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La caridad y la justicia en la comunidad cristiana

Queridos diocesanos:

Nos disponemos a iniciar un nuevo curso pastoral con la ya acostumbrada Jornada diocesana; será el próximo 19 de septiembre, por la mañana, en nuestro Seminario diocesano Mater Dei. Lo hacemos en momentos de incertidumbre y de mucha preocupación ante la pandemia del Covid-19. En esta situación ponemos nuestra confianza en el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, del que nada ni nadie nos podrá separar (cf. Rom 8,39). Sabemos, con la certeza que nos da la fe, que el Señor resucitado está presente y actuante por la fuerza del Espíritu Santo en medio de nosotros. Dios nos ama y nunca abandona a la humanidad ni la barca de su Iglesia.

También y precisamente en esta situación de crisis sanitaria, con sus graves consecuencias económicas, laborales, sociales y políticas, nos apremia el amor de Cristo que nos llama a evangelizar. Hoy como ayer, el Señor Jesús nos envía a anunciar, celebrar, vivir y testimoniar con alegría y esperanza la buena Noticia del amor de Dios; y con mayor compromiso, si cabe, en estos momentos de especial dificultad. Esta misión es lo que nos identifica como cristianos, como parroquias y comunidades cristianas, y como Iglesia diocesana.

Dios ha querido que, precisamente en estos tiempos de pandemia con todas sus graves consecuencias, la caridad y la justicia sean el objetivo de nuestra programación pastoral, previsto en nuestro actual Plan Diocesano de Pastoral. Siguiendo el mandato del Señor, nuestra Iglesia nos llama a “vivir el mandamiento del amor y el compromiso por la justicia como servicio a los más necesitados y testimonio de fe”. El confinamiento de primavera nos ha impedido llevar a cabo muchas de las acciones previstas para el pasado curso en torno a la caridad; las incorporamos en la programación de este año, que se fija además en el compromiso por la justicia. El mandamiento del amor y el compromiso por la justicia serán los acentos especiales de la acción pastoral de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón en este curso.

Como decimos los Obispos de España: “La Iglesia existe para evangelizar, nuestra misión es hacer presente la buena noticia del amor de Dios manifestado en Cristo; estamos llamados a ser un signo en medio del mundo de ese amor divino. El servicio caritativo y social expresa el amor de Dios; es evangelizador, y muestra de la fraternidad entre los hombres, base de la convivencia cívica y fuerza motriz de un verdadero desarrollo. Si Dios es amor, el lenguaje que mejor evangeliza es el del amor. Y el medio más eficaz de llevar a cabo esta tarea en el ámbito social es, en primer lugar, el testimonio de nuestra vida, sin olvidar el anuncio explícito de Jesucristo” (CEE, Iglesia, servidora de los pobres, 41).

El amor de Dios, ofrecido en Cristo, es la raíz y el fundamento de todo; es lo primero y lo más original de la fe cristiana. Dios es Amor, en sí mismo y para nosotros. Al decir que “Dios es amor” (1 Jn 4, 16), afirmamos que Dios ama a todas y cada una de sus criaturas. El amor a Dios es nuestra respuesta a este amor que nos precede y que es inseparable del amor al prójimo.

Este amor de Dios, a Dios y al prójimo, nos ha llevar también a la búsqueda del bien común: es un amor o caridad social. Esto pide interesarnos, comprometernos y responsabilizarnos por las personas concretas y por sus condiciones de vida. La caridad social aúna el amor y la justicia: “La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás ser separada de la justicia: una y otra, cada una a su modo, exigen el efectivo reconocimiento pleno de los derechos de la persona, a la que está ordenada la sociedad con todas sus estructuras e instituciones” (San Juan Pablo II, Christifideles Laici, 42).

Deseo que en este curso llevemos a cabo un discernimiento personal y comunitario para ver cómo es nuestro amor, cómo vivimos la fraternidad, cómo vivimos la comunión de bienes personal y comunitariamente, cómo nos hacemos prójimos de los otros, o cómo vivimos nuestro compromiso por la justicia, para llevar a cabo el mandamiento nuevo del amor. Porque “la fe sin obras está muerta” (St 2,17).

Toda nuestra Iglesia diocesana, nuestras comunidades parroquiales y eclesiales, y cuantos la integramos estamos llamados a ser testigos de este amor de Dios en nuestras relaciones personales, familiares, laborales, económicas, sociales y políticas. Así ayudaremos también a nuestras parroquias a ser comunidades evangelizadas y evangelizadoras.

 

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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