La pandemia no anula la Misa Crismal, una celebración necesaria para la vida de la Iglesia

Imposible renunciar a la Misa Crismal. Es la ocasión en la que el Obispo bendice los óleos de enfermos y catecúmenos, y consagra el Crisma que sirve para ungir a los bautizados y confirmados, así como a los sacerdotes en el momento de la ordenación. Por tanto es esencial para que se puedan celebrar los sacramentos que dan vida a la Iglesia. Así pues, a pesar del confinamiento, esta mañana de lunes santo, D. Casimiro López Llorente ha presidido la solemne Eucaristía en la Concatedral de Santa María, en Castellón.

El Obispo ha recordado que la Misa Crismal es también una especial jornada sacerdotal en la que los presbíteros renuevan sus promesas. “Quiera Dios que lo puedan hacer cuando las circunstancias y autoridades lo permitan, pero es bueno que juntos podamos dar gracias por los sacerdotes, su generosidad y sufrimiento por la situación de sus feligreses, enfermos o los que mueren solos”, exhortaba D. Casimiro López Llorente antes de declarar: “Gracias por vuestro testimonio. Contad con nuestro apoyo y oración. Sois presencia de Jesucristo”.

Como en el Domingo de Ramos y el resto de oficios de esta excepcional Semana Santa, el templo estaba vacío de fieles. En esta ocasión, el Obispo ha estado acompañado por los vicarios general y de pastoral, Javier Aparici y Miguel Abril respectivamente, algunos canónigos de la Concatedral y los sacerdotes y diácono permanente de Santa María. En representación del pueblo fiel, han asistido dos seglares, un hombre y una mujer. El resto, ha podido seguir la Misa Crismal a través de Televisió de Castelló, otras emisoras locales y las redes sociales del Obispado.

Una oportunidad única

En la homilía, D. Casimiro López Llorente ha destacado las palabra ungidos, consagrados y enviados. Ha afirmado que la Misa Crismal “es un día bueno para recordar la unción recibida en el bautismo”, y aseguraba que “todo bautizado ha sido ungido para ser enviado y anunciar el Reino de Dios”. Por ello reconocía que la pandemia es “una oportunidad única, no deseada pero sobrevenida, para anunciar a Cristo, vivir nuestra condición de cristiano y el mandamiento del amor”.

 

 

 

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