Carta del Obispo a los sacerdotes en el día de Jueves Santo

Amados hermanos en el sacerdocio:

Es Jueves Santo, el día sacerdotal por excelencia, nuestro día, queridos sacerdotes. No quiero dejar pasar este día sin enviaros, al menos a través de este escrito, un afectuoso saludo fraterno y mi felicitación cordial. Muchas felicidades a todos vosotros.

En estos momentos tan duros y difíciles que estamos viviendo por la pandemia del coronavirus (Covid-19), os tengo especialmente presentes a todos y a cada uno en mi mente, en mi corazón y –como no- en la oración ante el Señor Eucaristía, en la Santa Misa y en la adoración eucarística, y ante la Virgen María, nuestra Madre, en el rezo diario del Santo Rosario. Hoy querría llamaros a todos por teléfono, pero me es imposible; lo iré haciendo poco a poco de nuevo en los próximos días, D.m. ¡Cuidaos! Y si necesitáis, llamadme.

El virus nos ha impedido, entre otras muchas cosas más, celebrar juntos la santa Misa Crismal y tener la comida habitual de fraternidad. Hoy no podremos celebrar la Misa en la Cena del Señor con nuestros fieles. En el silencio y la soledad de esta tarde os invito a trasladarnos todos mental y espiritualmente al Cenáculo para juntos rememorar, es decir, para traer a nuestra la memoria y a nuestro corazón, lo que allí ocurre, como “si presentes nos halláramos”, como un ‘apóstol’ más. Juntos podemos contemplar el lavatorio de los pies, la institución de la eucaristía y del sacerdocio, nuestro sacerdocio, y escuchar de labios de Jesús su testamento: el mandamiento nuevo del Señor, que nos amemos unos a otros, como Él nos ama, sirviendo a todos y entregándose hasta el final, por toda la humanidad, por sus discípulos, por nosotros. Demos gracias a Dios por estos dones.

Personalmente doy gracias de corazón al Señor por todos y cada uno de vosotros, queridos sacerdotes. Le doy gracias por el don de vuestro sacerdocio, por vuestra fidelidad humilde, por vuestro trabajo abnegado, por vuestro cansancio pastoral, por vuestra generosidad silenciosa y, también, por vuestro sufrimiento, especialmente en estos días de pandemia. De mis conversaciones con vosotros sé que estáis pendientes de vuestros fieles y cercanos a ellos, aunque en muchos casos tenga que ser por teléfono. Estáis especialmente cercanos –lo sé- a los más necesitados, a los mayores, a los enfermos y contagiados, para que a nadie le falte el sustento material ni –por supuesto- la atención espiritual. Sé que oráis por los fallecidos y que estáis cercanos a sus familiares acompañándoles en el dolor con palabras de consuelo, de fe y esperanza. Confinados estáis siendo así una ‘iglesia en salida’. Sólo Dios sabe el bien inmenso que estáis haciendo a nuestros fieles y a nuestras comunidades. Contad en este día y siempre con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de nuestros fieles. ¡Ánimo! El Señor está con nosotros. Él está realmente presente en la Eucaristía, de la que somos ministros, con toda su divinidad y su humanidad, como lo estaba por los caminos de Palestina: sanando, perdonando y salvando. Él nos susurra: “No tengáis miedo”.

Gracias, queridos sacerdotes, también por vuestra generosidad económica. Sé que algunos estáis ayudando con vuestros propios medios a vuestras parroquias en su maltrecha economía por el cierre de nuestros templos y sé que estáis respondiendo con generosidad a la llamada de cáritas. Dios os lo recompensará con creces. A buen seguro que tendremos que redoblar los esfuerzos. Si el tiempo de pandemia está siendo duro en todos los sentidos, cuando salgamos de ella –y Dios quiera que sea muy pronto- será aún más duro económica, laboral, social y moralmente. Tendremos que remar todos juntos y unidos, en comunión y en la intercomunicación de bienes: la diócesis, las parroquias, las cáritas y otras realidades eclesiales así como el obispo, los sacerdotes, los religiosos y los laicos. Pero fiémonos del Señor; Él nunca nos falla.

En estos días santos centremos nuestra mirada en el Señor, en los misterios de su pasión, muerte y resurrección. Vivámoslos con recogimiento y contemplación, con fe viva y esperanzada desde su núcleo esencial, aunque sea de forma muy distinta a la de costumbre. También en tiempos de pandemia, Dios sigue presente en medio de vosotros: Cristo Jesús sufre con vosotros y por nosotros; Cristo se entrega por un amor totalmente gratuito por todos nosotros a la muerte, y muerte en cruz, para redimirnos de nuestros pecados, para liberarnos de la muerte, de nuestros miedos y de nuestras soledades; y Cristo resucita para que en Él tengamos Vida en abundancia, esperanza en la enfermedad y en la muerte, y para que seamos testigos de su amor entregado hasta el final amando a los más necesitados de su amor.

 

En este sentido os deseo a todos un feliz Jueves Santo y Triduo Pascual, y una dichosa Pascua de Resurrección. ¡Que Dios nos bendiga a todos!

 

Con el afecto de siempre se despide vuestro Obispo, hermano, padre y pastor,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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