muy actual hoy para Villarreal y para nuestra Iglesia diocesana. Pascual nos muestra la vía inequívoca por la que ha de caminar nuestra Iglesia diocesana para su renovación pastoral y misionera; y por la que ha de caminar nuestro pueblo para su renovación espiritual ante la crisis moral, social y cultural que sufrimos.

 

Al celebrar un año más la Fiesta de san Pascual, vienen a nuestra memoria su vida sencilla de pastor y hermano lego, sus virtudes de humildad y de confianza en Dios, y de entrega y servicio a los hermanos, a los pobres y a los más necesitados; y recordamos también su gran amor a la Eucaristía y su profunda devoción a la Virgen. De san Pascual se ha destacado siempre un rasgo de extraordinario valor evangélico: su amor al prójimo y, en especial, a los más pobres, un amor que alimentaba en su profunda devoción a la Eucaristía, fuente inagotable de caridad. Pascual servía a todos con alegría. Sus hermanos de comunidad no sabían qué admirar más, si su austeridad o su caridad. Toda su persona emanaba cordialidad. Pascual “tenía especial don de Dios para consolar a los afligidos y ablandar los ánimos más endurecidos”, dicen muchos testigos. Su deseo era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Y todo ello con el espíritu de pobreza, austeridad y oración, propio de la orden franciscana. Sus oficios de portero, cocinero, hortelano y limosnero favorecieron el ejercicio de su caridad, impregnada siempre de humildad y sencillez. Para los pobres se privaba hasta de la propia comida. Decía que no podía despedir de vacío a ninguno, pues sería despe­dir a Jesucristo.

 

  1. Pero, ¿qué apreciaron sus contemporáneos en esta sencilla vida de Pascual? No cabe duda: nuestros antepasados apreciaron en Pascual sobre todo su santidad, vivida en su caridad hacia todos. De él pudieron decir que se mantuvo íntimamente unido a la verdadera vid que es Cristo, que se alimentó en una profunda devoción a la Eucaristía y que siguió la estela de María, la Virgen, a la que tanto amaba y veneraba. Sí: Pascual fue santo y puede ser llamado dichoso, bienaventurado y feliz, porque temió a Dios, porque confió y esperó en Dios (Sal 33). Hombre sencillo y humilde, Pascual supo abrir su corazón a Dios y centrar su vida en Él, supo dejarse amar por Dios y dejarse transformar progresivamente por la gracia de Dios, supo amar a Dios sobre todas las cosas, darle gracias, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios. Porque se dejó amar por Dios, Pascual pudo y supo amar al hermano viviendo las bienaventuranzas y siendo misericordioso para con todos como nuestro Padre Dios es misericordioso. Dios escoge siempre a “la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor” (1 Cor 1,30). Sí, hermanos: sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia diaria y se ve a Cristo en el rostro del hermano que uno tiene a su lado.

Nuestra pregunta hoy es: ¿seguimos nosotros apreciando en Pascual su santidad de vida al conmemorarle en su Fiesta? Aunque haya quien pueda pensar lo contrario, la santidad no está pasada de moda; no es cosa de mojigatos. La santidad es siempre, también hoy, actual. Porque la santidad no es otra cosa que la perfección del amor, que lleva a la verdadera Vida y a la Felicidad completa. Santo es quien acoge el amor de Dios y se va dejando transformar por él; santo es quien vive unido a Dios, en su amor, en su gracia, y vive el mandamiento del amor y las bienaventuranzas. Quien así vive, desborda amor desinteresado a su alrededor hacia el prójimo, hacia el pobre, hacia el necesitado, hacia la familia, hacia la sociedad. Santo es aquél que con perseverancia va madurando en la perfección del amor a Dios y al prójimo. En este camino, el cristiano sigue a un modelo único e irrepetible, Jesucristo. Y el Señor Jesús no sólo llama a seguirle sino que, además, lo hace posible, viniendo a nuestro encuentro con su amor más grande.

