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Sacerdotes según el corazón de Cristo

Queridos diocesanos:

En el centro del Corpus Christi, que celebramos este domingo, está la Eucaristía, que “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida” (PO 5). La Eucaristía es vital para la Iglesia; es la fuente de la que nos nutrimos y la cima a la que caminamos para vivir el día a día de modo que el amor de Dios, ofrecido en Cristo, llegue a todos. Sin la Eucaristía no hay Iglesia; y sin la Iglesia y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Por ello hemos de dar gracias a Dios por el don de dos nuevos sacerdotes, “porque eterna es su misericordia”, que ordenaré el próximo sábado.

Dios, que es eternamente fiel, ha prometido que no faltarán pastores a su Iglesia: “Os daré pastores según mi corazón” (Jr 3,15). Y el ‘corazón’ de Dios se nos ha revelado plenamente en el Corazón de Cristo, el Buen Pastor; un Corazón que sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en los corazones de los sacerdotes para que sean pastores en su nombre y persona (cf. PDV 82).

“Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11). Jesús es el Buen Pastor, abnegado hasta el agotamiento, que cuida a sus ovejas, que las conoce por su nombre, que busca a la extraviada, que cura a la herida, que carga sobre sus hombros a la extenuada y que en su sacrificio pascual, en obediencia al Padre y por amor a los hombres, da la vida por sus ovejas. El Buen Pastor llama a los sacerdotes para apacentar a sus ovejas, cuidarlas, darles buenos pastos, llevarlas a fuentes de aguas limpias y no a aguas turbias y ponzoñosas, curarles sus heridas, estar a su lado y acompañarlas. En nuestro contexto cultural, donde muchos viven al margen de la fe, la urgencia pastoral consiste en mostrar a los hombres la belleza del rostro de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8,39) y facilitar el encuentro salvador con Dios, abriendo nuevos caminos de acceso a Él

Los sacerdotes hemos sido elegidos, ungidos y enviados para ser pastores y guías del Pueblo de Dios en nombre y representación del buen Pastor. No podemos olvidar nunca esta referencia fundamental. En consecuencia, hemos de ser transparencia cabal de Jesús. Para ello es necesario que el sacerdote se penetre del estilo y de los sentimientos de Jesús, que se deje configurar por el Corazón del buen Pastor.

Entre otras muchas cosas y notas, el Corazón de Jesús es agradecido: da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los sencillos (cf. Mt 11,25). El sacerdote ha de vivir desde la gratitud a Dios por tantos dones recibidos, por la vocación y el ministerio recibidos, y por el pueblo que le ha sido encomendado. La acción de gracias por excelencia es la “eucaristía” diaria y su adoración, en la que el sacerdote es asimilado al Corazón de Cristo, que lo vincula al sacrificio de amor del Señor por su pueblo.

El Corazón de Jesús es un corazón misericordioso. Jesús pasa curando y haciendo el bien a todos aquellos que son prisioneros del mal; desciende a los abismos de la debilidad humana y del pecado, para revelar el Corazón misericordioso del Padre. El sacerdote es en primer lugar el ministro de la misericordia y de la reconciliación. Necesitamos sacerdotes con actitud misericordiosa, capaces de acoger, escuchar, acompañar a los hermanos, de modo particular en el Sacramento de la Reconciliación.

El Corazón de Jesús siente profunda compasión ante las multitudes exhaustas y oprimidas, ante el dolor y el sufrimiento de la enfermedad, la marginación o cualquier forma de pobreza material y espiritual. Él, el buen Samaritano, se detiene delante de la carne herida de los hermanos, la sana y la restablece, convirtiéndose en manifestación viviente del amor de Dios Padre. A los sacerdotes se les pide el mismo corazón compasivo, que se expresa en la cercanía, en la participación en los sufrimientos y trabajos de la gente, en la capacidad de reavivar la esperanza, en el cuidado de las heridas del Pueblo, especialmente a través de la mediación de la gracia sacramental.

Contemplando su Corazón, vemos que Jesús vive la propia misión desde el Padre Celeste y desde el pueblo. Sus jornadas se alimentan de su relación con Dios y de su entrega amorosa a los hermanos. La caridad de sus gestos nunca está separada del silencio y de la oración, del cultivo de su íntimo diálogo con Dios Padre. El sacerdote según el Corazón de Cristo es aquel que “habita” entre el Señor a quien ha consagrado la vida y el pueblo al que ha sido llamado a servir.

Cercana la fiesta del sagrado Corazón de Jesús, Jornada de oración por la santificación de los sacerdotes, pidamos para que todos los sacerdotes seamos sean pastores según su Corazón.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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