 

  1. El Papa Francisco nos acaba de recordar en su hermosa Exhortación Gaudete et Exultate (Alegraos y regocijaos) que la santidad no está reservada a algunos pocos. Todos estamos llamados por Dios a la santidad, nos recuerda el Papa. Leamos y meditemos esta carta; hagámoslo en primera personas, sintiéndonos cada uno interpelado por las palabras del Santo Padre. “El Señor lo pide todo nos dice Francisco-, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada (n. 1). A cada uno de nosotros, el Señor nos ha elegido “para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef1,4). Y a cada uno de nosotros nos llama con sus palabras “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv11,45; cf. 1 P 1,16). Ya el Concilio Vaticano II lo destacó con fuerza: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (LG 11).

 

“Para ser santos –escribe el Papa- no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (n. 14).

 

Dejemos, hermanas y hermanos, que la gracia de nuestro Bautismo fructifique en un camino de santidad. Dejemos que todo esté abierto a Dios y para ello optemos por él, elijamos a Dios una y otra vez. No nos desalentemos en el camino hacia la santidad, porque contamos la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en nuestra vida (cf. Ga 5,22-23) “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, nos sigue diciendo el Papa- encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor” (n. 15).

 

No tengamos miedo a ser santos, no tengamos miedo a caminar hacia la santidad. No nos quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegaremos a ser lo que el Padre pensó cuando nos creó y seremos fieles a nuestro propio ser. Depender de Dios nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad. “En la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo” (n. 33). No tengamos miedo de apuntar más alto, de dejarnos amar y liberar por Dios. No tengamos miedo de dejarnos guiar por el Espíritu Santo. La santidad no nos hace menos humano, porque es el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida «existe una sola tristeza, la de no ser santos» (n. 34).

 

  1. Las situaciones críticas por las que ha atravesado la Iglesia a lo largo de su historia han sido superadas siempre gracias a los santos: cristianos de toda condición y estado han aspirado a la perfección de la caridad por el camino de las bienaventuranzas. Las crisis de las sociedades y de los pueblos tampoco fueron -ni serán superadas- si no es por la acción y la entrega de personas honradas, sencillas, generosas, sacrificadas, laboriosas y movidas por la caridad: por el amor desinteresado y ofrecido, en Dios, al prójimo.

 

¿No estará ocurriendo que en esta hora crítica de nuestra Iglesia, de nuestra sociedad y del mundo nos faltan los santos? ¿O no sucederá -algo todavía más grave- que no comprendemos o no queremos comprender y apreciar el valor de la santidad para la Iglesia y para la sociedad? Nuestra Iglesia y nuestro mundo necesitan santos: testigos vivientes del Amor.

 

San Pascual es hoy como siempre nuestro ejemplo, modelo e intercesor. Esto es lo que significa tenerlo y celebrarlo como Patrono. Pascual es testigo de la alegría del amor de Dios, hecho vida en el amor al prójimo. Su vida sencilla, buscando siempre la perfección del amor, es hoy un estímulo espiritual y humano extraordinario para afrontar nuestra propia existencia. No es tan complicado, ni tan raro, ni tan excepcional ser santo. La santidad es posible a cualquiera que se abre de verdad a la gracia de Dios. Intentemos caminar hacia la perfección del amor con la misma sencillez y con la misma confianza en la gracia de Dios con que lo hizo y lo logró nuestro Santo Patrono. Los frutos personales, familiares y sociales serán abundantes. Pascual nos muestra que la fuente que nos transforma y nos sostiene en el Amor es el Corazón de Cristo, presente en la Eucaristía. Pidamos esta mañana la ayuda e intercesión de Pascual: Él nos acompaña en el camino.

 

  1. Acudamos como Pascual a María: ella por ser Madre de Dios y Madre nuestra, irá gestando en nosotros deseos de Dios, de humildad y de santidad para llevar a cabo el plan y deseo de Dios para cada uno de nosotros; es decir, nuestra santificación. Estamos en el mes de Mayo, mes dedicado a María. Imploremos diariamente su ayuda, porque con María el camino de nuestra vida se nos hará más fácil y hermoso. Que ella, desde el cielo, proteja a todos los ciudadanos de Villarreal, a toda nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que en estos momentos más necesitan de su protección de madre. Amén.

 

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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